Capítulo 12
¡Maldita sea, Jim!
(Camiseta)
— Hace mucho tiempo, en una galaxia prácticamente igual a esta, unos padres maravillosos llamados papá y mamá tuvieron una nenita.
— Esa parte ya me la sé.
— Tenía una melena castaño oscuro — proseguí al teléfono como si tal cosa, fingiendo no haber oído a Candela, mi hermana, la del leve trastorno obsesivo compulsivo, mientras me incorporaba a la interestatal al volante de mi Misery, en dirección a Santa Fe.
Por suerte no había poli por los alrededores, porque, la verdad, no necesitaba más multas por hablar por teléfono mientras conducía.
Benjamín me había acercado a Misery hasta casa después de comprobar que no había sufrido demasiados daños mecánicos a causa del choque, y Misery parecía haberme perdonado, así que podíamos circular. Había encomendado a Eugenia la farragosa tarea de investigar el pasado del buen doctor y luego había salido de la oficina con tanta prisa que los papeles habían salido volando por los aires.
— Y unos ojos color café con tonos dorados que tuvieron embobada a las enfermeras durante días — seguí diciendo.
— ¿Que las enfermeras se quedaron embobadas? ¿Eso es lo que le cuentas a la gente?
— La madre quería tanto a su hija que sacrificó su vida para que su nenita tuviera alguna oportunidad de sobrevivir.
— No creo que tuviera elección.
— La madre murió el mismo día en que nació su hija y cruzó al otro lado a través de la recién nacida, pues la niña estaba hecha de magia y de luz, pero aquello entristeció al padre. No lo de la luz, eso no lo sabía, si no lo de que la madre muriera.
— Sí, doy fe.
Adelanté a un camionero que parecía no haber entendido que los ciento cincuenta de antes eran los ciento veinte de ahora.
— Y la nenita pasó tres largos días en el nido.
— ¿Tres días? ¿Estás segura? — preguntó Candela, no demasiado convencida.
Candela llevaba toda la vida siendo mi hermana y siempre había sabido que podía ver a los muertos y que era el único e incomparable ángel de la muerte a este lado de la Vía Láctea, de ahí mi capacidad para ayudar a mi padre, y ahora al tío Nico, a resolver sus casos. Suponía que mi condición de encarnación de la muerte era lo que la había hecho alejarse de mí, pero hacía poco tiempo había descubierto que mi trabajo no tenía nada que ver con que mantuviera las distancias, sino mi insistencia en que no se acercara a mí por nada del mundo. Jamás hubiera imaginado que me tomaría tan en serio.
— Sí, deja de interrumpirme — le pedí, dando un volantazo para esquivar un neumático abandonado en medio de la carretera. Menudo lugar para dejar una rueda —. ¿Por dónde iba? Ah, vale. Nadie fue a buscarla, nadie fue a verla, salvo el ejército de muertos que se reunió a su alrededor y que decidió verla hasta que su padre consiguiera reponerse lo suficiente para volver y llevarse a la nenita a casa.
— Yo diría que no fueron tres días.
— La nena lo recordaba todo gracias a que poseía una muy buena memoria a corto plazo para una recién nacida.
— Sí, claro — dijo Candela —. Ve a lo importante.
Candela era psiquiatra, lo que significaba que sabía hacerse cargo de los problemas de todo el mundo menos de los suyos propios, un aspecto más de los muchos en el que coincidimos, aunque el aspecto físico no fuese uno de ellos. Mientras que yo era castaña oscura, petiza y de ojos cafés con tonos dorados; ella era la típica belleza castaña clara con ojos marrones con tonos verdes casi miel y de metro sesenta y pico que aceleraba el pulso a los hombres. Yo también podía acelerárselo, aunque debía mi éxito a un gran talento: a lo que sabía hacer con la boca.
— Entonces, ¿ya estabas al tanto de que recordaba el día de mi nacimiento?
— Por favor, me lo explicaste miles de veces cuando éramos pequeñas.
Vaya, eso no lo recordaba.
— Vale, y ¿ya te he contado lo del terrorífico ser descomunal que levitaba en un rincón envuelto en una capa negra y ondulante que inundaba la sala de partos como un mar de olas que rompían contra las paredes y que estuvo a mi lado los tres días prometiéndome que mi padre no tardaría en venir a buscarme, aunque nunca oí su voz? ¿Y lo de que me inspiraba un miedo aterrador porque tenía la sensación de que su sola presencia me dejaba sin fuerzas y me robaba el aire?
— No, esa parte no la mencionaste — dijo, tras un largo silencio. Tan largo que temí que hubiera vuelto a dormirse.
— Ah, vale, pues entonces, veamos... — Tamborileé los dedos sobre el volante al compás de la música rock que sonaba de fondo, contenta de poder retomar la historia —. Bueno, pues después de todo eso, cuando el padre de la nenita por fin apareció al tercer día para llevársela a casa, ella deseó preguntarle: «¿Dónde coño te habías metido, papá?», pero carecía del control motor necesario para hablar. Transcurrió un año y medio y la nenita vivía más que feliz. No había vuelto a ver a la criatura grande y terrorífica, y su padre parecía quererla de verdad, menos cuando comía puré de guisantes, pero eso la culpa la tenía él. Luego trajo a casa a una mujer llamada Malvinas y la felicidad se esfumó como humo saliendo por una chimenea.
— Vale, también me sé el capítulo de la madrastra — dijo Cande —. Vuelve a lo del ser poderoso.
Probablemente, Peter era la única parte alucinante de mi vida que Candela desconocía, además aquella noche con el escuadrón VMFA-12# de los marines, en la que estaban celebrando el ascenso de uno de sus compañeros y les eché una mano. Malditas cubiteras. Esa noche aprendí mucho sobre maniobras de evasión. Y sobre mi apego a la vida, que me obligó a sobreponerme a la peor de las resacas.
— Vale, te contaré la versión didáctica, apta para todos los públicos.
— ¿Estás conduciendo?
— ... No.
— ¿Seguro? Oigo ruido de motor.
— ... Sí.
— Vale, tendré que conformarme con esa versión. Tengo un paciente a las nueve.
— De acuerdo — dije, echando un vistazo al reloj —. Bueno, pues nazco y resulta que ese ser imponente está allí, envuelto en una capa negra y todo lo demás. Y es soberbio, pero aterrador. Y me llamó Holandesa.
— Espera un momento.
— Tu cliente llegará de aquí a cinco segundos. ¿Podrías guardarte las preguntas para el final?
— ¿Te llamó Holandesa? ¿Cuándo naciste?
Vaya nunca hubiera imaginado que Cande recordará aquel detalle.
— Lo recuerdas, ¿no?
— De esa noche, de cuando impediste que ese hombre machacara al chico que salvamos. Él te llamó Holandesa.
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