Capítulo 16
Sociedad Nacional del Sarcasmo: Como si nos hiciera falta vuestra ayuda.
(Pegatina de parachoques)
Era tarde cuando me colé en la habitación del hospital de Benjamin (quien a todo esto seguía dormido), de modo que decidí comerme el contenido de su bandeja. Me habían ingresado por una conmoción cerebral y a él por tres heridas de bala, así que ganaba él. Esa vez.
—¿Qué haces? —preguntó con voz áspera a causa del cansancio y la medicación.
—Comerme tu helado —contesté, con la boca llena de deliciosa vainilla.
—Y ¿por qué estás comiéndote mi helado?
De verdad, era capaz de hacer las preguntas más tontas.
—Porque ya me he acabado el mío. Por favor.
Se echó a reír y acto seguido su rostro se crispó de dolor. Había estado tropecientas horas en el quirófano, luego en recuperación y al final lo habían trasladado a una habitación porque, a pesar de la cantidad de sangre que había perdido, estaba fuera de peligro.
—No habrás venido a seducirme, ¿verdad? —preguntó.
—Te recuerdo que eres tú quien va por ahí con el culo al aire —contesté—, gracias a una batita mínima con ventilación trasera incorporada.
Mi atuendo no variaba demasiado del suyo, pero Euge me había traído un pantalón de deporte para llevar algo debajo de la bata.
Mi médico, ocupado en esos momentos con el papeleo, había accedido a darme el alta a regañadientes después de hacerle prometer a Nicky y a Euge que no me dejarían dormir doce horas seguidas. Era tarde, pero no había ninguna razón para permanecer toda la noche en el hospital cuando tenía el ordenador en casa y podía descansar igual de bien allí que en el hospital. Mientras mataba el tiempo buscando fotos de Peter en la web.
Dejé el helado y me subí a la cama de Benja.
—No serás de los que se queda con toda la ropa de cama, ¿verdad?
Sentí que Peter estaba cerca. Sentí su tensión al meterme bajo las sábanas, junto a Benjamin. ¿Estaría celoso? ¿De Benja? Había ido a visitar a un amigo. Punto. A consolarlo y a darle ánimos.
—Esto es muy incómodo —protestó Benja.
—No digas tonterías. Mi sola presencia es reconfortante.
—No mucho.
Pasé un brazo por encima de su cabeza y la atraje hacia mi hombro.
—Ay.
—Por favor —rezongué, poniendo los ojos en blanco.
—Me han disparado en el hombro contra el que te apoyas.
—Estás con calmantes —dije, y le propiné un capón sin miramientos—. Deja de lloriquear.
—Tú no estás bien de la azotea, ¿verdad?
Lo solté con un hondo suspiro y me aparté un poco.
—¿Mejor?
—Lo estaría si pudiera acariciar a Peligro y Will Robinson.
Haciendo caso omiso de la ráfaga de ira que electrizó la habitación, cubrí a mis dos chicas en actitud protectora.
—Ni lo sueñes —dije, dándole una palmada en la mano en que llevaba una vía.
Benja volvió a reír y se sujetó un costado, dolorido.
—Además de los pechos y los ovarios, ¿le has puesto nombre a alguna otra parte de tu cuerpo? —preguntó una vez que se hubo recuperado.
No hacía ni una semana que le había presentado a Peligro, Will Robinson, Sácame de Aquí y por último, aunque no por ello menos importante, Scotty.
—Pues ahora que lo mencionas, hace poco bautizaron los dedos de mis pies, durante una sesión un poco rara del juego de la botella y demasiados margaritas.
—¿Te importaría presentármelos?
Me incorporé y me peleé con los calcetines hasta que salieron, meneando la cama lo suficiente para conseguir que Benjamin soltara unos pequeños gemidos de dolor.
—Mira que eres quejica —protesté, volviéndome a tumbar a su lado y levantando los pies—. Vale, empezando por el meñique del izquierdo, tenemos a Mudito; Sabio; Gruñón; Feliz; Tímido; Mocoso; Dormilón; la reina Isabel III; Voluptuosus, el santo patrón de los culos respingones, y Pulgarcito.
—¿Pulgarcito? —preguntó Benjamin, tras unos instantes.
—Ya sabes, como el del cuento.
—Ya. ¿Los de las manos también tienen nombre?
Me volví hacia él con mirada incrédula. Con la madre de todas las miradas incrédulas.
—Eso es lo más absurdo que he oído en mi vida.
—¿Qué? —exclamó, como si lo hubiera ofendido.
—¿Por qué narices iba a ponerle nombre a mis dedos?
Me miró con los ojos vidriosos a causa de la medicación.
—Tú sabrás —contestó, arrastrando ligeramente las consonantes, lo que indicaba que el último chute de morfina estaba empezando a surtir efecto.
Me incliné hacia él y lo besé en la mejilla cuando se le cerraban los párpados. Supuse que Peter volvería a estallar, pero entonces comprendí que se había ido. Su ausencia me dejó un vacío en lo que vendría a ser la zona torácica.
Tras una noche de hospitales, polis y preguntas, por fin me soltaron bajo caución juratoria. Puesto que no tenía ni idea de qué significaba, supuse que sería injusto que luego me pidieran cuentas si me la saltaba. Benjamin estaba estable y yo volvía a tener todos los miembros encolados. O, al menos, la cabeza. Un insistente dolor sordo no dejaba de recordarme qué se sentía cuando a uno lo dejaban inconsciente.
Cuando la poli llegó al motel abandonado, el pistolero estaba muerto. Por lo visto, se había partido el cuello al escurrirse por la parte trasera del coche durante el tiroteo. De acuerdo. Por mí, ningún problema. Les conté que Benja, preocupado porque hubieran podido secuestrarme, había seguido a aquellos tipos hasta allí y, al comprender que tenía razón, había llamado a la policía, había entrado en la habitación disparando a diestro y siniestro y había abatido a uno de los secuestradores. A Riggs el Chungo.
Sin embargo, el pistolero fiambre de fuera no tenía los ojos de color azul cristalino y, por tanto, no era quien yo había sospechado, Murtaugh el Chungo. Es decir, uno de mis falsos agentes del FBI. Por lo visto, Benja había disparado al supuesto agente Foster, quien resultó ser un delincuente de poca monta de Minnesota. Entonces ¿dónde estaba el otro falso tipo del FBI? El agente especial Powers. Tenía que haber escapado porque el pistolero era alguien nuevo a quien no había visto en la vida.
Seguía sin tener noticias del fan de mis sabrosones, el señor Smith, aunque esperaba que el señor Chao estuviera bien. No podía pedirle al tío Nico que comprobara si lo habían ingresado en algún hospital sin desvelar que había más gente implicada en la escena del crimen de la que le había hecho creer. Además, si ellos no querían darse a conocer, ¿quién era yo para levantar la liebre?
Eugenia y Nicky me acompañaron a casa dando un paseo. Antes de entrar, me acerqué a la puerta de la señora Allen y llamé. Era tarde, pero la mujer solía rondar por el piso en plena noche y necesitaba asegurarme de que no le habían hecho nada cuando me raptaron. Apenas la abrió un resquicio.
—Señora Allen, ¿está usted bien?
La mujer asintió pesarosa, con cara de espanto. Me contó que había llamado a la policía en cuanto se me llevaron, pero no había podido describir el coche ni a los hombres. Al menos lo había intentado.
—De acuerdo. Si necesita algo, ya sabe dónde estoy.
—¿Estás bien? —preguntó con su trémula voz de ancianita apenada.
—Estoy bien —le aseguré—. ¿Cómo está PP?
Echó un vistazo atrás.
—Estaba muy preocupado.
Le regalé una de mis mayores y más sinceras sonrisas, con la que pretendía tranquilizarla.
—Dígale que estoy bien. Muchísimas gracias por llamar a la policía, señora Allen.
—¿Dieron contigo?
—Dieron conmigo.
Mientras el tío Nico y Euge me acompañaban a mi apartamento, prometí no volver a subestimar a aquella mujer ni a su caniche.
—Muy bien, parece que vamos a necesitar varios litros de café.
—Ah, no, ni hablar —protesté, al ver que Euge se dirigía hacia el señor. Bueno, no hacia el Señor, en plan Jesucristo, sino el señor Café—. Tú te vas a descansar. No voy a dormirme, te lo prometo, y tú no vas a seguir en pie ni un minuto más por mí.
Casi era medianoche y esa había sido la semana más caótica de mi vida, sin contar la vez que estuve investigando la desaparición de un turista en plenos carnavales.
El tío Nico y ella intercambiaron una mirada, muy poco convencidos.
—¿Qué te parece si yo hago el primer turno? —le preguntó a Euge—. Descansa ahora un poco y te despierto de aquí a un rato.
Eugenia frunció los labios y se dirigió hacia la cafetera de todas maneras.
—De acuerdo, pero prepararé un poco de café. Ayudará. Y tienes que prometer que me despertarás dentro de dos horas.
El tío Nico le sonrió. Le sonrió mucho. Como si coqueteara. Por favor. Tenía una conmoción, por amor de Dios, la cabeza ya me daba suficientes vueltas.
¡Y ella le devolvió la sonrisa! ¡La madre que...!
—¿Qué es esto? —preguntó Euge, con voz repentinamente cortante.
—¿El qué?
—Esta nota. ¿De dónde ha salido?
Ah, era la nota amenazadora de aquella mañana.
—Pero si ya te lo dije —me defendí, con cara angelical.
Rechinó los dientes y se dirigió hacia mí a grandes zancadas con la nota en la mano.
—Me preguntaste si te había dejado una nota, pero en ningún momento mencionaste que se trataba de una amenaza de muerte.
—¿Qué? —El tío Nico se levantó de un salto del sofá en el que acababa de arrellanarse y le arrebató el pedazo de papel. Lo leyó y me lanzó una mirada desaprobadora—. Lali, te juro que si no fueras mi sobrina te detendría por obstrucción a la justicia.
—¿Qué? —balbucí, para parecer afectada—. Y ¿qué narices alegarías?
—Esto es una prueba. Tendrías que haberme llamado en cuanto la recibiste.
—¡Ja! —exclamé. Ya eran míos—. No tengo ni idea de cuándo la recibí. La encontré en la cafetera esta mañana al levantarme.
—¿Han allanado tu casa? —preguntó, atónito.
—Bueno, yo seguro que no los invité a entrar.
Se volvió hacia Eugenia.
—¿Qué vamos a hacer con ella?
Euge seguía mirándome con cara de pocos amigos.
—Creo que se merecería unos azotes.
El tío Nico se animó. ¿Es que Euge no aprendería nunca?
—¿Puedo mirar? —preguntó, entre dientes. Como si yo no estuviera allí delante.
Euge se rió tontamente y regresó junto a la cafetera.
Por el amor del chocolate Godiva. Aquello era surrealista.
Alguien llamó a la puerta del lavabo.
—¿Lali, cariño?
—¿Sí, Nicky, mi amor?
—¿Estás despierta?
Qué gracioso.
—No —contesté, enjuagándome la espalda de jabón.
Alcancé a oír un suspiro exasperado antes de proseguir.
—Me han llamado de la comisaría. Parece ser que tenemos algo sobre el caso de Kyle Kirsch. —Había bajado la voz para decir «Kyle Kirsch» y a mí había estado a punto de escapárseme la risa—. Tengo dos hombres apostados abajo, haré que suba uno.
—Tío Nico, te prometo que no me dormiré. Tengo trabajo. —O lo que era lo mismo, el repaso de la tórrida sesión fotográfica «Chicos malos» de un tal señor Juan Pedro Lanzani. Yo también habría pagado una fortuna por las instantáneas de ese culo—. Estaré bien.
—De acuerdo —accedió al fin, tras una larga pausa—. Volveré enseguida. Les diré adónde voy, por si necesitaras cualquier cosa. Y no te duermas.
Lancé un ronquido. Sonoro.
—Me troncho —aseguró, aunque sospechaba que no lo había dicho en serio.
Me lavé el pelo con suma delicadeza, rezando para que el pegamento aguantara. Las conmociones cerebrales dolían de lo lindo. Quién lo habría dicho. Tuve que sentarme en el plato de la ducha para afeitarme las piernas ya que el mundo seguía ladeándose hacia la derecha lo justo para hacerme perder el equilibrio. Volverse a poner en pie fue todo un suplicio.
Estaba a punto de cerrar el grifo cuando lo sentí. De pronto me vi envuelta en un calor asfixiante y el aire se cargó de electricidad. Su olor a tierra húmeda, a tormenta en medio de la noche, se suspendía en torno a mí, enroscándose a mi alrededor, e inspiré hondo. Reparé en algo nuevo en lo que nunca antes me había detenido: el latido de su corazón. Sentía cómo reverberaba entre las paredes de la habitación y batía contra mi pecho. Era una sensación maravillosa y ansié que llegara el día en que pudiera volver a verlo en persona. Al Peter de carne y hueso. Al de verdad.
Permaneció en silencio, sin acercarse, y empecé a preguntarme si no poseería otro superpoder.
—¿Ves a través de la cortina de la ducha? —pregunté, medio en broma.
Oí el silbido del metal apenas un instante antes de que la cortina de plástico cayera con suma ligereza a mis pies, dividida en dos.
—Ahora sí —contestó, ladeando aquellos labios carnosos en una sonrisa socarrona ante la que me dio un vuelco el corazón.
Enfundó la espada bajo los pliegues de la capa, la cual desapareció a continuación para dar paso a la orografía de aquel cuerpo fornido. Llevaba la misma camiseta, aunque sin manchas de sangre en el torso. No obstante, sabía que si Peter titubeaba, si su parte humana volvía a despertar, quedaría reducido al hombre vencido en que lo había convertido su cuerpo. Se me hizo un nudo en el estómago de solo pensarlo, por lo que intenté apartar aquella idea de mi mente. Acababa de presentárseme una nueva oportunidad, la ocasión de convencerlo para que me dijera dónde estaba. Y si tenía que utilizar el chantaje en cualquiera de sus vertientes, lo haría sin dudarlo. O el soborno puro y duro.
Cerré el grifo y alargué la mano en busca de una toalla. Él tendió la suya y me la arrebató, de modo que me quedé desnuda y chorreando. Lo que utilicé en mi conveniencia como mejor supe.
—¿Es esto lo que quieres? —pregunté, abriendo los brazos, exponiéndome a él por completo, esperando que no le importara el pegamento. Era difícil desprenderse de aquella mierda.
Con la mirada colmada por el deseo, dio un paso al frente y me tomó entre sus brazos. Sin embargo, se detuvo un instante, indeciso, clavando su mirada en la mía un largo momento, como asombrado. Me acarició el mentón y pasó el pulgar por mis labios. En sus ojos del color del café bañado por el sol titilaban unas motas verdes y doradas hasta que abatió sus espesas pestañas y juntó su boca con la mía. Su lengua se abrió paso entre mis labios en un beso abrasador. Sabía a peligro y oscuridad.
Una mano perturbadora bajó por mi espalda y me rodeó una nalga en el momento en que su boca se separó de la mía y me buscó el pulso en el cuello. Sentí un estremecimiento tan placentero que precisé de todas mis fuerzas para susurrarle al oído:
—Puedes tenerme toda para ti después de que me digas dónde estás.
Se detuvo, esperó largo rato hasta que consiguió controlar el ritmo de su respiración y entrecerró los ojos tras apartarse de mí.
—Después de que te lo diga.
—Después.
La temperatura de la habitación descendió en picado en cuestión de segundos; estaba molesto. En un abrir y cerrar de ojos regresamos al punto muerto en que lo habíamos dejado. Acabaríamos con un esguince cervical de tan bruscos e inflexibles que eran los vaivenes de nuestra relación.
—¿Serías capaz de utilizar tu cuerpo para conseguir lo que quieres?
—Sin pensármelo dos veces.
Aquello le dolió. Sentí cómo repercutía en su interior. Se acercó de nuevo, se inclinó hasta detener su cabeza a escasos centímetros de la mía y me susurró en un hilo de voz apenas audible:
—Puta.
—Vete —dije, incapaz de contener el dolor que sus palabras me habían provocado.
Desapareció y dejó tras de sí un vacío de amarga desolación. Entonces se me encendió la bombilla. La puta o, bueno, prostituta. El astro del cine clásico... ¿En qué estaría pensando?
—Euge, date prisa, levanta.
La zarandeé sin miramientos hasta que le castañetearon los dientes, y me fui derechita a su armario. Se puso en pie de un salto y empezó a agitar los puños en el aire como un personaje de dibujos animados. Habría estallado en carcajadas de no haber tenido la cabeza como un bombo por culpa de la conmoción cerebral.
Aunque se me escapó una risita.
—Menudos pelos, guapa.
Se los atusó un tanto cohibida y me miró con los ojos medio cerrados.
—¿Qué ocurre?
—Tengo una idea.
—¿Una idea?
Aguantó con el ceño fruncido un buen rato, hasta que unos pantalones de deporte la alcanzaron en toda la cara. No había podido resistirme. Sobre todo porque la venganza era un plato que se servía frío. O al menos templadito. Estallé en carcajadas y que fuera lo que Dios quisiera.
—Tendrías que mejorar la puntería —protestó, apartándose los pantalones de la cara y lanzándome una mirada somnolienta de pocos amigos.
—Tengo muy buena puntería, que lo sepas.
Tenía la cabeza al borde de un desastre nuclear cuando nos escabullimos por la parte de atrás y rodeamos el edificio para ir en busca de Misery en la ignominiosa tentativa de esquivar a los polis que hacían guardia. Me sentí mal, pero si aparecía con escolta policial, no llegaría muy lejos. Cuando paramos delante del Chocolate Coffe Café, Eugenia me miró esperanzada.
—¿Se nos pasó algo por alto? ¿Has encontrado más pruebas?
—No exactamente. —Me volví hacia ella antes de bajar del coche—. Tengo una idea. A Norma, Brad y a cualquiera que esté ahí dentro va a parecerles un poco extraño, así que necesito que me ayudes.
—Siempre que no haya que bailar sobre una barra...
Entramos en la cafetería y echamos un vistazo a nuestro alrededor. Era el turno de Norma, pero no vimos quién estaba tras los fogones. Había dos clientes acomodados en un lugar muy poco conveniente, pero ya me encargaría más tarde de aquello.
Señalé la barra con un gesto de la cabeza y Euge y yo nos dirigimos hacia allí con paso seguro. Mi astro del cine clásico se recostaba en ella, con los codos apoyados en la encimera y las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. El sombrero de color claro y la gabardina eran de los años cuarenta, y le daban un aire innegable con Humphrey Bogart. La visión me dejó sin respiración. A Eugenia y a mí nos encantaba Humphrey.
Me senté en el taburete que había a su lado al ver que Norma se acercaba.
—Hola, guapas, ¿ya habéis encontrado a quien andabais buscando?
Euge se sentó junto a mí, aunque en el lado equivocado. La agarré de la chaqueta por debajo de la barra y le hice dar la vuelta por detrás de mí.
—No —contesté, apenada—. Todavía seguimos buscando.
Norma chascó la lengua y nos sirvió dos tazas de café sin tan siquiera habérselo pedido. Para ser sinceros, no estaba segura de que me conviniera beber café con la cabeza tan embotada como la tenía, pero rechazar una taza sería como rechazar la paz mundial. Todos los interesados saldrían ganando si lo aceptaba sin reservas. En cuanto alguien proponía un modo de chutárselo, estaba perdida.
Euge tomó asiento y me miró de soslayo, un poco tensa.
—¿Recuerdas tu papel? —pregunté.
Frunció ligeramente el ceño, pero me siguió el juego y asintió. Sonreí.
—Bien, tenemos que acabar de memorizarlo antes del ensayo general de mañana por la noche.
—Ah, claro —dijo, con una risita nerviosa—. El ensayo general.
—¿Estáis haciendo una obra de teatro o algo así? —preguntó Norma, tendiéndonos la carta.
—Sí, en el Stage House. Nada especial.
—¡Eso está muy bien! —exclamó, retomando la bayeta para limpiar la barra—. Hice algo de teatro en el instituto. Avisadme cuando estéis listas.
—Gracias —dije, antes de dirigirme a Euge.
Bogart se sentaba entre las dos. Me miró de reojo.
—Hola —lo saludé, esperando dar la impresión de ser inofensiva.
El astro muerto se volvió hacia mí, con los labios reducidos a una fina línea.
—De todos los cafés del mundo, tuvo que elegir el mío.
El corazón me dio un vuelco. Era clavadito a Bogart. Qué lástima que Eugee no pudiera verlo.
—¿Has venido a llevarte mi alma? —preguntó.
Me dejó un tanto sorprendida que conociera la naturaleza de mi trabajo.
—Si no es mucha molestia —contesté. Busqué la foto que tenía de Mimi Jacobs y la sostuve en la mano—. ¿Has visto a esta mujer?
Volvió el rostro y se quedó mirando fijamente la ventanilla de Brad.
—No suelo fijarme en lo que pasa por aquí.
Sonreí.
—En mí te has fijado.
—Es difícil pasarte por alto.
En eso tenía razón.
—¿Por qué no quieres cruzar?
Se encogió de hombros.
—¿Tengo otra opción?
—Por supuesto. Si obvias lo «de la muerte», me quedo en ángel. No puedo obligarte a cruzar.
Se volvió hacia mí, sorprendido.
—Cariño, si hay alguien que puede, esa eres tú.
No iba a discutir con él.
—Bueno, pues no voy a hacerlo. Si no quieres cruzar, no insistiré.
Miré a Euge, sentada detrás de él. Me observaba atentamente, sin perder una sola palabra, asintiendo, como si estuviera valorando mi actuación. Se me escapó un resoplido y miró a su alrededor, algo cohibida.
—¿Estás riéndote de mí? —preguntó entre dientes, intentando disimular.
—No —le prometí antes de concentrarme de nuevo en Bogart.
—¡Eh, nena! —Me volví y sonreí a Brad cuando este asomó la cabeza por la ventanilla—. No puedes vivir sin mí.
—Tú lo has dicho, guapo, y además tengo hambre.
Una sonrisa complacida se dibujó en su rostro.
—Nena, acabas de decir las palabras mágicas.
Regresó a la cocina y empezó a preparar a saber qué, aunque estaba segura de que su creación rozaría la calificación de obra de arte.
—En ocasiones, los recuerdos encuentran un escondite y quedan enterrados —proseguí, dirigiéndome a Bogart—, y cuando la gente cruza, los veo. Tenía la esperanza de que hubieras visto a Mimi y de que hubieras reparado en algo que a los demás les hubiera pasado por alto. Si cruzaras a través de mí, podría rebuscar entre tus recuerdos para encontrarla, pero no voy a obligarte a hacerlo.
Obvié mencionar que, de todos modos, tampoco habría sabido cómo.
El hombre sacudió la cabeza.
—Nadie me espera al otro lado.
—Tonterías. Siempre hay alguien esperando. Confía en mí; aunque no lo creas, alguien te espera.
—Bueno, tenía familia. —Tras un hondo suspiro, añadió—: Si no te importa, creo que paso.
Se me partió el corazón. Su gente lo aguardaba y él lo sabía, pero consideraba que no merecía cruzar. Algo había hecho en su pasado que había supuesto un cisma, y probablemente en su seno familiar.
Ojalá pudiera convencerlo, porque aquel hombre no sabía lo que se perdía al obstinarse en permanecer en la Tierra. Aunque sus razones tendría. No iba a presionarlo.
—Cuando estés preparado —dije, tocándole un brazo.
Bajó la vista, me tomó la mano y se la llevó a sus fríos labios. Después de depositar un delicado beso en mis nudillos, desapareció.
Miré a Eugenia, abatida.
—No ha picado.
—¿Ves sus recuerdos? —preguntó, muda de asombro.
No comprendía cómo era posible que, a aquellas alturas, hubiera algo que la asombrara.
—Sí, los veo, pero nunca he intentado husmear en ellos con intención de encontrar algo en concreto. Aunque creo que podría. Es cuestión de probarlo. Además, todavía tengo que hablar con otra persona.
Le hice un gesto para que cogiera su taza y me siguiera al comedor. Una decena de mesas salpicaban la amplia sala, a lo largo de cuyas paredes se alineaban varios reservados. Una pareja joven charlaba entre susurros junto a uno de los enormes ventanales que daban al cruce, bajo la luz mortecina de las lámparas. En uno de los reservados del fondo se sentaba una mujer con pinta de haber sido una prostituta drogadicta. Por el aspecto de su piel, era evidente que le había dado duro a las anfetas.
Primero miré la silla y luego a Euge.
—Tendrás frío —le advertí, lamentándolo sinceramente.
Sin embargo, empezábamos a ser el blanco de las miradas extrañadas de Norma, por lo que necesitaba tenerla enfrente mientras hablaba con la mujer.
Se adelantó indecisa, como si caminara pisando huevos, y se encogió sobre sí misma después de tomar asiento. La mujer la traspasó, ajena por completo a que acabaran de invadir su espacio personal.
—Esto es perturbador lo mires por donde lo mires —dijo Euge.
—Lo sé. Lo siento.
—No, no lo sientas —me reprendió—, haría lo que fuera por Mimi. Agita los dedos, haz magia y averigua dónde está.
Sonreí y me senté frente a ella.
—Hecho.
La mujer tenía los brazos apoyados en la mesa y miraba por la ventana. No dejaba de frotarse las muñecas y en ese momento caí en la cuenta de que se había cortado las venas. Sin embargo, las heridas estaban cerradas y cicatrizadas, de modo que aquella no había sido la causa de su muerte. Ignoraba qué había acabado con ella, pero daba la impresión de haber llevado una vida bastante dura.
—Cariño —la llamé, alargando una mano y tocándole un brazo.
Abandonó momentáneamente la pose típica del obsesivo compulsivo y me dirigió una mirada vacía.
—Me llamo Mariana. Estoy aquí para ayudarte.
—Eres hermosa —dijo, acercando una mano a mi rostro. Sonreí al sentir que sus dedos me acariciaban las mejillas y los labios—. Como un millón de estrellas.
—Si quieres cruzar a través de mí, puedes.
Se apartó de inmediato y sacudió la cabeza.
—No puedo. Iré al infierno.
Le tomé ambas manos entre las mías.
—No, no vas a ir al infierno. Cariño, si tu destino fuera el infierno, ya estarías allí. Queda fuera de mi jurisdicción. Además, te aseguro que ellos saben cómo ocuparse de los suyos.
Sus labios se estremecieron y las lágrimas anegaron sus ojos.
—¿No...? ¿No voy a ir al infierno? Pero... Creía que al no haber ido al cielo...
—¿Cómo te llamas?
—Lori.
—Lori, lo admito, ni siquiera yo sé por qué hay gente que no cruza. Suele ocurrir cuando el fallecido ha sido víctima de un crimen violento. ¿Te importaría decirme cómo moriste?
Eugenia se abrazó a sí misma, intentando entrar en calor.
—No lo recuerdo —confesó Lori, y se echó hacia delante para tomarme a su vez de las manos—. Conociéndome, lo más probable es que me tomara una sobredosis de algo. —Me dirigió una mirada avergonzada—. No he sido una buena persona, Mariana.
—Estoy segura de que lo hiciste lo mejor que supiste. Es evidente que alguien lo cree así o, como ya te he dicho, habrías ido en la otra dirección. Sin embargo, estás aquí. Puede que solo estés un poco confusa. —Saqué la foto de Mimi y se la enseñé—. ¿Has visto a esta mujer?
Entrecerró los ojos y sacudió la cabeza mientras se esforzaba en recordar.
—Su cara me suena, pero no estoy segura. No suelo prestar atención a la gente. Están muy lejos.
—Cuando cruces, si al final te decides, ¿me permitirás rebuscar entre tus recuerdos para ver si puedo encontrarla?
Parpadeó, muda de asombro.
—Por supuesto. ¿Puedes hacerlo?
—No tengo ni idea —admití, soltando una risita.
Sonrió.
—Bueno, ¿qué tengo que hacer?
Me puse en pie.
—Atraviésame. Lo demás ocurre por sí solo.
Tras una honda inspiración, se levantó. En el aire se respiraba una animada excitación y me alegré por ella. Parecía tan perdida... Tal vez fuera aquello de lo que Rocket no paraba de hablar. Quizá muchos de los que se quedan atrás están perdidos y soy yo quien debe encontrarlos, en vez de ellos a mí. Sin embargo, no sabía cómo, a no ser que viajara por todo el país sin descanso.
Tenía que concentrarme en revolver entre sus recuerdos. En el momento en que cogía aire, Lori dio un paso hacia mí y la oí susurrar:
—Oh, Dios mío.
Su vida me embistió a toda máquina. Desde la vez en que, siendo aún niña, su madre se la alquiló a un vecino una tarde entera a cambio de un chute, hasta la vez en que, ya en el instituto, un grupo de chicas le tiraron del pelo al pasar junto a su taquilla. Sin embargo, la aflicción quedó rápidamente eclipsada por el poema que le llevó a ganar un concurso. Lo publicaron en un periódico local junto a su foto. Nunca se había sentido tan orgullosa de sí misma. Dejó atrás su pasado y fue a la universidad un semestre, pero pronto empezó a rezagarse y la pesada carga del fracaso volvió a echar raíces. Regresó a la vida que conocía, la vida en las calles vendiéndose por el siguiente viaje, y murió de sobredosis en una sucia habitación de hotel.
Tenía que abrirme paso entre los momentos más destacados, rebuscar entre sus recuerdos antes de que se fuera para siempre. Encontré la primera vez que había entrado en la cafetería. Se había sentado y no había vuelto a levantarse. Había permanecido encerrada en sí misma durante años. Avancé poco a poco, comprobando un cliente tras otro, demasiados para repasarlos todos, así que traje la imagen de Mimi al frente y vi a una mujer dando un traspié junto a la puerta de entrada, con el miedo dibujado en su rostro y unos ojos asustados con los que no dejaba de mirar a todas partes.
Se sentó y esperó, pero después de que un coche tras otro aparcara junto a la cafetería, los nervios se apoderaron de ella, se hizo con un rotulador por estrenar que había junto a la caja registradora y se dirigió al lavabo sin perder tiempo. Aproximadamente un minuto después, otra mujer entró en el baño y Mimi salió a toda prisa de la cafetería para acabar engullida por la oscuridad de la noche.
Boqueando, abrí los ojos y me llevé las manos al pecho, como si buceara en una piscina y acabara de emerger a la superficie. Llené los pulmones de aire y volví a tomar asiento, muda de asombro. Lo había hecho. Había revuelto entre sus recuerdos. Necesité unos segundos para digerir lo que había visto y contener la tristeza que amenazaba con arrollarme. Lori no había tenido una vida nada fácil. No me cabía la menor duda de que estaba en un sitio mejor, por sensiblero que pudiera sonar.
Además, la había encontrado. Había encontrado a Mimi.
Miré a Euge, incapaz de reprimir una sonrisita.
—Permíteme que te haga una pregunta —dije, casi sin aliento.
—Adelante.
—Si fueras la esposa de un hombre de negocios adinerado, con una casa enorme y unos niños preciosos a los que quisieras más que a tu vida, ¿cuál es el último lugar en el que te buscarían?
Un atisbo de esperanza iluminó el rostro de Eugenia.
—¿Ha funcionado?
—Ha funcionado.
Eché un vistazo a mis espaldas y señalé al otro lado de la calle.
—¿El centro de acogida para gente sin hogar? —preguntó, sin dar crédito a sus propias palabras.
Me volví hacia ella y me encogí de hombros.
—Es perfecto. No puedo creer que no se me haya ocurrido antes. La hemos tenido delante de nuestras narices todo este tiempo.
—Pero... Oh, Dios mío, vale, y ahora ¿qué hacemos?
Tamborileó con las manos sobre la mesa, apenas capaz de dominar su entusiasmo.
—Nos pasaremos a saludar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario