Capítulo 2
Y estaba enamorado de una chica llamada Jenny que
olía a aceite de bebé y servía perritos calientes para pagarse la universidad.
Jenny era la parte de aquel trabajito de ángel de la muerte que más odiaba. La
parte de la gente que se quedaba atrás. Sentía cómo sus corazones se encogían
de dolor. Sentía cómo sus pulmones se quedaban sin aire. Sentía el escozor de
las lágrimas en sus ojos ante la pérdida de alguien amado, alguien sin el cual
creían que no podrían seguir viviendo.
Inspiré una bocanada de aire y regresé al presente.
Ronald era un buen tipo. Iría a hacerle una visita cuando me llegara la hora
para ver qué tal le iba la vida eterna. Me arrellané entre los almohadones del
sofá y bebí un largo trago de café, absorbiendo la cafeína, dejando que
prendiera en mis neuronas y las reanimara.
Consulté la hora en el reloj de pared de los Looney
Tunes y tuve que hacer un gran esfuerzo para vencer mi desesperación al
comprobar que solo eran las 3.35 y que todavía faltaban varias horas hasta el
amanecer. Era más fácil mantenerse despierta durante el día. La noche era
demasiado tranquila y llamaba al descanso. Sin embargo, no podía dejarme
llevar. Había conseguido esquivar al sueño como a un ex novio con herpes
durante casi dos semanas seguidas, porque cuando no era así, lo pagaba caro.
La sola idea me procuraba un cosquilleo nada deseado
en ciertas partes. Lo aparté de mi mente al tiempo que el bochorno nocturno me
envolvía en una especie de densa nube de vapor y penetraba en mi piel hasta
sofocar cualquier esperanza de sentirme cómoda. Me incorporé exasperada, me
aparté un mechón empapado de la cara y me dirigí al baño con intención de
refrescarme, preguntándome cómo demonios era posible que hiciera tanto calor en
plena noche. Estábamos en noviembre, maldita sea. Tal vez el calentamiento
global había empezado a jugar fuerte de verdad. O una erupción solar se había
abierto camino a través de la magnetosfera y estaba friéndonos vivos. Lo que
sería una verdadera mierda.
Alargaba la mano hacia el interruptor de la luz,
sopesando si debía comprarme filtro solar, cuando un deseo abrasador prendió
fuego en mi vientre. Me quedé sin respiración, sorprendida, y me aferré al
marco de la puerta para no caerme.
Aquello no podía estar sucediendo. Otra vez, no.
Miré el grifo como si fuera mi última esperanza. El
agua lo arreglaría todo. Un par de salpicaduras y volvería a ser la vieja
cascarrabias de siempre en menos que cantara un gallo. Accioné el interruptor,
pero la luz parpadeó como si boqueara por falta de aire y se apagó por
completo. Volví a accionar el interruptor una y otra vez más antes de darme
definitivamente por vencida. Más que nada porque la definición de la demencia
me vino a la cabeza.
La instalación eléctrica de mi apartamento relegaba
el término «incumplimiento de la normativa» a un mero eufemismo. Por suerte,
tenía una lamparilla de noche que iluminó el baño con un débil resplandor, lo
suficiente para que pudiera avanzar hasta el lavabo sin golpearme ningún órgano
vital. Me acerqué al espejo y entrecerré los ojos, tratando de absorber hasta
el último átomo de luz que me brindara el Universo. No sirvió de nada. Mi
imagen apenas era una sombra, una aparición fantasmagórica privada de
existencia.
Seguía allí de pie, dándole vueltas a mi repentina
cualidad etérea cuando una oleada de deseo rompió de nuevo contra mí, me apresó
entre sus enérgicas y deliciosas garras, y me hizo estremecer con tanta
violencia que me vi obligada a cerrar la boca con fuerza para que no me
castañetearan los dientes. Me aferré al tocador mientras aquel fuego me
envolvía en un calor sensual que no conseguí rechazar. Penetró en mi interior,
me atrajo hacia el borde del abismo, me condujo al lado oscuro. Ávida, abrí la
boca, abrí las piernas y le cedí espacio para expandirse. Y vaya si se
expandió. Aumentaba en fuerza y potencia a medida que sus raíces se abrían paso
entre mis entrañas, enroscándose y palpitando en mi abdomen.
Sentí que me cedían las rodillas, por lo que cambié
el peso a las manos al tiempo que aumentaba la presión, obligándome a encontrar
el aire que le faltaba a mis pulmones. En ese momento, el sonido de otra
respiración se mezcló con la mía y levanté la vista hacia el espejo.
Juan Pedro Lanzani —el hijo de Satán, mitad humano,
mitad supermodelo— se materializó a mis espaldas. Unas nubecillas de vapor se
alzaban alrededor de unos hombros soberbios y centelleantes, como si acabara de
salir del infierno. Cosa que no, claro. Había escapado de aquellos abismos
hacía siglos y en esos momentos estaba furioso conmigo por haber encadenado su
ser incorpóreo a su cuerpo terrenal. Sin embargo, por muy consciente que fuera
de ello, el efecto siguió siendo el mismo.
Entrecerré los ojos para verlo mejor.
—¿Qué haces aquí?
Bajó la cabeza y sus ojos oscuros me atravesaron con
una mirada furibunda. El muy... Encima que estaba en mi cuarto de baño.
Aunque lo había encadenado, había encadenado su ser
incorpóreo a su cuerpo terrenal, de modo que ¿cómo se explicaba que estuviera
allí? No podía ser.
—Me has invocado —contestó con una voz profunda,
cargada de animosidad.
Sacudí la cabeza.
—Eso es imposible.
Alargó un brazo por encima de mi hombro y apoyó la
mano contra la pared del espejo, para imponerse, para dominar, para hacerme
saber que no tenía escapatoria. Arrimó su cuerpo firme y robusto contra mi espalda
y apoyó la otra mano en la pared, a mi derecha, con lo que quedé atrapada entre
sus brazos.
Nuestras miradas se encontraron en el espejo.
—¿Es imposible porque me ataste como a un perro a
una cadena?
Pues sí, estaba cabreado.
—No me dejaste alternativa —contesté con voz
trémula, bastante alejada de la seguridad con que me hubiera gustado
expresarme.
Bajó la cabeza hasta que su boca se encontró con mi
oreja.
—Y tú tampoco me la dejas ahora.
Sus facciones se endurecieron. Entrecerró los ojos y
clavó su intensa mirada cargada de deseo en mi reflejo por debajo de unos
párpados medio entornados.
Fui incapaz de desviar la mía. Era tan hermoso, tan
masculino. Cuando me envolvió en sus brazos y deslizó la mano por dentro de mi
ropa interior, le así la muñeca.
—Espera —le pedí, entre jadeos—, sigo sin comprender
cómo es posible que estés aquí.
—Ya te lo he dicho, me has invocado. —Sus dedos se
abrieron paso entre mis piernas, a pesar de la nula resistencia que opuse, y me
quedé sin aliento cuando se hundieron en mí—. Siempre eres tú quien me invoca.
Siempre has tenido el poder de hacerme aparecer cuando lo deseas o lo
necesitas, Holandesa. ¿O es que todavía no lo sabes?
Luché contra la deliciosa sensación que encendía mi
vientre con cada caricia. Luché por entender el significado de sus palabras
entrecortadas.
—No, siempre has acudido cuando te he necesitado.
Cuando estaba en peligro.
Así era. Siempre que mi vida se había visto
amenazada, él había estado a mi lado.
Su aliento acariciaba mi mejilla. Me abrasaba en el
calor que desprendía cuando sentí que sus labios me buscaban el pulso en el
cuello.
—Siempre has sido tú.
Se equivocaba. Tenía que estar equivocado. Era
incapaz de asimilar la idea de que pudiera invocarlo, de que hubiera sido yo
quien lo invocaba una y otra vez. Pero si hasta hacía muy poco tiempo ni
siquiera sabía qué era. De hecho, le tenía miedo. Lo último que deseaba era
encontrarme en presencia de un ser oscuro hecho de humo y sombras. ¿Cómo iba a
haberlo invocado yo? Lo que proponía era imposible.
—Pero ya que estoy aquí...
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