Capítulo 7
Dejé de luchar contra mis demonios internos. Ahora estamos en el mismo bando.
(Camiseta)
Después de mostrar mi identificación en el mostrador, entré en la comisaría de policía, donde habían llevado a Gonzalo Heredia para interrogarlo, y vi a Nicky en la otra orilla de un mar de mesas. Por fortuna, solo un par de hombres uniformados advirtieron mi presencia. A la mayoría de los polis no les hacía demasiada gracia que invadiera su territorio. En parte se debía a que era el arma secreta de Nicky y resolvía casos antes que ellos, y en parte a que estaban convencidos de que era un bicho raro. Ninguna de las dos cosas me preocupaba excesivamente.
El código de conducta de los polis se basaba en una extraña mezcla de normas y arrogancia, pero hacía mucho había aprendido que se necesitaban ambas para sobrevivir en una profesión tan peligrosa. La gente estaba como una chota.
Nicky hablaba con otro inspector cuando me acerqué a él. Menos mal que en el último momento recordé que seguía enfadada con él por haberme puesto vigilancia, porque había estado a punto de sonreírle.
—Nicky —dije con una voz de la que colgaban carámbanos.
Lejos de dejarse impresionar por mi frialdad, se rió burlonamente, así que entré a matar.
—A ese mostacho no le vendría mal un buen corte —comenté, frunciendo el ceño.
Su sonrisa se desvaneció y se toqueteó el bigote un tanto cohibido. Había sido un poco dura con él, pero era necesario que supiera hasta qué punto me tomaba en serio mi política de no-vigilancia. No apreciaba precisamente su indiferencia hacia mi derecho a la intimidad. ¿Y si me hubiera dado por alquilar una peli porno?
El otro inspector hizo un leve gesto con la cabeza a modo de saludo antes de alejarse, luchando por reprimir la sonrisita que le curvaba los labios.
—¿Puedo verlo? —pregunté.
—Está en la sala de observación uno, esperando a su abogado.
Me encaminé hacia allí tomando su respuesta como un sí.
—Por cierto, es inocente —dije, girando la cabeza ligeramente por encima del hombro, pero sin acabar de volverme.
—Solo dices eso porque estás enfadada, ¿verdad? —preguntó, justo cuando entraba en la sala.
Dejé que la puerta se cerrara detrás de mí sin contestar.
—Señorita Esposito —dijo Gonzalo, levantándose para estrecharme la mano.
Su aspecto había sufrido una notable desmejora desde la última vez que lo había visto en la cafetería. Vestía el mismo traje oscuro, se había aflojado el nudo de la corbata y llevaba el primer botón de la camisa desabrochado.
—¿Qué es lo que no me ha contado? —pregunté al tiempo que me sentaba delante de él.
—No he matado a nadie —insistió profundamente abatido, incapaz de contener el temblor de las manos.
Las personas culpables también solían ponerse nerviosas durante los interrogatorios, aunque por razones distintas. Casi siempre intentaban inventarse una historia que resultara creíble, una coartada que no dejara ningún cabo suelto y que se aguantara en un juicio. Gonzalo estaba nervioso porque se le acusaba de haber cometido no uno, sino dos crímenes, cuando no era responsable de ninguno de los dos.
—No lo pongo en duda, Gonzalo—le aseguré en tono firme. No me había dicho toda la verdad y quería saber por qué—. Sin embargo, estuvo discutiendo con Tommy Zapata una semana antes de que lo mataran.
El hombre hundió la cabeza entre las manos. Sabía que el tío Nico estaba espiándonos. Había llevado a Warren a una sala de observación a sabiendas de que iría a verlo, pero si esperaba que le sacara una confesión, iba a quedarse con las ganas.
—Mire, de haber sabido que iban a encontrarlo muerto, jamás habría discutido con él. Al menos no lo habría hecho en público.
Bueno, al menos era listo.
—¿Por qué no me cuenta lo que ocurrió?
—Pero si ya lo hice —insistió con voz entrecortada y cierto desasosiego—. Le conté que creía que Ana estaba teniendo una aventura. Había cambiado mucho y estaba tan distante, tan... rara, que un día decidí seguirla. Comió con él, con un vendedor de coches de segunda mano, y creí que... supe que estaba teniendo una aventura.
—¿Hubo algo en particular que le llamara la atención? ¿Algo que lo condujera a creer eso?
—Se comportó de un modo muy distinto al habitual, casi estuvo hostil con él. Todavía no les habían llevado la comida a la mesa, cuando se levantó para irse. Él intentó que se quedara. Incluso la cogió por la mano, pero ella se zafó como si le diera asco. Él se puso en pie y le cortó el paso cuando Ana pretendía dirigirse a la puerta. Fue entonces cuando supe que todo era cierto.
Fue como si el mundo se le viniera encima al recordar la escena y se hundió en su asiento.
—¿Por qué? —pregunté, reprimiendo el impulso de tomarle la mano—. ¿Cómo lo supo?
—Ella lo abofeteó. —Volvió a enterrar el rostro y prosiguió sin apartar las manos de delante de la cara—. Jamás ha abofeteado a nadie en toda su vida. Parecía una pelea de enamorados.
Al final, lo toqué en el hombro y él me miró. Tenía los ojos húmedos y enrojecidos.
—Después de que Ana se fuera —continuó—, lo seguí hasta el concesionario y me enfrenté a él. No quiso explicarme lo que ocurría, solo me aconsejó que no perdiera de vista a Ana porque podría estar en peligro. —Las lágrimas le humedecieron las pestañas y se frotó los ojos con una mano mientras cerraba la otra en un puño—. Soy tan soberanamente tonto, señorita Esposito.
—No diga eso, usted no es tonto.
—Sí, sí que lo soy —insistió, dirigiéndome una mirada tan cargada de desesperación que me resultó difícil respirar bajo su peso—. Creí que estaba amenazándola. En serio, ¿cómo se puede ser tan zoquete? Él solo intentaba advertirme de que pasaba algo, algo que escapaba a mi control, y a mí no se me ocurrió nada más que gritarle. Le dije de todo, desde que le pondría una demanda hasta... que lo mataría. Dios, ¿qué he hecho?
Enseguida comprendí que Gonzalo iba a necesitar dos cosas: un buen abogado y un buen terapeuta. Pobre hombre. La mayoría de las mujeres matarían por que alguien les demostrara tanta devoción.
—¿Qué más sabe de él? —pregunté.
Seguro que había investigado un poco sobre el pasado de aquel tipo.
—Nada. O no mucho.
—De acuerdo, cuénteme lo que sepa.
—Ya se lo he dicho, Ana desapareció justo después de que me encarara con él —dijo, encogiéndose de hombros, sumido en la desesperación—. No sé mucho más.
—¿Y creyó que se había fugado con él?
Los nudillos del puño cerrado se volvieron blancos.
—Ya le he dicho que no pensaba con claridad.
Casi podía oír el rechinar de sus dientes, tratando de reprimir el intenso desprecio que sentía por sí mismo.
—¿Averiguó de qué se conocían?
—Sí —admitió, tras un largo suspiro—, habían ido juntos al instituto.
Las alarmas de la combinación ganadora de una tragaperras resonaron en mi cabeza. Menudo instituto.
—Gonzalo, ¿no lo ve? —dije, obligándolo a que me prestara atención. El hombre frunció el ceño, desconcertado—. Dos personas que fueron al instituto con su mujer han muerto y ella ha desaparecido.
Parpadeó, hasta que poco a poco se le iluminó la mirada.
—Tuvo que ocurrir algo —insistí—. ¿Su mujer solía hablar del instituto?
—No —contestó, como si hubiera encontrado la respuesta comodín a todas las preguntas.
—Mierda.
—No, no es eso. Nunca hablaba del instituto de Ruiz, en el que estuvo antes de mudarse a Buenos Aires. No quería. Le pregunté por la razón en un par de ocasiones; una de esas veces incluso me puse un poco pesado y ella se enfadó tanto que estuvo toda una semana sin hablarme.
Me incliné hacia delante, esperanzada.
—Allí ocurrió algo, Gonzalo. Se lo prometo, averiguaré de qué se trata.
Tomó mi mano entre las suyas.
—Gracias.
—Pero si muero en el intento —añadí, señalándolo con un dedo—, doblaré mis honorarios.
Una sonrisa minúscula suavizó su expresión.
—De acuerdo.
Ya casi habíamos dado por terminada la conversación cuando su abogado entró por la puerta. Se pusieron a hablar en voz baja, por lo que me excusé y me dirigí hacia el falso espejo, hacia el que me incliné ligeramente y sonreí.
—Te lo dije —musité, señalando a mis espaldas con el pulgar por encima del hombro—, inocente. Eso te enseñará a ponerme vigilancia.
Qué divertido era vengarse.
Después de llevar una foto al Chocolate Coffee Café y no obtener ningún resultado (nadie recordaba haber visto a Ana la noche anterior) tonteé un poco con Brad, el cocinero, y regresé de inmediato a la oficina. Euge se había marchado temprano para comer con Rufina. Cada vez que su niñita de tres años pasaba un tiempo con su padre, Euge insistía en llevarla a comer fuera, aunque fuera una vez, preocupada por si no lo había pasado bien. En ese momento caí en la cuenta de que, en los dos años que hacía que nos conocíamos, nunca me había presentado a su ex, y se me antojó extraño. Ni siquiera sabía qué pinta tenía, aunque Euge solía hablar de él. Casi siempre bastante mal, a veces no tanto y otras contaba maravillas.
Mi padre estaba en el bar cuando bajé para comer algo. Le arrojó la toalla a Donnie, el barman nativo americano de pectorales de muerte y un pelo de color azabache por el que cualquier mujer habría vendido su alma. Sin embargo, casi siempre teníamos puntos de vista muy distintos. Sobre todo porque era mucho más alto que yo.
Mi padre se abrió camino entre el laberinto de mesas hasta llegar a la mía. Era mi lugar preferido, uno de los rincones más oscuros del bar, desde donde podía observar a todo el mundo sin que nadie me viera. No me entusiasmaba que me miraran. A no ser que lo hiciera alguien de más de un metro ochenta, con un señor cuerpazo y una sonrisa seductora. Y que no fuera un asesino en serie. Eso siempre ayudaba.
El hombre seguía sin recuperar el tono. Los vivos matices azulados que solían salpicar el aura que lo envolvía se habían vuelto opacos y grisáceos. Solo lo había visto así una vez, durante la investigación de una serie de casos espeluznantes sobre niños desaparecidos, cuando todavía era inspector de la policía. De hecho, no me dejó participar debido a su atrocidad. Tenía doce años a la sazón y podría decirse que por entonces ya lo había visto todo, pero aun así se había negado a que lo ayudara.
—Hola, calabacita —me saludó, esbozando aquella sonrisa falsa de la que no acababa de contagiarse su mirada.
—Hola, papá —contesté, imitándolo.
Traía consigo sendos bocadillos de jamón y queso con pan integral, justo lo que me apetecía en ese momento.
—Ñam, gracias.
Me miró satisfecho cuando le hinqué el diente, siguió mirándome mientras masticaba y me tragaba el bocado, y aún seguía sin sacarme el ojo de encima cuando lo acompañé con un trago de té helado para que pasara mejor.
Dejé el bocadillo y me volví hacia él.
—Vale, esto empieza a darme miedo.
Se rió, comprendiendo lo ridículo de la situación.
—Disculpa. Es que... Creces muy rápido.
—¿Crezco? —Tosí en la manga antes de proseguir—. Creo que ya estoy bastante crecidita.
—Tienes razón —admitió, pero seguía distraído. Como si estuviera en otro tiempo. En otro lugar. Al cabo de un momento, volvió a la realidad y se puso serio—. Cariño, ¿hay algo más acerca de tus habilidades que no me hayas contado?
Le di otro mordisco al bocadillo y lo miré con el ceño fruncido, intrigada.
—Ya sabes, cosas. ¿Sabes... hacer cosas?
No hacía ni una semana que el marido perturbado de una clienta había intentando matarme. Peter me había salvado la vida. De nuevo. Y lo había hecho como ya era característico en él: había aparecido de la nada y le había cercenado la médula espinal de un solo y fulminante tajo. Teniendo en cuenta que no era la primera vez que ocurría exactamente lo mismo (que las columnas vertebrales de ciertos delincuentes aparecieran partidas sin señal externa de traumatismo ni explicación médica), temí que mi padre empezara a atar cabos.
—¿Cosas? —pregunté, con aire inocente.
—Bueno, por ejemplo, el hombre que te atacó la semana pasada.
—Mmm... —musité, dándole un nuevo mordisco al bocadillo.
—¿Hiciste...? ¿Puedes...? ¿Eres capaz de...?
—Yo no lo toqué, papá —aseguré, después de tragar—. Ya te lo dije, allí había otro hombre y fue él quien lo lanzó contra la cabina del ascensor. El impacto debió...
—Vale —me interrumpió, sacudiendo la cabeza—. Eso... Eso ya me lo has contado. Pero es que el forense dijo que eso es imposible.
Levantó la vista hacia mí y me miró fijamente con aquellos profundos ojos castaños.
Dejé el bocadillo en el plato.
—Papá, ¿de verdad crees que soy capaz de hacerle daño a alguien?
—No, ya sé que eres un pedazo de pan —se retractó, como si lo lamentara.
¿Un pedazo de pan? ¿Y aquel hombre decía que me conocía?
—Yo solo... me preguntaba si había algo más...
—He traído el postre.
Ambos volvimos la cabeza hacia mi madrastra, quien arrastró una silla junto a mi padre y plantó su trasero en el asiento después de dejar una caja blanca sobre la mesa con sumo cuidado. Saltaba a la vista que había ido a la peluquería y se había hecho la manicura hacía poco. Olía a laca y pintauñas. Nunca dejaba de preguntarme qué veía mi padre en aquella mujer, cómo era posible que estuviera tan cegado como los demás por aquella apariencia externa tan cuidada. Quienes la conocían (o creían conocerla) decían que era una santa por haberse casado con un poli con dos niñas pequeñas. Sin embargo, santa no era la primera palabra que me acudía a la cabeza. Creo que yo le daba repelús, aunque, para ser justos, debo admitir que el sentimiento era recíproco. Siempre llevaba un pintalabios demasiado rojo para lo blanca que era. La sombra de ojos, demasiado azul. El aura, demasiado oscura.
Mi hermana, Candela, venía detrás de ella y ocupó el único asiento que quedaba libre, junto a mí, con una sonrisa de rigor, si bien es cierto que un poquitín forzada. Llevaba el cabello castaño recogido en un moño bastante tirante y se había pintado lo justo para parecer maquillada y aun así profesional. Al fin y al cabo era loquera.
Nuestra relación había empezado a deteriorarse seriamente en el instituto e ignoraba la razón, aunque nunca había sido una balsa de aceite. Tenía tres años más que yo y, de pequeñas, aprovechaba la más mínima oportunidad para recordármelo. Aunque Malvina era la única madre que había conocido (por desgracia), Cande había pasado tres maravillosos años con nuestra verdadera madre antes de que esta muriera al dar a luz aquí a la menda. A menudo me preguntaba si no sería ese el origen de todas nuestras desavenencias, si Candela no me culparía inconscientemente de su muerte.
Sin embargo, la vacante quedó ocupada apenas un año después, cuando mi padre se casó con aquella loba. Cande se había entendido con ella desde el principio. Yo, por el contrario, todavía no había alcanzado ese estado extático del vínculo afectivo madre-hija. Si tenía que alcanzar el éxtasis con alguien, prefería que no fuera con mi madrastra y sí con alguien más atractivo.
Por extraño que parezca, casi agradecí la interrupción. No sabía adónde quería ir a parar mi padre con su interrogatorio (o aun si lo sabía él), pero había muchas cosas que el buen hombre desconocía. Y que no hacía falta que conociera. Y que no conocería jamás, si yo podía evitarlo. Para empezar, que era un ángel de la muerte. Con todo, parecía perdido. Casi desesperado. Cualquiera diría que veinte años en el cuerpo de policía tendrían que haberle enseñado algo más sobre interrogatorios. Había ido dando palos de ciego, igual que un niño tratando de acertar a la piñata en una fiesta de cumpleaños.
Me acabé el bocadillo en un santiamén, me excusé (para gran irritación de mi padre) y a continuación me fui a casa con viento fresco, no sin antes percatarme de que Malvina no me había ofrecido ni una sola de las tartas de queso que había comprado en la pastelería del final de la calle. Durante la larga y peligrosa caminata de treinta segundos que separaba el bar de mi casa, caí en la cuenta de que el comportamiento de mi padre desconcertaba a Cande tanto como a mí. No había dejado de mirarlo de reojo, intrigada. Puede que la llamara más tarde para preguntarle si sabía lo que ocurría. O puede que le pidiera a una luchadora alemana que me hiciera las ingles con cera, algo que resultaría mucho más divertido que hablar con mi hermana por teléfono.
—¿Y bien? —preguntó Euge, asomando la cabeza por su puerta cuando me dirigía a mi apartamento.
¿Cómo conseguía saber siempre cuándo llegaba? Yo era la reina del sigilo. Puro humo. Apenas una sombra. Un ninja sin capucha.
—¡Mierda! —exclamé al tropezar y caérseme el móvil.
—¿Has hablado con Gonzalo?
—Ya lo creo.
Recogí el teléfono y rebusqué las escurridizas llaves en el bolso.
—¿Y?
—Pues que ese hombre va a necesitar tratamiento.
Suspiró y se apoyó en el marco de la puerta.
—Pobre. ¿De verdad amenazó al vendedor de coches que asesinaron?
—Con varios empleados delante —contesté, asintiendo con la cabeza.
—Maldita sea. Eso no va a ayudarnos para nada en nuestro caso.
—Cierto, pero no importará cuando hayamos encontrado a quien lo hizo de verdad.
—Si es que encontramos a quien lo hizo de verdad.
—¿Has averiguado algo?
—¿Los vaqueros llevan espuelas?
Sus alegres ojos azules lanzaron un destello bajo la tenue luz del pasillo.
—Vaya, esto promete. ¿Pasas?
—Sí, voy. Deja que me dé una ducha rápida.
—Yo también tengo que ducharme. Creo que todavía huelo a vertido ilegal.
—No olvides el café —dijo, cerrando la puerta.
Saludé brevemente a mi compañero de piso, el señor Wong, antes de entrar en el baño. Sin embargo, una vez más no estuve sola. El Muerto del Maletero hizo acto de presencia en cuanto el agua empezó a salir caliente. Intenté sacarlo de la ducha apoyándome en la pared y empujando con todas mis fuerzas, pero no se movió ni un centímetro. Tenía que aprender sin falta a exorcizar chalados. Después de la ducha, me puse un pantalón de deporte y preparé una cafetera. Por mucho empeño que le pusiera, no conseguía apartar de mi mente lo que la hermana de Rocket había dicho sobre Peter. Vamos a ver, ¿portador de la muerte? ¿En serio? ¿Quién decía aquellas cosas?
Estaba apretando el botón del señor Café, cuando un calor abrasador me envolvió por detrás. Me quedé quieta un segundo, disfrutando de aquella sensación, antes de darme la vuelta. Peter había colocado las manos en la encimera a ambos lados de mí y estaba atrapada entre sus brazos. Me incliné hacia atrás y me permití el raro lujo de contemplarlo. Sus labios carnosos eran, casi sin lugar a dudas, su rasgo más sensual. Tan tentadores. Tan besables. Y aquellos ojos verdes de mirada cristalina, rodeados de pestañas tan espesas y oscuras que resaltaban las motas doradas de sus iris. De aquello se alimentaban las fantasías de cualquier chica.
Cautivada por su mirada, penetrante y resuelta, no opuse resistencia cuando sus dedos atraparon uno de los extremos del cordón que me sujetaba los pantalones y tiraron de él. Bajó sus ojos hacia mi boca, como un niño en una tienda de golosinas, y pasó los dedos por la cinturilla, para aflojarla. Como siempre, sentí cómo su piel ardía al tacto y me pregunté si se debería a su cualidad de ser incorpóreo, a pesar de estar vivo, o a haber sido engendrado en el infierno. Literalmente.
—Hoy he averiguado algunas cosillas sobre ti.
Su dedo inició el descenso hacia zonas meridionales y provocó un estremecimiento que me recorrió todo el cuerpo.
—No me digas.
De esa manera no íbamos a acabar nunca. Aunando todas mis fuerzas, me zafé de él pasando por debajo de sus brazos y me dirigí al sofá.
—¿Vienes? —pregunté cuando lo oí suspirar.
Me siguió con la mirada mientras yo me dejaba caer y cruzaba las piernas. Todavía notaba el calor de sus dedos en mi vientre, pero por mucho que anhelara que aquellas yemas alcanzaran esas regiones donde la espalda pierde su casto nombre, su dueño y yo teníamos que hablar.
Al cabo de un rato, Peter entró en el salón, para lo cual solo necesitó dar dos pasos, y se percató de la presencia del señor Wong en el rincón. Lo miró y lo estudió con el ceño fruncido.
—¿Sabe que está muerto?
—Ni idea. Según he oído, si tu cuerpo muere, te convertirás en el anticristo.
Se quedó callado unos instantes, apretó la mandíbula y agachó la cabeza de un modo que me llevó a preguntarme con qué fuerza había dado en el clavo. No tuve que esperar demasiado para saberlo.
—Es para lo que fui engendrado.
Fui incapaz de controlar la alarma que se disparó en mi interior de manera refleja.
Me miró.
—¿Sorprendida?
—No. Un poco —admití.
—¿Alguna vez has conocido a un hombre que quisiera ser jugador profesional pero que no tuviera las condiciones para serlo?
Fruncí el ceño ante el repentino cambio de tema.
—Bueno, sí, conocía a un tipo que quería ser jugador de béisbol. Lo intentó, pero nada.
—¿Está casado?
—Sí —contesté, preguntándome una vez más a qué vendría todo aquello—. Tiene dos hijos.
—¿Un niño?
—Sí, y una niña.
—Permíteme una pregunta: ¿qué hace el niño?
Claro. Me había tendido una emboscada y había caído de lleno en la trampa.
—Juega al béisbol. Desde que tenía dos años.
Asintió satisfecho.
—Y seguro que lo presiona y lo seguirá presionando para que se convierta en el jugador de béisbol profesional que él nunca llegó a ser.
—Tu padre no consiguió conquistar el mundo, por eso preparó a su hijo para que lo hiciera por él.
—Exacto.
—Y ¿cómo de bien te preparó?
—¿Qué posibilidades tiene ese niño de convertirse en jugador de béisbol profesional?
—Ya lo entiendo. No eres como él. Pero me han dicho que tu cuerpo es como un ancla y que sin él, perderás tu humanidad. Que te convertirás en exactamente lo que él quiere que seas.
—¿Cómo es posible que creas todo lo que te dicen sobre mí, pero ni una palabra de lo que te digo yo?
—Eso no es cierto —protesté, estrechando un cojín contra mi pecho—. Tú me dijiste que no sabías qué ocurriría cuando murieras. Yo solo intento averiguarlo.
—Pero todo lo que oyes es negativo. Catastrófico. —Me miró fijamente a través de sus pestañas y susurró—: Mentira.
—Acabas de contarme para qué fuiste creado. Eso no es mentira.
—Mi padre me creó con un único propósito, pero eso no me convierte en su marioneta y te aseguro que tampoco en el maldito anticristo. —Me dio la espalda y sentí cómo su ira se adueñaba rápidamente de él y sustituía su frustración—. No quiero pelear —dijo con un hondo suspiro.
—Yo tampoco —aseguré, poniéndome en pie de un salto—. Solo quiero encontrarte. Solo quiero que estés bien.
—¿Qué parte de la palabra trampa es la que no entiendes? —Se volvió hacia mí con el ceño fruncido—. No estaré bien hasta que no dejes de estar en peligro.
Unos golpecitos en la puerta nos hicieron volver la cabeza en aquella dirección.
—Es tu compinche —dijo con un deje de irritación de lo más evidente en su voz.
—¿Euge?
Ella nunca llamaba.
—El otro.
—Conozco a más de dos personas, Peter.
—Eso me han comentado —dijo Benjamin cuando abrí la puerta. No me había dado tiempo ni a pestañear que ya había desenfundado la pistola. Tenía que aprender a hacer aquello sin falta—. ¿Dónde está?
Me apartó sin miramientos de un empujón y recorrió la habitación con la mirada.
Peter seguía allí, lo sentía. No lo veía, y Benja evidentemente tampoco, pero aquello tampoco habría cambiado nada. De poco le serviría la pistola en una confrontación con el hijo de Satán.
—No está aquí.
Benjamin se volvió hacia mí con los dientes apretados.
—Creía que teníamos un trato.
—Tranquilo, machote —dije, cerrando la puerta y pasando junto a él en dirección al abrevadero. Necesitaba cafeína—. Su cuerpo no está aquí y su espíritu se ha largado a enfurruñarse a otro lado.
Oí un gruñido lejano mientras buscaba mi taza preferida, esa en la que se leía: «Edward las prefiere morenas».
—¿Vas a tomar café a estas horas de la noche?
—O esto o un lingotazo de whisky.
—Además, todo eso del cuerpo de Lanzani y de su espíritu... acojona un poco.
—¿Has averiguado algo sobre el Muerto del Maletero? —pregunté en el preciso instante en que Eugenia entraba por la puerta con el pijama puesto.
—¡Vaya! —exclamó, sorprendida de que tuviéramos compañía—. Mejor voy a cambiarme.
—No seas tonta —protesté, mirándola con el ceño fruncido—. Si solo es Amadeo.
—Vale —dijo, pero se cubrió el pecho un tanto azorada.
Como si el pijama de franela fuera a transparentarse. Soltó una risita nerviosa y se dirigió derecha la cafetera.
Había llegado el momento de que aquellos dos se conocieran un poco más. Euge estaba colada por Benjamin desde el día en que entró en mi despacho con paso tranquilo detrás del tío Nico. Estaban en medio de una investigación y Benja se había quedado en la sala de espera, también conocida como la oficina de Eugenia, para que Nicky pudiera preguntarme en privado si disponía de información acerca del asesinato de una mujer mayor. Aquello fue antes de que Benjamin supiera la verdad sobre mí. No sé de qué debieron de hablar, pero Euge no volvió a ser la misma. Aunque, claro, puede que tuviera algo que ver haberse quedado diez minutos a solas con un hombre alto y musculoso cuya tez morena hacía que sus ojos grises refulgieran como la plata bañada por el sol.
Benjamin sonrió, consciente del efecto que producía en ella (en ella y en la mayoría de las mujeres), antes de acomodarse en el sillón dispuesto en diagonal respecto del sofá.
—Maestra de parvulario —dijo, supongo que contestando a mi pregunta acerca de lo que había averiguado sobre el coche de Euge mientras me servía suficiente nata en el café para volverlo irreconocible.
—Amadeo —dije, guiñándole un ojo a Euge—, nos da igual lo que quieras ser de mayor, lo que nos gustaría saber es qué has averiguado sobre el coche de Euge.
—¿Mi coche? —susurró Euge, con los ojos como platos.
—Muy graciosa —comentó Benjamin, distraídamente, concentrado en el rincón donde estaba plantado el señor Wong. Perdón, donde levitaba—. La dueña anterior era maestra de parvulario.
—¿Te refieres a la persona que conducía el coche antes que yo? —preguntó Euge, sirviéndose un café solo y sentándose en el sofá, frente a él.
Benja sonrió. Yo también. Probablemente nunca había intercambiado tantas palabras con él desde que se conocían.
—Sí. Y tenía bastantes multas de tráfico por exceso de velocidad.
Me senté junto a ella y pensé que, incluso con aquel pijama de franela, Euge hacía que lo grande fuera bello.
—Entonces ¿crees que se trata de un caso de atropello y fuga? —preguntó.
—No, si murió en el maletero.
—Ah, claro. —Sacudió la cabeza—. Un momento. —Se quedó boquiabierta—. ¿Estás diciendo que lo mató ella? ¿Que lo metió en el maletero a propósito?
—¿En vez de por accidente? —preguntó Benjamin.
Euge se encogió de hombros y se rió tontamente, cohibida.
—Tiene una sanción por conducir ebria —añadió Amadeo— y la detuvieron por lo mismo, aunque el caso se desestimó por culpa de un tecnicismo.
—De acuerdo —dije, pensando en voz alta—, de modo que sale de una fiesta y va de camino a casa cuando Muerto del Maletero pone un pie en la carretera, siempre que no estuviera muerto antes, y ella se lo lleva por delante, monta en pánico, se detiene para comprobar qué le ha pasado y, viendo que todavía está vivo, lo mete en el maletero... ¿Por qué? ¿Para que no pueda denunciarla? —Al cabo de un momento, me rendí—: No tiene sentido. Si tanto le preocupaba que la detuvieran, ¿por qué iba a pararse?
—Cierto —dijo Benjamin—. Tu teoría no se aguanta por ningún lado.
Me pregunté dónde estaría Muerto del Maletero cuando no me daba por entrar en la ducha. Seguramente en el maletero de Euge.
—Tendrás que indagar un poco más —le dije a Benja.
—¿Sabías lo de las plantas mustias de mentira? —le preguntó a Euge, quien apretó los labios y asintió con la cabeza mientras dibujaba circulitos con un dedo cerca de la oreja.
Era una incomprendida.
—Bueno, ¿tú qué has averiguado sobre Ana? —inquirí.
—Oh, muchas cosas. —Enderezó la espalda, entusiasmada con tener la palabra—. Ana iba al instituto en Ruiz cuando se mudó a Buenos Aires a vivir con sus abuelos.
Esperamos en silencio.
—¿Eso es todo? —quise saber, al cabo de un rato.
Ella sonrió.
—Claro que no. Los registros del instituto están en camino.
Ah, ahora comprendía por qué estaba tan ufana. Obtener los registros de la escuela pública del último caso había sido como intentar conseguir que un padre desnaturalizado donara un riñón. Al final, había tenido que echar mano del tío Nico, de su insignia oxidada y de sus más que reprobables métodos de seducción.
—Bueno, y ¿cómo los has conseguido? —pregunté, impaciente por oír qué había hecho.
Puso cara larga.
—Pues pidiéndolos.
Ah. En fin, no parecía demasiado emocionante.
—Pero los has conseguido —dije, intentando animarla.
—Pues sí. Y me voy a la cama.
Miró a Benjamin tímidamente y luego me dirigió una mirada furtiva por el rabillo del ojo. Enarqué las cejas, desconcertada. Ella apretó los dientes y abrió los ojos.
Yo arrugué la nariz, más desconcertada aún. Ella suspiró y me señaló la puerta con un leve gesto de cabeza. ¡Ah, vale! Me volví hacia Benja, quien intentaba ser el perfecto caballero y fingía no haberse percatado del intercambio de miradas y gestos. Por lo visto, el brazo del sillón le había producido una repentina fascinación.
—Te acompaño.
Me levanté de un salto y salimos juntas al pasillo, imaginando que querría hablar de Benjamin. Solo esperaba que no quisiera que le pasara una nota. No llevaba papel encima.
Abrió la puerta de su apartamento y se volvió hacia mí.
—Bueno, ¿está aquí?
—¿Benjamin? —pregunté, desconcertada.
—¿Qué?
—Espera, ¿quién?
—Lali —protestó, ligeramente irritada—, el niño.
—Ah.
Había olvidado por completo que aquella mañana, mientras pateábamos las calles de Buenos Aires a las tres de la madrugada (caminar por la acera con las zapatillas de conejito era como ir descalza), se me había escapado que tenía un niño fallecido deambulando por su humilde morada. Tenía que aprender a mantener la boca cerrada. Eché un rápido vistazo a mi alrededor. En su casa predominaba el negro y los alegres colores mexicanos, y en la decoración se mezclaba el estilo rústico y ranchero. La mía, a pesar de ser idénticas en tamaño y distribución, era más un batiburrillo de mercadillo de segunda mano y objetos olvidados en un piso de estudiantes universitarios.
—No, no lo veo.
—¿Podrías comprobar el resto?
—Claro.
Al cabo de cinco minutos, durante los que la culpa no había dejado de reconcomerme (en serio, no tendría que habérselo dicho nunca), volvíamos a estar de espaldas a la puerta y sin niño fallecido a la vista.
—Vale, tengo que hacerte una pregunta —dije, captando su atención—. Si fueras el hijo agonizante de Satán, ¿dónde esconderías tu cuerpo?
Me dirigió una mirada compasiva.
—Puesto que es de ti de quien se esconde, cariñín, yo diría que en el último lugar en que precisamente tú buscarías.
—Sin ánimo de ofender —protesté, decepcionada—, pero eso no me ayuda mucho.
—Lo sé. Se me dan fatal las cosas sobrenaturales, pero el pollo me sale de muerte.
—Pues para dársete fatal lo sobrenatural...
—¿Puedo pedírmelo para Navidad? —preguntó.
—¿A Peter?
—No, al otro —contestó, con un suspiro melancólico.
—¡Puaj! —exclamé, comprendiendo de repente que se refería a Benjamin. De acuerdo, era atractivo y todo eso, pero aun así...—. Puaj.
—Solo dices eso porque estás celosa de lo nuestro.
—Habría que hablar largo y tendido de lo vuestro —repliqué, tras un resoplido que sonó bastante grosero.
—Lo que tú digas, guapa —dijo, y me puso la palma de la mano delante de las narices antes de cerrar la puerta.
Me encantaba cuando se ponía melodramática.
Cuando regresé a mi apartamento, descubrí a Benjamin concentrado en el rincón del señor Wong.
—No muerde —dije para tomarle el pelo.
Frunció el ceño, receloso, y me miró con expresión intrigada.
—¿Cómo es lo de crecer rodeada de muertos por todas partes? ¿No te asustaba?
Sonreí.
—Para mí es normal, es lo único que he conocido y, además, no suelo asustarme con tanta facilidad como los demás. En realidad, no me asusta casi nada.
—Bueno, es que eres el ángel de la muerte —dijo con voz burlona, fingiendo que lo recorría un escalofrío, antes de darme un repaso con la mirada, muy despacio, regalándose con las vistas.
—Deja de mirar como un pasmarote lo que está fuera de tu alcance —le aconsejé, al tiempo que recuperaba mi taza de camino a la cocina.
—Solo estaba admirando el envoltorio. La verdad es que los pantalones de deporte no te quedan nada mal para ser una chica que se llama Marian.
A duras penas conseguí reprimir una carcajada cuando se levantó y se dirigió hacia la puerta. La abrió y se detuvo un instante, vacilante.
—¿Algo más que quisieras decirme? —pregunté.
Se volvió hacia mí con un brillo travieso en la mirada.
—¿Además de que estás para comerte?
La ira de Peter cargó el aire de electricidad y no pude por menos de preguntarme si Benjamin lo habría hecho a propósito. Tal vez estaba empezando a entender cómo funcionaba todo este rollo sobrenatural.
—El canibalismo no está bien visto, amigo.
—¿Vas a denunciarme por acoso sexual?
—No, pero te pondré en la lista —contesté mientras enjuagaba la taza.
Me guiñó un ojo y cerró la puerta.
—¿Vas a quedarte aquí de morros toda la noche? —pregunté al cabo de un rato.
Peter desapareció al instante. Supongo que aquello respondía mi pregunta.
Me dejé caer delante del ordenador para investigar un par de cosas antes de ir a hacérmelo con Bugs Bunny. Aquel edredón-barra-mantita de seguridad me acompañaba desde que tenía nueve años. Habíamos pasado muchas cosas juntos, incluido Wade Forester. Yo iba al instituto. Él a la escuela de la vida, donde enseñaban a sus alumnos más acerca de la procreación que en el instituto. Bugs nunca volvió a ser el mismo.
Volviendo a mi problema con los demonios. Si no podía ver aquellas malditas cosas, ¿cómo se suponía que iba a enfrentarme a ellas? Claro que, si pudiera verlas, ¿cómo se suponía que iba a enfrentarme a ellas? Las insinuaciones de Peter acerca de mi capacidad para alzarme contra la personificación del mal no habían caído en saco roto. Necesitaba información, el ABC de todo lo relacionado con los demonios.
Realicé una búsqueda sobre cómo detectarlos y no encontré nada en recompensa a mis esfuerzos que sirviera de la más mínima ayuda. Todo lo que aparecía en la pantalla era tan útil como el hilo dental en un accidente aéreo, desde artículos que aseguraban que la posesión demoníaca era la causa subyacente del TDAH, hasta videojuegos con espeluznantes señores del mal. Sin embargo, al cabo de varias páginas, encontré un sitio que parecía más o menos fiable. Pasé por alto el hecho de que la dueña del lugar se hiciera llamar mistress Marigold y fui dejando atrás leyendas y mitos, referencias bíblicas e históricas, hasta que di con un enlace titulado «Cómo detectar demonios». Bingo.
He de admitir que mistress Marigold fue de gran ayuda. La mujer publicaba una lista de trucos para descubrir demonios, desde arrojarles sal a los ojos (lo que, en primer lugar, exigiría que pudiera verlos y, en segundo, desprendía cierto tufillo a demanda cuando cegara de manera irreversible al pobre desgraciado al que hubiera tomado por poseído) hasta prestar atención a las plantas cuando un individuo sospechoso entrara en la habitación. Por lo visto, la presencia de un demonio marchitaba los pobres yerbajos en un decir Jesús. Eché un vistazo a mi apartamento. Maldita fuera mi pasión por las plantas mustias de mentira. Igual podía comprarme un cactus.
De lo único que M&M no hablaba era del hecho que nadie podía verlos de verdad. Al final me resultó de tanta ayuda como una escopeta de balines en pleno combate. Estaba a punto de abandonar la página cuando dos palabras llamaron mi atención. Allí, en medio de un párrafo banal acerca de la supuesta alergia de los demonios al suavizante de la ropa, había un enlace destacado que decía «ángel de la muerte». ¡Esa era yo! Vaya, qué emocionante. Hice clic en el enlace. La página que se abrió solo contenía una frase, que encabezaba una imagen donde se anunciaba que estaba en construcción, aunque era una frase interesante.
<<Si eres el ángel de la muerte, por favor, ponte en contacto conmigo inmediatamente.>>
Vale. Aquello era nuevo.
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