miércoles, 29 de marzo de 2017

Capítulo 13

Capítulo 13



No busques problemas, ahórratelos.
Son gratis y saben dónde vives.
(Camiseta)

Al día siguiente no me levanté hasta las nueve, algo comprensible teniendo en cuenta que no me había ido a la cama hasta bien entradas las cinco de la madrugada. Continuaba en un estado mental tirando hacia confuso cuando fui en busca de la cafetera.
—Buenos días, señor Wong —lo saludé con una voz ronca que sonó tan somnolienta como me sentía.
Había alargado la mano hacia el aparato cuando reparé en la nota que había sobre el señor Café. Mira que era romántico, el hombre. La cogí y desdoblé el primer pliegue. «¿Qué es un detective privado que no se da por vencido?».
Mmm... Se me ocurrieron varias respuestas. Alguien emprendedor. Cumplidor. Fiable. No sé por qué, pero me temía que aquello no era lo que buscaban. Desdoblé la última parte de la nota.
«Un fiambre.»
Maldita fuera. Tendría que haberme limitado a la jerga del ramo. Los criminales no solían arriesgarse con el vocabulario.
Por instructiva que fuera la nota, tenía trabajo que hacer (muchas vidas que destruir y muy poco tiempo) y nuevas cerraduras que comprar. Disponiendo de aproximadamente tres minutos antes de que el café estuviera listo, decidí ir a hacer pipí, pero alguien llamó a mi puerta justo cuando pasaba junto a esta. Me detuve, miré a mi alrededor, esperé. Al cabo de un momento, una nueva tanda de golpes resonó en mi apartamento.
Me acerqué de puntillas, jurando que si alguien más había decidido venir a matarme, iba a cabrearme como una mona. Eché un vistazo por la mirilla y vi a dos mujeres, biblias en mano. Por favor. Pero qué disfraz tan malo. Seguro que se trataba de asesinas profesionales, enviadas para meterme un par de balas en la cabeza antes del mediodía.
Sin embargo, solo había una manera de averiguarlo. Coloqué la cadena en el pasador y abrí la puerta un resquicio. La mayor de las dos sonrió y empezó a hablar de inmediato.
—Buenos días, señora. ¿Se ha percatado de la mala salud que aqueja a nuestro mundo últimamente?
—Esto...
—¿Que las enfermedades se han extendido hasta el último rincón de la verde tierra de Dios.
—Bueno...
—Hemos venido a informarle de que no siempre será así.
Abrió la Biblia y fue pasando páginas, ofreciéndome la oportunidad de meter baza.
—Entonces ¿no han venido a matarme?
La mujer se detuvo, frunció las finas cejas y miró a su amiga antes de dirigirse de nuevo a mí.
—¿Perdone? Creo que no la he entendido.
—Ya sabe, a matarme. A asesinarme. A ponerme una pistola en la cabeza...
—Creo que nos ha confundido con...
—¡Esperen! No se vayan. —Cerré para descorrer la cadena. Al volver a abrir la puerta, retrocedieron un paso, intimidadas—. Entonces ¿no son asesinas?
Ambas sacudieron la cabeza.
—¿Son testigos de Jehová?
Asintieron.
Igual podía aprovecharlo. Tal vez supieran algo que yo no.
—Perfecto. Permítanme que les haga una pregunta —dije, mientras la más joven repasaba mi atuendo con la mirada, el cual consistía en una camiseta de Blue Öyster Cult que recomendaba a la gente que no temiera al ángel de la muerte, y unos bóxers a cuadros—, como testigos de Jehová, ¿qué es exactamente de lo que han sido testigos?
—Bueno, si echa un vistazo... —La mayor de las dos volvía a pasar las páginas—. Como testigos, estamos obligados a alejarnos de los pecadores, a expulsar a las malas personas que hubiera entre nosotros y...
—Sí, sí, todo eso está muy bien —la interrumpí, agitando la mano—, pero lo que en realidad necesito saber es si ustedes pueden ver o atestiguar la existencia de... —Incorporé entonces unas comillas imaginarias como recurso efectista y añadí—: Demonios.
Volvieron a intercambiar una mirada. Esa vez contestó la más joven irguiendo la espalda, con gran seguridad en sí misma.
—Bueno, los demonios son ángeles que se pusieron del lado de Satán, el gobernante del mundo en estos últimos tiempos. Nosotros tenemos la responsabilidad de permanecer castos y conservar la fe...
—Pero ¿alguna vez los han visto? —insistí, interrumpiéndolas de nuevo.
A ese paso, no iban a invitarme a una misa en la vida.
—¿Que si los hemos visto? —preguntó la mayor, sin tenerlas todas consigo.
—Sí, ya sabe, en persona.
Sacudieron la cabeza.
—No, físicamente no, pero si lee este pasaje...
La Virgen, sí que le gustaba la Biblia. La había leído y entendía a la perfección que tuviera tantos seguidores, pero no me sobraba el tiempo. Por así decirlo, se habían acabado sus tres minutos.
—No se ofendan, y se lo digo con todo el respeto del mundo, pero no me son de gran ayuda.
Cerré la puerta con tristeza ante su expresión confusa. Se me había ocurrido que podrían haberse topado con algún que otro demonio durante sus paseos por la ciudad. Si no podía recurrir a nadie, si Peter me había dejado, tenía que encontrar el modo de verlos. Pero no, Peter no me había dejado. Era imposible.
Retomé el camino hacia el excusado y comprendí cuánta razón tenía el viejo dicho: no hay más ciego que el que no quiere ver.
Tras arrastrar mi cuerpo inerte hasta la oficina una hora después, me quedé mirando el atuendo de Cookie. Llevaba puesto un jersey de color morado y un pañuelo rojo alrededor del cuello. Decidí hacer como si no hubiera reparado en ello.
Levantó la vista de la pantalla del ordenador.
—Vale, tengo algo sobre la hermana de Janelle York. Iba de camino a casa, pero ha tenido la amabilidad de contestar unas cuantas preguntas.
Genial.
—¿Y? —pregunté, sirviéndome una taza. Porque a veces tres no son multitud.
—Me ha contado que Janelle se metió en las drogas después de que Mimi se mudara a Buenos Aires. Sus padres pensaban que se debía a la pelea con Mimi, pero cuando le pregunté sobre Hana Insinga, la hermana me dijo que había intentado hablar con Janelle sobre su desaparición. Janelle, Mimi y Hana estaban en el mismo curso. Por lo visto, Janelle se puso furiosa cuando su hermana le preguntó sobre aquel tema y le dijo que no volviera a mencionar el nombre de Hana nunca más.
—Vaya, eso es una respuesta bastante exagerada a una pregunta inocente.
—Es lo mismo que pensé yo. Y ¿sabes el primo de Warren, ese tal Harry, que siempre anda pidiéndole dinero?
—Sí.
—Vía muerta. Lleva casi un mes en Las Vegas, trabajando en un casino de apuestas.
—¿A diferencia de los casinos donde no se apuesta?
—También he hablado con la esposa del vendedor de coches asesinado —prosiguió, ignorándome.
—Has estado ocupada.
—Me ha contado exactamente lo mismo que Warren: que su marido empezó a mostrarse más retraído de lo habitual, incluso deprimido, que parecía atormentado a todas horas y que le dijo algo muy extraño.
Enarqué las cejas, intrigada.
—Le dijo que, a veces, se cometen pecados imposibles de perdonar.
—Pero ¿qué demonios hicieron? —pregunté, pensando en voz alta.
Euge sacudió la cabeza.
—Ah, y que también pensó lo mismo que Warren: creía que su marido estaba teniendo una aventura. Dijo que de pronto empezaron a desaparecer grandes sumas de dinero de su cuenta de ahorros. Le aseguré que no estaba engañándola.
Le dirigí una mirada burlona.
—Que no tuviera una aventura con Mimi no significa que no pudiera estar engañándola con otra.
—Lo sé, pero esa mujer estaba hecha un guiñapo. No hacía falta hacerla sufrir más. Su marido no la engañaba, estoy segura. Hablando de guiñapos, ¿qué tal estás? —preguntó, frunciendo el ceño visiblemente preocupada.
—¿Guiñapo? —protesté, fingiéndome ofendida—. Estoy bien. El sol brilla y el pegamento aguanta. ¿Qué más podría pedir?
—¿La dominación mundial? —sugirió.
—Vale, además de eso. ¿Ya has hablado hoy con Rufi?
Lanzó un hondo suspiro.
—Parece ser que mi hija se va de camping con su padre este fin de semana.
—Eso está muy bien. Ir de camping es divertido —dije, tratando de parecer animada.
Sabía por qué le disgustaba la idea, pero preferí no mencionarlo. Cuando Rufina se quedaba con su padre, Euge caía en una especie de estado depresivo. El viernes la cosa habría cambiado, pero ahora su chute de alegría tendría que esperar hasta después del fin de semana. Lo sentía por ella.
—Supongo que sí —dijo, evasiva—. Pareces cansada.
Recogí un par de expedientes de su mesa.
—Tú también.
—Sí, pero a ti estuvieron a punto de matarte anoche.
—«A punto» es el sintagma pertinente de esa oración independiente. Voy a investigar un par de cosas y luego seguramente iré a Taos a hablar con los padres de Kyle Kirsch. ¿Podrías llamar para asegurarte de que van a estar en casa?
—Claro. —Bajó la vista y empezó a hojear unos papeles—. Sigue vivo —dijo, cuando me volví hacia mi despacho—. El que te atacó. Tras recibir dos litros y medio de sangre. —Me detuve a media zancada, contuve la emoción que amenazaba con aflorar y seguí mi camino hacia la oficina—. Ah, y voy contigo a Taos.
Ya me había figurado que querría venir.
—Por casualidad, tú no me dejarías una nota, ¿verdad? —pregunté, asomando la cabeza por la puerta, a punto de cerrarla—. Encima del señor Café.
Frunció el ceño.
—No. ¿Qué tipo de nota?
—No te preocupes, no es nada.
No me imaginaba a Eugenia amenazándome de muerte, pero todavía tenía pendiente lo de averiguar si se trataba de una viuda negra. Llevaba un muerto en el maletero y hoy en día una nunca podía estar segura de nada.
Me senté a la mesa, con la mente nublada con posibilidad de chubascos. El tipo seguía vivo. Menos mal, supuse, aunque ahora sería una amenaza permanente. Casi deseé que Peter hubiera estado allí, que lo hubiera eliminado o, al menos, que lo hubiera incapacitado para que no pudiera volver a hacer daño a nadie. Una vez más surgió la misma pregunta retórica de siempre: ¿por qué aquellos monstruos sobrevivían cuando había buenas personas que morían a diario?
Unos tímidos golpecitos en la puerta me arrancaron de mis reflexiones y vi que Euge asomaba la cabeza por el vano.
—Aquí hay alguien que quiere verte —dijo, como si estuviera enfadada.
—¿Hombre o mujer?
—Hombre. Es...
—¿Tiene pinta de testigo de Jehová?
Parpadeó, sorprendida.
—Eh... no. ¿Es que ahora tenemos problemas con los testigos de Jehová?
—Ah, no, en absoluto. Es que esta mañana le he cerrado la puerta en las narices a una pareja de testigos y pensé que igual habían enviado a los suyos tras de mí.
Eugenia sacudió la cabeza.
—Es tu tío Nicolas.
—Peor aún. Dile que no estoy.
—¿Y con quién crees que pensará que he estado hablando todo este tiempo?
—Además —dijo el tío Nico, apartando a Euge a un lado—, te he oído. —Me lanzó una mirada reprobadora—. Vergüenza debería darte, pedirle a Eugenia que mienta por ti. ¿Qué les has hecho a esos testigos de Jehová?
—Nada. Empezaron ellas.
Se sentó frente a mí.
—Necesito tu declaración de lo que ocurrió anoche.
—Ningún problema. Ya la he pasado a limpio.
—Ah. —Se animó y tomó el papel que le alargué, aunque fue poniendo cara larga a medida que lo leía—. «Oí un ruido. Un malote me atacó con un cuchillo. Me agaché y le rajé el cuello. Fin.» —Lanzó un hondo suspiro—. Bueno, tendrás que esmerarte un poco más.
—Pero si solo soy una niña —protesté, en tono glacial—. Como si hubiera resuelto decenas de casos tanto para ti como para mi padre. Como si la tontita tuviera que preocuparse por cosas tan desagradables como los detalles, ¿no? Dios no quiera que algún día me entere de algo.
Le tembló la mandíbula como si estuviera a punto de decir algo, mientras calculaba, casi con total seguridad, qué posibilidades tenía de salir indemne del despacho.
—¿Qué tal si nos ocupamos de esto más tarde? —preguntó, metiendo mi declaración en una carpeta.
—¿Qué tal?
Justo cuando el tío Nico se levantaba, Euge me llamó por el intercomunicador.
—¿Sí?
—Tienes otra visita. Es Benjamin. No estoy segura de si es testigo de Jehová o no.
Ah, el otro traidor. Perfecto.
—Claro que sí, hazlo pasar.
Cuando Benjamin y el tío Nico se cruzaron, Nicky debió de hacerle alguna señal de advertencia porque Benjamin enarcó las cejas intrigado justo antes de entrar, servirse una taza de café y tomar asiento en la silla que tenía enfrente. Yo esperaba tamborileando con las uñas sobre la mesa, aguardando el momento idóneo para arrancarle los ojos.
Le dio un largo trago a su taza antes de hablar.
—¿Qué he hecho?
—¿Sabías lo del tipo que había amenazado a mi padre?
No contestó de inmediato, pero se removió en el asiento. Era tan evidente que lo había pescado con el culo al aire que ni siquiera tuvo gracia.
—¿No te lo habían dicho?
—Mierda, Amadeo, no, no me lo habían dicho. Prefirieron esperar a que ese tipo noqueara a mi padre y lo preparara para un viaje espacial envuelto en cinta adhesiva para que luego intentara matarme con un cuchillo de carnicero.
Se levantó de un salto y lanzó una maldición cuando se tiró el café encima. Por lo visto, nadie le había puesto al día.
—¿Qué? —exclamó, pasándose la mano por los vaqueros—. ¿Cuándo? ¿Qué ha ocurrido?
—Puedo imprimirte mi declaración, por si te sirve de algo.
Volvió a sentarse y me miró con recelo.
—Claro.
La imprimí, satisfecha de que todo el trabajo invertido en ella no hubiera sido en balde. La cogió, tardó lo suyo en leer las cuatro frases (tanto que empecé a preguntarme si no sería disléxico) y luego me miró.
—Vaya, son muchas cosas para asimilarlas de golpe.
—Créeme, para mí también —contesté, destilando ironía a raudales.
—¿Le rajaste el cuello?
Me incliné hacia él.
—Hago cosas por el estilo cuando me enfado —aseguré con voz amenazadora.
La mandíbula le tembló unos instantes.
—¿Qué tal si vuelvo más tarde?
—¿Qué tal?
Se dirigía hacia la puerta cuando se detuvo y se volvió.
—Tenemos que hablar con la anterior propietaria del Taurus de Euge. Esta tarde estará en casa. ¿Te apuntas?
Despegué los dientes para contestar.
—Me apunto.
—Le daré la dirección a Euge. Ahora tengo que hacer una llamada.
Después de darme un minuto para tranquilizarme, caí en la cuenta de que un acceso de ira se había adueñado de Benja justo antes de desaparecer. Una ira explosiva en cuyo radio era mejor no encontrarse. Ya averiguaría más tarde quién le había fastidiado el día.
—El señor Kirsch nos espera esta tarde —anunció Euge desde su despacho, aprovechando que la puerta que separaba nuestras oficinas había quedado abierta—. Su mujer está fuera de la ciudad, pero ha dicho que estará encantado de hablar con nosotros sobre el caso de Hana Insinga.
Me levanté y me acerqué.
—Está a unas tres horas de aquí. Tendríamos que ir poniéndonos en marcha.
—Me ha pedido que llevemos el expediente del caso.
—Claro.
Recogimos nuestras cosas y salimos por la puerta para emprender un viaje a uno de los lugares más bellos de la Tierra: Taos, Nuevo México.
—Le he dado a Benja la dirección de correo electrónico de mistress Marigold y le he hecho un resumen —comentó Euge cuando nos subimos a Misery—. Le enviará un correo, a ver si suelta por qué quiere que el ángel de la muerte se ponga en contacto con ella. Mientras tanto, lo único que puedo hacer es contarte chistes verdes por el camino, a ver si eso ayuda a que te animes un poco.
Giré la llave del contacto con una sonrisa.
—Estoy bien, solo un poco enfadada.
—Y con toda la razón. Yo también lo estoy y a mí no me han atacado. Ni me han rajado con un cuchillo de carnicero. ¿Stevie Ray Vaughan?
Ambas miramos el estéreo y poco a poco unas sonrisas se dibujaron en nuestros rostros.
—Va a ser un buen viaje —dije, encendiéndolo.
Cualquier viaje que empezara con Stevie Ray tenía que ser bueno.
La mayoría de los detectives privados se habrían limitado a llamar al antiguo sheriff del condado de Mora en vez de realizar un viaje de tres horas en coche hasta su casa, pero yo era capaz de averiguar mucho más acerca de alguien teniéndolo delante. Era el único modo en que no me cabían dudas acerca de lo que el señor Kirsch sabía sobre el caso. Si el hombre estaba enterado de que su hijo estaba involucrado en algo ilegal, yo también lo sabría. Puede que no conociera hasta el último detalle, pero me haría una idea de si tenía algo que ver con el encubrimiento de actividades ilícitas.
Eugenia estuvo ocupada todo el camino, recabando información y realizando llamadas.
—¿Y trabajó para el señor Zapata durante siete años? —decía en aquellos momentos, colgada del teléfono. El señor Zapata era nuestro vendedor de coches asesinado y Euge hablaba con uno de sus antiguos empleados—. Ajá. De acuerdo, muchísimas gracias. —Colgó el teléfono y me miró. Parecía cansada—. Espero que cuando yo muera la gente también recuerde solo cosas buenas de mí.
—¿Un nuevo testimonio que aboga por la próxima canonización de Zapata?
—Sí. La misma historia, distinto día.
—No sé qué hicieron en el instituto —dije, doblando a la derecha hacia la manzana del señor Kirsch—, pero está claro que nadie está dispuesto a contárnoslo. Al menos sabemos algo sobre aquellos críos.
—¿El qué? —preguntó, sin dejar de teclear en el ordenador.
—Que se les daba muy bien guardar un secreto. —Aparqué en el camino de entrada de la casa del señor Kirsch—. ¿Dónde has dicho que estaba su mujer?
Euge cerró el ordenador y levantó la vista.
—Guau, bonita casa. —La mayoría de las casas de Taos eran bonitas. Había que tener dinero para vivir allí—. En el norte, visitando a su madre.
—¿Sabes qué? —dije, apeándome del jeep—. Cuando hayamos cerrado el caso, voto por imitarla. En fin, el norte es una buena dirección.
—Deberíamos ir a Washington.
—No está mal.
—O a Nueva York —rectificó, cambiando de opinión—. Estoy enamorada de Nueva York.
Asentí.
—Yo la prefiero como amiga, pero me apunto.
El padre del congresista Kyle Kirsch tenía pinta de haber sido en sus tiempos un tipo duro de pelar. Era alto y desgarbado, y no había perdido la musculatura. Tenía el pelo rubio canoso y unos ojos de un intenso azul cerúleo. Por jubilado que estuviera, continuaba siendo un agente de la ley hasta la médula. Su porte, sus gestos, hasta el ademán más inconsciente apuntaban a una larga y fructuosa carrera atrapando criminales. Me recordó a mi padre, lo que hizo aflorar cierta tristeza. Estaba muy enfadada con él, pero también extremadamente preocupada. Sin embargo, por el bien de todos los presentes, decidí concentrarme en el asunto que nos había llevado hasta allí. Íbamos a tener una larga charla, mi padre y yo, pero por el momento tenía que averiguar si el señor Kirsch estaba involucrado en la desaparición de Hana Insinga.
—Recuerdo el caso como si fuera ayer —aseguró el señor Kirsch, mientras repasaba el expediente como un halcón observando a su presa. Dudaba que fuera de los que se les escaparan cosas—. Toda la ciudad se volcó en la búsqueda. Enviamos equipos de rastreo a las montañas y repartimos folletos por todas las poblaciones en un radio de cientos de kilómetros a la redonda. —Cerró la carpeta y nuestras miradas, la suya de ojos azul intimidante, se encontraron—. Señoritas, este es el caso que nunca conseguí cerrar.
Euge y yo intercambiamos una mirada. Estaba sentada a mi lado en el sofá de cuero, con la estilográfica y el ordenador a punto. El hogar de los Kirsch estaba decorado con el típico estampado de manchas blancas y negras de las vacas Holstein y los cálidos paisajes de Argentina. El resto de la casa mezclaba con gran acierto el estilo rural y el mexicano.
A pesar del tiempo que había transcurrido, percibí el pesar del señor Kirsch.
—El informe decía que se entrevistó con todos los estudiantes del instituto. ¿Hubo algo que le llamara la atención? ¿Algo que no considerara suficientemente importante para incluirlo en el expediente?
Sus labios formaron una fina línea. Se puso en pie cuan largo era y se acercó a una ventana con vistas a un pequeño estanque.
—Hubo muchas cosas que me llamaron la atención —admitió—, pero por mucho que lo intenté, no conseguí sacar nada en claro.
—Según los testimonios —proseguí, recuperando el expediente y abriéndolo sobre mi regazo—, Hana podría haber acudido o no a una fiesta esa misma noche. Podría haberla abandonado o no temprano. Y podría haber ido andando o no hasta una gasolinera al final de la calle en que vivía. Hay tantos testimonios contradictorios que es difícil encajar las piezas.
—Lo sé —dijo, y se volvió hacia mí—. Estuve dos años tratando de encontrarles sentido, pero cuanto más tiempo pasaba, más vagas se volvían las historias. Era desquiciante.
Era una de las características de aquel tipo de situaciones. Decidí ir a por el oro. Hasta ese momento, algo en mi interior me decía que el antiguo sheriff no estaba involucrado en encubrimientos de ningún tipo, pero tenía que asegurarme.
—En su informe dice que interrogó a su hijo, que había acudido a la fiesta, aunque fue uno de los estudiantes que aseguró no haberla visto en ella.
Volvió a tomar asiento frente a mí, con un hondo suspiro.
—Creo que yo tuve parte de culpa. Su madre y yo estábamos fuera ese fin de semana y casi podría decirse que lo amenazamos de muerte si se le ocurría salir de casa. Al principio, dijo que no había ido a la fiesta por miedo a meterse en líos. Sin embargo, cuando me enteré por los demás de que sí había estado allí, al final confesó. Aun así, aquello fue lo único que conseguí sonsacarle. Con él me pasó lo mismo que con muchos otros, solo recibía señales confusas. Comportamientos extraños a los que no supe encontrarles significado.
El señor Kirsch decía la verdad. Estaba tan involucrado en la desaparición de Hana como yo.
—En ocasiones, los críos ocultan cosas que creen que podrían meterlos en líos y que no tienen nada que ver con el caso. Lo he visto muchas veces durante mis investigaciones.
Asintió.
—Yo también, pero le aseguro que los adultos hacemos lo mismo —dijo, con una amplia sonrisa.
—Sí, tiene razón. —Nos levantamos para irnos—. Por cierto, felicidades por la carrera de su hijo hacia el Senado.
En ese momento su aura proyectó rayos iridiscentes de orgullo y me vi envuelta en su calidez, aunque también se me encogió ligeramente el corazón. Si yo estaba en lo cierto, su hijo era un asesino. No iba a encajar bien la verdad. ¿Y quién sí?
—Gracias, señorita Esposito. Mañana dará un mitin en Buenos Aires.
—¿Ah, sí? —exclamé, sorprendida—. No lo sabía. No estoy tan al tanto de estas cosas como debería.
—Yo sí —intervino Euge, alzando ligeramente la barbilla. Intenté no echarme a reír—. Dará un discurso en el campus de la universidad.
—Sí señor —confirmó el señor Kirsch—. Por desgracia, no puedo ir, pero dentro de un par de días repetirá en Santa Fe. Espero no perdérmelo.
Yo también esperaba que no se lo perdiera. Podría ser la última vez que viera a su hijo recibido como a un héroe.
Después de comer algo en Taos y las tres horas de coche hasta Buenos Aires, Euge y yo fuimos directas a la dirección que nos había facilitado Benja. Él ya estaba allí, esperando al final de la calle en su camioneta negra. Aparcamos detrás de él cuando se apeaba.
—¿Qué tal ha ido la llamada? —pregunté, en alusión a la repentina necesidad que había tenido de hablar con alguien cuando salía de mi oficina esa mañana. Me intrigaba saber a quién había llamado y por qué.
—Fantástica. Ahora tengo un empleado menos.
—¿Por qué? —exclamé, un tanto sorprendida.
Me sonrió como lo haría un niño travieso.
—Me hiciste prometer que yo no te seguiría, pero no dijiste nada de hacerte seguir.
Ahogué un grito. Sin disimulo.
—Eres un gusano.
—Por favor —protestó, rodeando el jeep para ayudar a bajar a Euge.
Reconozco que Misery no era de los vehículos más cómodos para subir y apearse de él.
—Gracias —dijo Eugenia, sorprendida.
—De nada. —Nos condujo al cabo de la calle, hacia una pequeña casa blanca de adobe con un jardín poblado de hierbajos—. Tenía un hombre vigilándote a todas horas. —Me miró de reojo mientras seguíamos caminando—. O al menos creía tener un hombre vigilándote a todas horas. Por lo visto, al de ayer noche se le ocurrió que no estaría mal hacer una pausa para ir a comer algo sin esperar al cambio de turno. ¿Sobre las tres de la madrugada? —preguntó. Asentí, con los dientes apretados de rabia—. Tu vida estaba en peligro, por si no te había quedado claro.
Se sacó un papel del bolsillo trasero.
—Me quedó muy claro cuando me apuñalaron en el pecho, ¿sabes?
Miré a Euge de reojo, quien me confirmó su apoyo incondicional con una resuelta y leve inclinación de cabeza.
Benja puso los ojos en blanco. Qué poco profesional.
—No te apuñalaron, te hicieron un corte. Y tengo noticias sobre esa tal mistress Marigold... Por cierto, ¿de verdad se llama así? ¿Mistress Marigold?
—¿Qué ha dicho? —preguntó Euge, medio embobada. Me hizo gracia.
—Bueno, le informé de que era el ángel de la muerte, tal como me habías dicho —prosiguió, señalando a Euge con un gesto de cabeza—, y ella me contestó que si yo era el ángel de la muerte, ella era el hijo de Satán.
Tropecé con una grieta de la calzada. Benjamin me agarró y, al echar la vista atrás, vi a Euge con los ojos abiertos de par en par.
—Intenté contestarle por correo electrónico —continuó Amadeo, mirándome con recelo—, pero parece que no quiere saber nada más de mí.
—Yo habría hecho lo mismo —comenté con fingida despreocupación. Santo cielo, ¿quién sería aquella mujer?
—Se llama Carrie Liedell —dijo, poniendo énfasis en la pronunciación.
—¿Mistress Marigold?
¿Cómo narices sabía aquello? Benjamin frunció el ceño.
—No. La tipa esta. —Señaló la casa—. Trabaja en un jardín de infancia.
Ah, vale. Inspiré hondo, le eché un vistazo al papel, leí el nombre de Carrie Liedell y me reí entre dientes.
—Se pronuncia Li-dell.
—¿En serio? ¿Y tú cómo lo sabes?
Me detuve y señalé el papel.
—¿Ves esto de aquí? ¿La i-e? En inglés, cuando dos vocales son lindantes, la primera lleva la voz cantante.
Me miró con el ceño fruncido.
—¿Y eso qué coño significa?
Eché a andar de nuevo hacia la puerta, lanzando una divertida mirada de soslayo a Euge, y justo en ese preciso instante advertí lo genial que sonaba el repiqueteo de mis tacones sobre el cemento.
—Significa que nunca aprendiste a leer como es debido.
Eugenia disimuló una risita fingiendo que tosía cuando Benjamin me alcanzó junto a la puerta. Esperó mientras yo llamaba. Justo cuando el pomo giraba, me preguntó en voz baja:
—¿Y entonces en apellidos como Astair?
Ahí tenía razón.
—O Springsteen.
Una mujer de unos treinta años y una melena corta y morena, que encuadraba una mandíbula ya de por sí exageradamente cuadrada, abrió la puerta un resquicio.
—O, no sé, Bloom.
Ahora ya estaba fanfarroneando.
—¿Sí? —preguntó la mujer, sin tenerlas todas consigo.
Seguramente pensaba que queríamos venderle algo. Aspiradoras. Subscripciones a revistas. Religión por metros.
Antes de que pudiera abrir la boca, Benjamin se inclinó para susurrarme al oído:
—O House. Y, sí, La, puedo seguir así todo el día.
Una más y me lo cargaba a porrazos con las pinzas de servir.
—Hola, ¿señora Liedell? —Le mostré mi licencia de detective privado. Más que nada para impresionar a mis fans—. Me llamo Mariana Esposito y estos son mis compañeros Eugenia Suarez y Benajmin Amadeo. Estamos investigando un caso de atropello y fuga que ocurrió hace tres años.
Partiendo del hecho de que no tenía ni la menor idea de qué le había ocurrido realmente al Muerto del Maletero, estaba asumiendo un gran riesgo. Aunque aquella mujer estaba involucrada en su muerte, había una infinidad de cosas que podrían haber sucedido; sin embargo, teniendo en cuenta que el tipo parecía haber muerto en el maletero, un atropello con fuga era lo que mejor encajaba. Imaginé que volvía a casa de noche y que, sencillamente, no lo vio. Luego, temiendo meterse en problemas, ¿lo convenció para que entrara en el maletero? La teoría era un poco endeble, pero era la única que tenía.
Me cobré la apuesta de inmediato. Sentí que la adrenalina empezaba a correr por sus venas y que la atravesaba una afilada punzada de miedo al tiempo que la culpabilidad se abatía sobre ella como si la envolviera una nube negra. A pesar de todo, en su rostro apenas se dibujó un atisbo de angustia. Abrió los ojos y frunció los labios de manera imperceptible. Había ensayado aquel momento, lo cual la convertía en una asesina.
Decidí presionarla un poco más e impedir que su sistema tuviera la oportunidad de recuperarse.
—¿Le importaría explicarnos qué ocurrió, señorita Liedell? —pregunté con voz acusadora.
Se cerró el cuello de la camisa con una mano, cohibida. Aunque también podría haberse debido a tener un vagabundo muerto levitando sobre ella, mirándola con unos ojos verdes en los que empezaba a encenderse una chispa de reconocimiento. Nunca me había encontrado en la situación de que un muerto quisiera hacerle daño a un vivo (ni siquiera sabía si podían), pero recé con todas mis fuerzas para no tener que detener a aquel tipo. Era enorme. Además, teniendo en cuenta que solo lo veía yo, habría sido un poco raro.
—No... No sé de qué me hablan —balbuceó.
—Atropelló a un vagabundo —dije, percibiendo el temblor delator en su voz—, lo metió en el maletero de su Taurus blanco del año dos mil y después esperó a que muriera. ¿Me he dejado algo?
Noté que Benjamin tensaba la mandíbula, aunque no logré adivinar si se debía a su disconformidad con mi línea de actuación o a que estaba enfadado con ella por lo que había hecho.
—Fue en Coal Avenue —intervino el Muerto del Maletero con voz profunda, clara y cortante. Al principio me asusté un poco, pero hasta los chiflados disfrutaban de momentos de lucidez. Luego se volvió hacia mí y me clavó al suelo con una mirada furibunda—. En un aparcamiento, por increíble que parezca.
—¿Lo atropelló en un aparcamiento? —pregunté, puede que con voz algo estridente a causa de la sorpresa.
Benja se movió inquieto a mi lado, preguntándose adónde quería ir a para con todo aquello. Yo también me lo preguntaba.
Esa vez abrió los ojos de par en par y su expresión de culpabilidad era innegable.
—Yo... nunca he atropellado a nadie.
—Estaba bebida —prosiguió el tipo, al tiempo que los recuerdos le surcaban el rostro de arrugas—, completamente borracha, y me dijo que me subiera al asiento trasero, que me pondría bien.
—Le dijo que se subiera a su coche —traduje, diseccionándola con una mirada cortante—. Había bebido.
La señorita Liedell miró a su alrededor, como para asegurarse de no estar saliendo en un programa de cámara oculta.
—Debía de tener una conmoción cerebral, porque no podía concentrarme. Solo sé que estaba hablando con ella y lo siguiente que recuerdo es que agonizaba en su maletero. Volvió a golpearme, aunque esta vez con un ladrillo.
—Pero ¿qué narices le dijiste? —pregunté, olvidando las apariencias.
El tipo posó en mí su mirada glacial.
—Le dije que era poli y que estaba detenida.
—¡La madre del cordero! —exclamé, completamente alucinada—. ¿En serio? ¿Eras poli? ¿De la secreta?
Asintió, pero Liedell ahogó un grito y se cubrió la boca con ambas manos.
—No, yo no sabía que era poli. Creía que era un vagabundo chiflado. Iba... Iba sucio. Creí que estaba mintiendo para sacarme dinero. Ya saben cómo son. —Estaba aterrorizada. En circunstancias algo más normales, hasta habría resultado gracioso—. Ustedes no son polis, no pueden hacer esto.
Justo en ese momento, el tío Nico detenía su monovolumen delante de la casa con un chirrido de neumáticos, seguido de dos coches patrulla más, con las luces de las sirenas encendidas. Su sentido de la oportunidad, aunque impecable, me dejó patidifusa.
—No —admití, incapaz de disimular mi asombro—, pero él sí.
...

Levanté el pulgar por encima del hombro para señalar a Nicky, también conocido como el Justiciero. Caminaba hacia nosotros con decisión. Con una misión. O con hemorroides. O con ambas.
—¿Carrie Liedell? —preguntó, acercándose sin perder tiempo.
La mujer asintió distraídamente, tal vez mientras veía pasar su vida por delante.
—Queda usted detenida por el asesinato del agente Zeke Brandt. ¿Lleva algo en los bolsillos? —preguntó antes de hacerla girar en redondo y cachearla.
Otro poli le leía sus derechos cuando Liedell empezó a berrear.
—¡No sabía que era poli! —se defendió, entre sollozos—. ¡Creía que mentía!
Cuando el agente se la llevó de allí, Nicky se volvió hacia mí, muy serio.
—Brandt llevaba tres años desaparecido y nadie sabía qué le había ocurrido. Estaba investigando una red de narcotráfico que utilizaba indigentes como camellos.
—Pero ¿cómo lo has sabido? —pregunté, sin salir de mi asombro.
—Amadeo me contó en qué andabas, el caso que le habías asignado mientras se suponía que estaba vigilándote.
Miré a Benjamin con el ceño fruncido.
—¿Es que aquí ya no se respeta nada?
Se encogió de hombros.
—¿He de entender que ya te has encargado de ese problemilla? —le preguntó el tío Nico.
—Me he quedado sin empleado, pero saldré de esta —contestó Benjamin, refiriéndose al tipo que tendría que haber estado vigilándome cuando me atacaron.
—Un momento —dije, levantando una mano para pedir tiempo muerto—. ¿Cómo sabías que Carrie Liedell asesinó a tu agente?
El tío Nico se acercó un poco más. No quería que nadie lo oyera.
—Cuando Amadeo me contó lo del vagabundo muerto en el maletero del Taurus blanco de Euge, recordé que durante la investigación de la desaparición de Brandt aparecía lo que creímos que podría ser un caso de atropello y fuga en una de las grabaciones de las cámaras de vigilancia de un videoclub. Sin embargo, la imagen estaba muy granulada y casi todo sucedía fuera de encuadre, por lo que no fuimos capaces de establecer lo que ocurría con exactitud. Revisionamos la cinta, pensamos que podría tratarse de nuestro hombre, ya que precisamente esa noche había realizado una llamada desde esa misma tienda, y realzamos la imagen para ver la matrícula del vehículo.
Nicky le tendió la mano a Benjamin y le dio un fuerte apretón.
—Buen trabajo —lo felicitó. Luego estrechó la mano de Euge—. No está nada mal. Siento lo de tu coche. No nos lo quedaremos mucho tiempo.
Euge, que todavía no había salido de su asombro, lo miró confusa.
Luego, el tío Nico se volvió hacia mí.
—¿Volvemos a ser amigos?
—Ni aunque fueras el último superpoli sobre la faz de la Tierra luchando contra las hemorroides.
Se rió con disimulo.
—No tengo hemorroides. —Acto seguido, el cabeza de chorlito se inclinó y, a pesar de todo, me besó en la mejilla—. Ese tipo significaba mucho para mí, cariño —me susurró al oído—. Gracias.
Euge seguía con la boca abierta cuando el tío Nico dio media vuelta en dirección al monovolumen.
—¿Esto acaba de ocurrir de verdad? Porque es lo último que habría esperado. Es decir, yo creía que las maestras de guardería eran buena gente.
—Eugenia, si duramos lo suficiente en este negocio, creo que descubriremos que en todos los oficios hay personajes por amaestrar. —Sonreí y le di un pequeño codazo—. ¿Lo pillas? ¿Amaestrar? ¿Maestra?
Me dio unas palmaditas en el hombro sin apenas mirarme y echó a andar hacia Misery.
—Te debo una —le advertí, levantando la voz para que me oyera. Me volví hacia el Muerto del Maletero. Es decir, hacia el agente Brandt—. Entonces ¿no estás como una regadera?
Una sonrisa canalla donde las hubiera se dibujó en su rostro y de pronto lo encontré atractivo. A ver, todavía llevaba el pelo apelmazado e iba hecho un asco, pero menudos ojazos.
—¿Y las duchas? —pregunté, temiéndome la respuesta.
Su sonrisa se ensanchó y me debatí entre la ira desatada y la admiración. Nunca un muerto me había tomado el pelo de aquella manera.
—Puedes cruzar a través de mí —le informé, tratando de conservar el buen humor.
—¿De verdad? —Capté la ironía. Él ya lo sabía. Dio un paso hacia mí—. ¿Puedo besarte primero?
—No.
Con una risa relajada, me rodeó la cintura con un brazo, me atrajo hacia él e inclinó la cabeza. Contuve la respiración cuando sus labios tocaron los míos y... desapareció.
Cuando la gente cruzaba a través de mí, sentía su calidez, sus recuerdos más preciados y olía sus auras. Después de que desapareciera, me levanté el cuello del jersey para volver a olerlo. Su aroma era una mezcla de algodón de azúcar y sándalo. Inspiré hondo, con la esperanza de no olvidarlo jamás. Cuando tenía doce años, arriesgó su vida para salvar a un niño de su vecindario del ataque de un perro y acabaron dándole veintisiete puntos. Era un milagro que ni el otro niño ni él hubieran muerto. Sin embargo, había nacido para aquello, para ayudar a la gente, para salvar el mundo. Y entonces apareció una maestra de jardín de infancia borracha llamada Carrie Liedell para robarnos a uno de los buenos.
Y se había sentido perdido. Durante tres años, había dejado de saber quién era, quién había llegado a ser con el paso de los años. Hasta que Eugenia no había abierto ese maletero y mi luz lo había encontrado, había permanecido sumido en la oscuridad y la confusión. De algún modo, según sus recuerdos, mi luz lo había traído de vuelta. Tal vez había algo más en ser un ángel de la muerte de lo que sabía gracias al folclore popular. Definitivamente le debía un margarita a Euge.
—¿Siempre besas a los muertos? —preguntó Benjamin.
Había olvidado que seguía allí.
—Yo no lo he besado —protesté, a la defensiva—. Ha cruzado a través de mí.
—Sí, lo que tú digas. —Me dio un pequeño empujón con el hombro al pasar por mi lado—. Recuérdame que cruce a través de ti cuando muera.

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