Capítulo 11
Uno puede observar muchas cosas con solo mirar.
YOGI BERRA
—¿No se te ocurrió buscarlo en Google?
—Bueno, a ti tampoco —se defendió Euge cuando le pregunté Peter en el coche, de camino —. Consulté las bases de datos oficiales y encontré el expediente policial y la información referente a su condena. Y visité la página web de La Nación para los artículos sobre el juicio.
—¿Y no se te ocurrió buscarlo en Google?
—A ti tampoco —repitió, consternada. No había dejado de teclear en su portátil.
—¡Clubes de fans! —exclamé, algo más que ligeramente escandalizada—. Tiene clubes de fans. Y montañas de correspondencia.
Una afilada punzada de celos me atravesó el pecho y abrió un agujero en él. Metafóricamente hablando. Cientos de mujeres, tal vez miles, sabían más acerca de Juan Pedro Lanzani que yo.
—¿Por qué iba a alguien a crear un club de fans de un recluso? —se extrañó Euge.
Aquello mismo le había preguntado a Neil.
—Por lo visto, hay mujeres por ahí obsesionadas con los presos. Rebuscan entre los artículos de noticias y documentos procesales hasta que encuentran condenados atractivos y entonces o bien emprenden una cruzada para demostrar que el preso es inocente, como todos aseguran, o bien se limitan a admirarlo de lejos. Neil dijo que para algunas mujeres es casi como una competición.
—Hay que estar loco.
—Estoy de acuerdo, pero piénsalo, esos hombres tienen muy poco entre lo que elegir. Tal vez ellas lo hacen porque están prácticamente seguras de que los presos las aceptarán. Es decir, ¿quién se va a negar a que una mujer le envíe cartas de amor o vaya a la cárcel a hacerle una visita? Esas mujeres no tienen nada que perder.
Euge me dirigió una mirada cargada de preocupación.
—Parece que te lo has tomado bastante bien.
—En realidad, no —admití, sacudiendo la cabeza—. Creo que todavía estoy en estado de shock. Es que, cielo santo, hasta cuentan historias.
Euge también parecía profundamente afectada. Estaba aprovechando para navegar por la red de camino a casa de una tal Elaine Oake, cuando abrió los ojos como platos, medio embobada.
—Y tienen fotos.
—Y cuentan historias. Espera, ¿qué? ¿Tienen fotos?
En interés de la seguridad vial, decidí detener el coche en al arcén de la autovía. Encendí las luces de emergencia y me volví hacia la pantalla de Eugenia. La Virgen de la pera limonera. Tenían fotos.
Una hora después nos encontrábamos ante la puerta de la mujer a la que solo podía referirme como la Acosadora. Porque, vamos a ver, ¿aquello iba en serio? ¿Pagaba a funcionarios de prisiones y a otros reclusos para obtener información sobre Peter? ¿Para que le robaran? No es que yo no hubiera hecho lo mismo, pero al menos tenía una buena razón.
Nos abrió una mujer alta y delgada. Era rubia y llevaba el pelo corto y peinado de modo informal, alborotado, aunque dudaba que ni uno solo de aquellos cabellos no estuviera exactamente en el lugar que ella había decidido.
—Buenas, ¿la señora Oake?
—Sí —contestó, con un levísimo tinte de preocupación en la voz.
—Desearíamos hacerle unas cuantas preguntas sobre Peter Lanzani.
—Concierto horas. —Señaló el letrero que había encima del timbre—. ¿Les importaría volver cuando tuvieran cita?
Saqué mi licencia de detective privado del bolsillo trasero.
—En realidad, estamos trabajando en un caso y nos gustaría hablar con usted ahora, si tiene un minuto.
—Ah. Bien... De acuerdo. —Nos invitó a entrar en su humilde morada, si una casa de varios millones de dólares con algo como doce mil tropecientas habitaciones podía considerarse humilde. Que no podía—. Empecé a recibir tantas visitas que tuve que concertar horas. No dejaban de llamar a la puerta. —Nos condujo hasta un saloncito—. ¿Desean que les pida una taza de té?
¿Lo decía en serio? ¿Eso hacían los ricos? ¿Hacer que les trajeran el té?
—No, gracias, acabo de tomarme un litro de nirvana con hielo y sin azúcar.
Se pasó un nudillo por debajo de la nariz como si mi tosco comportamiento fuera... bueno, tosco.
—En fin, ¿qué ha hecho ahora ese granuja? —dijo, recuperada de mi insolencia.
—¿Granuja? —preguntó Eugenia.
—Peter —especificó.
Los músculos se me agarrotaron por culpa de los celos al oír con que naturalidad pronunciaba el nombre de Peter. Muy poco propio de mí. Casi nunca me agarrotaba. Además, a mi modo de ver, allí cada una defendía lo suyo. Ya veríamos quién se lo camelaba mejor. Nunca habría creído que los celos pudieran llegar a cegarme, pero estaba visto que, tratándose de Peter, iba a necesitar un perro lazarillo.
Conseguí controlar aquellos sentimientos apretando los dientes y cerrando las manos en un puño.
—¿Se ha puesto en contacto con él a lo largo del último mes?
Se echó a reír. Por lo visto, los rústicos la divertíamos.
—No saben mucho de Pitt, ¿verdad?
¿Pitt? Pensé que aquello ya no podía empeorar, notando un tic nervioso en el párpado.
—No demasiado —admití, incapaz de despegar los dientes, lo que complicó un poco mi dicción.
Al ver que Elaine se levantaba y se dirigía hacia una puerta, Euge colocó una mano sobre una de las mías y me la estrechó. Supongo que para recordarme que habría un testigo en el caso de que asesinara a aquella mujer y enterrara su cuerpo bajo las azaleas. Ni siquiera sabía que las azaleas crecían en Nuevo México.
—Entonces tal vez deberían acompañarme.
Abrió unas puertas contiguas que daban a lo que únicamente podría describirse como un museo dedicado a Peter Lanzani.
Me levanté tratando de ahogar un grito cuando mis ojos se posaron sobre un mural gigantesco de Peter. Las piernas me flaquearon al sentir la caricia incitante de aquella mirada ardiente, que me dejó sin respiración.
—Pensé que les gustaría ver esto —dijo, mientras yo abandonaba mi silla como en una nube y avanzaba sin voluntad.
El resto del mundo dejó de existir cuando entré levitando en el santuario de Peter. Las paredes de la amplia sala, salpicada de vitrinas iluminadas, estaban cubiertas de fotos enmarcadas.
—Yo fui la primera —afirmó, con la voz rebosante de orgullo—. Lo descubrí antes incluso de que lo condenaran. Las demás páginas nacieron a raíz de la mía y no saben nada de él salvo lo que yo les digo.
O lo que le decían a ella los oficiales de prisiones. Neil me había informado de que habían despedido a cuatro funcionarios en los últimos años por vender información y fotografías a aquella mujer, una y otras relacionadas con Peter Lanzani. Y por la pinta que tenía la casa, me apostaría lo que fuera a que Elaine podría haberse permitido mucho más. La mayoría de las imágenes enmarcadas eran las mismas que aparecían en la página web, fotos robadas que los funcionarios habían tomado mientras Peter no miraba. Me pregunté cuánto les habría pagado para que estuvieran dispuestos a arriesgar sus trabajos. Y, conociendo a Peter, sus vidas.
Incluso había un par, un tanto granuladas, tomadas en la ducha. Granulado o no, aquel tío estaba para mojar pan. Me incliné para estudiar la curva acerada del culo, las suaves líneas de los músculos.
—Esas también son mis favoritas.
Di un respingo al oír a Elaine y seguí adelante con mi examen, mientras calculaba qué posibilidades tenía de allanar más tarde aquella habitación y llevármelas sin que me pescaran. Los expositores de cristal contenían diferentes objetos que, según parecía, habían pertenecido a Peter. Desde uniformes carcelarios, un peine y un viejo reloj hasta unos cuantos libros y un par de postales que, supuestamente, había recibido. Me incliné un poco más. Ninguna de las postales tenía remitente. Unos cuantos objetos más allá, había varias páginas escritas a mano, dispuestas a lo largo de un estante. La caligrafía era clara y fluida y, en teoría, de Peter.
—Tiene una letra preciosa —comentó Elaine, con cierto engreimiento. Parecía encantada de haber conseguido dejarme muda—. Todavía estamos tratando de desentrañar el misterio de la Holandesa.
Me quedé helada. ¿Acababa de decir Holandesa? Cuando por fin conseguí recuperarme de la impresión, me enderecé y la miré con un aire despreocupado. Por fortuna, Euge estaba detrás de ella, a un lado, de modo que la mujer no pudo ver su cara de estupefacción.
—¿Holandesa? —pregunté, como quien no quiere la cosa.
—Sí. —Avanzó con absoluta calma y señaló el expositor—. Acérquese y léalo.
Volví a agacharme y leí. «Holandesa.» Una y otra vez. En todas y cada una de las líneas se repetía constantemente una única palabra: «Holandesa». En resumidas cuentas, lo que parecía una carta en realidad era mi apodo reproducido hasta la saciedad. La última página cambiaba. En ella aparecía un dibujo compuesto por palabras, de nuevo con la insignia «Holandesa». Mi corazón latía a trompicones, como si los latidos se hubieran lanzado a un sprint por llegar a la línea de meta.
—¿Sabe de cuándo son? —pregunté, tras respirar hondamente para recuperar la calma.
—Deben de tener varios años. Pitt dejó de escribir en cuanto sospechó que uno de los oficiales se las robaba para dármelas a mí.
En el extremo del expositor había una fotografía, acaso la más fascinante de todas. Era en blanco y negro y en ella aparecía Peter sentado en el camastro de su celda, con el brazo echado sobre la rodilla recogida. Tenía la cabeza apoyada contra la pared, los ojos cerrados y la expresión más triste que hubiera visto nunca.
Sentí una opresión en el pecho. Entendía por qué no quería volver a la cárcel, pero aun así no podía dejarlo morir. Sobre todo después de lo que había dicho Blue, y Paris.
Aquel lugar, aquel museo, era más de lo que podía asimilar. Yo pensando que Peter era solo mío, mi pequeño secreto, un tesoro que conservar y defender hasta que la muerte nos separara, y todo aquel tiempo había habido ejércitos de mujeres que iban detrás de él. No era que no las comprendiera, pero aun así la herida escocía. Euge seguía paralizada, preguntándose cómo reaccionaría yo.
—Entonces ¿no sabe quién es esa tal Holandesa? —Traté de recabar más información.
—Le pedí a uno de los funcionarios que intentara averiguarlo. Le ofrecí una suma considerable, pero por entonces Peter ya se había dado cuenta de lo que ocurría y despidieron al hombre. Peter es muy inteligente. ¿Sabe que tiene dos licenciaturas? Y ambas las obtuvo en la cárcel.
—¿De verdad? Es increíble —me maravillé, fingiendo que lo ignoraba.
Si aquella mujer descubría que sabía más sobre Peter de lo que aparentaba, seguramente se convertiría en un pitbull y no dejaría escapar a su presa hasta que soltara prenda. O me ofrecería un montón de dinero que no sabía si sería capaz de rechazar. Sobre todo en esos momentos, en que Peter estaba haciendo lo imposible para que nos lleváramos fatal.
—¿Podría facilitarme el nombre de su actual informador?
—No, lo siento. Eso constituiría una violación de la confidencialidad. Además, ya me han llamado la atención para que abandone y desista de mis expolios. No puedo arriesgarme a que despidan a esa persona o a que me arresten.
¿Es que no sabía a qué se dedicaba un detective privado?
—¿Por qué me ha preguntado si conocía bien a Peter?
Se rió entre dientes, completamente ajena al hecho de que, en lo más profundo de mí, quería verla muerta.
—Peter no ve a nadie. Nunca. Y, créame, decenas de mujeres lo han intentado todos estos años. Recibe más correspondencia que el presidente, aunque nunca ha leído ni una sola carta.
Aquello me alegró el cuerpo.
—De verdad, todo lo que estoy explicándoles pueden encontrarlo en la página web. Intento advertir a mis nuevas visitas que no las recibirá ni leerá sus cartas, pero todas creen que serán la elegida, la mujer de la que se enamorará. Supongo que no pierden nada por intentarlo. Desde luego, las comprendo muy bien. Sin embargo, de todas las mujeres que lo han intentado, soy la única que lo ha visto.
Estaba convencida hasta la médula de que mentía. Jamás había visto a Peter en persona. Aquello también me alegró el cuerpo.
—En fin, ¿cómo dio con Peter? —preguntó, desconfiando por momentos del propósito de mi visita.
—Bueno, estamos trabajando en un caso y apareció su nombre.
—¿De verdad? ¿Cómo es eso?
Aparté los ojos de él a regañadientes y me volví hacia Elaine.
—No puedo decírselo, pero querría hacerle unas cuantas preguntas.
—¿Preguntas?
—Sí. Por ejemplo, ¿sabe dónde se encuentra en estos momentos?
Esbozó una sonrisa condescendiente.
—Por supuesto. Está en una unidad de enfermos crónicos de Santa Fe.
—Ya —musité. Euge me miró de reojo, animándome a poner a aquella mujer en su sitio. Un poquito—. En realidad, habían programado la retirada del soporte vital para la semana pasada.
Esta vez fue ella quien se quedó helada. Muda de asombro, tardó unos instantes en recuperarse.
—Lo siento, pero eso no es lo que mis fuentes me han contado —dijo, agitando aquellas pestañas postizas repetidamente.
—Bueno, entonces me temo que tendrá que buscarse otras fuentes. Habrían programado su muerte, señora Oake. Sin embargo, se despertó y se largó de la clínica con viento fresco.
—¿Ha escapado? —preguntó Elaine, con voz aguda y estridente.
Aquello era mucho más divertido de lo que había imaginado. Además, la mujer estaba sinceramente sorprendida. No tenía ni idea de adónde habría llevado Peter su cuerpo. De pronto me descubrí dividida entre celebrarlo o lamentarlo, porque en esos momentos estábamos tan cerca o tan lejos de encontrarlo como antes. Me di la vuelta para volver a mirar las páginas escritas a mano mientras Elaine buscaba una silla en la que descansar un cuerpo cuyas piernas parecían repentinamente incapaces de sostenerlo.
El dibujo, realizado con la repetición de mi nombre, en realidad era el esbozo de un edificio. Me acerqué un poco más y se me cortó la respiración.
—Sí, es un edificio antiguo —comentó Elaine a mis espaldas—. No sabemos dónde está, pero creemos que en algún lugar de Europa.
Me volví hacia Eugenia y le hice un leve gesto con la cabeza para que se acercara. Arrugó el ceño y se aproximó unos centímetros, echando la vista atrás de vez en cuando a modo de precaución. Al llegar a mi lado, estudió el dibujo con detenimiento y ahogó un grito, igual que yo.
—Yo diría que tienen razón —dije—. Parece europeo.
Aunque en realidad se encontraba en Buenos Aires, Argentina, y Eu y yo vivíamos en él.
Me volví hacia las postales.
—¿Me permite mirar desde dónde se enviaron esas postales?
Elaine estaba absorta, abanicándose. Se levantó de la silla con esfuerzo y rodeó la vitrina para abrirla.
—¿Cree que vendrá aquí? —inquirió, al tiempo que me las tendía.
—¿Por qué iba a hacerlo? —pregunté, sin apenas interés.
Ambas procedían de México. En ellas aparecía la dirección de la prisión de Peter, pero carecían de remitente y no había nada escrito. Lo que era mucho más interesante que la repentina necesidad de Elaine de entrar en modo pánico.
—Sa-sabe quién soy —balbució—. Sabe que he pagado por obtener información sobre él. ¿Y si viene aquí?
—¿Puedo quedármelas?
—¡No!
Me las arrancó de las manos. Vale. Un poquito posesiva, ¿no?
—Tome, aquí tiene mi número —dije, tendiéndole mi tarjeta de visita—. Si viene a verla, llámeme. Necesito hablar con él.
Euge y yo nos disponíamos a irnos cuando nos detuvo.
—Un momento, no, no era eso lo que quería decir. —Fue detrás de nosotras, seguida por el repiqueteo de los tacones de sus zapatos sobre el suelo de baldosas—. ¿Y si viene a matarme?
Me volví y la miré con recelo.
—¿Hay alguna razón por la cual quisiera matarla, señora Oake?
—¿Qué? No. —Mentía, de nuevo.
Me pregunté qué habría hecho, además de pagar para que lo espiaran durante años.
—Entonces, yo diría que no tiene que preocuparse.
Di media vuelta para irnos. Se apresuró a rodearnos y nos cerró el paso.
—Es solo que yo... Todo el mundo...
—De verdad, señora Oake, tengo un caso que resolver.
—Tome —dijo, tendiéndome las postales—. Se las regalo. De todos modos, las tengo escaneadas en el ordenador. Lo único que le pido es que me llame en cuanto lo encuentren.
Miré a Euge de reojo, haciendo evidente que aquello era lo último que me apetecería hacer.
—No sé. Eso sería parecido a lo de su violación de la confidencialidad.
—No, si mi vida está en peligro —replicó con voz estridente—. La contrato.
Me había precipitado en sacar conclusiones. Aquello era muy interesante.
—Primero, ya tengo un cliente y no puedo comprometerme con otro con relación al mismo caso. Entraría en un conflicto de intereses. Y, segundo, ¿por qué cree que su vida podría correr peligro? ¿Tiene miedo de Peter Lanzani?
—No —contestó, con una sonrisa nerviosa—. Es solo que, bueno, estamos casados.
A Euge se le cayó el bolso y, al intentar recuperarlo antes de que tocara el suelo, derribó un jarrón. Se lanzó a por la pieza de porcelana, resbaló sobre el embaldosado y volcó una mesa. Un precioso objeto de cristal soplado a mano salió volando por los aires en mi dirección. Lo único que pensé al atraparlo fue: «¿No será verdad? ¿Otra vez?». Habría que entrenar ese control muscular.
—¿Casados? —pregunté, después de que la mesa se estampara contra el suelo. Eugenia la enderezó y volvió a colocar la esfera de cristal en su sitio con expresión avergonzada—. Tendrá que ser del todo sincera conmigo, señora Oake. Resulta que sé que Peter no está casado.
Elaine fulminó a Euge con la mirada antes de contestar.
—Todo empezó por una tonta discusión —confesó, devolviéndome su atención— y, en fin, podría decirse que dejé que la gente creyera que estábamos casados. Una de las dueñas de las otras páginas aseguró que Peter y ella se carteaban, lo cual no era cierto y yo lo sabía. Luego otra dijo que estaban saliendo, (¡saliendo!), así que subí la apuesta, por decirlo de alguna manera. Creen que llevamos seis meses casados.
Tras poner los ojos en blanco con gesto melodramático, volví a mirarla.
—¿Y por qué iban a creerla?
—Porque... Bueno, porque podría decirse que falsifiqué una licencia matrimonial. Está todo en la página web. Bueno, que la falsifiqué no, claro.
Ahora que tenía un arma de negociación (es decir, su deseo de conservar la vida), me volví hacia las vitrinas.
—Exactamente, ¿qué me ofrece a cambio de mis servicios?
—John Hostettler —comenté por teléfono de camino a Santa Fe, donde Euge y yo pararíamos para comer algo.
Neil Gossett estaba al otro lado de la línea.
—Es uno de mis oficiales.
—Y uno de los informadores de Elaine Oake.
—No jodas.
—No jodo. —Evidentemente necesitaría alguna prueba, pero aquello no era problema mío—. Ah, y ayer se me olvidó comentarte algo raro.
—¿Más que tú?
—Muy gracioso. El otro día me topé con Owen Vaughn. Ahora es poli. ¿Qué cojones le hice?
Suspiró.
—¿Te refieres a cuando intentó atropellarte con el monovolumen de su padre?
—Sí.
—Siempre había querido preguntártelo. Nunca nos lo dijo. Solo sé que empezó a comportarse de manera extraña.
—¿Más que la tuya? —pregunté.
—Muy graciosa.
Euge y yo comimos en el Cowgirl Café antes de salir de Santa Fe, en silencio, estudiando los papeles y las fotografías que nos había proporcionado Elaine (sobre todo las granuladas), mudas de asombro. Y sin salir de nuestro mutismo, volvimos a casa.
—Voy a repasar toda la información referente al caso de Hana Insinga —dijo Euge cuando enfilé el coche hacia el complejo de apartamentos.
—Vale, yo iré al despacho a ver si hay mensajes y, no sé, a hacer algo de provecho.
—De acuerdo.
Ambas estábamos como en otro mundo, preocupadas por Mimi y Peter.
Cruzaba el descampado en dirección al bar de mi padre cuando comprendí que había caído en una pequeña depresión. ¿Quién necesitaba el SPM teniendo a RAF? Según parecía, los cambios de humor venían con el trabajo; sin embargo, no conseguía hacerme a la idea de no haber sabido nada de Peter en todo el día. Ni una sola vez. Además, por lo poco que había podido ver, sus heridas eran mortales, incluso para un ser sobrenatural.
¿Habría muerto en medio de la noche, mientras yo dormía tan ricamente arropada en mi cama? No había sido un sueño plácido, pero a mí no estaban torturándome. O tal vez hubiera muerto esa mañana, mientras desayunaba con los Tres Chiflados, o mientras tomaba té y bollos con la Acosadora.
En fin, ¿cuánto podía aguantar en aquella situación? Sanaba con mayor rapidez que el común mortal, pero dudaba que pudiera sobrevivir, ni siquiera unas horas, con aquellas heridas, y ya no digamos días.
Atajé por el bar para ir a la oficina, aunque no vi a mi padre por ninguna parte. Pensé en ir a buscarlo, pero un par de tipos se volvieron hacia mí en cuanto pisé el local, jarra helada en mano, y me escabullí hacia la escalera antes de que pusieran en práctica sus nulas posibilidades de ligar conmigo. Consulté el contestador y el correo electrónico antes de introducir en el ordenador las palabras que me habían proporcionado tantas noches en vela, tantos sueños húmedos y fantasías prohibidas. Hice clic en el botón de «BÚSQUEDA» y unos tres segundos después apareció una lista de páginas web con el nombre de Peter Lanzani destacado.
Tenía que averiguar cuánto sabían. ¿Estaban al tanto de lo que era capaz? ¿Conocían su pasado? ¿Sabían qué entendía él por cita perfecta?
Las horas transcurrieron casi sin enterarme, aunque al final acabé extrayendo dos conclusiones: una, nadie tenía ni la menor idea de quién o qué era Peter, y dos, había muchísimas mujeres solas en el mundo. Pasé de que me consumieran los celos a que me invadiera la incredulidad, e incluso llegué a solidarizarme con ellas. Las comprendía muy bien. Si algo tenía Peter era carisma, una mirada hipnótica que incluso se plasmaba en las fotografías; era un rompecorazones nato, por lo que no me extrañaba que hordas de mujeres lo desearan, que suspiraran por él a pesar de sus antecedentes penales.
Sorprendentemente, encontré un retazo de información que me dejó muda de asombro. Menos mal que el señor Wong no hablaba mucho. Bueno, nada. Estaba tan anonadada que creí haber perdido la capacidad del habla. Una de las pestañas de la página web de Elaine Oake titulada «Rumores no confirmados» conducía a una sección donde se explicaban muchas cosas.
«Según un rumor no confirmado, y respecto al cual en Peter Lanzani Uncensored albergamos serias dudas, nuestro querido Pitt tendría una hermana pequeña. Una búsqueda meticulosa realizada en los archivos del estado y del condado nos indica lo contrario, pero todos sabemos lo hermético que es nuestro hombre. Como siempre con todo lo relacionado con Peter Lanzani, cualquier cosa es posible».
Parecía una cronista de sociedad. Era probable que los alguaciles hubieran dado con la hermana de Peter, Candela, a través de la página, pero ¿cómo narices había obtenido Elaine aquel dato?
De hecho, me sorprendía que no se hubiera filtrado ni una sola de las historias que Neil me había contado y no hubiera acabado en aquellas páginas. Estaba convencida de que Elaine habría estado dispuesta a pagar lo que le hubieran pedido por aquella información. Tal vez Neil la hubiera ocultado por todos los medios. Tendría que preguntárselo.
Antes de que me diera cuenta, dieron las tres en el reloj. Metafóricamente hablando. No había trasnochado tanto desde el maratón de la Dimensión desconocida de hacía unas semanas. Me estremecí al pensar en la cantidad de tazas de cafés en que había ahogado mis penas las últimas horas. Lo que explicaría el temblor incontrolable que experimentaba.
Con la esperanza de que el sueño no me eludiera por completo, decidí ver si mi padre seguía por allí abajo antes de echarme. Solía volver a casa entre las doce y las dos, pero nada se perdía por probar. En cualquier caso, así también podría asaltar la cocina. Puede que picar algo rápido me ayudara a dormir.
Tal vez tuviera la culpa la quinta taza de café, o aun la sexta, pero tuve la honda impresión de que algo iba mal en el Calamity's cuando bajé la escalera. El lugar estaba oscuro como boca de lobo, como debería estar, pero una luz se colaba en el salón por debajo de la puerta del despacho de mi padre. Empecé a sentir el estómago revuelto mientras me abría paso en aquel laberinto de mesas y taburetes. Quizá lo mejor sería hacerme una sopita cuando llegara a casa.
Abrí la puerta. La luz estaba encendida, pero no había rastro de mi padre. Por prosaico que pueda sonar, la adrenalina empezó a correr por mis venas, directa al corazón, porque en ese momento percibí una punzada de miedo procedente de la cocina. También desorientación y angustia, aunque el miedo ahogaba todo lo demás. Pasé por debajo de la barra del bar y busqué un cuchillo antes de dirigirme a la puerta de la cocina. Cuanto más me acercaba, más abrumador era el terror que percibía. Supe que se trataba de mi padre por la calidez que envolvía aquella emoción, por la textura y el aroma a caramelos de miel y limón. Y lo estaba haciendo a propósito. Como si quisiera decirme que me alejara de allí. Sin embargo, él no sabía que yo era capaz de percibir las emociones de los demás. ¿Oh, sí?
No me quedaba más remedio que cruzar las puertas batientes que conducían a la cocina a oscuras, haciendo el menor ruido posible. Una vez dentro, me deslicé lentamente hasta un rincón hasta que mis ojos se acostumbraran a la penumbra. ¿Cómo era posible que no llevara encima unas gafas de visión nocturna las veinticuatro horas del día, siete días a la semana? Era algo que escapaba a mi comprensión.
Antes de que me diera tiempo a orientarme, las luces se encendieron con un parpadeo y de pronto me encontré tan ciega como antes.Alcé una mano para protegerme de la explosión de luz, entornando los párpados ante la blancura cegadora. En ese momento vi un brazo fornido armado con un cuchillo mucho más largo que el mío, dirigido hacia mí a tal velocidad que solo se me ocurrió pensar en probabilidades. Si mis cálculos no andaban errados,teniendo en cuenta el peso detrás del desplazamiento y lo larga y afilada querrá la brillante hoja del cuchillo lanzado en mi dirección, aquello iba a dolerme.
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