miércoles, 29 de marzo de 2017

Capítulo 10

Capítulo 10


Era ateo hasta que comprendí que soy Dios.
(Pegatina de parachoques)
Cuando nos detuvimos en la comisaría, Euge echaba chispas. Estaba haciéndose cargo de la investigación y lo cierto es que no lo hacía nada mal. Siempre que no se contaran las llamadas fallidas, el acceso lento a internet y aguantar a una octogenaria pesada que aseguraba ser Batman después de que Euge marcara su número por equivocación. A Eugenia empezaba a sacarle de quicio mi imitación de la mujer. No debería haberla puesto en el manos libres si no estaba dispuesta a atenerse a las consecuencias.
Pasó por mi lado, dándome un empujón, en cuanto nos apeamos de Misery.
—Un día de estos conseguirás que pierda el juicio.
Intenté no reírme (bueno, al menos no de forma descarada) y pregunté:
—¿Pero no lo habías ganado y por eso Rufina vive contigo?
Por desgracia, el mandamás actual estaba fuera por cuestiones de trabajo. La recepcionista nos dijo que el anterior sheriff, el padre de Kyle Kirsch, vivía en Taos con su mujer y que se dedicaba al ramo de la seguridad, de modo que no pudimos hablar con él. Sin embargo, la recepcionista nos facilitó copias de todo lo que tenían sobre el caso de Hana Insinga por el módico precio de un billete de ida y vuelta a un sótano húmedo y oscuro, y revolver en unas cuantas cajas de archivos.
La recepcionista era demasiado joven para recordar el caso, lo cual era una lata, aunque estaba convencida de que más de una persona acabaría enfadándose cuando descubriera que habíamos estado haciendo preguntas aprovechando el alboroto que habíamos armado. Como mínimo atraeríamos la atención de Kyle, y rápido. Claro que, entre los falsos agentes del FBI y las nuevas amistades que había hecho aquella misma mañana, puede que ya hubiéramos revelado la situación de nuestra guarida secreta y nuestros viles planes para impedir que Kyle Kirsch dominara el mundo.
Me encantaba hacer sudar a los chicos malos. Lo cual no se diferenciaba demasiado de mi pasión por hacer sudar a los chicos buenos, aunque por razones muy distintas.
De vuelta a casa teníamos que pasar por Santa Fe, lo que me proporcionó la excusa perfecta para tener un tête-à-tête con Neil Gossett, el subdirector de la prisión. En realidad, Gossett había llamado cuando íbamos de camino a casa y había insistido en que fuera a verlo. Le había pedido a su ayudante que nos concertara una visita. Bien sabía yo cuánto gustan las visitas en las cárceles.
—¿Crees que Neil te facilitará ese tipo de información? —preguntó Euge cuando terminó de hablar por teléfono con su hija. Por lo visto, Rufi estaba pasándoselo bien con su padre, lo que parecía aligerar las preocupaciones de Euge—. Es decir, ¿los registros de visitas no son confidenciales?
—Lo primero es lo primero —contesté, de camino a la prisión.
Saqué el móvil y llamé al tío Nico.
—Ah —dijo Euge, tecleando en el portátil—, mistress Marigold acaba de contestar el mensaje que le envié.
—¿De verdad? ¿Dice algo de mí?
Eugenia ahogó una risita.
—Bueno, le pregunté qué quería del ángel de la muerte y ha respondido, textualmente: «Eso es algo entre el ángel de la muerte y yo».
—¡Sí que dice algo de mí! Qué maja.
Eugenia asintió al tiempo que el tío Nico respondía en tono brusco.
—¿Qué tienes?
—¿Aparte de unos buenos melones? —pregunté.
—Sobre el caso.
Se irritaba con mucha facilidad.
—¿Lo quieres todo con pelos y señales o te vale con un resumen?
—Detallado, si no te importa.
Así pues los siguientes diez minutos me dediqué a cantar mientras Euge seguía haciendo pesquisas por internet ayudándose de su portátil e iba ladrándome alguna que otra corrección de cuando en cuando. Por lo visto no acababa de satisfacerle mi interpretación de Kyle Kirsch y el Dominio del Mundo: El musical.
Tras una larga pausa que me llevó a preguntarme si mi tío no habría sucumbido finalmente a sus arterias obstruidas, oí unos cuantos resuellos y resoplidos y el chirrido de una puerta.
—¿Kyle Kirsch? —preguntó en un susurro.
—¿Dónde estás?
—En el maldito retrete. No puedes ir por ahí diciendo ese tipo de cosas en alto y delante de todos. ¿Kyle Kirsch?
—Sí.
—¿El Kyle Kirsch que me temo?
Debían de estar fallándole las sinapsis.
—Ahora tengo que ir a la cárcel. Avísame cuando te hayas actualizado el programa y ya chatearemos.
—De acuerdo, espera —dijo cuando yo ya iba a colgarle—, le echaré un vistazo al caso de la chica desaparecida. Y piensa las cosas antes de hacerlas.
—¿Yo?
Me había ofendido. Un poquito.
—Eres capaz de armar más revuelo que un elefante en una cacharrería. Eres como Lois Lane hasta las cejas de crack.
—Lo que hay que oír. En fin, ¿algo más?
—No.
—Pues vaya.
—Procura no meterte en líos.
—¿Qué? K-shhhhhh. Te pierdo.
Colgué antes de que le diera tiempo a replicar. Si yo era Lois Lane, entonces no cabía duda de que Peter Lanzani era mi Superman. Tenía que encontrarlo antes de que los demonios de kriptonita terminaran lo que habían empezado. No me había pasado inadvertido el hecho de que no lo hubiera visto en todo el día. ¿Habría muerto? ¿Habría partido ya? Sentí una gran opresión en el pecho de solo pensarlo. Inspiré hondo, con calma, tratando de tranquilizarme al tiempo que enfilábamos el camino que llevaba hasta la puerta principal de la prisión.
—Según dicen los periódicos, Janelle York tenía una hermana, aunque ahora vive en California —me informó Eugenia.
—Vaya, eso nos queda un poco lejos. Hemos venido a ver a Neil Gossett —anuncié al guardia.
El hombre repasó su listado, como un soldado en posición de firmes.
—¿Tiene una cita?
—Ya lo creo —contesté, dejando entrever una sonrisa insinuante—. Me llamo Mariana Esposito y ella es Eugenia Suarez.
Un gesto divertido asomó en la comisura de sus labios. Era demasiado joven para estar harto de su trabajo y demasiado mayor para ser un ingenuo. La edad perfecta, en mi opinión.
—Solo la tengo a usted en la lista, señorita Esposito. Permítame que haga una llamada —dijo.
Esbocé una sonrisa más amplia, lo que según mi experiencia solía abrir más puertas que un AK-47. El joven hizo un esfuerzo por mantener la compostura, pero sus ojos me devolvieron la sonrisa antes de volverse y dirigirse hacia la garita.
—Puede que la hermana de Janelle viniera para el funeral —prosiguió Euge—. Llamaré a la funeraria, a ver si pueden facilitarme alguna información.
Mientras realizaba la búsqueda del número de teléfono en el ordenador, el guardia regresó junto a nosotras, con la sonrisa todavía pugnando por traspasar la fina línea de sus labios.
—Tienen vía libre. Si toman esa carretera que rodea las instalaciones —dijo, señalando a la derecha—, les llevará directas al edificio donde se encuentra su despacho.
—Gracias.
Diez minutos después, volvía a estar en la penitenciaría del estado. Bueno, en la oficina de la penitenciaría del estado de Neil Gossett. Euge se quedó en la antesala para seguir con sus indagaciones y hacer algunas llamadas. Era muy productiva. Oí que Neil se acercaba. Saludó a Euge y luego se detuvo para hablar con Luann, su secretaria, la misma que había ido a recibirnos a la entrada y que nunca me quitaba ojo, como si creyera que tenía intención de matar a su cachorro cada vez que iba de visita. Su pálida piel delataba hasta el último de sus cuarenta y tantos años y contrastaba marcadamente con el pelo corto y negro y los ojos oscuros. Siempre me preguntaba por qué me lanzaría miradas asesinas cada vez que aparecía por allí. Nunca eran tan descaradas como para obligarme a averiguarlo, pero aun así... Lo único que percibía a nivel emocional era desconfianza, aunque recordando la primera vez que nos habíamos visto, no empecé a sentir su recelo hasta que descubrió que estaba allí por Peter. Era como si tuviera una actitud protectora hacia él y de pronto me pregunté por qué.
Neil le dio las gracias a Luann y luego se dirigió hacia su oficina. Habíamos ido al mismo instituto, pero nuestros caminos apenas se habían cruzado. Principalmente porque era un capullo. Menos mal que la vida de la cárcel lo había hecho madurar. Gracias a un incidente ocurrido diez años atrás, a la llegada de Peter a la prisión, en el que tres de los pandilleros más temibles de los que se contaban entre las filas de la población carcelaria cayeron en apenas quince segundos, Neil sabía un poquitín de aquel recluso. Lo que fuera que Neil viese ese día le dejó una honda impresión. Y sabía lo suficiente de mí para creer todo lo que le dijera, por disparatado que pareciera. Qué diferencia con el instituto, donde me habían llamado de todo, desde esquizoide hasta Bloody Mary, algo un poco extraño ya que rara vez solía aparecer con un cóctel en la mano. Sin embargo, ahora podía utilizar en provecho propio su fe recién descubierta en mis habilidades y contaba con dicha confianza para salirme con la mía.
Entró en el despacho y me dirigió una mirada de complicidad antes de tomar asiento. Neil era un ex atleta medio calvo que todavía conservaba un físico decente, a pesar de su obvia afición por la libación.
—¿Lo has visto? —preguntó, yendo directo al grano.
Por el momento se ceñiría al plano profesional. De acuerdo. Era lógico que quisiera saber dónde estaba Peter, teniendo en cuenta que era el subdirector de la prisión de la que prácticamente había escapado y todo eso.
—Lo mismo iba a preguntarte yo.
—¿Eso significa que no sabes dónde está?
Parecía preocupado.
—Exacto.
Intenté parecer igual de preocupada.
Dejó escapar un suspiro de cansancio y aparcó por un momento su papel de subdirector de prisión. Lo que dijo a continuación me sorprendió más de lo que quise admitir.
—Lali, tenemos que encontrarlo. Hay que evitar que los alguaciles sean los primeros en dar con él.
En ese momento saltaron todas mis alarmas.
—¿Por qué dices eso?
—Porque se trata de Peter Lanzani —contestó con cierto sarcasmo—. He visto de lo que es capaz. He visto qué puede hacer solo con las manos. Solo Dios sabe qué podría ocurrir si tuviera un arma. —Se frotó la cara y, tras un nuevo suspiro, relajó los hombros, volvió a dejar a un lado su papel de subdirector y añadió—: Tú sabes mejor que yo de lo que es capaz.
Tenía razón. Sabía muchísimo más que él. Si Neil estuviera ni remotamente cerca de saber la verdad, alucinaría.
—No podrán detenerlo —prosiguió, muy serio— y cuando comprendan que no pueden detenerlo, recurrirán a lo que sea necesario para abatirlo.
La idea de Peter siendo reducido por un grupo de alguaciles hizo que apretara los dientes y mantuviera la boca cerrada a cal y canto un buen rato mientras sentía cómo se me paraba el corazón. Lo había dicho el mismo Peter. En forma humana, era vulnerable. Podían abatirlo. Ignoraba hasta dónde estaba Neil dispuesto a ayudarme a ayudar a Peter, pero iba a averiguarlo. Aunque si quería que él confiara en mí, yo tendría que confiar en él. Puede que la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad fuera demasiado y tal vez incluso contraproducente, pero Neil había visto lo suficiente para saber que Peter era distinto. Me ceñiría a lo que él sabía para llevarlo hasta mi terreno, dejando para otro día esos pequeños y molestos detalles que incorporaban palabras como ángel y muerte e hijo de Satán.
—No sé dónde se encuentra —aseguré, dando un gigantesco salto de fe —, pero sé que lo persiguen y que está herido.
Se sorprendió. A pesar de que su rostro permaneció impasible (un verdadero entendido en el arte de poner cara de póquer), las emociones que afloraron inopinadamente ante mis palabras me contaron que había encontrado un aliado en quien poder confiar. No estaba enfadado conmigo por disponer de aquella información sobre Peter o impaciente por unirse a la caza de su preso. En sus ojos no brillaba la codicia al pensar en los elogios que recibiría por capturar un convicto fugado.
No, Neil estaba preocupado. Parecía sentirlo sinceramente por Peter. Y aquello me sorprendió. Neil trabajaba con cientos de reclusos a diario, por lo que el desgaste por empatía tenía que desempeñar un papel importante en su profesión. Lo lógico sería pensar que la frustración bastaría para impedir que sintiera verdadera preocupación por nadie. Sin embargo, lo percibía. Percibía la conexión que tenía con Peter. Tal vez hubiera establecido un vínculo con él después de tenerlo tanto tiempo como preso, consciente de que era algo más, algo no del todo humano. En cualquier caso, podría haberlo besado en la boca allí mismo de no haber sido tan capullo conmigo en el instituto. El alivio que experimenté al descubrir que Neil estaba de mi lado, del lado de Peter, deshizo el nudo que tenía en el estómago, o al menos lo aflojó.
—¿Cómo sabes que está herido? —preguntó.
Sentí, literalmente, las emociones que se debatían en su interior. Preocupación. Empatía. Miedo. Se abalanzaron sobre mí y se enroscaron a mi alrededor hasta envolverme en una nube asfixiante.
Parpadeé intentando abrirme paso entre ellas y me concentré.
—Voy a decirte algo —decidí, con la esperanza de que aquel salto de fe no acabara en un aterrizaje forzoso en una plantación de cactus. Porque eso sí que dolería—. ¿Tienes presente todo ese rollo de ser abierto de mente que te llevas ahora?
Vaciló unos instantes antes de asentir con cierto recelo, preguntándose qué me traería entre manos.
Me incliné hacia delante y bajé la voz con intención de atenuar el golpe.
—Peter es un ser sobrenatural. —Al ver que se quedaba igual, que ni tan siquiera pestañeaba, proseguí. En gran parte porque necesitaba su ayuda como el aire que respiraba y en menor medida porque me intrigaba saber hasta dónde podía llegar yo y hasta dónde estaba dispuesto a llegar él para saber la verdad—. Es decir, yo también tengo algo de sobrenatural, pero lo mío no es nada comparado con lo suyo.
Al cabo de un largo y silencioso momento, se cubrió la cara con las manos y me miró a través de los dedos separados.
—Debo de estar perdiendo la cabeza —dijo. Reconsideró el tiempo verbal y añadió—: No, lo retiro. La he perdido. Por completo. Estoy para que me encierren.
—Vale, vale —dije, removiéndome en mi asiento.
Pensé que lo mejor sería seguirle la corriente. Sin juzgarlo. Sin precipitarme a sacar conclusiones. Sin comprarle una camisa de fuerza por Navidad.
Apretó el botón del intercomunicador.
—¿Sí, señor? —contestaron al instante. Aquella mujer era buena.
—Luann, necesito que me interne cuanto antes. Ayer, si es posible.
—Por supuesto, señor. ¿En algún programa en particular?
—No —contestó, sacudiendo la cabeza—. Cualquiera servirá. Confío en su buen juicio.
—Me pondré en ello de inmediato, señor.
—Es buena gente —dijo Neil cuando Luann cortó la comunicación.
—Eso parece. Y vas a hacer que te encierren porque...
Me miró con el ceño fruncido, como si yo tuviera la culpa de su colapso mental.
—Porque por mucho que me cueste admitirlo, te creo.
Intenté reprimir una sonrisa aliviada.
—No, de verdad, te creo a pies juntillas. Como si acabaras de decirme que has tenido un pinchazo o que está nublado. Como si lo que me has contado fuera lo más normal del mundo. Nada extraordinario. Nada por lo que llevarse las manos a la cabeza.
Joder, sí que había cambiado desde el instituto. Y no me refería únicamente a la barriga cervecera y a las entradas incipientes.
—¿Y eso es malo?
—Por supuesto que es malo. Trabajo en una cárcel, por amor de Dios. Este tipo de cosas no ocurren en mi mundo y, sin embargo, hasta la última partícula de mi ser acepta que Peter sea un ser sobrenatural. En estos momentos, antes dudaría del hombre del tiempo.
—Todos dudan del hombre del tiempo y ahora estás en mi mundo —dije, con una amplia sonrisa—. Mi mundo es alucinante, pero si te lo he contado ha sido por una buena razón.
Me devolvió su atención y enarcó las cejas, intrigado.
—Necesito tu ayuda. Necesito saber quién ha estado visitando a Peter.
—Y ¿para qué necesitas esa información?
—Porque tengo que encontrar su cuerpo.
—¿Está muerto? —preguntó Neil, preocupado. Se levantó de un salto y rodeó la mesa.
—No, Neil, cálmate. —Alcé las manos para que se tranquilizara—. No está muerto. O, bueno, creo que no está muerto, aunque le queda poco tiempo. Tengo que encontrar su cuerpo. Como ya te he dicho, está herido. Muy malherido.
—¿Y crees que alguien podría estar dándole refugio? Alguien que ha venido a visitarlo.
—Exacto.
Se dio la vuelta y volvió a apretar el botón del intercomunicador.
—Luann, ¿podrías buscarme los nombres de todas las personas que han visitado a Juan Pedro Lanzani el último año? Y también querría saber a quién solicitó que se incluyera en su lista de visitas, tanto las aprobadas por el estado como las que no.
—¿Querrá la información antes o después de que haga que lo encierren, señor?
Neil frunció los labios, considerándolo.
—Antes —contestó, tras tomar una decisión—. Definitivamente, antes.
—La tendrá enseguida.
—Me encanta cuando dice «enseguida» —comenté, diciéndome que tenía que enseñarle aquel concepto a Euge—. Entonces ¿las visitas tienen que pasar una aprobación?
—Sí. —Regresó a su silla, tras el escritorio—. El preso debe facilitar el nombre de todas aquellas personas de quienes desearía recibir una visita. A continuación, la persona en cuestión tiene que rellenar una solicitud, que a su vez se remite al estado para su aprobación antes de que dicha persona pueda realizar la visita. Pero volvamos a lo del asunto sobrenatural —propuso, con aire misterioso.
—De acuerdo.
—¿Eres vidente? ¿Es por eso que sabes que Lanzani está herido?
Siempre con aquella dichosa palabra.
—No, no especialmente. No como tú crees. No puedo predecir el futuro ni ver el pasado. —Al ver que me miraba con recelo, añadí—: En serio, si apenas recuerdo qué ocurrió la semana pasada. El pasado es algo borroso, como una bruma, pero más borroso todavía.
—De acuerdo, entonces ¿a qué te refieres con lo de sobrenatural?
Me planteé contarle toda la verdad, aunque lo descarté con la misma celeridad. No quería perderlo, pero tampoco quería mentirle. Aquel tipo llevaba cerca de una década trabajando con criminales, a cuál más experto en el arte de la impostura.
Examiné con atención el dibujo moteado de la alfombra, tratando de decidir qué iba a decirle. Odiaba ese momento de incertidumbre en que debía elegir qué contar y qué callarme. El problema de sincerarme con alguien era que, al hacerlo, su vida nunca volvía a ser la misma. A partir de ese momento, tenía una perspectiva sesgada. En cualquier caso, teniendo en cuenta que la mayoría de la gente tampoco creería ni una sola palabra, casi nunca me veía en una situación tan delicada. Sin embargo, Neil había sido testigo de hechos que no tenían explicación. Sabía que Peter era más poderoso que cualquier otro hombre que hubiera conocido. Sabía que yo veía cosas que nadie más veía. No obstante, existía una línea, un límite a partir del cual la mente humana aceptaba lo que se le presentaba como real o no. Si lo cruzaba, perdería su cooperación y su amistad. La verdad es que su amistad me importaba una mierda, pero aun así no sabía si valía la pena arriesgarse.
—Neil, no quiero mentirte.
—Y yo no quiero que me mientas, así que esto debería ser coser y cantar.
—Si te cuento la verdad... —continué, tras un hondo suspiro—, digamos que no dormirás tranquilo. Nunca más.
Repiqueteó con una estilográfica sobre la mesa, pensativo.
—Para serte sincero, Lali, no es que haya dormido demasiado bien desde la última vez que viniste de visita, hace un par de semanas.
Mierda. Lo sabía. Ya le había jodido la vida.
—Puede que esté equivocado —prosiguió—, pero creo que dormiría mejor si supiera toda la historia. Son los cabos sueltos los que no me dejan pegar ojo. Ya no me fío de nada. Ya nada tiene sentido. Tengo la sensación de que los cimientos sobre los que se construyen mis creencias se desmoronan bajos mis pies y que ya no sé a qué aferrarme porque no distingo entre lo que es real y lo que no lo es.
—Neil, si te cuento algo más, lo último que hará esa información será ayudarte a aferrarte a la realidad.
—No vale la pena seguir discutiendo, está claro que no vamos a ponernos de acuerdo.
—No.
—Entonces ¿quieres que lo discutamos?
—No.
—Entonces ¿estamos de acuerdo?
—No.
—Pues permíteme plantearlo de esta manera. —Se inclinó hacia delante y esbozó la sonrisa más maliciosa que haya visto jamás—. Si tú quieres meter los hocicos en mis archivos, yo quiero saberlo todo.
¿Acababa de comparar mi nariz con un hocico?
—Creo que no puedo hacerte algo así —contesté con gran pesar.
—¿Ah, no? Bueno, puede que yo tampoco te lo haya contado todo.
Fruncí el ceño.
—¿A qué te refieres?
—¿De verdad crees que esa pequeña anécdota que te conté sobre Peter es todo?
La primera vez que había visitado la prisión, Neil me había explicado una historia sorprendente. Hacía poco que había empezado a trabajar en la cárcel cuando vio cómo Peter, a la sazón un jovencito de veintiún años, acababa con tres de los hombres más peligrosos del lugar sin apenas despeinarse. Todo había terminado antes de que Neil tuviera tiempo de pedir refuerzos. Fue entonces cuando supo que Peter era distinto a los demás.
—¿Crees que aquello fue todo? —insistió. No me habría sorprendido que hubiera proferido una carcajada maligna—. Tengo decenas de historias. Cosas que... Cosas que no tienen explicación. —Sacudió la cabeza, pensando en lo que supuse que sería un sin fin de fenómenos inexplicables. Intenté no babear—. Y, sinceramente, Lali, necesito una explicación. Supongo que se trata del científico que hay en mí.
—Eras pésimo en ciencias.
—Les he cogido gusto con el tiempo.
No pensaba dar su brazo a torcer. Adivinaba la determinación en su mirada. La misma determinación que llevó al equipo de fútbol americano del instituto a las estatales tres años seguidos. Maldita fuera.
—¿Sabes qué? —dije, entrando en modo negociación—. Tú me enseñas las tuyas y yo te enseño las mías.
—Y empiezo yo, ¿a que sí?
Sonreí, a modo de confirmación.
—Maldita sea. Yo siempre soy el primero y luego, la mitad de las veces, las chicas os rajáis y salís corriendo antes de enseñarme las vuestras.
Era evidente que tenía mucha experiencia en aquel campo.
—¿No te fías de mí? —pregunté, y traté de parecer sinceramente consternada.
Sus labios dibujaron una fina línea.
—Ni un pelo.
Señalé a mi alrededor enseñándole las palmas de las manos.
—Tío, estamos en una prisión. Si no cumplo con mi parte del trato, puedes enviarme a la celda de aislamiento hasta que lo haga.
—Lo quiero por escrito.
Deseaba más, necesitaba más como el aire que respiraba. Mis ansias por saber todo lo posible acerca de Peter eran insaciables.
—Como si lo quieres escrito con sangre.
—Creo que no será necesario llegar a esos extremos —dijo con un suspiro, al final de un largo momento de reflexión—. Te contaré una de las memorables. —Se mordió el labio un segundo antes de escoger entre el amplio repertorio del que parecía disponer—. Vale, esto ocurrió cuando yo todavía era oficial de prisiones. Habíamos recibido un aviso de que estaba a punto de estallar una pelea. Una de las serias, entre South Side y los Arios. La tensión era tan palpable que al tercer día ya no nos cupo duda de que algo iba a suceder. Los hombres se congregaron en el patio, se miraron fijamente y fueron acercándose unos a otros poco a poco, hasta que ambos jefes estuvieron cara a cara. Y justo en medio apareció Lanzani. Nos sorprendió.
—¿Por qué os sorprendió? —pregunté, convencida de que tenía los ojos abiertos como platos.
—Porque no tenía relación con ninguno de los dos grupos. Es raro, pero de vez en cuando uno de los presos decide ir por su cuenta. Como Peter. Y le iba bastante bien.
—Vale, entonces está en medio de la pelea y...
Aunque sabía que a Peter no le había pasado nada, se me encogió el corazón de solo imaginármelo.
—Justo en medio. No dábamos crédito. Los hombres empezaron a caer como moscas. A medida que Lanzani se abría camino entre los reclusos, estos se desplomaban en el suelo. Simplemente se desmayaban.
Se detuvo, absorto en sus pensamientos.
—¿Qué ocurrió luego? —pregunté, realmente impresionada.
—Cuando Lanzani llegó hasta los cabecillas, habló con ellos. Para entonces, casi todos los demás habían empezado a dispersarse, unos asombrados y otros muertos de miedo. Los jefes miraron a su alrededor, comprendieron lo que ocurría y, entonces, el de South Side mostró las palmas de las manos y retrocedió. Sin embargo, el ario se puso furioso. Supongo que creyó que Lanzani estaba traicionando a su raza o algo por el estilo.
—Son muy quisquillosos con esas cosas.
Neil asintió.
—El ario se enfrentó a Lanzani y empezó a gritarle en la cara. Entonces, antes de que nadie supiera qué había sucedido, también se desplomó en el suelo.
Me puse en pie de un salto y apoyé las manos en la mesa de Neil.
—¿Qué hizo Peter?
Me miró.
—Al principio no lo vimos, pero los tocaba, Lali. En las cámaras aparecía caminando entre los presos y tocándolos en el hombro. Y ellos caían como moscas.
Me quedé boquiabierta, probablemente bastante más tiempo del conveniente.
—Los oficiales de prisiones entraron corriendo, requisaron las armas, registraron a todo el mundo y clausuraron el recinto. —Neil sacudió la cabeza al recordar—. Es imposible saber cuántas muertes se evitaron ese día. Incluida la mía.
Aquello me sorprendió.
—¿Por qué la tuya?
Se miró las manos detenidamente unos instantes antes de contestar.
—No soy tan valiente como parezco, Lali. Los Arios me la tenían jurada. Había cabreado a uno de los suyos por haberlo incomunicado después de que le hubiera arrojado una bandeja a otro recluso. —Neil miraba al infinito—. Nunca habría salido vivo de allí. Lo sé. Y estaba cagado de miedo.
—No tienes nada de lo que avergonzarte, Neil. —Lo reprendí con la mirada y, a continuación, dije en voz alta lo que ambos pensábamos—: Así que también evitó tu muerte.
—Y estoy impaciente por devolverle el favor.
—Permíteme una pregunta —apunté, intentando esclarecer la sospecha que había empezado a formarse en mi mente. El mejor amigo de Peter de la época del instituto también había sido su compañero de celda—. El tipo con quien compartía celda, Pablo Martinez, por casualidad no estaría relacionado con South Side, ¿verdad?
Neil lo pensó unos instantes.
—Sí, de hecho, creo que sí.
Interesante. Me pregunté si Peter habría intervenido de no haber sido así.
—Creo que Lanzani habría detenido la pelea de todos modos —comentó Neil, como si me leyera el pensamiento.
—¿Por qué lo dices?
—Cuando irrumpimos en el patio, fui derecho hacia él. Preferí asegurarme de que nadie más se le acercaba. Por un lado, porque no quería que le hicieran daño y, por otro, porque tenía una ligera idea de lo que era capaz de hacer. Además, tampoco deseaba que ninguno de mis compañeros resultara herido. Le ordené que se tirara al suelo y me arrodillé junto a él cuando el equipo táctico lanzó gas lacrimógeno al patio. Yo llevaba puesta una máscara, pero me agaché a su lado... Tenía que saberlo.
—¿Saber qué?
—Le pregunté por qué había detenido la pelea.
—¿Qué te dijo?
—Al principio lo negó. Dijo que no sabía de qué estaba hablándole y luego se negó a contestar, aunque tal vez se debiera al gas lacrimógeno.
—¿Qué ocurrió después?
—Cuando conducíamos a los hombres al interior para clausurar el recinto, se inclinó hacia mí mientras esperaba su turno para que lo registraran y me dijo que había vivido suficientes guerras para un millar de vidas.
Tragué saliva, pues sabía muy bien a qué se refería.
Neil me miró con curiosidad.
—¿Qué quiso decir? No ha estado en ninguna guerra y pensé que tal vez tú podrías saberlo. —Entrelazó los dedos—. Creo que te toca.
De acuerdo, debía ser sincera con él, pero no podía contárselo todo. No sería justo para Peter. Solo le contaría lo estrictamente necesario.
—No sé cómo decir esto —empecé, indecisa—, pero Peter sabe qué es la guerra, ha estado en cientos de ellas. —Observé a Neil con detenimiento, atenta a su reacción—. Fue general de un ejército durante siglos, aunque de un ejército que no es de este mundo.
—¿Es un alienígena? —preguntó Nico con un tono de voz ligeramente alto.
—No —contesté, tratando de reprimir una carcajada—, no es un alienígena. No puedo contártelo todo... Es un ser sobrenatural.
—Lo sabía —dijo, y al instante se puso en pie—. A una celda de aislamiento.
Me cogió del brazo y me obligó a levantarme de la silla, si bien es cierto que con delicadeza.
—¿Qué? Pero si estoy cantando.
—No, esa canción ya me la has cantado antes, necesito una nueva, una que no haya oído, y sé que estás guardándotela.
—No es cierto. Es solo que...
—¿Sabes a cuánta gente le he contado esa historia? —Se inclinó hacia delante y bajó la voz hasta convertirla en un susurro, como si alguien pudiera oírnos—. ¿Tienes idea de lo disparatada que es?
Nos dirigíamos hacia la puerta.
—Espera, no puedes meterme en una celda de aislamiento de verdad.
—¿Que no?
—¡Nico!
—Luann, llame a los de internamiento —dijo al abrir la puerta.
Eugenia seguía esperando en el despacho de Luann y apartó la vista del portátil, frunció el ceño aparentando un leve interés y retomó sus pesquisas.
—De acuerdo, me rindo. —Le mostré las palmas de las manos en señal de claudicación. Al notar que aflojaba la presión sobre mi brazo, lo retiré de un tirón y mascullé entre dientes—: Pero luego no me eches la culpa si te haces pis en la cama.
Nico sonrió a Luann con simpatía y cerró la puerta.
—Solo tienes una oportunidad y si no la aprovechas, no volverás a ver la luz del día nunca más.
—Vale, quieres jugar duro, pues jugaremos duro —acepté, dándole unos golpecitos en el pecho con el dedo—. Peter Lanzani es el hijo de Satán.
En cuanto lo dije, en cuanto las palabras abandonaron mis labios, entré en estado de shock. Me llevé las manos a la boca y me quedé mirando al vacío un buen rato.
Peter iba a matarme por haber desvelado aquel secreto. Iba a hacerme picadillo con su espada reluciente, estaba segura. No, un momento, todavía estaba a tiempo de arreglarlo. Volví mi mirada aterrorizada hacia Neil, que parecía seguir considerando lo del confinamiento.
Bajé las manos y me eché a reír. O al menos lo intenté. Por desgracia, parecía una rana a punto de ahogarse, pero es que estaba nerviosa, confusa.
—Es broma —dije, tensa ante la inminencia de una muerte segura. Le di un puñetazo amistoso en el brazo—. Ya sabes lo que pasa cuando estás a punto de que te incomuniquen, que no se te ocurren más que tonterías.
Le di la espalda para dirigirme a mi asiento (y abrí la boca sin que él me viera, sorprendida de mi propia estupidez) cuando oí que decía:
—No es broma.
—¡Venga ya! —exclamé con un resoplido, volviéndome hacia él—. Ya lo creo que bromeaba. ¿No lo dirás en serio? ¿El hijo de Satán? —Resoplé de nuevo, me reí tontamente y me senté—. En fin, ¿qué estábamos diciendo?
—¿Cómo es posible? —Regresó junto a su mesa, aturdido—. ¿Cómo?
Maldita fuera. Me puse en pie y me incliné sobre el escritorio con tal agitación que parecía tener el baile de San Vito, lo que acabó de traicionarme por completo.
—Nico, lo digo en serio, no se lo puedes contar a nadie.
La desesperación que se traslucía en mi voz hizo que volviera a la realidad. Levantó la vista con un leve pestañeo y frunció el ceño, intrigado.
—Nico, si hubiera de haber algo en tu vida que jamás pudieras contárselo a nadie, es esto. No sé qué haría Peter si descubriera que lo sabes. Es decir... —Me volví y empecé a caminar por el despacho, alejándome de él lentamente, pensativa—. No creo que te hiciera daño. No, creo que no, pero ¿quién puede asegurarlo? De un tiempo a esta parte ha estado comportándose de manera un poco... imprevisible.
—¿Cómo es posible? —balbuceó de nuevo.
—Bueno, ha estado sometido a bastante presión. Y tortura.
—¿El hijo de Satán?
—¿Es que no me escuchas? —dije. Dios bendito, aquello era meter la pata y lo demás eran tonterías. Hasta el cuello—. No le puedes decir ni una palabra de esto a nadie.
Ya había cometido el error de contárselo a Euge sin detenerme a pensar en las consecuencias. ¿Y ahora a Nico? ¿Por qué no lo publicaba en The New York Times? ¿O lo anunciaba en una valla publicitaria en la I-40? ¿O me lo tatuaba en el culo?
—Lali, lo entiendo —aseguró Neil, volviendo en sí—. Ni una palabra. Sé de qué es capaz, ¿recuerdas? Lo último que querría es provocar su ira. Te lo prometo.
Aliviada, me desplomé en la silla con un gran suspiro.
—Pero ¿cómo es posible? —preguntó por tercera vez.
Me encogí de hombros a modo de respuesta.
—Ni siquiera yo conozco los detalles, Neil. Siento mucho habértelo contado. No es tan malo como parece, de verdad.
—¿Malo? —repitió, anonadado—. ¿Por qué ha de ser malo?
—Mmm... —Lo medité unos instantes—. ¿Es una pregunta con trampa?
—Lali, me consta que es una buena persona. Aunque solo sea por el hecho de que su padre es, bien, la personificación del mal. ¿Sabes qué es realmente el mal? —preguntó.
Enarqué las cejas.
—Cuando los estadounidenses hablan del mal se refieren a algo maligno, cruel y brutal. Pero eso no es el mal, sino la percepción que tenemos de él.
—¿Adónde quieres ir a parar?
—El mal no es más que la ausencia del bien, la ausencia de Dios.
Nunca se me había ocurrido mirarlo de aquella manera.
—Entonces ¿sabes que Peter no es malo? Opinas que es una buena persona.
—Por supuesto. —Lo había dicho como si yo fuera idiota—. Venga, en serio, ¿de verdad es, ya sabes, su hijo?
—Sí —contesté, muy a mi pesar—. Lo es de verdad.
—Es lo mejor que he oído en toda mi vida.
—¿Lo mejor?
Nico sonrió de oreja a oreja.
—Sí, lo mejor. —Se recostó en la silla y unió la yema de los dedos de ambas manos—. Desde que apareciste por aquí la semana pasada... No, rectifico, desde que Peter apareció en mi vida hace diez años, me he cuestionado muchas cosas. Me preguntaba si existía realmente un poder superior. O el cielo. O Dios. Debo admitir que parte de ello se debe a ser testigo diario de las atrocidades que el hombre es capaz de cometer. Pero también a intuir la existencia, o haber tenido un atisbo, de ese otro mundo, de esa otra realidad sin saber de qué se trataba, cuál era su origen. Sin embargo, ahora... —Me miró fijamente, con afecto—. En una palabra: has reafirmado mi fe en Dios, Lali. Es decir, piénsalo. Si el hijo de Satán existe, ya puedes estar segura de que el hijo de Dios también.
Sacudí la cabeza.
—Tienes toda la razón. Solo estoy un poco sorprendida por lo bien que te lo has tomado.
—Piénsalo bien. Jesús me ama.
Reí, aliviada, y me incliné hacia delante.
—Puede que Jesús te ame —dije en un susurro—, pero yo soy su favorita.
Rió también, pero enseguida se interrumpió y se me quedó mirando. Yo diría que bastante rato.
—¿Qué pasa? —pregunté, empezando a sentirme incómoda.
—Si Lanzani es el hijo de Satán, entonces ¿qué eres tú?
—Ni hablar —contesté, negando con el dedo—. Tú me has contado algo y yo te he contado algo. Estamos en paz.
No había apartado sus ojos de mí, llenos de una repentina curiosidad, cuando Luann llamó a la puerta.
—Adelante.
Entró y le entregó varios papeles.
—¿Esto es todo? —preguntó Neil, asombrado, mientras se colocaba las gafas sobre la nariz.
Luann le había llevado los registros de visitas que le había pedido.
—Sí, señor. Ha desechado todas las demás.
—Gracias, Luann. —Se volvió hacia mí cuando su secretaria se hubo marchado—. Solo hay una persona en la lista de visitas aprobadas de Lanzani. Ni un solo abogado. Una única persona.
—Déjame adivinar: Pablo Martinez.
—El mismo. Fueron compañeros de celda durante cuatro años.
—También habían sido amigos en el instituto.
—¿De verdad? —preguntó, asombrado—. ¿Cómo demonios acabaron compartiendo celda? Y durante cuatro años, nada más y nada menos.
¿Cómo lo habría hecho Peter? Parecía cada vez más intrigado.
—¿Qué ha querido decir Luann con eso de que ha desechado todas las demás?
—Ah, las mujeres, ya sabes. —Restó importancia a sus palabras con un gesto despreocupado de la mano mientras repasaba los registros—. De acuerdo, Pablo Martinez lo visitó la semana anterior a que le dispararan. Por lo visto, venía a verlo con bastante regularidad.
—¿Qué mujeres? —pregunté, mientras él seguía hojeando los papeles.
—Las mujeres —repitió, sin levantar la vista—. No permite que ninguna lo visite, así que seguramente no tendremos registros. Aunque bien sabe Dios que ellas no pierden la esperanza. Al menos una o dos al mes. —Levantó la vista hacia el techo, pensativo—. Ahora que caigo, suelen rellenar una solicitud, para ver si así al menos pueden verlo. Tal vez todavía conservemos algunas. Tendré que comprobarlo.
Volvió a concentrarse en los documentos que tenía en la mano.
—Sí, lo que tú digas. ¿Qué mujeres? —insistí, intentando poner freno al feroz ataque de celos que me reconcomía por dentro.
Tras una larga pausa durante la que tramé diversas formas de asesinarlo (iba por la decimoséptima) me miró por encima de la montura de las gafas.
—Todas esas mujeres de las páginas web.
Su tono de voz dejó bien claro que de pronto le parecía idiota.
Empecé a decantarme por una muerte lenta. Agónica. Tal vez la número cuatro. O la trece.
—¿Qué páginas web?
Dejó los papeles sobre la mesa y se me quedó mirando como si no pudiera creer lo que oía. Un gesto muy grosero.
—¿No eres detective?
—Bueno, sí, pero...
—¿Cuánto tiempo llevas investigando a Lanzani?
—Eh, solo hace una semana que descubrí quién era. Menos, si te riges por el calendario de Saturno.
—Primero, recuérdame que nunca contrate tus servicios.
Cambié de opinión. Sería la número doce, definitivamente. Casi me dio lástima y todo.
—Y, segundo, haz el favor y búscalo en Google.
—Que busque a Peter en Google. ¿Por qué?
Soltó una risita contenida y sacudió la cabeza.
—Porque estás a punto de llevarte una buena sorpresa.
Adelanté el trasero hasta el borde del asiento de la silla.
—¿Por qué? ¿A qué te refieres? ¿Le escriben mujeres? —Había oído hablar de mujeres que se carteaban con presidiarios. Sin echar mano de ninguno de los miles de adjetivos que utilizaba para describir a dichas personas, pregunté—: ¿Se cartea con alguien?
Nico se pinzó el caballete de la nariz intentando reprimir una sonrisa.
—Lali —dijo, mirándome—, Peter Lanzani tiene clubes de fans.

---------------------------------------------------------------------------------------------
Chi@s Neil Gosset será Nicolás Riera siento no haberlo puesto antes pero es que me parecía interesante que fuese Nico R. ya que pensé que solo sería una mera participación en el libro pero no por eso le puse Nico al ser un personaje secundario.

No hay comentarios:

Publicar un comentario