jueves, 30 de marzo de 2017

Capítulo 6

Capítulo 6


— Pues lo hago yo por la última — dijo, sonríente —. ¿Preparada?
Enarqué una ceja, dejando entrever lo poco que me importaba.
— Más que nunca.
— Vale, en quinto lugar: «estoy muerto de cansancio».
— Vaya, no es una lista muy larga que digamos.
— ¿Quieres oírlas todas o no? — preguntó, entrando en el párking de mi edificio.
— Estoy sopesando las opciones. Esa lista puede ser una revelación de proposiciones bíblicas o un completo desperdicio de mis escasos recursos neuronales. Me inclino más por lo último.
— De acuerdo, te diré las siguientes cuando estés de mejor humor. Así te mantendré en suspense.
— Buena idea — dije, levantando los pulgares.
Suspense, venga ya.
— La gente ya no sabe apreciar el talento natural. — Me acompañó hasta arriba —. ¿Vas a dormir un poco? — preguntó mientras​le cerraba la puerta, despacio, intentado dejarlo en el pasillo.
— No, si puedo evitarlo.
Al menos Amadeo me había servido de algo. Otra hora despierta.
Ya me había vuelto hacia la cafetera cuando Benjamín volvió a asomar la cabeza.
— Cierra con llave -— musitó, antes de irse definitivamente.
Me arrastré de nuevo hacia la puerta y eché la llave cuando, dos segundos después, oí un tintineo metálico al otro lado. Eso o había vuelto a quedarme dormida de pie. Aunque, teniendo en cuenta de Peter no había aparecido para proponerme un orgasmo que hiciera temblar la tierra bajo mis pies, supuse que no era así.
Eugenia irrumpió en mi piso, pasó por mi lado como un vendaval y se fue derecha a la cafetera.
— ¿Has hablado con Benjamín?
Le seguí.
— Sí. Creo que esta mañana había un payaso en mi apartamento.
— ¿De verdad parezco un payaso en pijama? — preguntó, mirándose los pantalones, que todavía no se había cambiado —. Bueno, y ¿qué te ha dicho?
— No. — La miré, imitando su desconcierto —. Un payaso muerto.
— Ah. ¿En plan fantasma?
— Sí.
— ¿Sigue aquí? — preguntó, echando un vistazo a su alrededor, un tanto preocupada.
— No. Cruzó.
— Bueno, eso explica lo del comentario del payaso. Creía que estabas haciéndote la graciosa.
Él trayecto en coche hasta casa me había dejado grogui.
Puede que al final necesitara un chute de adrenalina de verdad.
— Oye, creía que te volverías  la cama.
— Lo hice, pero me cansé de contar pepinos. De la variedad masculina, no sé si me entiendes.  A propósito — dijo tras un largo trago de café —, ¿Benja iba desnudo?
— ¿Por qué iba Air Benjamín desnudo? — quise saber, frunciendo el ceño intencionadamente para camuflar la risita que pugnaba por escapárseme.
— No, por nada, solamente me preguntaba si dormiría desnudo.
— Pues no tengo ni idea, pero en cualquier caso no creo que abriera la puerta en cuero.
Asintió, pensativa.
— En eso tienes razón. Ay, mierda, tengo que levantar a Rufi para que vaya al colegio.
— De acuerdo, de todos modos yo voy a darme una ducha, que todavía huele a café. Y hoy tendría que pasarme en algún momento a buscar perritos calientes. Recuérdamelo.
Me dirigí al baño.
— No te preocupes. Ah — dijo Euge, a punto de salir por la puerta —, casi se me olvida: he cogido prestado un bote de café d la oficina.
Me volví en redondo y le lancé mi mejor mirada atónita.
— ¿Has robado un bote de café de la oficina?
— Cogido, pres-ta-do. Compraré otro con mi próxima paga.
—Esto es inaudito.
— Lali...
— Estoy tomándote el pelo. No pasa nada — dije yo, restándole importancia con un gesto —. Además, a mí me sale gratis.
Ya casi había salido cuando se detuvo en seco.
— ¿Qué?
— El café. Que me sale gratis.
— ¿De dónde lo sacaste?
— Se lo birlo a mi padre del almacén. — Al ver que me dirigía una mirada sorprendida y desaprobados, sobre todo desaprobadora, levanté las manos y pedí tiempo muerto —. Un momento, linda. He resuelto crímenes para ese hombre durante años, así que lo mínimo que puede hacer por mí es proveerme de vez en cuando de una taza de café.
Mi padre había sido inspector del Departamento de Policía de Buenos Aires y yo lo había ayudado a cerrar casos desde que tenía cinco años. Por alguna razón, resulta mucho más sencillo solucionar un crimen cuando puedes preguntar a la víctima qué ha pasado y quién lo ha hecho. Aunque hacia unos años que mi padre se había retirado, yo continuaba haciendo lo mismo para el tío Nico, también inspector de dicho departamento.
— ¿Le robas el café a tu padre?
— Sí.
— ¿Bebo café robado?
— A diario. ¿Recuerdas esa mañana que nos quedamos sin café, hará más o menos un mes, y apareció ese tipo de la pistola que intentó matarme y entonces se materializó Peter como por arte de magia y le partió la espina dorsal en dos con esa espada gigantesca que esconde debajo de la capa y luego el tío Nico llegó con todos esos polis y mi padre empezó a hacerme preguntas sobre el asunto de la columna vertebral?
— Vagamente — contestó al cabo de un buen rato, con evidente ironía.
— Bueno, pues no sabes cómo necesitaba un café después de esa experiencia cercana a la muerte, pero resultó que no teníamos, así que cogí un bote del almacén de mi padre.
— Lali — dijo, mirando a su alrededor, como asegurándose de que nadie pudiera oírnos —, no puedes robarle el café a tu padre.
— Eu, en ese momento, habría vendido mi alma por un capuchino con chocolate.
Asintió, comprensiva.
— Entiendo por qué lo hiciste en aquel momento, pero no puedes continuar robándole.
— Ah, claro, si lo haces tú no pasa nada, pero si lo hago yo no está bien, ¿verdad?
— No lo he robado, lo he tomado prestado.
— Espero que eso te ayude a dormir por las noches, Bonnie. Saluda a Clyde de mi parte.
Dio media vuelta, lanzando un profundo suspiro.
— Por cierto, no llevaba camiseta cuando abrió la puerta — dije, levantando la voz, antes de cerrar la del baño.
— Gracias — contestó, tras un grito ahogado.

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