Capítulo 14
Algunas chicas se visten de Prada. Otras se visten con pistolas semiautomáticas de muelle, de retroceso corto, con indicador de recámara cargada y empuñadura antideslizante.
(Camiseta)
Por un breve y feliz instante, casi había conseguido olvidar que Peter podría estar muerto y que cabía la posibilidad de que no volviera a verlo. En cuanto me subí a Misery y puse rumbo a casa, el peso de aquella losa volvió a distribuirse a mi alrededor. Me concentré en respirar y en adelantar a todos los coches que se me pusieran a tiro, porque sí. No llegamos al despacho hasta después de las seis. Ni me planteé ir a ver a mi padre. Le habían dado el alta y estaba en casa, lo que implicaría tener que hacer un pesado viaje hasta Heights, y hacia el mediodía ya había agotado las cuatro horas de descanso relativo de la noche anterior. Decidí que iría a verlo por la mañana. Después de un largo sueño reparador.
Euge iba a aprovechar para trabajar un poco más y había empezado a consultar el contestador cuando yo salía por la puerta. Nicky había dejado un mensaje para explicar dónde se encontraba el coche de Euge y recordarme que todavía le debía una declaración. ¿No le había dado ya una? Aquel hombre nunca se daba por satisfecho.
—¿Te vas a casa? —preguntó Euge, frunciendo el ceño como si no se lo creyera.
—¿Tengo pinta de querer ir a algún otro sitio?
—¿La verdad?
—Me voy a casa —le prometí, con una sonrisa.
—De acuerdo. ¿Qué me dices de esa tal mistress Marigold?
—¡Te lo puedes creer!, ¿de dónde narices ha sacado eso del hijo de Satán? —dije, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
—Ojalá lo supiera. Yo me limité a registrarte con una dirección falsa de correo electrónico y le envié un mensaje. Tendrás que consultarlo de vez en cuando. —Me tendió un pedazo de papel donde estaba escrito el nombre de usuario y la contraseña. Su expresión se suavizó—. Él está bien, Lali, estoy segura.
Me quedaba sin aire solo de pensar en Peter. Decidí cambiar de tema antes de ponerme azul por falta de oxígeno. El azul no me sentaba bien.
—Mistress Marigold es una chiflada. Y creo que Mimi se esconde en algún sitio.
Me dio a entender que estaba de acuerdo conmigo con una sonrisa.
—Yo también lo creo. Ambas cosas. Diría que Mimi sabía lo que ocurría y que desapareció a propósito.
—La encontraremos —le prometí, respaldando mis palabras con un breve asentimiento de cabeza.
Regresé a casa en busca de un cuenco de cereales y una ducha. Una calentita, ahora que el Muerto del Maletero había cruzado. El muy granuja.
Apenas recordaba haberme metido en la cama cuando me despertó una textura familiar recorriendo mi piel. Calor. Electricidad. Abrí los ojos con un parpadeo y vi al mismísimo señor Juan Pedro Lanzani sentado en el suelo, bajo mi ventana. Observándome.
Era incorpóreo, de modo que a pesar de la oscuridad que envolvía los demás objetos de la habitación, hasta la última y fluida línea de su ser era visible. Atraían mis ojos hacia ellas, tentadoras, como las hipnóticas olas del mar. Las seguí con la mirada, planeé sobre las llanuras y descendí hacia los valles.
Me incorporé para mirarlo de frente, arrebujándome aún más en los pliegues del edredón.
—¿Estás muerto? —pregunté, con una voz que apenas era un eco somnoliento de sí misma.
—¿Qué más da? —contestó, eludiendo la respuesta.
Estaba sentado en la misma postura de la fotografía en blanco y negro que tenía aquella acosadora de Elaine Oake: una rodilla recogida, un brazo rodeándola, la cabeza apoyada contra la pared. Me sentía atrapada en la intensidad de su mirada, incapaz de respirar bajo su peso. Deseé ir hacia él, explorar hasta el último centímetro de su cuerpo. Pero no me atreví.
Como si hubiera adivinado el momento exacto en que había decidido no echarme en sus brazos, sonrió y ladeó la cabeza.
—Mi pequeño ángel de la muerte —dijo con una voz que sabía a caramelo líquido, cremosa, dulce y tan tentadora que se me hizo la boca agua, literalmente—. Solía mirarte durante horas enteras.
Intenté ocultar el regocijo que la idea me produjo. La idea de que me contemplara. Me observara. Me estudiara. Aunque, en cualquier caso, estoy segura de que lo percibió. Peter sabía muy bien lo fácil que lo tenía conmigo cuando se trataba de él.
—Te veía correr por el parque en dirección a los columpios, me fascinaba tu pelo resplandeciente esparciéndose sobre tus hombros y cayendo enmarañado por la espalda. El modo en que tus labios se volvían rojos cuando comías helados. Y tu sonrisa. —Un hondo suspiro escapó de entre sus labios—. Dios mío, era cegadora.
Puesto que solo tenía unos tres años más que yo, no se trataba de un comentario tan obsceno como pudiera parecer. Sentía cómo me reclamaba en el profundo timbre de su voz, cómo su poder de persuasión me atraía hacia él, seduciéndome como un íncubo, y todo mi ser se estremeció en respuesta, sacudido por un deseo tan visceral, tan devorador, que me dejó sin aliento.
—Y cuando estabas en el instituto —prosiguió, como si reviviera un sueño—, el modo en que llevabas los libros. El arco de tu espalda. Tu piel inmaculada. Te anhelaba como un animal ansía la sangre.
Las fuerzas me abandonaban con cada palabra, con la reverberación de cada latido que parecía estrellarse contra mí. Sabía que estaba perdida si le dejaba continuar. Carecía de la fuerza sobrehumana que se necesitaba para resistirse a él. Sencillamente, no había nada sobresaliente en mí, ni humano ni de ningún otro tipo.
—Una curiosidad, en concreto ¿qué es el azufre? —pregunté, rezando por que aquello sofocara las llamas.
Además, quería recordarle de dónde venía, herirlo solo un poquito del mismo modo que él hacía conmigo. Me hería que no confiara en mí, que no tomara en consideración mis deseos y preocupaciones. Igual que hacían últimamente todos los hombres de mi vida.
Una sonrisa lenta y calculada se dibujó en su rostro.
—Si alguna vez vuelves a molestar a mi hermana, te haré picadillo.
Supongo que había funcionado. Yo le hacía daño. Él contraatacaba. Un toma y daca al que acabaría acostumbrándome.
—Si no piensas decirme dónde estás, si no vas a confiar en mí para que pueda ayudarte, entonces ¿para qué has venido? ¿Por qué te molestas en aparecer por aquí?
Un leve gruñido reverberó entre las cuatro paredes antes de sentir que Peter se alejaba. Su esencia abandonaba la habitación y dejaba atrás un frío silencio. Apenas un instante antes de desaparecer por completo, me rozó levemente y me susurró al oído:
—Porque tú eres la razón por la que respiro.
Con un suspiro, me envolví un poco más entre las mantas y me quedé tumbada un buen rato, pensando en... todo. En sus palabras. En su voz. En su belleza deslumbrante. ¿Yo era la razón por la que respiraba? Él era la única razón por la que mi corazón latía.
Me incorporé de un bote, ahogando un grito. Sus latidos. Había sentido sus latidos, fuertes y constantes. El eco arrollador que producían mientras hablaba. ¡Estaba vivo!
Me levanté de la cama de un salto, trastabillé al ser mi pie objeto de un ataque por parte de una sábana asaltada por el síndrome de ansiedad por separación, llegué al baño a la pata coja, me senté en mi trono de porcelana e hice aguas menores. Todavía me quedaba un cartucho en la recámara, la última oportunidad de descubrir dónde se encontraba. Con un poco de suerte, tal vez a Agustin Sierra, el mejor amigo de Peter, no le importara recibir detectives privados algo chaladas en mitad de la noche. Aunque me llevaría la pistola, por si las moscas.
Después de ponerme algo, recogerme el pelo y darle el último retoque al conjunto con una Glock, corrí a la oficina y busqué todo lo que Euge había averiguado sobre el mejor amigo de Peter tanto en el instituto como en la cárcel: el señor Agustin Sierra. Era enternecedor que no hubieran perdido el contacto y hubieran seguido viéndose con tanta asiduidad a lo largo de los años. Resoplido.
Me salté varios semáforos en rojo (eran las tres de la madrugada) y me planté en Heights unos quince minutos después, aunque debo admitir que un tanto sorprendida de dirigirme allí precisamente.
En el instituto, Agustin Sierra era un estudiante del montón, tirando a malo, lo habían detenido un par de veces por delitos menores y habían acabado arrestándolo y condenándolo a cuatro años de prisión por agresión con arma de fuego con resultado de lesiones graves. No ayudó demasiado que además hubiera golpeado a un policía. Esas cosas siempre era mejor pensárselas dos veces. Aun así, el tipo vivía en uno de los mejores vecindarios de la ciudad. Que no se me olvidara preguntarle quién era su agente de bolsa. Al señor Wong y a mí no nos vendría nada mal un bonito lugar donde caernos muertos.
A pesar de saber adónde me dirigía, la casa frente a la que aparqué no era exactamente lo que esperaba. Me había imaginado algo típico de South Valley, una residencia propia de alguien con pocos ingresos; ni siquiera descartaba un centro de reinserción. Una despampanante vivienda de ladrillos, de tres plantas, tejado de tejas y entrada con vidrieras no acababa de cuadrar con mi imagen de un ex presidiario que había cumplido condena por agresión.
Apreté el paso para dejar atrás el gélido aire de la madrugada y llamé al timbre, sintiendo un ligero remordimiento. Puede que aquella no fuera la casa de Agustin. Tal vez él vivía en la parte de atrás, en la casa del guarda o algo así. Sin embargo, según las anotaciones de Euge, Agustin residía allí con su mujer y sus dos hijos. Esperaba con toda mi alma no haberme equivocado. Si al final resultaba ser un ex presidiario que había roto con todos los estereotipos para forjarse una carrera de éxito (y legítima, con un poco de suerte), aquello me alegraría el día.
Me envolví en la chaqueta y volví a llamar, dejando claro a sus ocupantes que no iba a irme. Se encendió la luz del porche y una figura borrosa se recortó contra la vidriera. Por fin oí cómo giraba la llave y la puerta se abrió con cautela.
—¿Sí?
Un latino de treinta y pocos años apareció en el umbral, frotándose un ojo y escrutándome con el otro.
Le enseñé mi licencia, con resolución.
—Peter Lanzani. ¿Dónde está?
Bajó la mano y me miró incrédulo, como si creyera que era una chiflada fugada del manicomio.
—No conozco a ningún Peter Lanzani.
Crucé los brazos.
—¿De verdad? ¿Quieres que vayamos por ese camino? ¿He mencionado que mi tío es inspector del Departamento de Policía de Buenos Aires y que puedo hacer que se presente aquí en veinte minutos?
Se puso a la defensiva de inmediato.
—Por mí como si también llamas a tu tía. Yo no he hecho nada, joder.
Menudo temperamento.
—Agus. —Una mujer apareció a sus espaldas—. No seas tan grosero —lo reprendió con delicadeza.
El hombre se encogió de hombros medio avergonzado y se hizo a un lado cuando ella ocupó el vano de la puerta.
—¿En qué podemos ayudarla?
Enseñé mi licencia por segunda vez.
—Siento presentarme a estas horas.
—Conmigo no se ha disculpado por la hora —le dijo a su mujer.
Le lancé una mirada asesina. Chivato.
—Mi visita se debe a que estoy recabando información sobre Peter Lanzani. Esperaba que su marido conociera su paradero actual.
—¿Peter? —Se cerró el cuello de la bata. La preocupación le surcó de arrugas el bello rostro—. ¿No lo han encontrado?
—No, señora.
—Pase, por favor. Hace un frío de miedo.
—¿Vas a invitarla a entrar? —preguntó Agustin—. ¿Y si es una asesina en serie? ¿O una acosadora? Ya sabes cómo me persiguen las mujeres.
La mujer me sonrió, poniendo cara de circunstancias.
—Nadie lo persigue. Solo lo dice para ponerme celosa.
No pude menos de sonreír, de camino a un precioso salón con coloridos juguetes esparcidos por todas partes.
—Disculpe el desorden —dijo, empezando a recoger—. No esperábamos visitas.
—Oh, por favor, no se moleste.
Ya me sentía suficientemente mal.
—Pues claro que no esperábamos visitas —rezongó Agustin—. Déjate de tonterías, que son las tres de la puta mañana.
La mujer tomó asiento junto a su marido con un suspiro. Debo admitirlo, eran tan deslumbrantes como la casa. Hacían una bonita pareja.
—Seguramente ya sabe quién es Agustin —dijo—. Yo me llamo Daniela pero me dicen Daky.
—Oh, disculpe. —No habría estado de más que me hubiera presentado—. Mariana Esposito. Tengo que encontrar a Peter de inmediato. Yo... Yo... —balbucí sin saber si continuar, al ver que me miraban boquiabiertos.
Daky fue la primera en recuperarse.
—Discúlpeme, ¿decía?
Le dio un codazo a su marido.
Vale.
—Esto, bueno, es solo que...
Agustin seguía estupefacto. Daky alargó la mano y le cerró la boca.
—Le prometo que nos enseñaron buenos modales —se disculpó, con una risita nerviosa.
—No, no pasa nada. ¿Es por el pelo?
Me lo atusé con la mano, algo cohibida.
—No, es solo que nos sorprende verla.
—De acuerdo, entonces ¿nos conocemos?
—No —contestó Agustin.
Intercambiaron una mirada y negaron con la cabeza antes de volverse hacia mí, sin dejar de sacudirla.
Vale, muy bien.
—Bueno, entonces iré al grano. —Le lancé a Agus otra de mis miradas asesinas—. ¿Dónde está Peter Lanzani?
Lo había dicho muy seria, maldita fuera, pero cuando la única emoción que percibí fue la de una intensa satisfacción, debo admitir que me quedé perpleja.
—No sé dónde está. Lo juro.
Ya volvían a sacudir las cabezas al unísono. Aquello empezaba a ser un poco grotesco.
—Se acabó —decidí, abriendo las manos en un gesto de desesperación—. ¿Qué está ocurriendo aquí? —Incluso Daky parecía hacer grandes esfuerzos para reprimir una risita, así que acabé poniendo los brazos en jarras—. ¿Me he perdido algo? Vamos a ver, es que vosotros dos parecéis muy... No sé, contentos. ¿Queréis que os recuerde que es una hora demasiado intempestiva para estar contento?
—Oh, no estamos contentos —aseguró Daky, la mar de contenta.
Entonces caí. De bruces. Sabían quién era yo.
—La Virgen, ¿es que Peter os ha hablado de mí?
Sus cabezas casi vibraron del ahínco con que empezaron a sacudirlas. Y mentían. Como bellacos.
Incapaz de creer que Peter hubiera hecho algo parecido, me levanté y empecé a pasearme por el salón. Pisé un Transformer, dos veces. Tenía dificultades de aprendizaje.
—Esto es increíble —mascullé entre dientes. Me volví hacia ellos—. ¿Os ha contado qué es? ¿Eh? ¿Eh? Claro que no.
Cómo iba a contarle a su mejor amigo que era el vil e infame hijo de Satán. No, por todos los demonios.
Al cabo de un momento, advertí que estaban riendo. Me detuve y me los quedé mirando un instante antes de volver a sentarme.
—Vale, no os ofendáis, pero... en fin, ¿qué ocurre?
Una bonita sonrisa se dibujó en el rostro de Agustin.
—Es solo que nunca... —Miró a su mujer—. No sabíamos si existías de verdad.
—¿Qué quieres decir?
—Eres la Holandesa —dijo Daky.
El corazón me dio un vuelco al oír mi apodo. Peter era el único que me llamaba así.
—Eres la chica de sus sueños.
—La que está hecha de luz —añadió Agus.
¿La chica de sus sueños? ¿No sabían que era el ángel de la muerte? Seguramente no. No creía que se alegraran tanto de verme de haber estado al corriente de ese pequeño detalle.
—Un momento —dije, adelantando el cuerpo imperceptiblemente—, ¿qué sueños? ¿Sueña conmigo?
Aquello se ponía interesante.
Daky se tapó la boca y se echó a reír mientras Agus hablaba.
—Solo habla de ti. Ya en el instituto, aun cuando todas las chicas iban detrás de él, solo hablaba de ti.
—Aunque decía que no te había visto nunca, al menos en persona, por lo que no sabíamos si existías de verdad o no.
—Como para saberlo —dijo Agus—, ¿una hermosa joven hecha de luz? Algo que, por cierto, nunca acabé de comprender. Vale, eres blanca y eso, pero...
Daky le dio una palmada en el hombro y se volvió hacia mí.
—Cuanto más sabíamos de él, más convencidos estábamos de que existías en carne y hueso.
—Así que, ¿decía que era hermosa? —pregunté, centrando mi atención en esa única palabra.
Daky sonrió sin reservas.
—No se cansaba de repetirlo.
Vaya. Aquello era lo mejor que había oído en todo el día. Vale, todavía era muy temprano, pero había ido hasta allí por una razón.
—De verdad que necesito saber dónde está —dije al fin tras un hondo suspiro, volviendo a la realidad con un leve pestañeo—. Siento deciros esto, pero si no lo encuentro pronto, morirá.
Aquello acabó de inmediato con el ambiente distendido.
—¿A qué te refieres? —preguntó Agustin.
—Vale, veamos, ¿qué es exactamente lo que sabéis de él?
Tenía que calcular hasta dónde podía contarles.
Daky se mordió el labio antes de contestar.
—Sabemos que puede abandonar su cuerpo y transportarse a otros lugares. Posee un don extraordinario.
—Solía hacerlo en la cárcel. Ya había aprendido a ser él quien lo controlara y no al revés.
Ignoraba que el don lo hubiera controlado en algún momento. Aquello se ponía interesante. Lo que conocían sobre el don de Peter y la franqueza que demostraban me ayudaría a explicarles lo que ocurría.
—Peter ha decidido que ya no necesita su cuerpo.
Las preciosas cejas de Daky se fruncieron en un gesto de preocupación.
—No lo entiendo.
Me desplacé hasta el borde del asiento.
—Ya sabéis que puede abandonar su cuerpo... —Ambos asistieron—. Bueno, pues quiere quedarse fuera de manera permanente. Quiere desprenderse de él. Cree que lo entorpece, que lo hace vulnerable.
Daky se llevó una delicada mano a la boca.
—¿Qué le hace creer algo así? —preguntó Agus, contrariado.
—En parte se debe a que es un cabeza de chorlito. —Y lo dejé ahí. No hacía falta contarles toda la verdad. Puede que les aguara el día saber que los demonios existían de verdad—. No le queda mucho tiempo. —Dirigí a Agustin una mirada suplicante—. ¿Tienes alguna idea de dónde puede estar? Lo que sea.
Agustin agachó la cabeza, con pesar.
—No. No sé nada de él. Cuando se despertó y salió del hospital, di por sentado que vendría aquí. —Daky entrelazó los dedos con los de su marido—. Los polis también pensaron lo mismo —prosiguió—. Nos pusieron vigilancia, y al final comprendí que aparecer por aquí nos pondría en peligro y que por eso mismo no lo haría.
Él no mentía y yo seguía con las manos vacías. Era para echarse a llorar. Y a patalear y a berrear un rato. Iba a matar a Angel cuando todo aquello hubiera acabado. El único investigador que tenía, la única persona a quien podía encomendar la tarea de batir las calles de manera incorpórea, y hacía días que no sabía nada de él. Empezaba a plantearme seriamente si debía despedirlo.
—¿No se te ocurre nada, Agustin?
Cerró los ojos, meditando.
—Es listo —dijo, sin abrirlos.
—Lo sé.
—No, es muy listo. Un verdadero genio. Nunca he conocido a nadie igual. —Volvió a abrir los ojos y me miró—. ¿Cómo crees que conseguimos esta casa?
Me quedé callada. La pregunta había despertado mi curiosidad.
—Mientras estuve en la cárcel con él, Peter se dedicó a estudiar el mercado, acciones, bonos y esas cosas, y a través de mí le pasaba información a Daky para que supiera en qué invertir, cuándo vender y cuándo comprar.
—Yo le entregué mil dólares y él nos convirtió en millonarios —dijo Daky—. Pude volver a estudiar y Agus abrió su propio negocio de soldadura y fabricación de maquinaria cuando salió.
—Peter lo es todo para nosotros —aseguró Agus—, y no solo por esto —añadió, abarcando cuanto lo rodeaba con un amplio gesto de la mano—. No sabes cuántas veces me ha salvado la vida. Incluso antes de que acabáramos juntos en la cárcel. Siempre he podido contar con él cuando lo he necesitado.
De pronto me resultó difícil imaginar a Agustin agrediendo a alguien. Parecía una buena persona y habría apostado lo que fuera a que se había metido en líos por proteger a uno de los suyos.
—Y es muy listo —insistió, absorto de nuevo en sus pensamientos—. No se esconde de cualquiera. Se esconde de ti. Se esconde donde él no espera que tú lo busques.
—Mariana —dijo Bianca con voz apagada—, ¿te apetece un café?
Agustin asintió, mostrando su aprobación.
—De todos modos, íbamos a levantarnos de aquí a una hora.
—En ese caso...
Fue como colgar una zanahoria delante de un burro. Nos trasladamos a la cocina y pasamos la hora siguiente charlando sobre Peter, sobre cómo era en el instituto y los sueños y las esperanzas que tenía. Por increíble que pudiera parecerme, estaba visto que todo giraba entorno a mí. Agustin no sabía mucho acerca de Earl Walker, el hombre que lo había criado y maltratado sin piedad, porque Peter siempre se había negado a hablar de él. Sin embargo, estaba seguro de que Peter no había matado a nadie, ni siquiera a Earl. Ojalá fuera cierto.
La conversación acabó derivando hacia las páginas web. Les comenté la visita que le había hecho a Elaine Oake. Daky soltó una risita y miró a Agustin de reojo.
—Cuéntaselo —dijo Amador al fin, sonriendo.
Daky se volvió hacia mí.
—Yo no tenía dinero para invertir cuando Peter estudiaba el funcionamiento de la bolsa, ¿de acuerdo? Así que me dijo que llamara a una mujer que había intentado visitarlo varias veces y que había estado ofreciendo dinero a los oficiales de prisiones para que recabaran información sobre él. Y lo hice. Le dije que mi marido era su compañero de celda y que podía conseguirle lo que quisiera. Para ella, aquella información no tenía precio. Literalmente. La pagaba muy bien. De hecho, llegó un momento en que ya no sabíamos que más contarle. —Lanzó una carcajada—. Así conseguí los mil dólares de la primera inversión.
—¿Le vendiste información?
Yo también me eché a reír.
—Sí, pero casi todo eran detalles insignificantes, nada que pudiera comprometerlo. De vez en cuando, Peter me decía que le contara algo importante sobre su pasado, para que no perdiera el interés. Sin embargo, los oficiales de prisiones acabaron filtrando algunas cosas que él no quería que se supieran. No teníamos ni idea de dónde sacaban aquella información.
Ah, creí saber a qué se refería.
—¿Algo relacionado con su hermana?
Daky torció el gesto.
—Sí. Nunca supimos cómo llegó aquello a manos de un oficial.
—Peter nunca hablaba de ella —confirmó Agus.
Estaba segura de que los alguaciles habían descubierto la existencia de Cande a través de una de aquellas páginas web. Sin embargo, Agustin tenía razón: Peter era increíblemente inteligente. No era que no lo supiera, pero... Un momento. Me lo quedé mirando fijamente.
—¿Y las fotos de Peter en la ducha?
—¿De dónde crees que sacamos la entrada para esta casa?
Me quedé boquiabierta.
—¿Peter lo sabía?
Agustin se echó a reír con ganas.
—Fue idea suya. Sabía que ella pagaría lo que fuera por las fotos y él quería que nos quedáramos con esta casa.
No podía dar crédito a lo que oía. Había hecho todo aquello por sus amigos. ¿Y todavía pretendía hacerme creer que iba por ahí haciéndole daño a gente inocente? Lo dudaba más que nunca. Pero ¿y si se moría? ¿Era posible que perdiera su humanidad? ¿Era realmente posible?
Albergaba la esperanza de descubrir algún indicio de su paradero durante la conversación, algo que los Sierra ni siquiera fueran conscientes que supieran, pero no hubo nada que me llamara particularmente la atención. Les dejé una tarjeta de visita y me puse en pie. Agus salió disparado hacia la ducha mientras Daky me acompañaba a la puerta.
—Venga, ¿qué os contaba de mí? —pregunté.
Soltó una risita y sacudió la cabeza.
—No, en serio. ¿Decía algo de mi culo?
Peter ocupaba mis pensamientos cuando llegué al edificio de apartamentos, con el corazón lleno de esperanza. Aunque no entendía por qué. Tal vez saber que seguía vivo bastara para animarme. Nunca había reparado en que oía sus latidos, aunque al hacer memoria comprendí que siempre había sido así, normalmente en esa región neblinosa que habita entre la vigilia y el letargo, cuando los sueños semilúcidos se deslizaban por la superficie de mi consciencia. Los latidos me arrullaban hasta que perdía el conocimiento.
Al introducir la llave en la cerradura, oí la voz de la señora Allen al final del pasillo.
—¿Lali? —preguntó con un hilo de voz.
Dios, nuestro Señor de los Anillos, ¿y ahora qué? La única vez que la señora Allen se había dirigido a mí fue aquella en que se le escapó su caniche PP y creyó necesitar un investigador privado con licencia para encontrarlo. En mi opinión, Prince Phillip era una amenaza para la sociedad. Estaba claro que al primero que se le había ocurrido hacerle aquello a un perro era un desalmado. Porque, de verdad, pobres caniches.
Me volví hacia ella. Aunque solo fuera eso, al menos obtendría una bandeja de galletas caseras, ya que la señora Allen consideraba las galletas caseras recompensa suficiente por pasarme horas enteras detrás del enemigo público número uno. Algo que, en realidad, ya me parecía bien.
—Hola, señora Allen —dije, echando a andar hacia ella.
Justo en ese momento oí un extraño golpetazo. Al instante sentí que la cabeza me estallaba de dolor al tiempo que el suelo se acercaba a mi rostro a velocidad vertiginosa y lo único que pensé antes de que la oscuridad me engullera por completo fue: ¡Venga ya!
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