Capítulo 4
—¿Y él ya estaba...?
—Sí.
—¿Y te subió la pierna...?
—Sí. Creo que para llegar mejor.
—Ay, Dios.
Se llevó una mano al pecho.
—Sí, de nuevo. Pero esa es la parte buena. La del
orgasmo. La parte en que me toca y me besa y me acaricia en los sitios más
increíbles.
—¿Te besa?
—Bueno, no, esta mañana no —admití, sacudiendo la
cabeza—, pero a veces lo hace. Lo extraño es que él no quiere estar aquí, no
quiere estar conmigo y, aun así, en cuanto cierro los ojos, ahí está,
indomable, sexy, cabreado como una mona.
—Pero, entonces, ¿te subió la pierna...?
—Euge, céntrate —dije, asiéndola del brazo y
obligándola a mirarme.
—Vale. —Parpadeó y sacudió la cabeza—. Vale,
disculpa. Bueno, ya veo por qué no quieres «sufrir» ese trauma una noche tras
otra.
—Pero es que no consigo descansar. Te juro que estoy
más agotada cuando me despierto, no sé, unos tres minutos después. Además, está
muy enfadado conmigo.
—Bueno, lo encadenaste para toda la eternidad.
Suspiré.
—No será para tanto, es decir, seguro que puedo
arreglarlo. —Decidí obviar la parte en que ya había intentado desencadenarlo y
había fracasado estrepitosamente—. Ya descubriré cómo desencadenarlo, ¿no
crees?
—¿Me preguntas a mí? —se sorprendió—. Este es tu
mundo, guapa, yo solo soy un mero espectador.
Consultó la hora en mi reloj de los Looney Tunes.
Como era habitual, mi preocupación desinteresada por
el prójimo me dejó atónita.
—Vete a la cama, anda —dije, quitándole la taza de
café y llevándomela a la cocina—. Todavía puedes aprovechar un par de horitas
antes de levantar a Rufi para ir al colegio.
Rufi era la hija de Euge y estaba a punto de cumplir
trece años.
—Acabo de tomar café.
—Como si eso fuera un impedimento para ti.
—Cierto. —Se puso en pie y se dirigió hacia la
puerta—. Ah, casi se me olvidaba, ha llamado Benja. Puede que tenga un
trabajito para ti. Dijo que llamaría por la mañana.
Benjamin Amadeo era un caza recompensas de pelo
rubio y ojos azules plata que se iluminaban cuando sonreía, un atributo que la
mayoría de las mujeres encontraba atractivo. Yo solo lo encontraba cargante.
Habíamos tenido nuestros roces, como cuando descubrió por azar mi condición
sobrenatural y decidió encerrarme en un manicomio.
En general, no estaba mal. Por lo demás, podía irse
al carajo. Sin embargo, como rastreador era un fenómeno y a veces venía muy a
mano.
—Un trabajito, ¿eh? —Parecía interesante. Y algo más
provechoso que estar todo el día rascándose la barriga—. Puede que me acerque
un momento y lo hable personalmente con él.
Euge se detuvo con medio cuerpo fuera del apartamento
y se volvió hacia mí.
—Son las cuatro menos cuarto.
Una amplia sonrisa animó mi semblante. Ella volvió a
mirarme con expresión arrobada.
—¿Puedo ir?
—No. —La empujé para que acabara de salir de mi
casa—. A la cama. Necesitamos a alguien cuerdo durante las horas de oficina y
ese alguien no voy a ser yo, guapa.
Unos quince minutos después, mientras llamaba a la
puerta de Benjamin Amadeo vestida con mi cómodo pijama de algodón y mis
zapatillas rosas de conejito, me dio por pensar que podría haber muerto por el
camino. Estaba tan cansada que ya ni siquiera me sentía viva. Tenía los dedos
entumecidos, los labios hinchados y los párpados tan secos que tenían la
textura del papel de lija, como si estuvieran empeñados en irritarme los ojos y
quitarme las ganas de vivir.
Sí, lo más probable era que estuviera muerta.
Volví a llamar a la puerta mientras un escalofrío me
recorría la espalda, deseando con las escasas fuerzas que me quedaban que mi
probable muerte no me impidiera cumplir con mi deber sobrenatural, que básicamente
consistía en quedarme allí plantada mientras los muertos que no habían cruzado
justo después de morir lo hicieran a través de mí. Sin embargo, como único
ángel de la muerte a este lado de la eternidad, prestaba un servicio
inestimable a la sociedad, a la humanidad, ¡¡¡al mundo!!!
La puerta se abrió de golpe y un rastreador
malhumorado llamado Benja apareció delante de mí, mirándome con una furia
asesina indescriptible, lo que significaba que, después de todo, podía ser que
no estuviera muerta. Parecía resacoso, y cuando Benja estaba de resaca era
incapaz de ver un elefante, así que menos aún un muerto.
—¿Qué? —consiguió articular con un gruñido a través
de los dientes apretados.
—Necesito un antiinflamatorio —contesté, con voz pastosa
y muy poco seductora.
—Lo que necesitas es un loquero.
Era sorprendente lo bien que lo entendía, teniendo
en cuenta que seguía con los dientes apretados.
—Necesito un antiinflamatorio —repetí, con el ceño
fruncido, por si acaso no me había oído la primera vez—. No bromeo.
—Yo tampoco.
—Pero yo no he bromeado primero.
Lanzó un largo suspiro y se hizo a un lado para
indicarme que entrara en su cueva. Me miré las zapatillas de conejito,
suplicándoles en silencio que dieran un saltito para avanzar, cuando Benja me
cogió por la cinturilla del pantalón y me ayudó a entrar.
Menos mal. Gracias al impulso que llevaba, crucé la
alfombra derecha a los armarios de la cocina y encendí las luces por el camino.
—¿Tienes la menor idea de qué hora es? —preguntó.
—No mucha. ¿Dónde guardas los medicamentos?
Hacía poco que había empezado a dolerme la cabeza.
Seguramente por haberme estampado contra un poste telefónico de camino allí.
El apartamento de soltero de Benjamin estaba mucho más
ordenado de lo que esperaba. Muchos ocres y negros. Fui abriendo un armario
tras otro en busca de su alijo de drogas, aunque solo encontré vasos, platos,
cuencos. Vale.
Se plantó detrás de mí.
—¿Puedes repetirme que estás buscando?
Tardé un segundo antes de contestar, lo suficiente
para que me diera tiempo a fruncir el ceño.
—No me creo que seas tan lento de entendederas.
Hizo eso de pinzarse el caballete de la nariz con
los dedos. Cosa que me ofreció la oportunidad de fijarme un poco más en él:
pelo alborotado, con buena falta de saneamiento de puntas; barba incipiente,
también con buena falta de afeitado; pelo en pecho varonil, también con buena
falta de...
—¡Ay, Dios mío! —exclamé, llevándome las manos a los
ojos y arrojándome contra la encimera.
—¿Qué ocurre?
—Vas desnudo.
—No voy desnudo.
—Estoy ciega.
—No estás ciega. Voy en calzoncillos.
—Ah.
Qué situación más embarazosa.
Cambió de postura, con impaciencia.
—¿Quieres que me ponga una camiseta?
—Demasiado tarde. Tengo esa imagen grabada en la
retina.
Tenía que martirizarlo un poco, por estar tan
rezongón a las cuatro y media de la mañana. Volví a escudriñar sus armarios.
—En serio, ¿qué andas buscando?
—Analgésicos —contesté, abriéndome camino a tientas
entre una cantimplora del ejército y un paquete de galletas, las cuales daba la
casualidad que se incluían dentro de la categoría de comestibles de color
marrón. Me metí una en la boca y continué mi noble misión.
—¿Has venido hasta aquí por un analgésico?
Volví a mirarlo de arriba abajo mientras masticaba.
Aparte de las heridas de bala que ahora lucía en el pecho y en el hombro de
cuando estuve a punto de hacer que lo mataran un par de semanas atrás, tenía
una piel bonita, unas pestañas sanas y unos abdominales espectaculares. Puede
que Euge no fuera tan desencaminada.
—No, he venido hasta aquí para hablar contigo
—contesté, tragando con cierta dificultad—. Que necesite un analgésico es un
hecho puramente casual y puntual. ¿Están en el baño?
Me dirigí hacia allí.
—Se me han acabado —dijo, cortándome el paso. Era evidente
que me ocultaba algo.
—Pero eres un caza recompensas.
Frunció el ceño.
—¿Y eso qué narices tiene que ver?
—Vamos, Amadeo —protesté, en un tono claramente
acusador—. Sé que persigues camellos cuando no estás viendo porno. Tienes
acceso a todo tipo de drogas. ¿No irás a decirme que no te quedas con un poco
de crack por aquí, algún analgésico de receta por allá...?
Tras frotarse la cara con los dedos, arrastró los
pies hasta una diminuta mesa de comedor, retiró una silla y se sentó.
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