Capítulo 20
Último capítulo de la temporada, en estos días pondré al día el blog para que la tercera temporada vaya a la par con los capítulos de Wattpad.
Solo hay que tener miedo al miedo. Y a las arañas.
(Pegatina de parachoques)
Mis ojos se cerraron como en un sueño mientras las criaturas seguían avanzando. Era el ángel de la muerte, por el amor de Dios. Literalmente. Peter había dicho que podía hacerles frente, pero ¿cómo? Ni siquiera tenía una espada. Aunque brillaba, maldita fuera. Al menos tenía eso a favor. Brillaba tanto que los muertos conseguían verme a continentes de distancia. O eso me habían dicho. Si los demonios habían sido apartados de la luz, ¿por qué podían acercarse tanto a mí? ¿Por qué no se apartaban de mi luz?
Abrí los ojos de repente.
Con solo pensarlo, en cuanto la idea se formó en mi cabeza, una fuerza visceral prendió en mi interior, produjo una vibración enérgica, una sacudida incontrolable, empezó a arremolinarse y a crecer, y poco a poco fue ganando intensidad hasta que ya no pude contenerla.
—Angel —dije, incapaz de dominar aquella energía que amenazaba con rebosar los límites de mi cuerpo—, corre.
Tres cosas ocurrieron de manera simultánea: Angel me soltó la mano, las agudas aristas de unos dientes afilados como cuchillas atravesaron la piel de mi nuca y me desbordé en una explosión de luz que viajó en todas direcciones e inundó el sótano de un gran resplandor que saturó y engulló hasta la última sombra. El rugido de la energía en estado puro consumiendo todo lo que encontraba a su paso ahogó los alaridos de los demonios. Estos, envueltos en llamas, acabaron reducidos a cenizas como el papel carbonizado, y cuando la luz regresó a mi interior, replegándose en lo más profundo de mi ser, me quedé largo rato pensando en lo alucinante que era lo que acababa de ocurrir.
—¡Lali! —El tío Nico irrumpió en el sótano—. ¿Qué ha sido ese ruido?
Mi padre le pisaba los talones, bajando los escalones de tres en tres.
—¡Esperad! —les grité, y levanté una mano—. Quedaos ahí un momento.
—¿Ese es Lanzani? —preguntó el tío Nico.
—Llamad a una ambulancia.
Me acerqué un poco más y comprendí que el Peter incorpóreo no estaba allí. Se me paró el corazón hasta que oí su voz rebotando en las paredes.
—Todavía es vulnerable.
Me volví en redondo y lo vi sentando en cuclillas en una estantería, balanceándose sobre los talones, con una mano alzada sobre la empuñadura de la espada. La punta de la hoja se apoyaba en el suelo delante de él. Era casi tan alta como yo. La capa se agitaba a su alrededor, envolviéndolo hasta llenar el último rincón de la estancia. Se hinchaba y retrocedía, y tuve la sensación de haber sido engullida por un océano de aguas oscuras. Era el ser más magnífico que había visto jamás.
Y estaba allí. Estaba vivo.
—Creía que también había acabado contigo.
Volvió la cabeza, pero no conseguí verle la cara.
—No soy un demonio. Me forjaron en la luz.
—La luz de las llamas del infierno —le recordé.
No contestó. De pronto, me enfadé. ¿Por qué todo lo relacionado con ser un ángel de la muerte tenía que ser tan complicado?
—¿Por qué no me dijiste que podía hacer lo que he hecho y ya está?
—Ya te lo expliqué, sería como decirle a un polluelo que puede volar. Has de descubrir de lo que eres capaz a un nivel visceral. De habértelo dicho, no te habría hecho ningún favor.
—¿Y si no lo hubiera descubierto, Peter?
La cabeza encapuchada se inclinó hacia un lado.
—¿Por qué preguntas esas cosas? Lo has hecho. Lo has logrado. Fin de la historia. Pero eso sigue siendo vulnerable —dijo, dirigiendo una mirada a su cuerpo humano, la pulverizada y reducida envoltura del hombre que había sido.
—Te recuperarás cuando te llevemos a un hospital.
—¿Para qué?
Me volví hacia él.
—¿Qué quieres decir?
—¿Crees que se ha terminado? ¿Crees que mi padre se dará por vencido? Para él, esto ha sido una victoria. Ahora sabe que hay un portal en la Tierra. No se detendrá ante nada y encontrará el modo de acabar contigo. Te arrancará un miembro tras otro para llegar a lo más hondo de ti, a tu esencia. Además, ahora conoce tu debilidad. —Volvió a mirar su cuerpo—. No tienes ni idea de lo que ocurrirá si mi padre me encuentra. No deseo desembarazarme de mi cuerpo humano por capricho, Holandesa, existe una buena razón. No puedo correr riesgos.
—Charley, tengo que acercarme a él. Está muriéndose.
Oí el aullido cercano de las sirenas de una ambulancia.
—Solo un momento —le pedí a mi tío. No sabía qué haría Peter si se le acercaba—. ¿Qué quieres decir? ¿A qué razón te refieres?
Peter bajó de la estantería y aterrizó con suavidad delante de su cuerpo físico.
—Saben cómo encontrarme. Pueden seguirme a través de este cuerpo.
—Eso ya me lo has dicho, pero existe otra razón. ¿Cuál es?
Sacudió la cabeza.
—Tú has abierto el camino. Yo debo cerrarlo.
Me quedé de piedra al comprender lo que, en mi inconsciencia, había hecho. Me acerqué un poco más.
—¿Por qué no me mataste cuando tuviste la oportunidad? ¿Por qué hay que llegar a esto?
—Lali —dijo mi padre, alarmado—, ¿qué está ocurriendo?
Peter alzó una mano enguantada hasta mi rostro. Sentí su caricia, ardiente y sedosa.
—¿Matarte? —repitió con una voz aterciopelada que se abrió camino hasta lo más profundo de mi ser—. Eso sería como pretender apagar el sol.
Parpadeé, impotente, mientras Peter se volvía y alzaba la espada, asiendo la empuñadura de la pesada arma con ambas manos.
En el preciso instante en que la descargaba a la velocidad del rayo, atravesé el tiempo como un relámpago, pasé por debajo de sus brazos y protegí su cuerpo con el mío. La hoja se detuvo a escasos milímetros de mi columna vertebral.
Volvió a alzarla con un gruñido.
—Apártate —me advirtió con aspereza.
—No. —Fui incapaz de impedir que me delatara la emoción, que me escocieran los ojos. Rechiné los dientes tumbada sobre Peter. Empapado en sangre, su cuerpo seguía siendo una hoguera, caliente, vital y vivo. Su corazón latía bajo mis manos. Su pulso retumbaba en mis oídos—. No permitiré que lo hagas.
Dio un paso al frente con aire amenazador y adelantó la capucha para que no viera la dura expresión de su rostro.
—¿No entiendes lo que ocurrirá si me encuentran, si se hacen conmigo?
—Sí que lo entiendo —aseguré con voz suplicante—. Te torturarán. Utilizarán la llave para llegar hasta aquí. Pero...
—No es tan simple.
¿Aquello le parecía simple?
—Entonces ¿qué? Dilo de una vez.
Abrió la boca como si fuera a decir algo, a pesar de su reticencia.
—Soy como tú. Soy la llave —se decidió al fin.
—Lo sé y lo entiendo.
—No, no lo entiendes. —Se frotó la frente con la mano enguantada—. Igual que tú eres el portal que lleva al cielo, yo soy el portal por el que se sale del infierno. —Bajó la cabeza, como si se sintiera avergonzado—. Si dan conmigo, legiones enteras cruzarán a través de mí y no necesitarán ir a cuestas de nadie para llegar a este plano.
Tardé unos instantes en comprender el verdadero significado de sus palabras. Era difícil de creer. Nos parecíamos muchísimo más de lo que nunca hubiera imaginado. Ambos éramos llaves. Ambos éramos portales. Uno al cielo y el otro al infierno. Como un espejo.
—Poseerían un acceso directo a través de mí, igual que los muertos tienen un acceso directo al cielo a través de ti. Y lo primero que harían es ir a por ti. Tendrían el modo de salir del infierno y, contigo, el modo de entrar en el cielo. Así que ahora apártate o te apartaré yo.
Le creí. Peter me apartaría, me arrojaría a la otra punta del sótano para llegar hasta su cuerpo. Estaba desesperada cuando alcé la vista hacia él, sumida en la agonía. Y en aquel estado levanté la mano y lo dije.
—Pitt'aziel, te vincio.
Se detuvo y me miró como si no pudiera creer lo que acababa de oír.
—Sí, lo has oído bien —dando respuesta a su mirada inquisitiva—, te encadeno.
Retrocedió un paso, visiblemente consternado.
—¡No! —exclamó, intentando echar mano a la capa, que se desintegraba a su alrededor. La espada cayó al suelo, donde desapareció como si se volatilizara en mil pedazos al chocar contra este. Me miró de nuevo, con ojos suplicantes—. Holandesa, no.
La culpa que me atravesó el corazón fue cien veces peor que nada que hubiera podido hacerme con su espada. La mirada acusadora, aquellos ojos que se sabían traicionados. Y desapareció. Un instante después, su cuerpo humano volvió a la vida con una profunda boqueada. Sus músculos se agarrotaron, apretó los dientes retorciéndose de dolor mientras la agonía se hacía patente en su rostro.
—¡Tío Nico! —grité, y mi padre y él se acercaron corriendo—. Ayudadlo, por favor.
Subieron a Peter a la parte trasera de la ambulancia. Le habían colocado una mascarilla de oxígeno y le habían cogido una vía. Su fornido cuerpo parecía sumamente vulnerable, como el de un niño. Deseaba envolverlo entre mis brazos y borrar todo lo malo que hubiera ocurrido en su vida. Sin embargo, aquello solo podría conseguirlo la magia de los cuentos de hadas y aun con mis habilidades, o tal vez a pesar de ellas, lo último en lo que creía era en la magia.
Antes de que llegara la ambulancia, el tío Nico, mi padre y yo habíamos estado repasando la historia que íbamos a contar. Los tres nos dirigíamos a mi casa, diría el informe, para acabar con el papeleo de un caso cuando oí un ruido procedente del sótano, allí habíamos encontrado a Peter inconsciente y habíamos llamado a una ambulancia. No sonaba mal si uno no se ponía demasiado tiquismiquis, pero después de contarla unas veinte mil veces, casi empecé a creérmela.
Seguía envuelta en la chaqueta de mi padre, con la que cubría la ropa empapada de sangre, mientras un médico me acribillaba a preguntas en la sala de espera del hospital, donde aguardaba noticias sobre el estado de Peter.
—Mire, no sé nada más. No tengo ni idea de cómo se hizo esas heridas ni de lo que sucedió, y siento que algunas parezcan de hace varios días. Ya me lo encontré así.
Victorio D'Alessandro se sentó a mi lado con dos cafés en la mano, después de despachar al médico con una mirada de pocos amigos.
—Gracias —dije.
—¿Dónde está tu padre?
—Ha tenido que volver a la comisaría. Acabamos de resolver un caso importante y está prestando declaración.
Mi padre también le explicaría a Euge lo que había pasado, quien se alegraría de saber que habíamos encontrado a Peter.
—En fin —dijo Vico, ofreciéndome una taza y frunciendo el ceño al ver la sangre que todavía llevaba en las manos—, tal como yo lo veo, Peter se despertó en la unidad de crónicos con amnesia. Al fin y al cabo, estaba en coma y tenía una herida en la cabeza. No sabía quién era y mucho menos dónde estaba. Es evidente que no puede acusársele de intento de fuga cuando ignoraba que estuviera fugándose.
Me lo quedé mirando atónita. Victorio alargó una mano y me cerró la boca con una sonrisa.
—¿De verdad estarías dispuesto a hacer algo así? —pregunté, con una evidente nota de agradecimiento en la voz.
—Sí, estaría dispuesto.
Suspiré con alivio.
—Vico, muchísimas gracias.
—No hay de qué —contestó, tomando un trago de café—. No, en serio, no hay de qué. Me gusta mi trabajo.
Sonreí.
—Ah, perfecto. Ahora ya tengo algo con que hacerte chantaje. Veamos... —musité, tomando un largo trago de café caliente—, ¿qué necesito?
—¿Que te miren la cabeza? —sugirió—. Y, por cierto, no es necesario que recurras al chantaje para conseguirlo. Conozco a alguien con contactos.
—Si quisiera que me redujeran la cabeza, iría a ver a mi hermana.
—Tía, tu hermana sí que está buena.
Se recostó contra la pared, como ensoñado en recuerdos lejanos.
—Puaj. —Era guapa, pero así y todo... ¿Victorio D'Alessandro? ¿Con alguien de mi propia sangre? No acababa de convencerme—. Tengo que decirte algo.
Se puso derecho.
—Parece serio.
—Lo es. Lo encadené.
—¿Qué?
—Que lo encadené —repetí, con un suspiro de cansancio—, vaya, que lo até.
Se inclinó hacia mí.
—¿Crees que soy la persona más indicada para contárselo? —preguntó, bajando la voz.
—Pervertido. —Después de darle un palmetazo en el hombro, bajé la vista, avergonzada por lo que estaba a punto de confesarle—. Encadené su ser incorpóreo a su cuerpo humano. No puede abandonarlo. Está encadenado a él.
—¿Puedes hacer eso?
—Por lo visto, sí. Lo supe sin más.
—Guau.
—No, no lo entiendes, lo que quiero decir es que se ha vuelto loco.
Se me quedó mirando fijamente, mudo de asombro.
—¿Qué?
—Que está furioso —dije, mordiéndome la comisura del labio.
Vico abrió la boca como si fuera a decir algo, incapaz de encontrar las palabras.
—Lali, una vez vi furioso a Peter, ¿recuerdas? —se decidió a decir al fin—. Y fue algo que me dejó marcado.
—Lo sé y lo siento. Podría decirse que iba a suicidarse. No sabía qué otra cosa podía hacer.
—Y por eso lo cabreas y luego lo envías de vuelta a la cárcel, ¿no? —preguntó, en un débil y áspero susurro.
Me encogí. Dicho así, sonaba bastante mal.
—Más o menos.
—La madre que te parió, Lali.
—¿Qué ha hecho ahora?
Ambos levantamos la vista. Owen Vaughn, el tipo que había intentado atropellarme en el instituto, estaba ante nosotros vestido con su uniforme negro de policía. Placa reluciente incluida.
—Vaughn —dijo Vico a modo de gélido saludo.
Owen se dio unos golpecitos en la placa.
—Agente Vaughn —lo corrigió—. Necesito saber qué ha ocurrido en ese sótano.
Oh, por el amor del dragón de Pedro.
—El agente Esposito ya me ha tomado declaración —repuse con mirada desafiante.
—¿Te refieres al tío Nico?
—El mismo.
Owen miró a ambos lados del pasillo y luego se inclinó hacia mí.
—¿Te gustaría saber qué pienso de ti?
—Mmm, ¿es una pregunta trampa?
—No importa —dijo, enderezando la espalda—, me lo guardo para una ocasión más apropiada. —Sonrió satisfecho de sí mismo—. Como el día que meta tu culo en la cárcel.
—En serio, ¿se puede saber qué narices le hiciste? —preguntó Vico cuando el otro se alejaba a grandes zancadas.
—Tú eras su maldito amigo —dije, abriendo la mano para invitarlo a hablar—, dímelo tú.
Vico se quedó un rato más, hasta que apareció Euge con comida y una muda. Eugenia intentó llevarme a casa, pero no podía irme, no antes de saber cómo se encontraba Peter. Mi padre vino y se fue. Candela vino y se fue. Por fin apareció un médico, con ojos cansados. Peter estaba en cuidados intensivos, pero parecía recuperarse asombrosamente bien, dadas las circunstancias. Aun así, no podía irme. Angel apareció cuando empezaba a oscurecer y se quedó toda la noche conmigo. Se sentó en el suelo, junto a mi cabeza, después de que me hiciera con un pequeño banco acolchado donde dormí tan bien como puede dormirse en un pequeño banco acolchado.
El tío Nico volvió a primera hora de la mañana siguiente, un poco irritado.
—¿Por qué no te has ido a casa?
—Porque no. —Me froté los ojos, luego la espalda y miré a Angel—. ¿Te has quedado aquí toda la noche, cariño?
—Por supuesto —contestó—. Ese tipo de ahí no dejaba de mirarte.
—¿Quién, ese? —pregunté, señalando al hombre que se había quedado traspuesto en el banco de enfrente—. Creo que duerme con los ojos abiertos.
—Ah. Pues que se lo haga mirar.
—Sí. Bueno, ¿qué ocurre? —pregunté a Nicky.
—Vamos a ir a Ruiz. Nos han concedido un permiso para exhumar el cuerpo de un tal señor Saul Romero.
—Ah, bien. ¿Quién es Saul Romero?
—El tipo bajo el que supuestamente está enterrada Hana Insinga.
—Ah, vale. Ya lo sabía.
—Entonces ¿te apuntas?
Me encogí de hombros sin demasiado entusiasmo.
—Supongo. De todas formas, el Estado tampoco va a dejarme ver a Peter.
—Entonces ¿para qué demonios te has pasado aquí toda la noche?
Volví a encogerme de hombros.
—Masoquista que es una. Necesito una ducha.
—Vamos, te llevo. De todos modos, tenemos que recoger a Euge y encontrarnos allí con el sheriff.
Aparcamos en el Ruiz Cemetery justo detrás de Mimi y Warren Jacobs. Kyle Kirsch ya estaba allí con su padre. Por el tono morado de los círculos que rodeaban sus ojos, era fácil adivinar que ninguno de los dos había dormido demasiado. Alguien había ido a recoger a la madre de Kyle a Minnesota y estaba esperando a que la llevaran hasta Santa Fe. Por desgracia, también había acudido Hy Insinga, quien estaba visiblemente afectada. Se me partió el corazón.
—Es esa —indicó Mimi al sheriff del condado de Mora, señalando el sepulcro del señor Romero—. La segunda tumba a la izquierda.
Dos horas después, un equipo de la Oficina de Investigación Médica de Buensos Aires empezaba a extraer los restos de Hana Insinga, veinte años después de su trágica muerte. El dolor que se reflejaba en el rostro de su madre era insoportable. Dando gracias porque pudiera contar con una amiga, regresé al monovolumen de Nicky y desde allí contemplé cómo Hy Insinga se acercaba a una temblorosa y sollozante Mimi, preocupada por cómo acabaría aquella reunión. Estuvieron abrazadas largo rato.
Tres días después, Peter Lanzani, tras mostrar una notable e inexplicable mejoría, fue encomendado al cuidado del equipo médico de la Penitenciaría de Santa Fe Fui a Santa Fe para verlo, temblando visiblemente dentro de mis botas mientras hacía cola con las demás visitas, esperando mi turno para pasar por el escáner de movilidad iónica, que buscaba restos de drogas. Sin embargo, un guardia me sacó de la hilera y me informó de que el subdirector de la prisión, Amadeo, quería hablar primero conmigo.
—¿Qué tal estás? —preguntó Benja cuando el guardia me hizo pasar a su despacho.
Empezaba a acostumbrarme al orden dentro del caos y me senté frente a él.
—Estoy bien —respondí, encogiéndome de hombros—. Ahora mismo, descansando un poco del negocio de la investigación privada.
—¿Va todo bien? —preguntó, alarmado.
—Ah, sí. Solo que prefiero tomarme las cosas con calma. Bueno, ¿qué ocurre? ¿Puedo verlo o todavía está en la enfermería?
Benja desvió la mirada antes de contestar.
—Quería decírtelo en persona antes de que te lo dijeran en la zona de visitas.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Ha ocurrido algo? ¿Peter está bien?
—Está bien, Lali, pero... no quiere verte. —Ladeó la cabeza, como si me compadeciera—. Pidió al Estado que rechazara tu solicitud.
Me quedé sentada largo rato, anonadada, mientras digería sus palabras. Era como tener el pecho encajado en un tornillo de banco que hubiera empezado a cerrarse.
Todo a mi alrededor se oscureció. Apenas podía respirar. Tenía que salir de allí.
—Bueno, entonces me voy.
Me levanté y me dirigí a la puerta.
Benja rodeó su mesa y me cogió del brazo.
—Lali, cambiará de opinión. Solo está enfadado.
Le sonreí.
—Benja, no pasa nada. Es solo que... Cuida de él, ¿de acuerdo?
—Sabes que así lo haré.
Salí de la prisión con una sonrisa en la cara y conduje de vuelta a casa luchando con uñas y dientes para no sucumbir bajo aquel peso abrumador. Aun así, sentí que mis pestañas se humedecían. Daba lástima. Pensé en mi futuro por el camino. ¿Cómo sería la vida sin Peter Lanzani? Ya no podía separarse de su cuerpo. Ya no podía visitarme, hablar conmigo, tocarme, salvarme el pellejo un día sí y otro también. Tras una vida entera teniéndolo prácticamente a mi completa disposición, de pronto me encontraba sola.
Cuando aparqué junto al complejo de apartamentos, comprendí de la forma más deplorable y humillante que me había convertido en una de esas mujeres, una de las cientos de mujeres que intentaban verlo, que intentaban acercarse a él en vano. Era Elaine Oake.
No era nadie.
Tras caminar hasta mi casa arrastrando los pies, encendí el ordenador y leí por encima unos cuantos mensajes etiquetados como urgentes, dos del tío Bob. Tras decidir que podían esperar, salí de mi cuenta y entré en mi correo electrónico falso, mientras intentaba encontrar alguna excusa para meterme en el catre a las once de la mañana. Quería hacer algo de provecho, pero un aletargamiento salpicado con trazas de depresión empezaba a apoderarse de mí. Un mensaje de mistress Marigold apareció en la pantalla. Lo más probable era que se tratara del mismo correo que le había enviado a Cookie y a Garrett. Ligeramente acuciada por la curiosidad (y preguntándome si de verdad necesitaba volver a respirar) pinché en el enlace y lo leí. «Llevo mucho tiempo esperando saber de ti. »
¿FIN?
--------------------------------------------------------------------------------------
LES DEJO EL ULTIMO CAPITULO DE LA TEMPORADA. CHIC@S SI HAY TERCERA TEMPORADA.
No hay comentarios:
Publicar un comentario