miércoles, 29 de marzo de 2017

Capítulo 6

Capítulo 6


No dudes en volverte de pronto en público, tarareando la música de Misión: Imposible.
(Camiseta)
Después de aparcar mi Jeep Wrangler rojo cereza, también conocido como Misery, a media manzana de allí, volví a entrar de pleno en modo Misión: Imposible para atravesar el peligroso territorio comprendido entre las fronteras de la zona de guerra sur. Las bandas proliferaban en esa área asolada por la pobreza, en la que se ubicaba el manicomio. Incluso el psiquiátrico, abandonado por el gobierno en los años cincuenta, estaba en manos de una banda de moteros conocidos como los Bandidos. La mayoría de ellos pertenecían a la vieja escuela y, por tanto, sus creencias se cimentaban en su fe en Dios y en el país.
Examiné el perímetro, prestando especial atención al cuartel general de los Bandidos, pegado al manicomio, y también conocido como un antro de perdición rottweiler (a los Bandidos les encantaban los rottweilers), y me encaramé a la valla lo más rápido que pude. Todo sea dicho, muy rápido tampoco fue. En los años que llevaba colándome en territorio de los Bandidos, casi nunca había coincidido con las patrullas de reconocimiento, que se hacían acompañar de rottweilers. La banda solía dejarlos dentro durante el día. Rezando porque ese día no decidiera abandonarme la suerte, aunque sin bajar la guardia, me aferré a la valla y fui ascendiendo hasta llegar a lo alto, torciendo el gesto cada vez que el metal se me clavaba en los dedos. Los tíos hacían que aquello pareciera muy fácil. En cambio, a mí lo que de verdad me gustaba era encaramarme con cierta asiduidad a esos mismos tíos que hacían que aquello pareciera fácil.
Me dejé caer al otro lado y me detuve un segundo para recuperarme, en parte para regodearme en mi propia autocompasión y en parte para pasar lista a los dedos palpitantes que me quedaban. Por fortuna, todos estaban presentes. Perder un dedo en el cumplimiento del deber durante la escalada de una valla habría resultado bastante patético.
Tras echar un nuevo vistazo al edificio, me dirigí sin perder tiempo a la ventana del sótano que había utilizado desde que iba al instituto para entrar de manera ilegal en el manicomio. Los psiquiátricos abandonados siempre habían ejercido una gran fascinación sobre mí. Los visitaba con frecuencia (también conocido como allanamiento) desde que una noche descubriera aquel en concreto de manera fortuita, cuando tenía quince años. También había conocido a Rocket en esa ocasión, una reliquia de la ciencia ficción de los años cincuenta, cuando las naves espaciales parecían propulsadas a vapor y los alienígenas eran tan bienvenidos como los comunistas. Rocket era un portento, conocía el nombre de todas las personas que habían muerto hasta ese momento, millones y millones de nombres almacenados en su mente infantil. Lo que solía venirme bastante bien.
Atravesé el vano de la ventana apoyada sobre el vientre, me dejé caer al suelo de cemento con un salto mortal y aterricé de pie en el sótano. Porque no suelo darle vueltas a las cosas.
Las veces que había llevado a cabo esa misma maniobra y había aterrizado de culo, con el pelo cubierto de polvo y telarañas, no cuentan. Me volví para cerrar la ventana por dentro. Evitar las fauces de los rottweilers era prioritario cuando visitaba a Rocket.
—¡Señorita Mariana!
Di un respingo por enésima vez esa mañana y me hice un corte en el dedo con el pestillo. Y todavía quedaban muchas horas por delante. Por lo visto, aquel era el día de Darle un Susto de Muerte a Lali. De haberlo sabido, me habría pedido el plato especial de la carta.
Giré sobre mis talones y me topé con el rostro sonriente de Rocket, quien me estrechó entre sus brazos en un cálido abrazo a pesar de la temperatura glacial de mi asaltante. Al reír, mi aliento produjo una nube de vaho.
—Señorita Mariana —repitió.
—Es como si te abrazara una escultura de hielo —comenté, tomándole el pelo.
Me dejó en el suelo, con ojillos alegres y vivaces.
—Señorita Mariana, has vuelto.
Ahogué una risita.
—Ya te dije que volvería.
—Muy bien, pero ahora tienes que irte.
Me asió con fuerza por la cintura y de pronto me vi propulsada hacia la ventana del sótano. La misma ventana que acababa de cerrar.
—Un momento, Rocket —dije. Planté los pies a ambos lados del alféizar, sintiéndome un poco ridícula. Y muy a punto para un examen pélvico. No era la primera vez que me echaban de un manicomio, pero sí la primera que lo hacía Rocket—. Pero si acabo de llegar —protesté, empujando en sentido contrario. Aunque, la Virgen, mira que aquel tío tenía fuerza.
—Señorita Mariana, tienes que irte —repitió, sin inmutarse.
Gruñí intentando oponer resistencia.
—La señorita Mariana no tiene que irse, Rocket. Lo promete.
No cedió un solo centímetro y siguió empujándome poco a poco hacia la ventana, hasta que se me escurrieron los pies y, antes de que me diera cuenta, una de mis piernas se deslizó hacia delante y me encontré al instante aplastada contra la diminuta ventana.
En ese momento oí el estallido, el sonido escalofriante del cristal haciéndose añicos tras ceder a la presión. Maldita fuera. Si tenían que darme puntos, Rocket lo pagaría caro. Bueno, no literalmente, pero...
Estaba haciendo malabarismos para sortear las vetustas esquirlas de cristal cuando Rocket desapareció. De pronto, me precipité contra el suelo de cemento y aterricé sobre un hombro, aunque me golpeé la cabeza de refilón. Un dolor insoportable se extendió como el napalm por mis terminaciones nerviosas. Y a continuación advertí que no podía respirar. Esa parte siempre era la que menos me gustaba.
Rocket apareció de nuevo, me levantó del suelo y me ayudó a ponerme en pie.
—¿Estás bien, señorita Mariana? —preguntó. Vaya, ahora estaba preocupado.
Solo podía abanicarme, intentando insuflar algo de aire en unos pulmones que me ardían. La caída me había dejado sin respiración, y que no se tratara de un problema potencialmente mortal no estaba ayudándome demasiado a atajar el pánico que comenzaba a invadirme.
Al ver que no respondía, Rocket me zarandeó, esperó un momento y volvió a zarandearme, por si acaso. Todo a mi alrededor se volvió borroso, regresó a la normalidad y se desdibujó de nuevo, por lo que empecé a preguntarme si no estaría sufriendo un ataque a causa del golpe que me había dado en la cabeza.
—Señorita Mariana, ¿por qué has hecho eso? —quiso saber Rocket, mientras yo ingería diminutas raciones de aire, aunque insuficientes para llenar el vacío que me llevaba a una asfixia inminente.
—¿Qué? ¿Yo? —repliqué, ciñéndome a los monosílabos. Solo tenía que darme unos minutos y enseguida llegaríamos a las palabras mayores.
—¿Por qué te has caído?
—Pues no sabría decirte.
Por desgracia, el sarcasmo casi nunca tenía traducción en la lengua de Rocket.
—Nombres nuevos. Tengo nombres nuevos —dijo, arrastrándome escalera arriba.
Rocket tocaba las paredes como si fueran de oro. En aquello ocupaba sus horas, en grabar, uno tras otro, los nombres de los que habían muerto. Aunque el manicomio era grande, estaba convencida de que acabaría atravesando las paredes rebozadas de cemento. Al final se quedaría sin espacio. Me pregunté si el edificio se desmoronaría, si se desintegraría como la gente que la mano de Rocket había inmortalizado. Y en el caso de que aquello ocurriera, ¿qué haría el grandullón?
¿Adónde iría? Yo me lo llevaría a casa, pero no sabía cómo se llevaría el señor Wong con un crío descomunal obsesionado con raspar las paredes.
—Creía que debía irme —dije, sintiendo que mis pulmones por fin se distendían.
Se detuvo en el último escalón y volvió la vista hacia el techo, pensativo.
—No, no tienes que irte. Pero no rompas las reglas.
Intenté reprimir una carcajada. Rocket era muy tiquismiquis con las reglas, aunque yo las desconocía por completo. Además, debía averiguar a qué había venido eso de intentar echarme por la ventana. Era la primera vez que había tratado de ponerme de patitas en la calle.
—Rocket, tenemos que hablar —dije, siguiéndolo.
Él continuó tanteando la pared de su derecha, recorriendo el edificio medio en ruinas.
—Tengo nombres nuevos. No tendrían que estar aquí, no señor.
—Lo sé, cariño, y me pondré con ellos de inmediato, pero tengo que preguntarte algo.
Antes de que me diera tiempo a atraparlo por la camisa para que aminorara el paso, volvió a desaparecer y tuve que reprimirme para no hundir la cabeza entre las manos con gran frustración. Rocket llevaba el TDAH a un nivel completamente nuevo.
—Señorita Mariana. —Oí que me llamaba desde el final del pasillo—. No te quedes atrás.
Me dirigí hacia su voz, rezando por que los suelos medio hundidos aguantaran y arrepintiéndome de no haberme llevado una linterna.
—Voy. No te muevas de donde estás.
—Estos de aquí —dijo cuando llegué junto a él—. Todos estos no deberían estar aquí. Tienen que seguir las reglas igual que los demás.
Rocket sabía que mi trabajo consistía en ayudarlos a cruzar. Miré la pared que me indicaba y que contenía cientos de nombres de decenas de países distintos. Nunca dejaba de maravillarme hasta qué punto dominaba su materia.
Decidí ponerlo a prueba, a ver qué me contaba cuando oyera el nombre sobrenatural (a falta de una descripción mejor) de Peter. Aunque primero le preguntaría por Ana Heredia. Tenía que asegurarme de que seguía viva.
—De acuerdo, pero antes tengo unos cuantos nombres para ti.
Se detuvo y se volvió hacia mí. No había nada en este mundo que atrajera tan rápido la atención de Rocket como la mención de un nombre. Un brillo alegre, casi ávido, le animó la mirada.
Me acerqué un poco más, reticente a perderlo si le daba por emprender una de sus búsquedas por los pasillos encantados del manicomio.
—Ana Heredia. Apellido de soltera: Corbin.
Agachó la cabeza y empezaron a temblarle los párpados, como si fuera un motor de búsqueda registrando hasta el último rincón de su mente para dar con la información. Se detuvo y me miró.
—No. Todavía no le ha llegado la hora.
Sentí un gran alivio y me preparé para preguntarle por el siguiente. Sabía que era inútil hacerle más preguntas a Rocket acerca de Ana, aunque no podía evitar la sospecha de que se guardaba algo. Ahora, Peter.
—Rocket —me decidí a decir al fin, colocando una mano sobre su brazo, por si acaso—, ¿qué sabes sobre Pet'aziel?
Frunció los labios y se quedó inmóvil un segundo, tal vez dos, hasta que por fin se inclinó hacia mí y me dijo en voz baja:
—Él no debería estar aquí, señorita Mariana.
Lo mismo que me había contestado la vez que le había preguntado por Peter Lanzani. Por lo visto, estaba al tanto de que eran uno y el mismo.
—¿Por qué? —pregunté, y le di un pequeño apretón en el brazo para animarlo a hablar.
Mudó de expresión.
—Señorita Mariana, ya te lo he dicho. —Me reprendió con una mirada ceñuda, muy parecida a un puchero—. Nunca debería haber sido un niño llamado Peter. Es Pet'aziel. Nunca debería haber nacido.
Eso también lo había oído.
—Rocket, ¿su cuerpo humano sigue vivo?
Se mordió los labios, dándole vueltas, antes de contestar.
—El niño Peter sigue aquí, pero rompió las reglas, señorita Mariana. Las reglas no se rompen —insistió, meneando un dedo a modo de advertencia.
De nuevo respiré con alivio. Me aterraba que el cuerpo de Peter falleciera antes de dar con él. La sola idea de perderlo me paralizaba.
—Los marcianos no pueden convertirse en humanos solo porque quieran beberse nuestra agua —añadió.
—Entonces ¿Pet'aziel quería nuestra agua?
Intentaba desentrañar sus metáforas, pero no era fácil. Nada que tuviera que ver con Rocket lo era.
Clavó en mí sus ojos aniñados y se me quedó mirando un buen rato antes de contestar.
—Todavía la quiere —contestó mientras me acariciaba la mejilla con los dedos—. Más que el aire.
Respiré hondo. Eran raras las veces que Rocket parecía tan lúcido, tan racional. Tan poético.
—Peter me dijo una vez que había nacido por mí, para estar conmigo. ¿Es eso lo que te asusta, Rocket? ¿Acaso temes por mí?
—Es Pet'aziel, señorita Mariana. Claro que temo por ti. Temo por todos.
Vaya. Aquello no pintaba bien. Me cuadré de hombros y lo miré a la cara.
—Rocket, ¿sabes dónde está su cuerpo?
Sacudió la cabeza y chascó la lengua.
—No puede romper las reglas.
—¿Qué reglas, Rocket?
Puede que la clave estuviera en las reglas que, por lo visto, Peter había roto. Era consciente de que me agarraba a un clavo ardiendo, pero sin la ayuda de Angel, aquello era mejor que nada.
—En casa no se juega al escondite.
—¿En qué casa? —pregunté, un tanto desconcertada por su respuesta.
Peter estaba escondiendo su cuerpo. ¿Era ese el juego del escondite al que Rocket se refería?
Se quedó inmóvil y bajó la vista, como si sintiera algo. De súbito, me puso una mano sobre la boca y me empujó contra la pared. A continuación, se inclinó hacia mí y miró a su alrededor con los ojos desorbitados por el miedo.
—Chisss —siseó—. Está aquí.
En ese momento lo sentí. La temperatura de la habitación se disparó, cargada de electricidad estática, como si estuviera incubándose una tormenta entre sus paredes.
Con un violento aleteo, la oscuridad implosionó a nuestro alrededor y se arremolinó en nubes de obsidiana en medio del Armagedón. En ese momento se materializó, aunque se mantuvo al amparo de la capa, con el rostro oculto entre las sombras, fuera de la vista.
Sí, ya lo creo que sí. Estaba cabreado.
Aparté la mano de Rocket de mi boca y me acerqué a él.
—Peter, espera...
Antes de que tuviera tiempo de añadir nada más, oí el silbido de algo metálico al desenfundarlo y me quedé sin aliento al comprender que pretendía emplear su espada con Rocket.
—No, Peter —dije, interponiéndome entre Rocket y la hoja cuando esta ya había iniciado su descarga.
Cortó el aire como una exhalación y se hundió un dedo en mi costado izquierdo. El dolor fue instantáneo, pero sabía que no habría sangre. Peter mataba con la habilidad de un cirujano, aunque de dentro a fuera. Nunca había traumatismos externos. Nunca quedaban pruebas de que se hubiera cometido un crimen. Tan solo un corte preciso y tan limpio, tan perfecto, que conseguía burlar a los mejores médicos (o forenses, dependiendo del resultado) del país.
Tuve la impresión de que el tiempo se detenía cuando bajé la vista hacia la hoja y vi los filos cortantes, los ángulos amenazadores. Se suspendía paralela al suelo, hundida en mi cuerpo apenas unos centímetros, lanzando destellos cegadores.
Peter retiró la hoja con brusquedad y la envainó en el interior de su capa al tiempo que yo trastabillaba hasta la pared, sintiendo que mi corazón avanzaba a trompicones. Se echó la capucha hacia atrás con gesto preocupado y se inclinó hacia mí como si fuera a cogerme. Le di un empujón y me di la vuelta, pero Rocket había desaparecido. Me volví hacia Peter. La rabia que sentía ante aquella demostración de estupidez supina estaba alcanzando cotas desconocidas hasta entonces.
—Parece que últimamente te ha dado por hacerle daño a la gente.
La constatación de aquel hecho consiguió que me planteara todo lo que creía saber sobre él. Había llegado a pensar que era justo, noble y, de acuerdo, mortífero, pero en el buen sentido.
—¿Últimamente? —preguntó, incrédulo—. Llevo haciéndolo bastante tiempo para salvarte el pellejo, Holandesa.
Aquello era cierto. Más de una vez me había salvado la vida. Más de una vez había hecho daño a quienes habían pretendido hacérmelo a mí. Sin embargo, esa persona siempre, siempre, era responsable de algo espantoso.
—No puedes ir por ahí matando y haciéndole daño a la gente porque sí. Ya sé que tu padre no te enseñó...
Me dio la espalda con un gruñido y su capa se desvaneció. El ardor de su ira me envolvió con la violencia de una llamarada.
—Y ¿a qué padre estarías refiriéndote? —preguntó sin alterarse, ofendido por haberme atrevido a sacarlos a colación.
En el infierno era un general. Había conducido los ejércitos de su padre a la batalla y las consecuencias habían sido inimaginables. Había logrado huir y nacer en la Tierra. Por mí. Sin embargo, la vida que había imaginado (en la que ambos crecíamos juntos, íbamos al colegio y a la universidad juntos y teníamos hijos juntos) había quedado reducida a los hilachos de un sueño cuando lo raptaron siendo niño y acabó en manos de un monstruo llamado Earl Walker, el hombre al que había asesinado y por el que había ido a la cárcel. La vida que había llevado en la Tierra, los abusos a los que se había visto sometido, solo podía describirse como trágica.
Me acerqué un poco más.
—Lo siento. No era mi intención mencionarlos.
Volvió la cabeza para mirarme por encima de un fornido hombro, con los músculos tensos bajo el peso de los recuerdos.
—Tienes que dejar de buscarme.
—No —dije, con un hilo de voz.
Un instante antes de volver a darme la espalda, sus labios esbozaron una leve sonrisa, que no acabó de reflejarse en sus ojos.
—A mi cuerpo le queda muy poco tiempo. No aguantará mucho más.
Se me encogió el corazón de solo pensarlo.
—¿Están torturándote? —pregunté respirando con dificultad.
Peter contempló el trabajo de Rocket, alzó una mano y pasó los dedos por encima de un nombre. Los trazos de su tatuaje se ondularon con el movimiento.
—Sin piedad.
No logré detener el escozor de mis ojos cuando las lágrimas empezaron a concentrarse en mis pestañas.
De pronto, se plantó delante de mí.
—No —me advirtió con voz cortante—, ni se te ocurra compadecerte de mí. Nunca.
Retrocedí una vez más hacia la pared, tambaleante. Me siguió. Mucho mejor. Era más fácil enfadarse con él cuando se comportaba como un idiota. Sin embargo, el tímido roce de sus dedos me cogió desprevenida, y aunque fingía acariciarme, seducirme, en realidad no hacía más que comprobar la herida que acababa de infligirme, con ternura, con delicadeza sanadora.
—¿Por qué le hiciste daño a Pari? —pregunté, sorprendida todavía de que fuera capaz de tanta dulzura y, al mismo tiempo, de tanta crueldad.
Se apartó de la pared.
—Yo nunca le he hecho daño a tu amiga. Ni siquiera sé quién es.
Parpadeé, desconcertada.
—Pero ¡si te invocó!
—¿Eso te ha dicho?
—Sí. Me dijo que invocó a Pet'aziel en una sesión de espiritismo.
Reyes rió con aspereza.
—¿Tu amiga cree de verdad que acudí a su llamada, como si fuera un perro?
—No, no tiene nada que ver con eso.
—No puede invocarme un grupito de adolescentes descerebradas jugando a las leyendas urbanas. Solo existe una persona en la Tierra que puede hacerlo —aseguró, mirándome fijamente.
¿Se refería a mí? ¿Podía invocarlo?
—O sea, que ¿no fuiste tú?
No contestó, se limitó a sacudir la cabeza.
—Entonces ¿tú no le hiciste daño?
Vaciló unos instantes y se me quedó mirando largo rato.
—¿Sabes qué es lo que encuentro más interesante?
Aquello era una trampa. Me lo olía.
—¿Qué?
—Que de verdad creas que soy capaz de hacerle daño a alguien inocente porque sí.
—¿No es así? —pregunté, animada por la esperanza.
—Sí, ya lo creo, de eso y de mucho más, pero no sabía que tú fueras consciente de ello.
Vale, estaba resentido. Ya lo había pillado.
—¿Ibas a matar a Rocket? ¿Es siquiera posible?
—Ya está muerto, Holandesa.
—Entonces...
—Solo quería asustarlo un poco para que fuera a esconderse un rato en alguna parte. Eso se le da bien.
—Vaya, y además también eres cruel —comenté en voz alta, con total naturalidad.
Rodeó mi cuello con sus largos dedos y me alzó la barbilla con el pulgar. El calor era abrasador.
—Era general en el infierno. ¿Tú qué crees?
—Creo que estás haciendo todo lo posible para convencerme de que eres malo.
Sonrió.
—He pasado siglos en el averno. Soy lo que soy. Yo que tú, me quitaría esas gafas de cristales rosa y meditaría qué pretendes salvar. Deja que mi cuerpo muera.
—¿Por qué no acabas con él tú mismo? —pregunté. Empezaba a impacientarme—. ¿Por qué no le pones fin de una vez? ¿Por qué permites que te torturen?
—No puedo —confesó, bajando la mano. Esperé en silencio a que prosiguiera. Apretó los dientes, visiblemente frustrado—. Vigilan mi cuerpo. No dejan que me acerque.
—¿Los demonios? ¿Cuántos son?
—Más de los que ni siquiera tú podrías encargarte.
—Vale, entonces ¿cuántos son? ¿Dos? —pregunté. No me imaginaba encargándome de uno siquiera.
—Si consiguen llevarme con ellos, tendrás que descubrir de lo que eres capaz, Holandesa, y será mejor que sea pronto.
—¿Por qué no me lo dices tú y así ahorramos tiempo?
Sacudió la cabeza. Claro.
—Sería como decirle a un polluelo que puede volar antes de que haya intentado abandonar el nido. Tiene que hacerlo, tiene que saber de manera visceral que es capaz. Por instinto. Si regreso, si me llevan con ellos cuando mi cuerpo muera, estarás sola, y sí, acabarán dando contigo.
Mierda, mierda, mierda.
Rocket se había ido y era imposible saber cuándo volvería. En una ocasión, estuve dos meses sin verle el pelo, y eso que aquel incidente no tuvo nada que ver con Peter. No tenía ni la más remota idea de cuánto tiempo permanecería escondido esta vez.
Regresé junto a Misery y pedí refuerzos, con los labios ardiendo por culpa del beso abrasador que Peter me había dado antes de desaparecer. A continuación, me puse en contacto con Eugenia.
—Nada por el momento —anunció, poniéndome al día sobre lo que había averiguado o, mejor dicho, lo que no había averiguado.
—No pasa nada, sigue investigando. Después de aquí, iré a ver a Warren. Llámame si descubres algo interesante.
—No te preocupes.
Taft, un agente que trabajaba con mi tío, aparcó su coche patrulla detrás de mí cuando cerré el móvil. Un par de niños del barrio se quedaron mirando con sonrisa bobalicona, imaginando que me había metido en un lío. Pocos eran los niños de por allí que le tuvieran un gran aprecio a la policía. Era difícil sobreponerse al recuerdo de unos hombres uniformados llevándose a uno de tus padres en medio de la noche por un altercado doméstico.
Me apeé mientras Taft se recolocaba la gorra y se dirigía hacia mí, mirando a su alrededor por si se producía algún conato de agresión. Llevaba un uniforme negro recién planchadito y caminaba con porte militar, pero no era la persona a quien quería ver.
—Hola, Taft —lo saludé, dando las formalidades por terminadas antes de dirigirme al fantasma de la niña de nueve años que le pisaba los talones, también conocida como Niña Demonio—. Hola, calabacita.
—Hola, Lali —contestó ella con voz dulce, como si no fuera la encarnación del mal. Igual que el diablo, Niña Demonio tenía muchos nombres. Niña Demonio sin ir más lejos, pero también estaban Engendro Infernal de Satán, Ojito Derecho de Lucifer, Tarta de Fresa o, para abreviar, una de mis favoritas, TF, que coincidía con «Toda una Fiera». Era la hermana pequeña de Taft y había fallecido cuando ambos eran unos críos. Taft había intentado salvarla de morir ahogada y había pasado una semana en el hospital con neumonía a consecuencia de ello. Ella no lo había abandonado desde entonces. Hasta que dio conmigo. E intentó sacarme los ojos sin motivo.
La primera vez que nos habíamos visto, iba sentada en el asiento trasero del coche patrulla de Taft, quien me había recogido en la escena de un crimen para llevarme a casa. Tarta de Fresa creyó que estaba interesada en su hermano, me llamó zorra asquerosa e intentó dejarme ciega. Aquello me dejó marcada.
Echó un vistazo atrás con el largo cabello rubio cayéndole alborotado sobre la cara, miró el manicomio medio en ruinas y cruzó los bracitos con cara de fastidio.
—¿Qué estamos haciendo aquí?
—Me preguntaba si podrías hacerme un favor.
Se volvió hacia mí y arrugó la nariz, como si estuviera considerándolo seriamente.
—De acuerdo, pero a cambio tú tienes que hacerme otro a mí.
—¿Ah, sí? —dije, apoyándome con parsimonia en Misery—. ¿Qué quieres?
—David está saliendo con alguien.
—Ya veo —musité, fingiendo que me importaba—. En fin, ¿quién es David?
Puso los ojos en blanco como solo sabían hacerlo las niñas de nueve años.
—¿Mi hermano? ¿David Taft? —contestó, señalándolo con el pulgar.
—¡Ah! Ese David —dije. Lo miré y le dediqué una risita tonta, un poco exagerada.
—¿Qué dice? —preguntó él.
No le hice caso.
—Es fea a matar, se pone demasiado pintalabios y la ropa le queda muy pequeña.
—¿No me digas que es una fulana?
Lo miré con desaprobación. Taft levantó las manos, en actitud defensiva.
—¿Qué?
—De lujo —contestó Tarta de Fresa, confirmando mis sospechas. Levantó un dedo—. Tienes que hablar con él. Esa fulana se quedó toda la noche. De verdad.
Fruncí los labios y puse los brazos en jarras, con los puños cerrados, esperando no tener una hemorragia interna por culpa de Peter. Qué poco me gustaban las hemorragias internas. Si tenía que desangrarme, quería verlo, así al menos podría regodearme en aquel acto heroico.
—Déjalo en mis manos. —Tras dirigir a Taft una mirada reprobadora, a la cual contestó con otra un tanto molesta, le expliqué a Tarta de Fresa por qué la necesitaba—. Mientras tu hermano y yo tenemos una charla, ¿te importaría entrar ahí y buscar a una niña?
Taft y Tarta de Fresa miraron el edificio con idéntica desconfianza.
—Ese lugar da miedo —dijo Tarta de Fresa.
—No da nada de miedo —mentí. Como una bellaca. ¿Qué podía dar más miedo que un manicomio abandonado donde, según la leyenda, los médicos hacían experimentos?—. Ahí dentro vive un hombre muy bueno llamado Rocket, con su hermanita. Es más pequeña que tú.
Nunca había visto en directo a la hermana de Rocket, pero él siempre aseguraba que se encontraba allí. Por lo visto, había muerto de neumonía durante el Dust Bowl, el período de grandes sequías que asolaron el país en los años treinta, y por lo que me había dicho, yo calculaba que la niña no tendría más de cinco años.
—¿Se llama Rocket? —preguntó, echándose a reír.
—Sí. Hablando del tema... —Me incliné hacia ella—. Cuando estés allí dentro, mira si puedes averiguar cómo se llamaba de verdad.
A pesar de haber consultado hasta el último historial que había encontrado en el manicomio, todavía no había logrado dar con información fiable acerca del pasado de Rocket. Por lo visto, aquel no era su verdadero nombre.
—De acuerdo.
—Espera —dije, un microsegundo antes de que desapareciera—. ¿No quieres saber para qué entras?
—Para encontrar a esa niña pequeña.
—Sí, pero necesito cierta información, si es que puede facilitármela. Quiero saber si puede decirme dónde está el cuerpo de Peter. Su cuerpo humano. ¿Te acordarás?
Volvió a cruzar los brazos antes de soltarme: «¿Tú qué crees?».
Y desapareció.
Rechiné los dientes, convencida de que Tarta de Fresa era un castigo de Dios por todos los margaritas de más que me había tomado el jueves por la noche, por culpa de los cuales acabé bailando una desafortunada versión del «Hokey Pokey» encima de una mesa.
Taft mantuvo su posición de firmes, sin quitar ojo al edificio, mientras yo me repantingaba sobre Misery y apoyaba una bota en el estribo.
—Oye —dije, intentando atraer su atención—, tu hermana dice que la tía con la que estás saliendo es una fulana.
Se volvió de inmediato, escandalizado.
—No es una fulana. Bueno, vale, de acuerdo, es una fulana, por eso sale conmigo, pero ¿cómo lo sabe?
Me encogí de hombros, atónita.
—Tío, no tengo ni la menor idea de si tu chati sabe que es una fulana.
—No, me refiero a Becky. ¿Cómo sabe que estoy saliendo con alguien?
Levanté las manos.
—Tal vez si supiera quién es Becky...
Se me quedó mirando, boquiabierto.
—Mi hermana.
—¡Ah! ¡Claro! —me limité a decir, para no seguir metiendo la pata.
¿Quién habría dicho que Niña Demonio tenía un nombre tan corriente? Esperaba algo exótico como Serena o Destiny o la Reencarnación del Mal que nos Visita de Noche para Dejarnos Tiesos.
La radio de Taft farfulló algo que me resultó completamente incomprensible. Mientras él se dirigía al coche patrulla para hablar en privado, me sonó el móvil. Era Euge.
—La Casa del Dolor Agonizante de Lali, diga.
—Janelle murió en un accidente de tráfico.
—Vaya, lo siento. ¿Estabais muy unidas?
—Janelle, Lali —dijo Euge, con un resoplido—. ¿Janelle York? ¿La amiga del instituto de Ana, la que murió hace poco?
—Ah, claro —dije, limitándome de nuevo a lo seguro. Estaba visto que últimamente me había dado por ahí—. Un momento, ¿en un accidente de tráfico? Ana le dijo a Gonzalo que Janelle había sido asesinada.
—Exacto. Según el informe médico, estaba enferma. Creen que falleció al volante y que se precipitó por un barranco junto a la I-25, pero fue clasificado como muerte por causa fortuita.
—Entonces ¿por qué diría Ana que la habían asesinado?
—Tenía miedo de algo —aventuró Eugenia.
—Y puede que esté relacionado con nuestro vendedor de coches de segunda mano asesinado.
—Me juego lo que quieras a que sí. Creo que deberías volver a hablar con gONZALO cuanto antes y averiguar por qué se peleó con un hombre escasos días antes de que lo encontraran muerto.
—Me has leído la mente, nena. Estoy completamente de acuerdo.
—¿Es Euge?
Tarta de Fresa había aparecido a mi lado. Cerré el móvil y la miré.
—La misma. Qué rápida. ¿Has encontrado a la hermana de Rocket?
—Pues claro.
Impresionante. Siempre me había preguntado si aquella niña existía de verdad o solo era un producto de la imaginación de Rocket. Esperé más información. Una eternidad.
—¿Y... qué te ha dicho?
—Blue.
¿Le había dicho «bú»? Pues vaya cliché más trillado para un fantasma.
—Vale, y ¿qué más?
Volvió a hacer aquello de cruzar los brazos. Si no estuviera tan mona, resultaría irritante.
—No va a gustarte.
—¿Sabe dónde está el cuerpo de Peter?
—No. Fue a mirar. Pero dijo que Pet'aziel no debería haber nacido en la Tierra.
—Eso me han dicho.
—Es muy poderoso.
—Sí, eso tampoco es nuevo.
—Y si su cuerpo humano muere, se convertirá en aquello para lo que fue engendrado en las llamas del infierno.
Vale, eso no lo sabía.
—¿Lo que vendría siendo...? —pregunté, con cierto recelo, temiéndome lo peor.
—El arma definitiva —contestó, como si estuviera pidiendo un cucurucho en la heladería—. El portador de la muerte.
—Vaya, mierda.
—El anticristo.
—Maldita sea.
—Es más poderoso que cualquier ángel o demonio que haya existido jamás. Puede manipular el continuo espacio-tiempo y provocar la destrucción de la galaxia y de todo lo que contiene.
—De acuerdo, ya lo pillo —dije, levantando la mano para que no siguiera.
Era como si de pronto me hubiera quedado sin aire. No podía haberme callado, no, tenía que preguntarlo. Y no podía haber sido algo irrelevante, algo que no conllevara la destrucción del mundo. No, claro, no. Tenía que ser apocalíptico y aterrador. En fin, menuda mierda. No tenía ni idea de cómo enfrentarme a aquello. Sin embargo, encontrar el cuerpo de Peter se había vuelto imperativo.
—Has averiguado muchas cosas en estos cinco minutos.
—Supongo —contestó, encogiéndose de hombros.
Cambié de marcha, puse punto muerto y finalmente metí la directa hacia la negación antes de volver a concentrarme en Tarta de Fresa.
—Bueno, ¿has descubierto el verdadero nombre de Rocket?
—Sí —contestó, pasando los dedos por la manga de mi jersey. Era un poco inquietante.
Esperé. Una eternidad.
—¿Y?
—Y ¿qué?
—El nombre de Rocket.
—¿Qué le pasa?
Inspiré profundamente. Inspiré honda y profundamente.
—Calabacita —dije, honda y profundamente inspirada—, ¿cómo se llama Rocket?
Me miró como si estuviera chiflada.
—Rocket, ¿cómo va a llamarse?
Volví a apretar los dientes. De no haber sido por sus enormes ojos de mirada inocente y el mohín de su boquita perfecta, la habría exorcizado allí mismo. Bueno, si hubiera sabido cómo. Bajé la cabeza y jugueteé con un hilo suelto de los vaqueros.
—¿Está bien?
Se encogió de hombros.
—Sí, un poco asustado.
Mierda. Mira que Peter podía llegar a ser tonto del culo. Malditos anticristos. Se me encendió la bombilla.
—Ya, y ¿cómo se llama su hermanita?
La niña se quedó boquiabierta y me miró con cara de pocos amigos.
—¿Es que no me escuchas?
¿Qué demonios había hecho ahora?
—¿Qué?
—Ya te lo he dicho. Se llama Blue.
—Ah, ¿sí?
Asintió.
—¿Se llama Blue?
Cruzó los brazos (de nuevo) y asintió una vez más, despacio, para que yo lo entendiera.
—Y ¿no tendrá un apellido por casualidad?
Qué lista que era.
—Sí. Bell.
Suspiré. Otro seudónimo.
—Con que Blue Bell, ¿eh?
En fin, estaba claro que con aquello no iba a ninguna parte. Rocket y Blue Bell. Genial. No, un momento. Ahora tenía un Rocket, una Blue Bell y un supuesto anticristo. No podía decirse que la vida en Lalilandia no fuera interesante.
—Bueno, y ¿por qué no sale Blue Bell y así nos conocemos? —pregunté, un poquitín resentida.
—¿Lo dices en serio? —Me miró como si fuera mitad idiota, mitad imbécil—. Porque si hubieras muerto y quisieras quedarte en la Tierra para estar con tu hermano toda la eternidad, ¿querrías conocer a la única persona en todo el universo que podría enviarte al otro lado?
En eso tenía razón.
Taft entretanto terminó de hablar por radio y regresó junto a nosotras.
—¿Está aquí? —preguntó, y miró a su alrededor.
Siempre miran a su alrededor. No sé muy bien por qué.
—En carne y hueso —contesté—. Metafóricamente hablando.
—¿Sigue enfadada conmigo? —quiso saber, levantando una nubecilla de polvo al darle una pequeña patada al suelo.
De no haber estado medio aturullada con el tema del Apocalipsis que parecía avecinarse, me habría echado a reír al ver que Tarta de Fresa hacía lo mismo, aunque sus diminutas zapatillas rosas patearon el suelo sin levantar ninguna nube.
—No está enfadada —aseguró—. Pero preferiría que dejara de salir a comer con chicas feas. —Antes de que pudiera decir nada, alargó la mano y entrelazó sus dedos con los míos—. Tendría que salir a comer contigo.
Decir que se me encogió el estómago de solo pensarlo habría sido quedarse muy, pero que muy corto. Conseguí reprimir una arcada y volví a tragarme la bilis, tratando de no torcer el gesto.
—No está enfadada de verdad —le dije a Taft tras recobrar la compostura. Me incliné hacia él para hablarle al oído—. Por amor de Dios, encuentra una chica que puedas llevar a casa de tu madre. Y pronto. Te lo pido por favor.
—De acuerdo —convino, completamente desconcertado.
—Y deja de salir con putones verbeneros.

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