jueves, 30 de marzo de 2017

Capítulo 9

Capítulo 9


— No se preocupe.
Lo acompañé hasta la puerta y le puse una mano en el hombro.
— Se lo prometo, haré todo lo que pueda por ella.
Una sonrisa triste se dibujó en su rostro.
— Pagaré lo que sea.
Lo seguí con la mirada, esperé un impaciente segundo después de que saliera de la oficina y me volví hacia Euge poniendo los ojos en blanco.
— Ese hombre es más culpable que mi contable.
Eugenia ahogó un grito.
— ¿Es culpable? No parece culpable.
— Mi contable tampoco — dije, revolviendo los papeles que tenía en la mesa.
Alargó la mano y me dio un palmetazo.
— ¿De qué es culpable tú contable?
Me chupé el dorso de la mano antes de contestar.
— De alterar la contabilidad.
— ¿Tu contable altera la contabilidad?
— ¿Por qué si no iba a pagarle a alguien para que me llevara las cuentas? En cualquier caso — señalé a mi espalda con el pulgar —, culpable. Y tenemos otra esposa en paradero desconocido. Debe de ser la temporada.
Hacía dos semanas que habíamos resuelto el caso de una mujer desaparecida, durante las cuales me habían secuestrado, torturado, disparado y había estado a punto de conseguir que mataran a Benja, a Euge y a nuestra clienta. Modestia aparte, la semana no había estado nada mal.
— Si es culpable, ¿significa que su mujer está muerta?
Conocía las estadísticas y había un noventa y cinco por ciento de posibilidades de que la respuesta fuera un sí rotundo, pero me negaba a trabajar con aquella asunción.
— Eso no acaba de estar del todo claro, pero el tipo es bueno. Solo se equivocó un par de veces con el tiempo verbal y eso me dice que la cree muerta. Además, no mencionó su nombre ni una sola vez.
— Eso no es bueno — dijo Eugenia, frunciendo el ceño, con preocupación.
— Aunque no hubiera sentido cómo exudaba culpabilidad por todos los poros de su piel, tampoco habría conseguido engañarme.
— A mí sí.
— A ti siempre te engañan — dije, con una sonrisa amable —, porque siempre piensas bien de todo el mundo. Por eso nos entendemos, porque mi encanto y belleza te deslumbran y te impiden ver cómo soy en realidad.
— Oh, no, sé muy bien cómo eres, lo que pasa es que la gente con limitaciones intelectuales me produce mucha lástima. Creo que merecéis una oportunidad en la vida tanto como cualquier otra persona.
— ¡Qué bonito! — exclamé, como una animadora puesta hasta las cejas.
Se encogió de hombros.
— Intento ser una influencia positiva para los menos afortunados.
En ese momento me asaltó un pensamiento.
— Mierda.
— ¿Qué?
— Acabo de darme cuenta de algo.
— ¿Has vuelto a olvidarte la ropa interior?
La miré a los ojos.
— Teniendo en cuenta que el médico es culpable, tarde o temprano querrá matarme. Puede que te convenga tomar precauciones.
— Entendido. ¿Por dónde empezamos?
— Tal vez por un chaleco antibalas. O un spray de pimienta como mínimo.
— Me refiero al caso. — Euge desvío la mirada hacia el despacho —. Ah, hola, señor Esposito.
Me volví cuando mi padre entraba. Había subido por el bar, por la escalera interior, cosa que me parecía bien, puesto que él era el dueño y esas cosas. Aquel cuerpo alto y espigado parecía encorvarse ligeramente. Iba medio despeinado y un tono morado cercana sus ojos, inyectados en sangre. Y no se trataba de un morado lindo, sino de ese morado oscuro y grisáceo que suele llevar la gente deprimida.
Nada había vuelto a ser igual entre nosotros desde que mi padre había intentado que me asesinaran. Hacía poco que habían soltado a uno de los criminales que había metido en la cárcel cuando todavía era inspector de policía, y el tipo había decidido desquitarse yendo a por su familia; así que no se le ocurrió otra cosa que colocarme ladinamente una diana en la espalda bien marcadora para salvar a mi hermana y a mi madrastra del plan ruin del asesino, y casi consiguió que me mataran. Hasta ahí, ningún problema. Él problema radicaba en que creyendo que lo atraparían antes de que pudiera hacer daño a nadie, se le olvidó comentarme que había enviado a un asesino tras de mí y, por tanto, me dejó a su merced. Había encargado a Benjamín Amadeo que me vigilara, lo que en circunstancias normales habría bastado para proteger al presidente dando un discurso en contra de la armas de fuego en la BANDA, pero el novato que Benjamín me había asignado decidió que era tiempo para un descansito y un cafecito justo cuando el tipo en libertad condicional salió a matar a todo aquel que se le pusiera por delante. Y me había quedado una fea cicatriz en el pecho que lo demostraba.o me habría quedado, de no recuperarme tan rápido. Por lo visto tenía que ver con eso de ser un ángel de la muerte.
Ese tipo de detallitos familiares no eran fáciles de superar, pero así y todo, estaba dispuesta a olvidar el pasado. Sin embargo, el tufo a culpa que se desprendía de él como una colonia barata actuaba de recordatorio constante y parecía mantenerlo fuera de mi alcance. Daba la impresión de que era incapaz de perdonarse a sí mismo y de que el remordimiento hacia mella en él, cosa que ya acostumbra a hacer el remordimiento.

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