jueves, 30 de marzo de 2017

Capítulo 13

Capítulo 13


Que buena era. Cuando Candela y yo íbamos al instituto, una noche la acompañé a la zona más peligrosa de la ciudad para echarle una mano con un proyecto de clase. Candela quería grabar la vida en las calles para un vídeo sobre la parte más dura de Buenos Aires. Estábamos agachadas en un colegio abandonado, haciendo poco más que congelarnos el puto trasero, cuando vimos movimiento en una ventana de un pequeño apartamento. Horrorizadas, comprendimos que se trataba de un hombre golpeando a un adolescente, y de pronto y sin saber cómo ni por qué, solo pude pensar en salvarlo. Llevada por la desesperación, lancé un ladrillo a la ventana del apartamento y funcionó. El hombre dejó de pegar al chico y salió disparado hacia nosotras. Cande y yo echamos a correr por un oscuro callejón, y estábamos buscando algún agujero en la valla que nos cortaba el paso, cuando me di cuenta que el chico también había conseguido escapar. Lo vi doblado sobre sí mismo, en el suelo, tosiendo e intentando respirar a pesar de lo doloroso que le estaba resultando.
Retrocedimos con paso inseguro, y cuando levantó la vista, vimos que tenía la cara llena de sangre y que le goteaba de la boca, una boca realmente fascinante. Intentamos ayudarle, pero él no quiso aceptar la ayuda que le ofrecíamos e incluso llegó a amenazarnos si no nos íbamos.
No pudimos hacer nada más. Lo dejamos allí todo magullado y sangrando, pero al día siguiente volví y me enteré gracias a la casera que la familia se había ido en mitad de la noche y le había dejado a deber dos meses de alquiler. También me dijo cómo se llamaba el chico: Peter, pero no conseguí averiguar más. Durante años me aferre a aquel nombre como a un clavo ardiendo y cuando por fin di con él, más de diez años después, no puede decirse que me sorprendiera descubrir que había pasado la última década en la cárcel por el asesinato de aquel hombre.
Y esa noche, la noche que habíamos intentado salvarlo, me había llamado Holandesa.
— No puedo creer que lo hayas relacionado — dije —, a mi me costó años.
— Bueno soy más lista que tú. Entonces, ¿tienen algo que ver el uno con el otro?
— Sí. Ese ser y Peter Lanzani son uno y lo mismo.
— ¿Cómo es posible? — preguntó, al cabo de un momento, tras procesar la información.
— En fin, tendrías que saber algo más sobre él.
Aunque en raras ocasiones le había contado a nadie la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad sobre Peter, salvo a unos​ pocos y selectos individuos cuya vida con toda probabilidad había puesto en peligro al hacerlo, Candela ya estaba al tanto de casi todo y la había mantenido alejada de mí demasiado tiempo. Nuestra madrastra, Malvina, había abierto una brecha entre nosotras que yo deseaba cerrar. Queria recuperar nuestra relación de antes. Quería volver a intimar con ella. Prefería estar a partirnos un piñón que a partirnos la cara.
— Antes de contártelo, necesito saber tres cosas — dije.
— De acuerdo.
— Una, ¿estás sentada?
— Sí.
— Dos, ¿qué tal tu estabilidad mental?
— Mejor que la tuya.
Aquello había estado fuera de lugar.
— Y tres, ¿cómo se escribe esquizofrenia?
— ¿Qué tiene que ver eso con todo lo demás?
— Nada. Solo quería saber si lo sabías.
Suspiro, irritada.
— Decías que...
— Vale, pero recuerda que te he avisado.
— No, un momento, no me has avisado nada.
— Sí, lo sé, ese era el​ aviso. «Recuerda que te he avisado» era el aviso.
— Ah, disculpa.
— ¿Ya estás?
— Sí.
— ¿Puedo seguir?
— Lali.
— Vale, allá va: Peter Lanzani es el hijo de Satán.
Vaya, lo había dicho. Ya lo había soltado. Había abierto mi corazón. Le había contado mi vida y milagros. Esperé. Y seguí esperando. Comprobé que el teléfono siguiera funcionando. Sí, funcionaba.
— ¿Cande?
— ¿Te refieres a Satán... al diablo?
— Sí.
— Porque tengo un cliente que una vez se cambió su nombre por el de Satán. ¿Estás segura de que no se trata del padre de Peter?
Reprimí una carcajada.
— No, Peter Lanzani es el guapísimo, cabezota e impredecible hijo de Satán, y hace muchos siglos escapó del infierno para estar conmigo. Esperó a que yo naciera, escogió una familia y él también nació en la Tierra. Aunque luego lo secuestraron y lo vendieron al hombre que acabó cruzándolo, Bartolomé Bedoya Agüero. Pero lo sacrificó todo para estar conmigo, Candela, consciente de que al nacer no recordaría ni quien era él ni quiénes éramos ninguno de los dos. Apenas hace unos años que ha empezado a recuperar recuerdos de su pasado, más o menos al mis o ritmo que yo me entero de las cosas. Lento como una tortuga en enero. — Adelanté un camión que transportaba vacas, las cuales me miraron con sus ojazos tristes al pase por su lado. Pobres —. ¿Me has colgado?
— Vale, el martes tengo un hueco a las cuatro. Te voy a reservar una sesión de dos horas, por si acaso.
— No estoy loca, Cande. Tú lo sabes.
Lanzó un suspiro, admitiéndolo a regañadientes.
— Ya se que no estás loca, pero es que nunca he creído en el demonio y ¿ahora vas tú y me dices que no solo es real, sino que además tiene un hijo? ¿Y que ese hijo ha estado acechándote desde que naciste?
— Sí. Bueno, más o menos. Y ha estado en la cárcel los últimos​ diez años por asesinar al hombre que lo crío, el hombre de aquella noche.
— La madre del cordero, ¿lo mató? Eso no suele ocurrir.
— Lo sé. Es raro que un niño maltratado se vuelva contra su agresor, pero a veces pasa.
— Entonces, ¿Peter es el ser que te perseguía?
— Sí. Por lo que he podido averiguar, de pequeño sufría pequeños ataques durante los cuales abandonaba su cuerpo y se convertía en ese ser, o en el Malo Malísimo, como solía llamarlo. Era esa presencia imponente que superaba toda realidad y que me salvaba la vida cuando me encontraba en peligro.
— ¿Fue él? Cuando tenías, ¿qué, cuatro o cinco años?
— No puedo creer que te acuerdes de eso. Siempre ha estado a mi lado. Cuando el pederasta convicto quiso jugar a las casitas conmigo, el Malo Malísimo apareció. Cuando un compañero de curso intentó atropellarle con el monovolumen de su padre en el instituto, el Malo Malísimo apareció.
— Ah, de eso también me acuerdo. Owen Vaughan intentó matarte.
— Sí, y el Malo Malísimo lo detuvo.
— Owen parecía un chico muy normal. ¿Alguna vez sospechaste que sería capaz de hacer algo así?

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