miércoles, 29 de marzo de 2017

Capítulo 15

Capítulo 15


¿Adónde voy y qué hago en esta cesta?
(Pegatina de parachoques)

Tras el frenazo, me golpeé la cabeza (la misma cabeza que acababa de sufrir un traumatismo causado por un objeto contundente) contra uno de los laterales del interior de un maletero. Me desperté sobresaltada. Sin embargo, no tardé en empezar a perder terreno y a escurrirme de vuelta a la inconsciencia al compás de los latidos de mi corazón. La cálida e intensa oscuridad que amenazaba con imponerse me obligó a reaccionar, a aferrarme a la consciencia con uñas y dientes.
Me concentré en el agudo y palpitante dolor de cabeza, en que estaba atada de pies y manos, en el murmullo de un motor y en el rumor de unos neumáticos sobre el asfalto por debajo de mí. Si aquel era el modo que tenía Euge de acabar metiéndome en el maletero de un coche, acababa de ganarse por Navidad una sesión intensiva de depilación inguinal equivalente al tratamiento de un año entero.
—Bueno, en fin, ¿qué haces?
Abrí los ojos con un tremendo esfuerzo y me topé con la cara sonriente de un pandillero de trece años llamado Angel. Gracias a los cielos. Seguro que él podía sacarme de aquel atolladero. Solo tenía medio cuerpo dentro del maletero y el otro medio asomaba por el asiento trasero. En ese momento, habría matado a un mamut lanudo por ser tan incorpórea como él.
—Agonizo —grazné con voz ronca de lo reseca que tenía la garganta—. Ve a buscar ayuda.
—No agonizas. Además, ¿es que me parezco a Lassie?
Su sonrisita petulante flaqueó apenas un instante, lo suficiente para delatar su preocupación. Aquello no pintaba bien.
—¿De quién se trata? —pregunté, cerrando los ojos ante las punzadas de dolor que arremetían contra mi cráneo en armonioso compás.
—Son dos hombres blancos —dijo con voz forzada por la angustia.
—¿Cómo son?
—Blancos —contestó, con total indiferencia—. Todos sois iguales.
Intenté lanzar un suspiro audible, pero no conseguí reunir suficiente aire en los pulmones constreñidos.
—Eres de tanta ayuda como una cuchara en una reyerta con navajas. —Palpé la funda de la pistola en busca de la pistola, pero no estaba. Evidentemente. Además, el hilo del que pendía mi consciencia comenzaba a deshilacharse—. Ve a buscar a Peter —le pedí, perdiendo terreno a mayor velocidad de la que conseguía recuperarlo.
—No hay manera. —Su voz sonaba cavernosa—. No sé cómo encontrarlo.
—Entonces esperemos a que él sepa cómo encontrarme a mí.
Poco después, o eso creí yo, me desperté por segunda vez cuando se abrió el maletero y un torrente de luz inundó el reducido compartimiento. De pronto sentí una extraña afinidad con los vampiros, bizqueando para protegerme del despiadado resplandor.
—Está despierta —dijo uno de ellos. Parecía sorprendido.
—No me digas, Sherlock —murmuré, y me vi recompensada por las molestias con una aguda punzada de dolor en la base del cráneo.
Aquella podría haber sido una de esas veces en que habría estado justificado tener miedo y, sin embargo, no sentía nada. La adrenalina no corría por mis venas. No se me heló la sangre. No tenía sudores fríos provocados por el pánico ni retortijones causados por ataques de ansiedad. O me habían dado algo tipo droga ilegal o me había convertido en una zombie, y teniendo en cuenta que no sentía deseos de devorarles el cerebro, me inclinaba más por lo de las drogas.
—Me habéis pegado —protesté, mientras me sacaban del maletero de malas maneras y me arrastraban hacia lo que tenía aspecto de ser un motel abandonado.
Haciendo gala de una gran desconsideración, ninguno de los dos se dignó contestar y entonces comprendí que tenía la lengua de trapo. Además, caminar con los pies atados también se hacía un pelín complicado, aunque, por fortuna, contaba con mis escoltas armados. Por extraño que pueda parecer, aquello me hizo sentir importante. Decidido, tenía que agenciarme un guardaespaldas. La puesta en práctica de un programa de máxima seguridad no solo frustraría futuros secuestros, sino que además me levantaría la autoestima, y sentirse estimado era sentirse feliz.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Angel, brincando a mi alrededor como un saltamontes en una sartén.
Por decir algo, ya que apenas lo veía. Era incapaz de concentrarme en nada que no fuera el estropajo que tenía por lengua.
—Ve a buscar a Nicky—dije, farfullando a quemarropa.
—¿Crees que no se me ha ocurrido ya? He intentado llegar hasta él mientras tú estabas haciendo de médium de una tipa en coma, Rip Furgo. Ahora mismo está al borde de un ataque, tratando de ponerse en contacto contigo. Cree que anda rondándolo tu tía abuela Lillian.
Mis escoltas me ayudaron a cruzar en volandas el umbral de una habitación individual que a duras penas se tenía en pie. Cerca de la pared del fondo había una silla, junto con diversos utensilios de tortura algo borrosos dispuestos sobre el tocador de al lado. Agujas, cuchillos, inquietantes adminículos metálicos ideados para un propósito concreto. Al menos mis escoltas se habían esforzado un poquito, habían hecho los deberes y habían preparado el escenario. No era una chica escogida al azar para torturarla y enterrarla en el desierto. Me habían escogido expresamente para torturarme y enterrarme en el desierto. Mi autoestima ya había subido unas décimas.
—Y ¿se puede saber por qué cree Nicky que lo ronda la tía Lil? —pregunté, al tiempo que me soltaban sobre la silla antes de atarme a ella.
—¿Con quién habla? —preguntó uno de mis escoltas.
El otro lanzó un gruñido por respuesta. No costaba adivinar quién era Riggs y quién Murtaugh, aunque estaba claro que aquella era una versión chunga de la pareja de Arma letal. Además, por fin comprendí por qué no conseguía reconocer sus rostros: llevaban unos pasamontañas que se daban de tortas con los trajes.
Tampoco tardé en descubrir que estar atada a una silla era bastante menos cómodo de lo que uno podría imaginarse. Las cuerdas se me clavaban en las muñecas y los antebrazos, y estrujaban de mala manera a las pobres Peligro y Will Robinson. Nunca volverían a ser las mismas.
—Bueno, probé con el truco del azúcar —confesó Angel, sin parar de dar brincos para no perderse detalle de lo que hacían—. Sí, hombre, como tú me lo habías explicado, pero su gato no dejó de darle lametones hasta que el mensaje pasó de decir «Lali necesita ayuda» a algo como «Lil mira culos».
—¿Nicky tiene gato?
Percibí un movimiento fugaz, tan repentino y veloz que estuvo a punto de pasárseme por alto antes de encontrarme con la cara vuelta hacia la pila oxidada de mi derecha. No fue hasta entonces que un dolor agudo me atravesó la mandíbula y empecé a entrever que aquello iba a ser una verdadera mierda. Maldita fuera, con lo poco que me gustaba que me torturaran.
—Has vuelto a pegarme —protesté, cada vez más enfadada.
—¿Tú crees? —se burló Riggs el Chungo. Listillo.
—Me duele una parte del cerebro. Exijo saber cómo se llama esa parte de mi cerebro y qué hace.
Riggs el Chungo se quedó parado.
—Señora, no sé cómo se llama esa parte de su cerebro —contestó, volviéndose para preguntar a su compañero del alma—. ¿Tú lo sabes?
—¿Me tomas el pelo? —replicó Murtaugh el Chungo, aunque algo me dijo que se trataba de una pregunta retórica.
Por mucho que me esforzaba en identificar a aquellos hombres, a quienes comenzaba a considerar sospechosos de secuestro, no conseguía concentrarme. No sabía qué me habían dado, pero era la bomba. Tenía que pedir la receta.
Sus voces sonaban como una grabación reproducida muy despacio y era incapaz de fijar la vista en sus ojos lo suficiente para poder asegurar de qué color los tenían. En realidad, era incapaz de fijar la vista en nada que implicara tener que volver la cabeza hacia otro sitio que no fuera el suelo. Los zapatos no estaban mal.
—Se nos está acabando la paciencia, señorita Esposito —aseguró Murtaugh el Chungo. La voz no era demasiado profunda que dijéramos y tenía manos pequeñas. Definitivamente no era mi tipo—. Dispone de una única oportunidad, una sola.
Mejor una que ninguna. Tendría que echar el resto. Ir a por el oro en el primer intento. Suerte del principiante, no me falles ahora.
—¿Dónde está Mimi Jacobs?
Mierda. Bueno, cuando todo lo demás falle, miente.
—En Florida.
—¿Por dónde queda Floyd? —le preguntó Riggs el Chungo malvado a su compañero.
—Florida —repetí. Mecachis. Volví a intentarlo—. Flogui...
Mi cabeza volvió a girarse con brusquedad hacia la derecha y el agudo dolor que se inició en la mandíbula recorrió toda mi columna vertebral en abrasadoras ondas expansivas. Con todo, algo me decía que las palmaditas cariñosas de Murtaugh el Chungo me habrían dolido bastante más de no haber ido drogada hasta las cejas. Ahora tendría que volver a recuperar la consciencia. Suspiré, cabreada.
Murtaugh el Chungo se arrodilló delante de mí y me levantó la barbilla para que lo mirara. Todo un detalle, porque sola no habría podido. En ese momento creí distinguir el color de sus ojos y habría apostado hasta mi último centavo a que el otro también los tenía del mismo azul cristalino. Ya sabía yo que me habían dado repelús por algo. Los agentes falsos del FBI eran una mierda.
—Esto va a dolerte mucho más a ti que a mí —avisó Murtaugh el Chungo, también conocido como agente especial Powers.
Sonreí.
—No, si el tipo de la ventana tiene algo que decir al respecto.
Ambos secuestradores se volvieron en redondo. Antes de que les diera tiempo a reaccionar, Benjamin Amadeo le metió dos balas a Riggs el Chungo. Había desenfundado tan rápido que ni siquiera lo había visto. Claro que tampoco puede decirse que viera con demasiada nitidez, pero bueno. Murtaugh el Chungo malvado sacó su pistola y disparó, por lo que Amadeo tuvo que parapetarse tras la pared. El ruido era ensordecedor. Intenté echar una mano a Amadeo dándole un cabezazo a Murtaugh el Chungo, pero lo único que conseguí fue vencer la cabeza y obtener otra bonita panorámica de sus zapatos.
—¡Sí señor! —exclamó Angel entusiasmado, brincando por la habitación sin parar de dar gritos emocionados. Es que no podía llevarlo a ninguna parte.
Hubo más intercambio de disparos y alguien tiró la puerta abajo de una patada. También calzaba unos bonitos zapatos. Relucientes. De pronto, Benjamin empezó a desatarme. Llevaba unas botas polvorientas y vaqueros. Y puede que Riggs el Chungo yaciera muerto o no a mis pies. Es decir, sí que parecía muerto, con los ojos abiertos mirando al vacío y demás, pero preferí no sacar conclusiones precipitadas.
—Ha salido por detrás —informó Benjamin al tipo de los zapatos bonitos. ¿Quién habría dicho que frecuentaba tan buenas compañías?
Conseguí mantener la cabeza erguida el tiempo suficiente para identificar al Ninja Letal de los Tres Chiflados. No había cambiado mucho desde que sus adláteres y él habían allanado mi casa la otra mañana.
—Señor Chao —musité, paradójicamente muda de asombro—. ¿Cómo me habéis encontrado, chicos?
—El señor Chao y yo nos intercambiamos los números hace un tiempo, cuando lo pesqué siguiéndote —contestó Benjamin, peleándose con las cuerdas. Al final se dio por vencido y sacó una navaja por la que yo habría matado.
—¿Te refieres a cuando tú también me vigilabas?
—Sí. Llevaba varios días pisándote los talones.
—Señor Chao —protesté, en tono desaprobador—. Aunque tengo un buen culo, ¿verdad?
—¿Vamos tras él? —preguntó el señor Chao, con un suave acento cantonés.
Benjamin me liberó y caí desmadejada entre sus brazos, como una muñeca de trapo.
—¿Dónde coño están mis huesos? —pregunté.
No había manera de mantenerse erguida.
—Id tu amigo y tú —dijo Benjamin, contestando a Chao.
Daba igual, de todos modos mi pregunta había sido bastante retórica.
Levanté la vista y me topé con Frank Smith, el jefe del señor Chao, con su impecable traje gris marengo. Sonreía, como si viera aquello todos los días.
—Solo quiero poner a La a salvo —prosiguió Benja.
—¿Lleva sus sabrosones? —preguntó Smith, de evidente buen humor.
—¿Cómo me han encontrado?
Smith volvió ligeramente la cabeza hacia su compañero.
—El señor Chao vio a dos hombres cargando algo voluminoso en un maletero, en el callejón de detrás de su edificio de apartamentos.
—¿Voluminoso? —repetí, ofendida en el acto.
—Me llamó para que fuera a echar un vistazo a tu apartamento mientras él seguía el vehículo —intervino Benjamin, ayudándome a ponerme en pie como podía—, por si acaso. Por supuesto, no estabas en casa.
—Para cuando comprendimos que la habían secuestrado, el señor Chao ya me había llamado y quedamos en encontrarnos todos detrás de aquel promontorio. —El señor Smith señaló por la ventana hecha añicos.
Lo único que vi fue una claridad cegadora.
—La poli está de camino —dijo Benja.
—Lali —me avisó Angel con voz asustada medio segundo antes de que una lluvia de balas descargara sobre nosotros.
Benjamin me derribó de un empujón detrás de un colchón de muelles inmundo y acto seguido ellos también se tiraron al suelo. El ruido tenía una cualidad extraña. El fuego incesante de un arma automática resonaba y silbaba a nuestro alrededor al tiempo que una bala tras otra agujereaba el yeso de las paredes, los muebles destartalados y descascarillaba la vieja pila. De pronto se detuvo, supuse que para recargar. El señor Chao gruñó de dolor. Le habían dado, aunque ignoraba si era grave.
—Tenemos que pedir ayuda —le dije a Benjamin, intentando ponerme en pie.
—Lali, maldita sea. —Tiró de mí y me obligó a tumbarme de nuevo detrás de la cama vieja y desvencijada—. Primero hay que pensar lo que vamos a hacer.
—Pues no sé, podríamos coger al señor Chao y salir de aquí cagando leches.
La adrenalina debía de haberme destrabado la lengua porque de pronto no tenía problemas para articular mi opinión.
Benjamin ni siquiera me prestaba atención. No me lo podía creer. ¿Otra vez? ¿Ya volvíamos a las andadas?
—Si esperamos, Lali, la poli llegará en cualquier momento —dijo.
—También podemos coger al señor Chao, salir cagando leches por la ventana de atrás y esperarlos ahí fuera.
Una nueva ráfaga de balas atronó a nuestro alrededor.
—Hijo de puta —masculló Benjamin mientras los proyectiles rebotaban en todas direcciones—. ¿Se puede saber quién coño es?
—Ah, sí, se me olvidó mencionar que me dijo su nombre. Es Salgamos-de-aquí-cagando-leches Redenbacher.
—Toma, coge esto. —Se llevó la mano a la espalda.
—¿Es una tarjeta para librarte de salir-de-aquí-cagandoleches?
Me puso una pequeña pistola en la mano izquierda.
—Tío, soy diestra.
—Lali —dijo, con voz exasperada.
—Es solo para que lo sepas.
—Quédate aquí —ordenó.
Se puso de rodillas, preparándose supuestamente para hacer algo heroico.
La primera bala que impactó en el cuerpo de Benjamin me dejó en estado de shock. El mundo empezó a moverse a cámara lenta cuando el sonido del metal hundiéndose en la carne alcanzó mis oídos. Se me quedó mirando con cara de incredulidad. Cuando una segunda bala lo atravesó, bajó la vista hacia uno de sus costados, intentando encontrar el orificio de entrada. A la tercera que lo alcanzó, ya había decidido lo que tenía que hacer.
Los proyectiles desfilaban en hilera por la pared que teníamos a la espalda cuando el pistolero hizo una breve pausa e invirtió la marcha de la procesión, escorándola en mi dirección y dibujando así un bonito barrido.


Así que me puse en pie, apreté los dientes y esperé.
Benjamin se desplomó hacia atrás y chocó contra la pared, con la mandíbula tensa a causa del dolor, mientras las balas arrancaban el yeso de las paredes desnudas, rebotaban contra la pila metálica y atravesaban el mobiliario desvencijado como si estuviera hecho de papel. La habitación parecía la pobre víctima de una lucha de almohadas.
¿Dónde estaba el hijo de Satán cuando se le necesitaba? Quizá seguía enfadado conmigo. Puede que esa vez no apareciera (no había dado señales de vida cuando me atacó el tipo en libertad condicional empeñado en sacarme el corazón, toda una primicia), pero era un riesgo que estaba dispuesta a correr, por Benjamin.
Podían ocurrir dos cosas: o bien me mataban de un tiro en ese mismo momento o bien Peter se presentaba y nos sacaba del apuro. Otra vez. Y todo aquello, el ruido y el caos que nos envolvía, se acabaría. Sentía cómo la fuerza del impacto de los proyectiles me ondulaba la piel, el calor de un objeto que se movía a mayor velocidad que el sonido palpitaba en mis terminaciones nerviosas.
Cerré los ojos y susurré en voz baja, incapaz de oírme por encima de los disparos:
—Pitt'aziel, yo te invoco.
Una bala pasó junto a mí con una reverberación atronadora. Y otra. Cada vez más cerca. La próxima me alcanzaría en el cuello y seguramente me seccionaría la yugular.
Abrí los ojos, me preparé para la acometida y observé atónita cómo el mundo se ralentizaba aún más. Los escombros se suspendían en el aire como cinta de teletipo perforada, congelados en el tiempo, a la vez que una hilera de balas se abría camino lentamente en mi dirección. Me concentré en la que tenía más cerca, en la que llevaba mi nombre. El metal estaba al rojo vivo, la fricción de un desplazamiento tan rápido calentaba el metal al instante. El mundo volvió a la normalidad con una fuerte embestida en el preciso instante en que una fuerza sobrehumana me derribaba y me dejaba sin aliento. Los proyectiles que me había quedado mirando se incrustaban en la pared acompañados de pequeños chasquidos, por encima de mi cabeza.
Y todo se oscureció, empezando por la periferia hasta que se cerró sobre mí y me sumí en una hermosa y negra inconsciencia.
Abrí los ojos con un leve parpadeo apenas unos segundos después, o eso creí yo, y me encontré flotando hacia un techo a punto de derrumbarse, que me era totalmente desconocido. Miré hacia abajo, hacia mi cuerpo tendido en el suelo en medio de un charco de sangre que se extendía alrededor de mi cabeza dibujando un arco. Luego volví la vista hacia arriba, hacia la figura oscura que me elevaba a los cielos. Apreté los dientes y cerré los puños.
Maldita muerte. Iba a darle una buena patada en el culo.
Tiré del brazo para soltarme y empecé a caer de vuelta a la Tierra. Peter apareció ante mí de inmediato, con su capa negra ondulándose en torno a él. Sin embargo, no conseguí detener a tiempo el impulso del brazo y lo alcancé en la mandíbula.
—¿Y a qué viene eso? —preguntó, revelando sus facciones perfectas al echarse la capucha hacia atrás.
—Vaya. —Me encogí de hombros, avergonzada—. Creía que eras la muerte.
La sonrisa que esbozó dibujó dos encantadores hoyuelos en su rostro, lo que, a su vez, consiguió que un cosquilleo me recorriera la espalda.
—Yo diría que eso lo eres tú —contestó, enarcando las cejas con socarronería.
—Vale, soy la muerte. Ya lo sabía. —Volví a mirar mi cuerpo despatarrado con muy poca dignidad en el suelo—. Entonces ¿estoy muerta?
—Ni de lejos. —Se acercó un poco más, colocó sus dedos bajo mi barbilla y me hizo volver la cabeza a un lado y al otro para comprobar los daños causados por Murtaugh el Chungo—. Tendrías que haberme invocado antes.
—Ni siquiera sabía que podía hacerlo. Me arriesgué.
Frunció el ceño.
—Por lo general, no es necesario. Siento tus emociones antes de que asomen a la superficie.
—Me drogaron. Era feliz.
—Ya. La próxima vez invócame antes.
Bajé la cabeza, vacilante.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—La otra noche me atacó un tipo con un cuchillo y, por lo que recuerdo, te aseguro que mis emociones estaban a flor de piel. No viniste.
—¿Eso crees?
Lo miré con un rápido pestañeo, sorprendida.
—¿Estabas allí?
—Claro que estaba allí. Pero te las arreglabas bien sola.
Se me escapó un resoplido.
—Pues está visto que te presentaste en el intento de acuchillamiento de otra tipa llamada Lali, porque a mí estuvieron a punto de matarme.
—Y te las arreglaste sola. Por cierto, ya te lo dije.
—Ya me dijiste ¿qué?
—Que puedes hacer muchas más cosas de las que crees. —Una sonrisa extremadamente sensual afloró en la comisura de sus labios y Peter acortó la distancia que nos separaba—. Muchas más.
—¡Benja! —grité, y me desperté un segundo después a su lado. De vuelta en mi cuerpo, me incorporé con esfuerzo y busqué a Peter. ¿Había estado soñando? Habría sido bastante propio de mí, la verdad. Sin embargo, el tiroteo había cesado—. ¿Qué ha ocurrido? —pregunté a Smith.
—El pistolero está muerto —dijo, mientras asistía al señor Chao—. Y la poli está a punto de llegar, así que nos vamos.
—Un momento, ¿lo detuvo usted?
Ayudó a ponerse en pie a un señor Chao gimoteante y le pasó un brazo por debajo de los hombros.
—No he sido yo.
—Espere, ¿y Benjamin? —pregunté, al tiempo que él salía por la puerta cargando con su compañero.
Un monovolumen se detuvo con André el Gigante al volante, también conocido como Ulrich, el tercer hombre.
—La poli está a punto de llegar. Ejerza presión.
—Gracias —dije, aunque ya me había dado la espalda.
Me volví hacia Benjamin y comprobé que la sangre que había visto dibujar un arco alrededor de mi cabeza no era mía, sino suya. Busqué la herida más fea y, en fin, ejercí presión.
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Chic@s en la siguiente temporada tanto Neil como Angel serán Nico R y Yeyo respectivamente.

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