miércoles, 29 de marzo de 2017

Capítulo 17

Capítulo 17


¿Sabes esas cosas malas que le ocurren a la gente buena?
Soy una de ellas.
(Camiseta)


Dejé un billete de veinte dólares sobre la barra cuando pasamos junto a la misma a la carrera.
—Brad, ¿podrías preparar lo nuestro para llevar?
Asomó la cabeza por la ventanilla, levantando las manos con desconcierto.
—Volvemos enseguida.
Cruzamos la calle a toda prisa y nos dirigimos a un edificio de ladrillo con barrotes en las ventanas y una enorme puerta metálica. Estaba empezando a lloviznar.
—Creo que está cerrado —observó Euge, jadeando detrás de mí.
Aporreé la puerta, esperé un momento y volví a aporrearla. Al cabo de una larga espera, un Hulk de ojos somnolientos salió a recibirnos.
Opté por una sonrisa. Más que nada porque no me apetecía provocar su ira.
—Hola. —Le mostré la licencia—. Me llamo Mariana Esposito y esta es Eugenia Suarez. Soy detective privado y estoy investigando un caso para el Departamento de Policía de Buenos Aires —dije, mintiendo a medias—. ¿Podría hablar con usted?
—No.
Hulk tenía malas pulgas cuando lo despertaban en medio de la noche. En la peli no se mencionaba ese aspecto de su personalidad. Tendría que escribir a los productores.
Además, era evidente que mi licencia no lo había impresionado. Decidí mostrarle un billete de veinte dólares.
—Solo serían un par de preguntas. Ando buscando a una mujer desaparecida.
Me arrebató el billete de los dedos y se preparó para el cuestionario.
—Ya. —Saqué la foto de Mimi del bolso—. ¿Ha visto a esta mujer?
Se la quedó mirando. Digamos que un buen rato. Lancé un suspiro y le tendí otro billete. Si aquello seguía así, tendría que enviar un SOS al FMI para vencer la OPA hostil.
—Puede —musitó. Cogió la foto y se la acercó—. Ah, sí. Es Molly.
—¿Molly?
Molly encajaba, teniendo en cuenta que en realidad se llamaba Mimi. Posiblemente le resultara más sencillo habituarse a responder a ese nombre que, por ejemplo, al de Guinevere o Hildegard.
—Sí, estoy bastante seguro. Pero ahora todos duermen.
—Mira, ¿sabes eso que suele decirse de que si estuviera a punto de caerte una bomba nuclear encima sería mejor que empezaras a despedirte de tu culo y no lo dejaras para mañana?
Se rió entre dientes. ¿Quién decía que Hulk no tenía sentido del humor?
—Tienes gracia.
—Sí, bueno, pues imagina que soy una cabeza nuclear armada y no puedo esperar a mañana.
—Ya, y quieres verla ahora, ¿no?
Menuda rapidez de reflejos.
—Veloz como el rayo, amigo. Eres un lince.
Me miró con desconfianza, tratando de decidir si me burlaba de él o no. Me acerqué un poco más.
—Luego, tal vez tú y yo podríamos ir dando un paseo hasta esa cafetería de allí y tomarnos algo.
—No eres mi tipo.
Maldita fuera. A veces pasaba. En fin, ¿qué podía hacer una chica en esos casos?
—De acuerdo, ¿vas a dejarnos pasar?
—Me gustan más... verdes.
—Por-fa-vor. —Saqué mi último billete de veinte—. Ahora sí que me has dejado tiesa.
Me lo arrancó de los dedos y abrió la puerta.
—Tendréis que firmar en el registro de entrada y necesito una copia de tu licencia de detective privado. Luego os acompañaré a verla.
Cinco minutos después, Euge zarandeaba con delicadeza a una mujer que dormía envuelta en una manta gris, en uno de las decenas de camastros distribuidos por una sala gigantesca parecida a un gimnasio.
—¿Mimi? —la llamó con un hilo de voz. Para ayudarla a hacerle entender que veníamos en son de paz, Euge había tomado prestada la linterna de Hulk y la sostenía debajo de la barbilla. No tuve valor para decirle que parecía el fantasma de las Navidades pasadas—. Mimi, cariño.
Mimi se movió, entreabrió unos párpados somnolientos y lanzó el alarido más estridente y espeluznante que haya oído en toda mi vida. Al menos, proferido por un ser humano. Los indigentes que nos rodeaban reaccionaron en consonancia, hubo quien estuvo al borde del infarto y quien siguió roncando tan ricamente.
—¡Mimi, soy yo! —intentó tranquilizarla Euge, dirigiéndose el haz de luz directo a la cara.
Aunque aquello solo consiguió que pasara a parecerse al fantasma de las Navidades presentes, ya que la linterna le suavizaba las arruguitas e iluminaba su piel con ese suave resplandor típico de la radiación nuclear.
Mimi echó las piernas al aire, algo que no acababa de encajar con ninguna de las dos respuestas irracionales, la de lucha o la de huida, ante una situación de estrés, sinceramente. A continuación, rodó sobre sí misma y cayó al suelo por el otro lado del camastro.
Un hombre que tenía detrás me dio unos golpecitos en la pierna.
—¿Qué demonios ocurre ahí?
—Un exorcismo. No hay de qué preocuparse, caballero.
Se dio media vuelta con un sonoro carraspeo y volvió a dormirse.
Mimi asomó la cabeza por encima del colchón.
—¿Euge? —preguntó, a un volumen mucho más civilizado.
—Sí. —Euge rodeó el camastro a toda prisa para ayudarla a subir a la cama—. Hemos venido a echarte una mano.
—Ay, Dios mío, cuánto lo siento. Creí que...
—Tienes sangre —observó Euge, rebuscando en el bolso para dar con una servilleta de papel.
Mimi se tocó el labio y a continuación se enjugó la sangre que le salía de la nariz dándose unos ligeros toquecitos con la servilleta que Euge le había dado.
—Sí, suele ocurrirme cuando veo pasar mi vida ante mí. —De pronto se quedó callada, y con la mirada perdida añadió—: Y también es posible que me haya meado en los pantalones.
—Vamos, cariño.
Eugenia la ayudó a levantarse y yo corrí a sujetarla por el otro lado. Por el módico precio de veinte dólares (esa vez procedentes de la cartera de Euge) nos prestaron uno de los despachos para poder hablar con ella con tranquilidad.
—Menudos pulmones, guapa —comenté. Asalté una pequeña nevera en busca de agua y le tendí la botella cuando la nariz dejó de sangrarle.
—Lo siento muchísimo —se disculpó, agitando una mano delante de la cara—. Estaba desorientada y no sabía quiénes erais.
—Bueno, tampoco ayudó tener justo encima a Casper, el fantasma de la linterna.
Euge frunció el ceño.
—Mimi, esta es Lali —me presentó.
—Ay, caramba. —Intentó ponerse en pie, pero le fallaron las piernas y volvió a desplomarse en la silla.
Le tendí la mano para estrechársela.
—Por favor, no te levantes, no soy tan importante.
—Por lo que he oído —dijo, sin soltarme—, eres más importante de lo que crees. ¿Cómo me habéis encontrado?
Euge sonrió complacida.
—A eso se dedica. ¿Estás bien?
Tras una breve introducción y el ameno relato de cómo Mimi había acabado en un centro de acogida para gente sin hogar, en el que aparecían como artistas invitados un taxista borracho y un pequeño, aunque controlado, incendio, pasamos a la parte más importante de la historia: por qué estaba en un albergue para indigentes.
—Simplemente pensé que a nadie se le ocurriría buscarme aquí. Creí que no me encontrarían.
—Mimi, Warren y tus padres están muertos de preocupación —la reprendió Eugenia.
Ella asintió.
—Habrá que resignarse. Mejor muertos de preocupación que no muertos a secas.
En eso tenía razón. Era tarde y estaba a punto de estallarme la cabeza. Decidí ponerla al corriente de lo que habíamos averiguado hasta el momento y continuar a partir de ahí.
—Si este te lo sabes, dímelo.
Me miró con el ceño fruncido, desconcertada.
—Una noche, cuando ibas al instituto, alguien dio una fiesta. Una chica llamada Hana Insinga se escapó de casa, fue a dicha fiesta y al día siguiente sus padres denunciaron su desaparición.
Mimi bajó la vista cuando mencioné el nombre de Hana.
Proseguí.
—Unos afirmaron haberla visto allí, otros lo negaron. Unos apuntaron que podría haber abandonado la fiesta con un chico; otros dijeron que no, que se había ido sola.
La repentina respiración entrecortada de Mimi me hizo pensar que podría haber dado con algo.
—Y ahora, veinte años después, quienes dijeron haber visto a Hana abandonar la fiesta con un chico están muriendo, uno tras otro. ¿Te suena la historia?
Mimi agachó la cabeza, como si fuera incapaz de mirarnos. Euge le puso la mano en el hombro como muestra de apoyo.
—Te acercas bastante, pero Hana no abandonó la fiesta con un solo chico. La abandonó con varias personas, yo entre ellas.
Euge se quedó helada.
—¿A qué te refieres?
—Se refiere a que, esa noche, sacaron el cuerpo de la casa entre varias personas —me adelanté, intentando abrirme paso a través del dolor que de pronto la embargaba y arremetía contra mi pecho—. Ya estaba muerta y fueron todos juntos a enterrarla. ¿Tengo razón?
Era la única explicación lógica.
Se secó una lágrima con la servilleta empapada de sangre.
—Sí. Éramos siete. Había siete personas.
Euge intentó ahogar un grito, tapándose la boca con la mano.
Me arrodillé para mirar a Mimi a la cara.
—Alguien que había ido a la fiesta la mató y vosotros lo visteis, ¿verdad? ¿Os amenazaron con haceros lo mismo?
—Por favor, no sigas —suplicó entre sollozos.
—¿Os acosaban en el instituto? ¿Os empujaban por los pasillos? ¿Os tiraban los libros de las manos? Para advertiros. Para manteneros a raya.
—No puedo... No...
Decidí empezar por Tommy Zapata y dejar a Kyle Kirsch para el gran final.
—¿Tiene todo esto algo que ver con el vendedor de coches con el que comiste, Tommy Zapata?
Dio un grito ahogado y me miró.
—¿Cómo sabes eso?
—Lo encontraron muerto hace tres días.
Se llevó las manos a la boca.
—Acusarán a tu marido de asesinato si no conseguimos demostrar que él no lo hizo.
—¡No! —Se puso en pie de un salto y se dirigió hacia la puerta—. No, él no ha hecho nada. No saben nada de nada.
La seguí y la sujeté por el brazo.
—Mimi, espera. Podemos ayudarte, pero debo saber qué ocurrió.
—Pero...
—Si quieres que os saque a ti y a tu marido de este lío, tendrás que sentarte y explicármelo todo. ¿Qué ocurrió esa noche?
Vaciló, indecisa, y tras un suspiro entrecortado, retomó su asiento.
—Estaba en la fiesta y había ido a uno de los lavabos de arriba con otra persona. No me encontraba bien.
Seguramente se trataba de Janelle York.
—La fiesta se celebraba en casa de Tommy Zapata aprovechando que sus padres estaban fuera de la ciudad. —Me dirigió una mirada cargada de desesperación—. Solo estábamos pasándonoslo bien. Lo típico, hacíamos el tonto y escuchábamos música. La otra persona y yo fuimos al baño del dormitorio de los padres de Tommy y creo que nos quedamos dentro un buen rato, charlando. Entonces oímos unas voces, así que apagamos la luz y abrimos la puerta solo un resquicio, para mirar. Supusimos que alguien estaba montándoselo en la cama de los padres y pensamos en darles un susto para gastarles una broma.
Euge encontró un pañuelo limpio y se lo ofreció a Mimi, quien aprovechó para sonarse la nariz.
—Pero eran tres chicos. Tres jugadores de fútbol americano. Tenían a Hana en la cama y estaban haciéndoselo con ella.
Ahogó sus sollozos en el pañuelo.
—¿Era Tommy uno de ellos? —pregunté.
—No, él estaba dándose el lote en un rincón.
Entonces lo había presenciado todo y ahora estaba muerto.
Tras una breve pausa, se repuso y prosiguió.
—No creo que fuera consentido, porque ella estaba muy borracha. Hana le vomitó encima a uno de los chicos, quien se retiró de ella y empezó a gritarle. Estaba muerta de miedo. Se puso en pie como pudo e intentó dirigirse a la puerta. Entonces ocurrió. No sé qué pasó, no sé si el chico la empujó o qué, porque apenas pudimos ver nada, pero Hana se dio contra la esquina del tocador de los Zapata y se abrió la cabeza. Tommy intentó detener la hemorragia, pero Hana murió en cuestión de minutos.
Qué curioso que hasta el momento no hubiera mencionado el nombre de Kyle. ¿Tanto miedo le tenía?
Nos miró, suplicante.
—Fue un accidente. Podrían haberlo explicado, pero estaban como locos. Se pasaron, no sé, como media hora andando arriba y abajo por la habitación, maldiciendo, intentando decidir lo que iban a hacer. El padre de Tommy trabajaba en el cementerio y alguien tuvo una idea. Para ello primero tenían que envolverla en toallas y ahí fue cuando nos descubrieron. Yo lloraba como una histérica y ellos se ofuscaron aún más.
—¿Os hicieron daño? —preguntó Euge, casi tan angustiada como Mimi.
—No, la verdad es que no —contestó—. Envolvieron a Hana en unas toallas y limpiaron la sangre. Luego, cuando todo el mundo se hubo ido, la bajaron a la camioneta de Tommy y, después de cargar dos palas en el cajón de la furgoneta, nos hicieron subir a la parte trasera con ellos para que los acompañáramos al cementerio.
—¡Claro! —exclamé, teniendo un momento de iluminación—. ¡De ahí los números que escribiste en la pared del baño junto al nombre de Hana! Ya sabía yo que me sonaban de algo. Son indicaciones parcelarias. La enterraron en una tumba reciente.
—No en una, sino bajo una. —Al ver que fruncía el ceño, desconcertada, añadió—: La funeraria había cavado una sepultura para el funeral que iba a celebrarse al día siguiente. Los chicos cavaron un poco más mientras los demás mirábamos. —Los recuerdos le quebraron la voz—. Nos quedamos mirando. Ni siquiera nos planteamos detenerlos. Si en algún momento tuvimos la oportunidad de hacer lo que debíamos hacer...
Euge le tomó las manos.
—Tú no tuviste ninguna culpa, Mimi.
—Pero ellos dijeron que sí —replicó—. Dijeron que los habíamos ayudado, que éramos cómplices y que si decíamos algo, nos matarían. Oh, Dios mío, estábamos realmente muertos de miedo.
La angustia que había estado asfixiándola durante veinte años brotó con fuerzas renovadas y volvió a paralizarla. Batía contra mí en abrumadoras oleadas. Le hice frente, llené los pulmones de aire para mantenerla a raya mientras Mimi proseguía.
—Además, estábamos convencidos de que también nos matarían a nosotros, pero no lo hicieron. Metieron el cuerpo de Hana en la tumba y lo cubrieron de tierra. Al día siguiente, enterraron al señor Romero encima de ella y nadie se dio cuenta.
El hecho de que se tratara de un accidente y no de un asesinato premeditado era lo único que explicaba que Mimi y Janelle siguieran vivas. Si aquellos chicos hubieran sido unos asesinos, despiadados y crueles, no creía que hubiera llegado a conocer a Mimi.
—Temblaba tanto que apenas podía respirar —siguió diciendo, casi con el mismo temblor de entonces—. Y tienes razón, nos acosaban. —Me miró—. Fueron envalentonándose poco a poco, un día tras otro, hasta que se hizo insoportable. Dejé el instituto y al final les pedí a mis padres que me permitieran venirme a vivir aquí con mi abuela. No podía seguir allí. No podía mirar a los señores Insinga a la cara, sabiendo por lo que estaban pasando.
—¿Le hacían lo mismo a Janelle? —pregunté.
Me miró, confusa.
—¿Janelle?
—Janelle York.
Pasó de la tristeza a la indignación en cuestión de segundos.
—Pero si acabó siendo su perrillo faldero. Estaba en el ajo, con todos ellos.
—No lo entiendo. —Me puse en pie—. Estabais escondidas...
Frunció el ceño.
—No era con ella con quien me escondía en el baño —me interrumpió, como si le ofendiera que se me hubiera podido ocurrir algo semejante—. Janelle estaba en la habitación con ellos, montándoselo con Tommy en un rincón, encima de un puf. Habría hecho cualquier cosa por él. Cuando Tommy empezó a perder los estribos por miedo a que sus padres descubrieran lo que había sucedido, fue ella quien propuso lo de enterrar a Hana bajo aquella tumba.
Abrí las manos, desconcertada.
—Entonces ¿con quién estabas escondida? ¿Y quién estaba haciéndoselo con Hana? Tragó saliva. Era fácil adivinar que no quería decírnoslo.
—Jeff. Jeff Hargrove estaba... encima de ella.
—Espera, ¿Jeff Hargrove estaba haciéndoselo con Hana?
—Sí, bueno, al menos en ese momento. Creo... Creo que se turnaban.
—¿Quiénes?
Se encogió de hombros en un gesto de impotencia.
—Además de Jeff, también estaban Nick Velasquez y Anthony Richardson —contestó, haciendo memoria.
Joder.
—Mimi, ¿quién estaba contigo en el baño?
Bajó la cabeza.
—Esto es confidencial, ¿de acuerdo?
Me arrodillé y la miré a los ojos.
—No puedo prometerte que no acabe saliendo a la luz pública, Mimi, pero tenemos que saber quién estaba allí.
—Kyle Kirsch —acabó confesando a regañadientes con un hondo suspiro.
Su respuesta me cortó el aliento.
—Entonces, ¿quieres decir que Kyle no tuvo nada que ver con la muerte de Hana?
Mimi parecía sorprendida.
—No, nada en absoluto. Lo trataban casi tan mal como a mí, aunque al ser el hijo del sheriff no se atrevían a ir demasiado lejos. —Me tomó del brazo y me clavó las uñas al cerrar la mano—. Tendrías que conocer a Jeff Hargrove. Está loco. Con el sheriff de por medio o no, nos habría matado a ambos.
Apoyé el peso en los talones.
—Bueno, ¿y entonces? —dije, reflexionando en voz alta. Me volví hacia Euge, sin saber qué pensar—. Kyle... ¿qué? ¿No quiere que se sepa nada de este asunto y por eso ha decidido cargárselos a todos?
—¡¿Cómo?! —exclamó Mimi escandalizada, hundiendo sus uñas en mi brazo de tal manera que tendría que acabar arrancándomelas con tenazas—. Kyle jamás haría algo semejante. Nunca le haría daño a nadie.
—Mimi, todo el mundo empezó a morir dos segundos después de que Kyle Kirsch anunciara su intención de presentarse al Senado —repuse, en tono conciliador—. ¿Cómo te lo explicas?
—Ya sé que todos empezaron a morir, pero nadie sabe quién es el asesino. Ni siquiera Kyle. Está muerto de miedo. —Miró a Euge—. Ha contratado un ejército de guardaespaldas. —Se quedó pensativa unos instantes y al cabo sacudió la cabeza—. Tiene que tratarse de Jeff Hargrove. Ese hombre nunca ha estado bien de la azotea.
Euge se inclinó hacia delante.
—Mimi, Jeff Hargrove se ahogó en su piscina hace dos semanas.
La sorpresa, sincera y genuina, se dibujó en el rostro de Mimi. Ella estaba tan desconcertada como las demás, y yo, perdida por completo.
—Y Nick Velasquez supuestamente se suicidó hace tres semanas —añadió Eugenia.
—Eso ya lo sabía. Igual que Anthony Richardson, pero ignoraba lo de Jeff.
—Cariño, todos los que estuvieron en esa habitación han muerto, salvo Kyle y tú. No hay otra explicación.
—No, eso es imposible —insistió, sacudiendo la cabeza—. Tendríais que conocer a Kyle.
—¿Estabais liados? —pregunté.
El amor no solo era ciego, sino que a menudo se aventuraba a lo loco en Tontolandia.
Me dirigió otra de sus miradas incrédulas. No se le daban nada mal.
—No, no estábamos... No es lo que pensáis. —Se mordió el labio hasta que se decidió a seguir hablando, con un suspiro de resignación—: No lo sabe nadie, absolutamente nadie, pero Kyle es gay. Estábamos en el baño hablando de chicos.
Por el amor de las tortas de maíz. Aquello se ponía cada vez mejor.
—Vale, déjame que piense —dije, frotándome la frente—. A ver, repíteme por qué fuiste a comer el otro día con Tommy Zapata.
Frunció el ceño.
—Me pidió que nos viéramos y accedí por miedo. Me confesó que estaban chantajeándolo y que ya no podía soportarlo más, que no podía seguir viviendo con tantos remordimientos.
El chantaje solía convencer a la gente de que ya no podía seguir viviendo con lo que había hecho. Era increíble.
—Me contó que se había visto con Kyle y que le había dicho que iba a dar un paso adelante, que lo confesaría todo, que pensaba asumir su parte de responsabilidad en el asunto. Quería saber si podía contar con mi apoyo. Les diría a las autoridades que nos amenazaron a Kyle y a mí y que nos obligaron a acompañarlos.
Seguía sin verle la lógica por ningún sitio.
—La familia de Kyle tiene dinero y tú estás casada con un hombre acaudalado, ¿y aun así a vosotros no os chantajeaban? —pregunté, incrédula.
—No, pero creemos que sabemos quién lo hacía.
—¿De verdad?
—Tommy pensaba que era Jeff Hargrove.
—Un momento, ¿el tipo con más votos para ir a la cárcel por violación y asesinato? ¿Ese Jeff Hargrove?
—Sí. Tommy suponía que tendría problemas económicos y que por eso había decidido que él, al ser dueño de un concesionario de coches, sería un blanco fácil. Tenía razón. Investigué las cuentas de Jeff —añadió Mimi. Guau, sí que era buena—. Aparecían varias anotaciones de ingresos los mismos días en que Tommy retiraba el dinero. Tres en total.
Madre mía, y aun así Tommy y Jeff estaban muertos.
—Kyle me llamó después —prosiguió Mimi—. Me dijo que Tommy se había disculpado con él porque suponía que aquello hundiría su carrera política.
—Eso es una buena razón para matar, Mimi —observó Euge.
—No, a Kyle no le importaba. Iba a acompañarlo a dar ese paso. Se supone que hoy debía pronunciar un discurso con Tommy a su lado, donde anunciaría lo que había ocurrido.
Aquello era tener agallas.
—Puede que cambiara de opinión.
Mimi suspiró, incapaz de ocultar su frustración.
—Tendríais que conocer a Kyle. Lo que estáis insinuando va completamente en contra de su naturaleza, no tiene ningún sentido. En cualquier caso, él sentía que estaba viviendo una mentira al ocultar su homosexualidad.
Me restregué una mano por la cara. Me dolía la cabeza, y no solo por la conmoción cerebral. Y yo que creía tener el caso encarrilado... Me estaba bien empleado, por pensar.
—Vale, vamos a ver —dije, un tanto irritada por la frustración—, ¿qué hizo Kyle después de que tú te mudaras a Albuquerque? ¿Dejaron de molestarlo?
Se encogió de hombros, en un gesto de desolación.
—Kyle es un buen actor. Terminó por convencer a Jeff de que estaba de su lado. Luego, cuando acabó el instituto, hizo lo mismo que yo: se fue y pasó todo el verano con su abuela.
—Pero entonces ¿alguien te amenazó después de que te vieras con Tommy Zapata? ¿Huiste por eso?
—Poco después de ver a Tommy me di cuenta de que todos estaban muriendo y comprendí que mi familia corría peligro. Mientras el asesino me tuviera en su punto de mira y ellos estuvieran cerca de mí, jamás estarían a salvo. Así que un buen día me subí a un taxi y huí. De no ser por el incendio, ahora me encontraría en Spokane.
—Por el momento has conseguido seguir viva, Mimi —dijo Euge—, pero ahora hay que ponerte a salvo para siempre.
Sí, y mientras tanto yo intentaría averiguar qué coño estaba ocurriendo.
Las luces se apagaron tras un breve parpadeo y un silencio inquietante se instaló entre nosotras. Les pedí que no hicieran ruido, me puse en cuclillas y asomé la cabeza por la puerta de la oficina para echar un vistazo. La luz de emergencia al final del pasillo alumbraba un bulto enorme tendido en el suelo, que seguramente se trataba de Hulk.
—Hijo de puta —musité, incapaz de dar crédito a lo que veía—. ¿Nos han seguido?
Tenía que prestar más atención a mis espaldas. Aquello empezaba a pasar de castaño oscuro.
—¿Quiénes? —preguntó Mimi, en un susurro estridente que recorrió todo el pasillo.
Euge la hizo callar llevándose un dedo a los labios. Tomé a Mimi de una mano mientras Eugee la tomaba de la otra y echamos a correr afuera de la oficina, en dirección a una salida trasera que había visto al entrar. Sorteamos cajas y bolsas con todo el sigilo que pudimos hasta que llegamos a la puerta. Por fortuna, la lluvia que aporreaba el tejado nos ofrecía algo de cobertura. La salida tenía un desbloqueador de emergencia, pero haría saltar la alarma, lo que me hizo vacilar. Aunque, pensándolo mejor, tal vez una alarma era justo lo que necesitábamos.
Las conduje a un rincón que quedaba oculto entre las sombras, cerca de la puerta, y nos quedamos allí acurrucadas mientras decidía si nos convenía atraer tanta atención.
—Hola, jefa —saludó Angel, apareciendo a mi lado.
Di un respingo y asusté a Euge y a Mimi. Lo miré con cara de pocos amigos.
—¿Otra vez? ¿En serio? —susurré.
—¿Qué hacéis?
—Escapar de los malos. ¿Qué otra cosa suelo hacer últimamente?
—¿Con quién está hablando? —preguntó Mimi.
—Esto... —Euge se dejó llevar por el pánico un instante, pero se rehízo de inmediato—. Está ensayando para una obra de teatro.
—¿Ahora?
—Entonces ¿lo tienes todo controlado? —preguntó Angel con una risita ronca.
Puse los ojos en blanco y me volví hacia Eugenia.
—De acuerdo —susurré—, ten el teléfono a mano. Vosotras dos saldréis corriendo por esa puerta, y no os detengáis por nada del mundo. Yo la cerraré e intentaré atrancarla por fuera.
—¿Con qué? —preguntó Euge en un susurro estrangulado por el miedo.
—No me preocupa que me falles, me preocupa que te decepciones a ti misma. Esa gente son asesinos desalmados, Lali.
—Creo que voy a vomitar —avisó Mimi.
Temblaban tanto que empecé a tener serias dudas de que consiguieran ponerse a salvo sin acabar al menos con un par de fracturas por culpa de alguna caída.
—Eu, tienes que sacar a Mimi de aquí. Ella confía en nosotras. Tú puedes hacerlo. Inspiró hondo.
—De acuerdo, vale, lo haré, pero date prisa. Tienes mejor puntería que yo.
Sacó un calibre treinta y ocho del bolso.
—¡La Virgen! —exclamé. Todavía no había recuperado mi Glock de la escena del crimen del motel abandonado. Vaya, Euge ya tenía presidenta para su club de fans. Aunque, a juzgar por el peso...— Bueno, y ¿las balas que van a juego?
—¡Ay! —Volvió a rebuscar en el bolso y extrajo un cargador lleno, que me tendió con una sonrisa—. Rápido —me apremió mientras yo encajaba el cargador y metía una bala en la recámara.
El chasquido resonó con fuerza e hice una mueca de disgusto. Puede que la lluvia lo hubiera amortiguado en parte, pero todo aquel que estuviera a un tiro de piedra lo habría oído y, por tanto, sabría que tenía una pistola.
—¿Tienes idea de cuántos son? —pregunté a Angel.
—Solo uno. El chungo del motel.
—¿Murtaugh el Chungo?
—Lo que tú digas —contestó, encogiéndose de hombros.
—Maldito sea. —Eché un vistazo a mi alrededor—. Ojalá se pudra en el infierno.
—Es muy buena —comentó Mimi—. Le da un aire muy dramático.
—Oh. —Me volví hacia ella con una sonrisa—. Gracias.
Esa vez fue Euge quien puso los ojos en blanco. Lanzó un suspiro de exasperación, tomó a Mimi de la mano y embistió contra la puerta. La torta fue de órdago. El segundo intento resultó bastante más provechoso: la puerta se abrió y, tal como esperaba, el dispositivo de seguridad hizo saltar una alarma estridente, que me recordó bastante al alarido de Mimi. Estaba con un pie dentro y otro fuera cuando ocurrieron dos cosas a un mismo tiempo: Euegnia cayó rodando por la escalera de fuera y un malintencionado, pero que muy malintencionado cuchillo me hizo un corte en la espalda.

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