Capítulo 18 parte 2
—Mi madre es capaz de eso y de mucho más, puede estar segura. —El rencor tiñó repentinamente su voz, fría e implacable—. Se lo conté todo la misma noche en que sucedió, hace veinte años. Me hizo prometer que no le diría nada a mi padre. Dijo que me detendrían, que la gente pensaría que yo era tan culpable como los demás. En cuanto acabó el curso escolar, me envió a casa de mi abuela.
—¿Su madre lo ha sabido todo este tiempo? —preguntó el tío Nico.
Kyle asintió.
—Cuando le advertí que iba a hacerlo público junto con Tommy Zapata, se puso hecha una furia. Dijo que el Senado era lo único que importaba y, con el tiempo, la presidencia. —Se echó a reír, con aspereza—. De todos modos, nunca lo habría logrado. Habrían investigado mi pasado, mi estilo de vida, y la gente como yo no llega a presidente, pero ella insistió en que lo intentara, empezando por el Senado. —Me miró a los ojos—. Esa mujer está loca.
—¿Qué le parece si lo acompaño a prestar declaración? —propuso el tío Nico.
Lo condujo hasta una sala de interrogatorio un tanto aislada. Yo me quedé atrás. Una sinfonía seguía retumbando en mi cabeza, aunque había pasado de la Quinta de Beethoven al «Summertime» de Gershwin. En fin, al menos podía dar las gracias por algo: puede que mi madrastra estuviera loca, pero como mínimo no era una asesina. Que yo supiera, claro.
Me tomé dos analgésicos y me senté en la sala de espera. Los párpados empezaron a pesarme más de lo que me habría gustado, pero quería esperar a Euge y saber qué había averiguado el tío nico. Estaba prácticamente segura de que acabábamos de resolver un misterioso caso de asesinato. Así y todo, a mis párpados les dio igual. El mundo se desdibujó, se precipitó en picado, giró sobre sí mismo, bailó el «Hokey Pokey» y se dio la vuelta. En ese momento, mi padre entró en escena. Supuse que habría oído lo que había ocurrido y que venía a comprobar cómo estaba.
—Hola, papá.
Hice un esfuerzo sobrehumano para levantarme de la silla y le di un abrazo vacilante. No lo había visto desde la noche del ataque, lo que me convertía en una mala hija.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, sujetándome con fuerza.
—Bueno, ¿y tú?
—Tengo que prestar declaración sobre el ataque.
—Ah.
Claro.
—¿Por qué estás envuelta en una manta? ¿Qué ocurre?
—Papá, estoy bien. Lo de siempre. Cosas de detectives privados y eso.
—Lali, tienes que buscarte otro empleo —me reprendió, exasperado.
Estaba burlándome cuando vi entrar a Gime y a Candela por la puerta. Me sorprendió que mi padre arrastrara hasta allí sus grilletes, junto con mi hermana.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Gime—. Creía que ella no venía.
Miró a mi padre con aire inquisitivo.
El hombre rechinó los dientes. Debía de fastidiar que te cogieran en renuncio por culpa de la vieja bruja. Candela levantó una mano en un cordial gesto de saludo y luego bostezó. Parecía tan cansada como me sentía yo.
—Y ¿por qué se supone que yo no debía venir? —le pregunté a mi padre.
Él sacudió la cabeza.
—Solo vamos a repasar unos cuantos detalles. Pensé que no te apetecería —contestó, trabándosele la lengua. Qué interesante—. Tú también tendrás que declarar en un momento u otro y no quería hacerte perder el tiempo o influir en tu testimonio.
—Bueno, pues parece que estamos de suerte —dije animada, con una amplia sonrisa—. Ya que estoy aquí, me encantaría participar de la diversión.
Mi padre empezó a balbucear cuando el tío Nico se acercó a nosotros.
—El congresista está prestando declaración por escrito —anunció Nicky—. Creo que va a tardar un rato. Podríamos aprovechar para repasar las grabaciones.
—¿Grabaciones, dices? —pregunté, fingiendo absoluta inocencia.
—Sí, las cintas en las que Caruso habla con tu padre. Leland decidió grabarlas. Aunque tengo que admitirlo, hermanito —dijo, dirigiéndose a mi padre—, no creo que Gimena y Candela quieran oírlas.
—Pues yo creo que sí —repuso Gime, dejándolos atrás con paso tranquilo en dirección a la sala de conferencias.
A mi padre lo envolvía tal aire de impotencia que incluso resultaba embarazoso.
—Esto es increíble —comenté, siguiéndola al trote—, es como matar veintisiete pájaros de un tiro. ¿Quién diría que una sola visita a la comisaría pudiera ser tan provechosa?
—Sigue un poco enfadada —le explicó Nicky a mi padre.
Por lo visto, se trataba de un encuentro comunitario. Nosotros, y por nosotros me refiero a la familia y a un par de oficiales, nos sentábamos alrededor de una mesa, mientras que polis de todo tipo y condición, principalmente guapos y guapísimos, ocupaban las paredes. Hasta Taft asomó la cabeza por allí. Interesante, aunque no alcanzaba a comprender la curiosidad que parecían haber suscitado las cintas en todo el mundo, sobre todo en Gimena y Candela.
—¿A quién quieres que mate primero, Esposito? —preguntó la voz de la grabación, Mark Caruso. En general tenía una buena proyección vocal y la pronunciación no estaba mal. Solo tenía que retocar ligeramente el tono para que reflejara mejor su estado de ánimo—. ¿Qué muerte te postraría de rodillas? —Un gran comienzo. Se notaba que había pensado mucho aquel discursito—. ¿Qué muerte te sumiría en un pozo tan profundo y oscuro del que no serías capaz de salir?
Para mí que aquella pregunta era más retórica que otra cosa.
Los presentes se turnaban dirigiendo miradas furtivas a mi padre, a la caza de las emociones contenidas que Caruso consiguiera despertar en él. La situación explicaba por qué los realities tenían tanto éxito. La avidez humana por ser espectador de la tragedia, por contemplar la sutil diferencia entre el dolor y la angustia, por ver cómo las emociones contraen la expresión de un rostro por lo normal sonriente, era irresistible. No tenían la culpa. El gusto por cierto morbo es inherente a todos, forma parte de nuestra disposición biológica, de nuestro ADN.
—¿Tu esposa, Gime? —dijo Caruso, como si pidiera permiso.
Mi madrastra ahogó un grito apenas audible, llevándose la mano a la boca al oír mencionar su nombre, mientras las lágrimas acudían diligentes a sus ojos. Sin embargo, gracias a mi extraordinaria capacidad para percibir las emociones, podía afirmar con toda seguridad que estaba disfrutando de las miradas compasivas que le dirigían con disimulo. Con todo, aún percibí con mayor intensidad el alivio que la invadió al mirarme de refilón por el hecho de que Caruso hubiera ido a por mí y no a por ella. Supongo que yo habría hecho lo mismo, pero podría haber pasado sin su chute de atención a mis expensas.
Caruso esperó una respuesta.
—No —dijo al fin, convoz resignada—. No, tienes que perder una hija, como yo. ¿Qué te parece Candela?¿La guapa?
Aunque Candela apenas se había movido en todo aquel tiempo, se quedó de piedra. Palideció y aguantó la respiración durante lo que pareció una eternidad antes de mirar a mi padre. Gimena entrelazó un brazo en el de su marido y se apoyó en él para ofrecerle su superficial apoyo, pero mi padre ni le devolvió la mirada a Candela ni pareció reparar en las atenciones de su mujer. De pronto, se había vuelto tan hermético como una ostra. Por extraño que pareciera, sudaba gotas del calibre nueve. ¿Por qué ahora? Todo había acabado. Aquel tipo estaba entre rejas.
Aun así, siguió sin responder.
Todo el mundo se preparó, consciente de lo que venía a continuación. A quién le tocaba.
—¿O qué me dices de esa bomba de relojería que tienes por hija? —preguntó Caruso, con una voz áspera que delataba cuánto disfrutaba con aquello—. ¿Cómo se llama? Ah, sí... Mariana.
Dijo mi nombre despacio, como si saboreara cada fonema, cada consonante a medida que abandonaba sus labios. Sentí que todas las miradas se volvían disimuladamente hacia mí, pero bajé los ojos y no volví a alzarlos. No sé por qué, pero la que más notaba era la del tío Nico. Siempre había tenido debilidad por mí, de lo cual yo me aprovechaba a la mínima oportunidad.
En ese momento se oyó la voz grabada de mi padre, nítida, tensa, forzando las sílabas. No había abierto la boca cuando Caruso había mencionado a Gime o a Cande, pero cuando mi nombre salió a la luz, se derrumbó.
—Por favor —dijo, ronco a causa de la emoción abrumadora que intentaba contener—, Lali no. Por favor, Lali no.
Se me paró el corazón. El aire de la habitación se espesó tanto que creí asfixiarme. La verdad soterrada bajo aquellas palabras me arrolló en oleadas de tal magnitud que no fui capaz de alzar la vista hasta al cabo de un momento, completamente aturdida. Todo el mundo dirigía miradas compasivas a mi padre. Ellos veían un hombre angustiado. Yo veía un hombre, un policía y un detective veterano que había tomado una decisión.
Agachó la cabeza, pesaroso, y empezó a dirigirme miradas furtivas. Decir que su confesión me dejó desconcertada habría sido el eufemismo del siglo. El murmullo de la emoción que mi padre intentaba enmudecer por todos los medios no era el del miedo, sino el de la culpabilidad. Me miró fijamente, con las pestañas vencidas por el peso de una disculpa silenciosa, y el desasosiego que me invadió me empujó de la silla como un matón en el recreo.
Me puse en pie tambaleante, olvidando la manta y el resto de la grabación, y observé los rostros que me rodeaban. Gime no sabía cómo encajar que su marido hubiera suplicado por mi vida cuando no lo había hecho por la suya. Su visión superficial de la realidad le impedía profundizar lo suficiente para comprender la verdad. Debía de estar bien ver el mundo de manera tan unidimensional.
Sin embargo, el tío Nico lo sabía. Seguía sentado, boquiabierto, mirando fijamente a mi padre como si este hubiera perdido la cabeza. Y Cande también lo sabía. Candela. La última persona sobre la faz de la Tierra de quien necesitaba compasión.
Por fortuna, un muro de desconcierto contuvo las lágrimas que habrían podido aflorar tras comprender que mi padre poco más que me había pintado una diana en la frente. Mis pulmones seguían paralizados, como si se hubieran quedado sin aire.
Sentí que empezaban a arderme y me obligué a respirar, sin apartar mis ojos incrédulos de él.
Mi padre, un veterano del Departamento de Policía de Buenos Aires con más de veinte años de servicio a sus espaldas, era demasiado inteligente para hacer algo tan sumamente estúpido. Y el tío Nico lo sabía. Podía ver la consternación y la rabia mezclándose tras sus ojos castaños. Estaba tan anonadado como yo.
El rostro de mi padre era todo un poema. El desconcierto de mi madrastra, mirándonos sucesivamente, incluso resultaba cómico. No obstante, había otras tres personas en aquella habitación que también lo habían adivinado. Podía comprender que una de ellas fuera el tío Nico, pero me costaba creer que Taft se hubiera dado cuenta. Me había dirigido una mirada sorprendida que rayaba en la disculpa.
Sin embargo, la expresión de incredulidad de Candela era más de lo que podía soportar. Seguía con la mirada clavada en nuestro padre, completamente estupefacta. Al menos estaba demostrado que su doctorado en psicología servía para algo. Sabía que la había escogido a ella antes que a mí. Había escogido a mi madrastra antes que a mí.
Mis pies me hicieron retroceder hasta que sentí un pomo contra la cadera. Alargué la mano hacia atrás y lo giré cuando mi padre se ponía en pie.
—Lali, espera. —Intentó detenerme, al verme salir precipitadamente de la habitación.
El pasillo desembocaba en un mar de mesas con teléfonos que no paraban de sonar y teclados que echaban humo. Me abrí paso entre ellos sin mirar atrás.
—Lali, por favor, para —le oí decir a mis espaldas.
¿Y que viera la piltrafa balbuciente en que me había convertido? Ni hablar.
Sin embargo, era más rápido de lo que había imaginado. Me asió del brazo con su delicada mano de dedos largos y me obligó a volverme hacia él. En ese momento comprendí que estaba llorando a mares. Lo veía borroso, cerré los ojos con fuerza y me sequé la cara con el dorso de la mano libre.
—Lali...
—Ahora no.
Me zafé de su mano y me encaminé de nuevo hacia la salida.
—Lali —volvió a llamarme.
Me dio alcance cuando estaba a punto de salir por la puerta. Me hizo volver a entrar y tiré del brazo para que me soltara. Me asió de nuevo y de nuevo me solté, una y otra vez, hasta que lo abofeteé sin querer, tan fuerte que resonó por toda la sala. Se hizo un gran silencio y de pronto todo el mundo nos miraba.
Se tocó la mejilla, donde había recibido el bofetón.
—Me lo merezco, pero deja que me explique.
De pie en la entrada, era incapaz de oír lo que decía gracias a que la humillación y el saberme traicionada se mezclaban para impedir que su voz llegara hasta mí. Había bajado las persianas. Cerrado. Sus palabras rebotaban contra mí como si me protegiera un campo de fuerza invisible y, después de lanzarle una mirada airada con que pretendía dejarlo mudo, di media vuelta e intenté salir de allí por enésima vez, sobre todo porque había visto acercarse a Candela y a Gimena. La idea de tener que enfrentarme a su indiferencia me revolvía el estómago. Tragué saliva, intentando hacer retroceder la bilis que sentía en la garganta.
Esta vez, mi padre no me asió por el brazo, sino que apoyó el suyo en la pared para cortarme el paso.
—Si tengo que esposarte y llevarte de vuelta a esa sala mientras chillas y pataleas, lo haré —me susurró al oído, tras inclinarse hacia mí.
Lo fulminé con la mirada, viendo cómo Gime se apresuraba a llegar a nuestro lado, con aire ofendido.
—¿Acaba de pegarte? —preguntó, horrorizada.
Nunca antes había sentido tantas ganas de darle una buena tunda. ¿Dónde estaba Ulrich cuando lo necesitaba?
—¿Es que no vas a hacer nada al respecto? —le preguntó a mi padre. A mi padre. Miró a su alrededor, incomodada ante el hecho de que los demás oficiales hubieran presenciado mi rabieta—. Mariano...
—Calla —la atajó con un susurro cortante que la dejó muda. Por primera vez en su vida.
Gime se llevó una mano al cuello, medio cohibida. Por ley, cualquier oficial de policía que me hubiera visto pegarle estaba obligado a detenerme. Aunque ninguno se ofreció voluntario.
Mi padre inclinó hacia mí aquel cuerpo enjuto pero fuerte y no me quedó ninguna duda de que si tenía que llevarme de vuelta a la sala a la fuerza, lo haría. Aunque sería como coger a un gato por la cola. No me rendiría sin presentar batalla; de esa se acordaría toda su vida.
—De acuerdo —dije, imitando su tono de voz—, espósame, porque no pienso volver a esa habitación para que todo el mundo se compadezca de la pobre cuyo padre la arrojó a los brazos de un asesino chiflado.
Suspiró, derrotado.
—No fue eso lo que hice.
—¿Ah, no? —intervino Cande con voz glacial, adelantándose—. Papá, eso es exactamente lo que hiciste.
—No, es decir...
—Ella es especial. Es única —prosiguió mi hermana. Sus palabras me dejaron atónita—. Es mucho más de lo crees y ¿la abandonaste a merced de un asesino?
—Candela, ¿de qué estás hablando? —preguntó Gime. Por la emoción que se desprendía de ella, comprendí que se sentía traicionada—. Le suplicó a ese hombre que no le hiciera daño a Lali.
Candela se armó de paciencia. Cerró sus ojos azules un momento y luego se volvió hacia Gimena.
—Mamá, ¿no has oído lo que dijo?
—Lo he oído perfectamente —replicó Gimena, con la voz repentinamente teñida de rencor.
—Mamá —insistió Cande, colocando las manos en los hombros de la mujer—, abre los ojos.
Lo había dicho con ternura, tratando de no herir los sentimientos de la bruja. Yo no tenía tantos escrúpulos.
—Eso es imposible.
Gime apretó la mandíbula, enfadada.
—¿Lo ves? —dijo, dirigiéndose a mi padre mientras me señalaba, por si no se había dado cuenta.
Yo seguía patidifusa por la reacción de Candela. Sinceramente, creía que le importaba una mierda.
—Tal vez podríamos seguir discutiendo este asunto en mi despacho —propuso el tío Nico, quien se había mantenido al margen hasta ese momento.
—Me voy —decidí, tan cansada que creía que iba a caer enferma.
Me encaminé hacia la puerta.
—Sabía que él no tenía nada que hacer frente a ti —confesó mi padre en voz baja.
Me detuve y me volví. Esperé.
—Sabía que acabaría como los demás.
¿Quiénes eran los demás? Y ¿de cuántos más estaba hablando?
Se acercó a mí y me miró a los ojos, suplicante.
—Cariño, piénsalo. Si hubiera ido a por Cande o a por Gime antes de que diéramos con él, ahora mismo estarían muertas.
Tenía razón, pero no por eso dolía menos lo que había hecho. Un dolor como el que nunca antes había sentido me retorció las entrañas, se abrió camino a través de mi pecho y bloqueó el suministro de aire hasta que empecé a boquear. Y entonces volvió a ocurrir. Otra vez la maldita llorera. Por favor, ¿se podía ser más patética?
Mi padre me acarició la cara.
—Sabía que no te pasaría nada, mi hermosa niñita. Posees, no sé, un poder o algo similar. Una fuerza que te acompaña. Eres lo más prodigioso que he visto en mi vida.
—Pero, papá, tendrías que habérselo dicho —lo increpó Candela—. Tendrías que haberla puesto sobre aviso.
Candela también se había echado a llorar. No podía creerlo. Había entrado en la dimensión desconocida. Se acabaron los maratones de ciencia ficción. Cande se acercó a mí y me abrazó. Pero un señor abrazo. Y vaya si no se lo devolví.
El rencor y la frustración de años siendo la metepatas, la excepción, el patito feo afloraron a la superficie y no pude, ni haciendo acopio de todas mis fuerzas, detener los sollozos que convulsionaban mi cuerpo. Mi padre se nos unió, susurrando disculpas mientras nos abrazábamos.
Miré a Gime. Seguía allí, volviendo la vista a todos lados, confusa e incómoda, y casi sentí lástima por ella. Casi. Le hice un gesto al tío Nico para que se uniera a nosotros. Nos miraba con una sonrisa distraída, pero cuando me vio hacerle una seña para que se acercara, frunció el ceño y sacudió la cabeza. Le lancé mi mirada láser asesina y volví a instarlo a que se aproximara. El hombre dejó escapar un largo suspiro y acabó dando un paso al frente para estrecharnos a todos entre sus brazos.
Así que allí estábamos, en medio de la comisaría del Departamento de Policía de Buenos Aires, abrazándonos y sollozando como los famosos en rehabilitación.
—No puedo respirar —dijo Candela, y volvimos a reír como solíamos hacer en el instituto.
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Últimos 3 capítulos contando con este capítulo, espero que los disfruten en los siguientes días estaré subiendo la siguiente temporada a la par que la subo a mi Wattpad.
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