Capítulo 12
Vale, pero ¿y si la vida me da pepinillos?
(Pegatina de parachoques)
En el preciso instante en que tendría que haber caído con un cuchillo muy afilado clavado en el corazón, un rebrote de adrenalina me aceleró el pulso y el mundo empezó a moverse a cámara lenta a mi alrededor. Miré el lento avance del cuchillo. Miré el rostro congestionado y furioso del hombre, con el gesto crispado en una mueca. Sí, quería verme muerta. Menuda mierda, porque ni tan siquiera lo conocía. Luego miré a un lado. Mi padre estaba sentado en el suelo de la cocina, atado y amordazado. Sentí de nuevo el empuje de la adrenalina al ver la sangre corriéndole por un lado de la cabeza y los ojos desorbitados por el miedo, aunque no por lo que pudiera pasarle a él. Sino a mí.
El cuchillo seguía acercándose. Volví a mirarlo justo cuando la punta rasgaba la piel bajo la que se ocultaba mi corazón. Sin saber lo que hacía, me agaché y el mundo recuperó su velocidad normal de sopetón. El hombre, incapaz de detenerse a tiempo debido al impulso que llevaba, continuó su trayectoria hacia la pared que tenía a mi espalda. Levanté mi propio cuchillo en el momento en que él pasaba de largo por mi lado y, entre su mole y la fuerza con que alcé el brazo, le hice un corte en el cuello.
Tropezó con varias cajas y se dio de bruces contra la pared. El golpe lo dejó medio atontado y se le cayó el cuchillo, que envié debajo de las mesas de trabajo de una patada antes de acercarme corriendo a mi padre, sin quitarle el ojo de encima a mi aspirante a asesino. El hombre se tapaba el cuello con las manos mientras la sangre manaba a borbotones de entre sus dedos con un ruido raro.
Me sentí un poco mal, pero había empezado él.
No fue hasta entonces que oí las sirenas. Tal vez mi padre había tenido tiempo de accionar la alarma silenciosa antes de que el hombre lo hubiera reducido. Intenté quitarle la mordaza, pero el tipo le había dado varias vueltas (parecía que le gustaba la cinta adhesiva) y, además, empecé a tener la sensación de que caía desde una altura vertiginosa. Se me nubló la vista y perdí el equilibrio, por lo que acabé desplomándome contra el armario que tenía al lado. Inspiré hondo, volví a enderezarme y me puse a buscar el extremo de la cinta adhesiva, que parecía tan escurridizo como el final del arco iris. Tampoco ayudaba demasiado que fuera incapaz de controlar el temblor de mis dedos.
Oí que una pareja de polis irrumpía en el bar por la puerta de atrás.
—¡Estamos aquí! —grité, mirando a mi atacante.
Se agitaba como un pez fuera del agua, retorciéndose sobre las cajas intentando ponerse en pie mientras trataba de taponarse la yugular.
Los polis entraron en la cocina con cautela hasta que nos vieron y uno de ellos acudió corriendo a mi lado para echarme una mano. El otro pidió refuerzos y llamó a una ambulancia.
—Ese hombre ha intentado matarme —informé al poli, un poco aturdida.
No conocía al agente. Era joven, seguramente un novato.
El oficial echó un vistazo atrás mientras desenrollaba la cinta adhesiva de la cabeza de mi padre y luego se volvió hacia mí.
—Creo que ha ganado usted —dijo, guiñándome un ojo.
Por un instante, me sentí hinchada de orgullo.
—Sí, creo que sí. —Volví a mirar al hombre pez—. Se abalanzó sobre mí con un cuchillo bastante afilado.
El otro poli había esposado al hombre y estaba presionándole la herida del cuello con un paño de cocina. Recé por que no muriera desangrado. Nunca había sido la causa directa de la muerte de alguien.
El novato consiguió retirar toda la cinta adhesiva.
—Lo siento mucho, cariño —se disculpó mi padre, con voz ronca.
Lo abracé con fuerza mientras el agente no cejaba en su empeño de liberarlo. No había ni un centímetro de su cuerpo que no ocultara aquella dichosa cinta. Tanto mi padre como yo temblábamos, medio llorosos.
—¿Estás bien? —le pregunté justo en el momento en que el tío Nico entraba en tromba en la cocina, con un sanitario de urgencias pisándole los talones.
—¡Leland! —exclamó y se arrodilló a nuestro lado. Le dirigió una larga y gélida mirada al hombre pez antes de volverse hacia nosotros—. No recibimos la señal.
—¿Qué señal? —pregunté con recelo.
Mi padre mantuvo los ojos dirigidos al suelo mientras NIcky se explicaba.
—Caruso llevaba un par de semanas amenazando a tu padre, lo que vendría siendo una clara violación de la condicional. Habíamos destinado varios hombres a su vigilancia y también habíamos acordado una señal por si decidía asomar las narices por aquí.
—Digamos que me sorprendió —dijo mi padre, con sarcasmo.
—Y a mí también —añadí, confirmando las palabras de mi padre—. A mí también me cogió completamente por sorpresa.
—Sabía que te las apañarías —comentó mi padre, cuando el novato consiguió liberarle los brazos. Su rostro adoptó una expresión de asombro salpicado de cierto recelo—. ¿Cómo lo has hecho?
Miré al tío Nico de reojo, cohibida.
—¿Hacer el qué?
—Moverte como te has movido —se explicó, sin reparar en quién podría estar escuchándolo—, parecía... magia.
—Vale, traigámosle algo de beber, ¿de acuerdo? —le dijo el tío Nico al novato.
—Por supuesto, señor.
El novato me miró de soslayo y con el ceño fruncido cuando se iba. Genial. La mitad del cuerpo de policía ya pensaba que era un bicho raro, supongo que había llegado el momento de convencer a la otra mitad.
—Leland, no puedes ir diciendo esas cosas delante de la gente —lo reprendió Nicky, ayudándolo a sentarse en una silla.
—Es que tú no lo has visto —se defendió mi padre, y de pronto volví a sentirme como el patito feo. Creía haberme descolgado aquel sambenito hacía años, pero por lo visto no era así—. Se movió como...
—¿Una detective privado bien entrenada? —sugirió Nico.
Mi padre parpadeó, intentó mirar hacia otro lado, pero sus ojos se veían atraídos invariablemente hacia mí, arrastrando un millón de preguntas tras de sí.
Los sanitarios de urgencias se llevaron al hombre pez en una camilla con movimientos rápidos y precisos (debía de estar a punto de desangrarse) y un segundo equipo nos rodeó a mi padre y a mí. Cuando uno de ellos empezó a toquetear la zona de Peligro y Will Robinson, recordé que tenía un corte me atravesaba el pecho de cuando me había agachado con un cuchillo asomando de mi cuerpo. La próxima vez, apartaría el cuchillo antes de agacharme.
—Habrá que darle puntos —comentó el sanitario.
Por fortuna, Euge se abrió paso a través del cordón policial más o menos en ese momento y fue ella quien me llevó al hospital. ¿Qué habría querido decir mi padre con aquello de que sabía que me las apañaría? En cualquier caso, su expresión aterrada en el momento del ataque me habría animado a creer justo lo contrario. Sin embargo, lo que verdaderamente me intrigaba era el modo en que lo había dicho, como si hubiera estado calculando de antemano las posibilidades que tenía. Y su mirada. Nunca me había mirado de aquella manera. Tenía un aire inquietante al modo en que lo hacía mi madrastra cada vez que nos cruzábamos.
Con todo, aquello no era lo único que me tenía en vilo. Por primera vez en mi vida, Peter no había acudido en mi rescate. Lo que significaba que estaba o muy cabreado o muerto.
Tras una larga espera, acabé en la sala de urgencias de una pieza gracias al pegamento, aunque la persona que me atendió en realidad lo llamó SurgiSeal. Las heridas habían empezado a cerrarse, lo que sorprendió a más de un médico y varias enfermeras, así que, nada de puntos. Solo pegamento del fuerte.
—Estoy esnifando cola —le dije a Euge, sentada a mi lado.
El maldito papeleo estaba llevándoles muchísimo más tiempo que los dos minutos que habían tardado en volver a pegarme.
—No puedo creerlo —dijo, molesta con mi padre por no haberme contado que había estado amenazándolo un tipo en libertad condicional—. Al menos podría haberte avisado por tu propia seguridad, en vez de intentar que no te enteraras de que un chalado pretendía asesinarlo a él y a toda su familia.
El tío Nico se acercó a nosotras.
—¿Cómo te encuentras?
—Ah, no, no, ni hablar —se adelantó Euge, frunciendo los labios para mostrarle lo mucho que la había decepcionado—. Tú tienes tanta culpa como ese hombre de ahí —dijo, y señaló a mi padre, acostado en una cama en la otra punta de la sala de urgencias, con la cabeza vendada.
Tendría que quedarse toda la noche en observación, y casi mejor para él. Euge estaba hecha una furia.
Mi madrastra levantó la vista cuando Euge arremetió contra el tío Nico. Al pobre iba a caerle una buena.
—Si alguien tendría que haberla avisado, ese eras precisamente tú.
Euge empezó a darle golpecitos en el pecho con un dedo para recalcar sus palabras y supe que Nicky estaba a punto de descomponerse. Miré a mi alrededor en busca del tubo de pegamento, por si acaso.
Sin embargo, el hombre se limitó a bajar la cabeza, como si se avergonzara.
—No pensamos que...
—Es evidente —lo cortó Euge, y se fue a buscar un café.
—Tío, ¿podríais bajar la voz? —preguntó el hombre que ocupaba la cama de al lado—. Me han metido una nueve milímetros en la cabeza y la tengo como un bombo.
No lo dudaba. No había tenido nunca una bala en el coco, pero aquello debía de doler. Volví a mirar al tío Nico.
—¿Por eso hiciste que Amadeo me siguiera?
Frunció los labios.
—Esa fue la primera razón.
—Y por si acaso a Peter Lanzani le daba por aparecer.
—Esa sería la segunda.
Me levanté, asqueada de los hombres en general.
—Ya, y a Amadeo sí se lo podías contar, pero a mí no, ¿verdad?
—Lali, no sabíamos si ese tipo iba a presentarse realmente o si solo estaba fanfarroneando. Culpa a tu padre de la muerte de su hija, que falleció cuando Caruso estrelló el vehículo durante una persecución policial. Tu padre era quien conducía el coche patrulla que lo seguía. Cuando salió de la cárcel, empezó a llamarlo y a decirle que iba a matar a toda su familia, por eso hicimos que alguien te vigilara. Tu padre no quería que te preocuparas.
Ya puestos, podría haber acabado la frase con un «tontita». Aquello era lo más machista que le había oído decir en la vida.
Me planté frente a él, furiosa ante el hecho de que todos los hombres a quienes me sentía unida, aunque solo fuera de manera remota, hubieran estado mintiéndome las dos últimas semanas. Me puse de puntillas y musité entre dientes:
—¿Sabes qué? Iros a tomar por el culo.
Con el alta o sin ella, me fui a buscar a Euge, también conocida como mi billete de vuelta a casa. Al pasar junto a los ascensores, las puertas se abrieron y apareció mi hermana. Cande suspiró y dio un paso al frente.
—Bueno, parece que saldrás de esta —dijo.
—Como siempre.
—¿Cómo está papá?
—El médico ha dicho que se recuperará. Una conmoción cerebral y unas cuantas costillas magulladas, pero no tiene nada roto. Todavía tardará bastante en despertarse.
—De acuerdo, entonces volveré por la mañana.
Dio media vuelta y echó a andar hacia el pasillo, unos cuantos pasos por delante de mí, como si no quisiera que la vieran conmigo en público. En ese caso, le daría una buena razón.
Me llevé las manos al pecho con un grito ahogado, me dejé caer contra la pared y empecé a hiperventilar. Fingir que hiperventilas sin hiperventilar de verdad no era tan fácil como podría parecer.
Cande se volvió y me miró atónita.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó entre dientes.
—Ahora lo recuerdo todo —dije, alzando una mano por encima de la cabeza, como si agonizara—. Cuando estuve en el hospital para que me quitaran las amígdalas, intenté escapar. El líquido que goteaba de la vía que me arranqué los condujo hasta mí y volvieron a capturarme.
Preocupada porque alguien pudiera estar mirándonos, realizó una rápida comprobación del perímetro antes de volverse hacia mí.
—Todavía conservas las amígdalas y nunca has pasado una noche entera en el hospital.
—Ah. —Me puse en pie. Qué bochorno—. ¡Espera! Sí que he dormido en el hospital, cuando la tía Emilia murió. Me quedé con ella toda la noche, sosteniéndole la mano.
Puso los ojos en blanco.
—La tía Emilia es misionaria en Guatemala.
—¿De verdad? Entonces ¿quién era aquella anciana?
Tras un largo e interminable suspiro, enfiló el camino hacia la salida una vez más.
—Seguramente tu verdadera madre —dijo, sin volverse—, porque es imposible que seamos hermanas.
Sonreí y corrí tras ella.
—Solo lo dices para hacer que me sienta mejor.
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