Capítulo 5
¿Qué ocurre si te quedas medio muerto de miedo... dos veces?
(Camiseta)
La cabeza me daba vueltas. Abandoné la tienda de Pari como atontada y puse rumbo a casa sin tomar ningún camino en concreto antes de recordar que tenía un trabajito pendiente. Y vaya si lo haría. Había llegado la hora de descorrer las cortinas y dejar a mi sombra con el culo al aire. Quienquiera que fuera la persona que el tío Nico había asignado a mi vigilancia estaba a punto de tener un mal día.
Saqué el móvil y contesté como si hubiera recibido una llamada. Me detuve, incrédula. Miré a mi alrededor. Gesticulé como una loca.
—¿Quieres que quedemos? ¿Ahora? Bueno, maldita sea, vale. ¿Estás en el callejón de mi derecha? ¿Tan cerca? Tú estás mal de la azotea. Te cogerán. Pues claro que a alguien se le habrá pasado por la cabeza que acabarías poniéndote en contacto conmigo. Pues claro que... Está bien, vale.
Colgué el teléfono, miré a mi alrededor y, a continuación, me dirigí hacia el callejón que se abría entre dos edificios, sin dejar de lanzar miradas furtivas a mis espaldas.
Tras aquella magnífica interpretación de Casablanca refrito con Misión: Imposible, salí disparada hacia un contenedor, detrás del que me agazapé aguardando a que apareciera mi sombra. Mientras esperaba en cuclillas, sintiéndome extrañamente ridícula, fui dándole vueltas al nombre de Peter, dejando que tomara forma y se deslizara por mi lengua. pety'aziel. El Hermoso. Macho, en eso lo habían clavado.
Sin embargo, ¿por qué querría hacerle daño a Pari? Calculé las edades. Si Pari tenía catorce años cuando llevó a cabo aquella pequeña sesión de espiritismo, por aquel entonces Peter no podía tener más de ocho. Nueve a lo sumo. Y ¿la había atacado? Tal vez no había sido él. Tal vez Pari había invocado otra cosa por error, algo maligno.
—¿Qué haces?
La voz a mis espaldas me sobresaltó y (tras agitar los brazos ligeramente en el aire) me caí de culo, por lo que acabé pringándome las manos y el trasero en un pequeño vertido ilegal de aceite que había formado un charco. Fantástico. Apreté los dientes y alcé la vista hacia un pandillero muerto y sonriente con más insolencia de la socialmente aceptable.
—Angel, serás cabrón.
Soltó una carcajada mientras yo me miraba las manos, todas pringosas.
—Ha sido genial.
Malditos adolescentes.
—Sabía que tenía que haber exorcizado tu maldito culo cuando tuve la oportunidad.
Angel había muerto gracias a que su mejor amigo había decidido expulsar a los hijos de puta que se habían colado en su territorio utilizando la técnica de ejecución del paseo en coche que se había hecho tan popular entre los críos de su generación. Angel había intentado detenerlo y había acabado pagando el pato. Para mi eterna mortificación.
—Si no sabes deportar ni a un gato, mucho menos a un chicano duro de pelar con pólvora en las venas. Además, el deporte no te va nada.
Riéndose entre dientes de su propio chiste, tomó la mano que le tendía y me ayudó a levantar el trasero del suelo. Tenía que seguir agachada detrás del contenedor, la posición táctica principal para una emboscada.
—Por tus venas ya no corre nada —observé, por si no se había dado cuenta.
—Ya lo creo que sí —contestó, mirándose.
Vestía una camiseta blanca sucia, unos vaqueros que casi se abrochaba en las rodillas, unos calzoncillos gastados y una muñequera ancha de cuero. Llevaba el pelo, negro como la noche, rapado a los lados, pero todavía tenía cara de niño y una sonrisa tan sincera que era capaz de derretirme el corazón.
—Lo que pasa es que ahora es invisible.
Froté las manos contra la pared del contenedor en vano, preguntándome cuántos gérmenes estarían aprovechando para subirse al carro.
—¿Estás aquí por alguna razón en concreto? —pregunté, pasando a limpiármelas en los pantalones.
Era evidente que no iba a poder quitarme aquello hasta que encontrara un poco de agua y un desengrasante industrial.
—He oído que tenemos un caso —dijo.
Angel me acompañaba desde mis primeros días de instituto y hacía tres años que era mi colaborador principal, desde que había abierto el negocio de la investigación privada. Contar con un ser incorpóreo como investigador era como hacer trampas en el examen de acceso a la universidad: te destrozaba los nervios, pero era curiosamente eficiente. Y habíamos resuelto más de uno y de dos casos juntos.
Indiferente a mi problema con el vertido de aceite, se sentó delante de mí y apoyó la espalda contra el contenedor hasta que, de pronto, su mirada se vio atraída hacia la mano con que intentaba sacudirme las piedrecitas y el aceite de mis posaderas.
—¿Quieres que te ayude? —preguntó, señalando mi trasero con un gesto de cabeza.
Los adolescentes siempre estaban puestos de hormonas hasta las cejas. Incluso los muertos.
—No, no quiero y no tenemos uno, sino dos casos.
Aunque Ana era prioritaria en el ámbito profesional, Peter lo era en el personal. No podía renunciar a ninguno de los dos casos y sopesé cuál podía encargarle. Únicamente opté por el de Peter porque no tenía más recursos en esa área, pero sabía que a Angel no iba a gustarle.
—¿Qué sabes de Peter? —pregunté, esperando que no desapareciera de pronto. O que sacara una nueve milímetros y me dejara tiesa allí mismo.
Me clavó una mirada atónita unos instantes, se removió incómodo, apoyó los codos en las rodillas y dirigió la vista hacia el infinito. Bueno, hacia un almacén, para ser más exactos.
—Pety'aziel no es asunto nuestro, Lali —dijo al cabo de un rato.
Se me cortó la respiración al oír el nombre por el que respondía a Peter en el otro mundo. ¿Cómo era posible que lo conociera? Es más, ¿cuánto hacía que lo conocía?
—Angel, ¿sabes qué es Peter?
Se encogió de hombros.
—Sé lo que no es. —Se volvió hacia mí y me miró fijamente a los ojos—. No es asunto nuestro.
Lancé un suspiro, me senté en el suelo (a la porra la mancha de aceite) y apoyé la espalda contra el contenedor, a su lado. Necesitaba a Angel. Necesitaba su ayuda, su talento natural.
—Si no doy con él, morirá —dije, tras colocar una mano sucia sobre la suya.
Una risa sofocada, con la que quiso poner en entredicho mis palabras, agitó su pecho y en ese instante tuve la sensación de que tenía muchos más años de los trece con los que había muerto.
—Ojalá fuera así de sencillo.
—Angel, no puedes decirlo en serio —protesté, reconviniéndolo con dureza.
Me miró con tanta rabia e incredulidad que intenté reprimir el impulso de apartarme de él.
—No, eres tú quien no puede estar hablando en serio —replicó, como si creyera que acababa de perder el juicio. No se imaginaba que ni siquiera me había buscado un abogado.
Suponía que no iba a gustarle, pero ignoraba que le guardara tanto rencor.
—¿Hay alguna razón por la que estés sentada en un charco de aceite hablando sola?
Levanté la vista y me topé con Benjamin Amadeo, un rastreador moreno y de ojos grisáceos que sabía lo suficiente sobre mí para considerarlo peligroso. Me volví hacia Angel, pero ya se había ido. Cómo no. A mal tiempo, buena caradura.
Me puse en pie trabajosamente y me di cuenta de que mis vaqueros nunca volverían a ser lo que fueron.
—¿Qué haces aquí, Amadeo? —pregunté, sacudiéndome el culo por segunda vez esa mañana.
En cuanto a rastreadores, Benja era el mejor. Podría decirse que habíamos sido amigos hasta que el tío Nicolas, en un momento de debilidad inducido por unas cuantas cervezas de más, le explicó lo que yo hacía para ganarme la vida. No lo de la investigación privada (eso Benjamin ya lo sabía), sino lo de «Lali ve muertos». Después de aquello, nuestra relación, salpicada hasta entonces de pequeños coqueteos, dio un brusco giro hacia territorio hostil, como si le molestara que utilizara aquel tipo de tretas. Al cabo de un mes, Benja había empezado a creer poco a poco (y muy a su pesar) en mis habilidades especiales tras haberlo visto con sus propios ojos. Lo cierto era que me importaba un pimiento si me creía o no, sobre todo después de cómo se había comportado aquel último mes, pero Benjamin era bueno en lo suyo. No me venía nada mal contar con él de vez en cuando. En cuanto al escéptico que llevaba dentro, ya podía besarme el culo.
Que era justo lo que parecía estar pensando en ese preciso momento. Benjamin había ladeado la cabeza y no le quitaba ojo a las inmediaciones de mi mitad inferior, de la que estaba sacudiéndome la porquería y las piedrecitas.
—¿Quieres que te ayude?
—No, no quiero. —¿No había tenido ya aquella conversación?—. Deja de hacer de médium de Angel y contéstame. Un momento. —En ese instante se hizo la luz, lentamente, y me volví boquiabierta hacia él, recuperándome de inmediato—. Oh, Dios mío, tú eres mi sombra.
—¿Qué?
Retrocedió un paso, frunciendo el ceño para negarlo.
—Hijo de puta.
Después de quedarme mirándolo horrorizada cerca de un minuto (menos mal que hacía poco que había practicado mi mirada horrorizada en el espejo) vi con absoluta claridad cómo los músculos de su rostro intentaban disimular su azoramiento y le lancé un derechazo al hombro, aunque fue como pegarle a una pared.
—Ay. —Se llevó la mano al lugar del impacto—. ¿Por qué demonios has hecho eso?
—Como si no lo supieras —contesté, alejándome con paso airado.
No podía creerlo. Es que no podía creerlo. Bueno, sí podía, pero aun así... El tío Nico se había atrevido a pedirle a Benja Amadeo que me siguiera. ¡A BENJAMIN AMADEO! Al mismo que había estado fastidiándome y mofándose de mí el último mes, proclamando a los cuatro vientos que deberían encerrarme o, como mínimo, quemarme por bruja. Los escépticos eran unos peliculeros de cuidado. ¡Y el tío Nico le había pedido que fuera mi sombra!
¿Es que ya no quedaba justicia en este mundo? A aquel paso, no sé adónde íbamos a ir a parar. Era... Un momento. Paré el carro y consideré todas las posibilidades. Las magníficas y maravillosas posibilidades.
Benja me pisaba los talones cuando me detuve en seco y, gracias a esa capacidad de reacción que lo caracterizaba, estuvo a punto de arrollarme.
—¿Ya has vuelto a olvidar la medicación, Marianita? —preguntó, salvándome como a un obstáculo al tiempo que intentaba cambiar de tema.
Hacía poco que le había dado por llamarme Marianita. Seguramente lo hacía para molestarme, así que no pensaba seguirle el juego. Además, lo que tomara o dejara de tomarme no era de su incumbencia.
Me di la vuelta y le lancé mi mejor mirada asesina.
—Ah, no, ni lo sueñes —dije.
—¿Qué?
Retrocedió un paso. Avancé un paso.
—No va a salirse con la suya tan fácilmente, caballerete.
La cara de desconcierto de Benja me habría resultado graciosa de no sentirme tan traicionada por mi tío. De entre todos los que podría haber elegido, se había decantado por ¡BENJAMIN AMADEO! Además, yo necesitaba desesperadamente un investigador que estuviera en la mejor nómina de Buenos Aires. Trabajo gratis.
—¿Acabas de llamarme caballerete?
—Ya lo creo que sí, y si sabes lo que te conviene —dije, adelantándome un paso más—, no te meterás conmigo por no habérseme ocurrido nada mejor con tan poco tiempo.
—De acuerdo. —Levantó las manos a modo de rendición—. Nada de insultos, prometido.
No me fiaba ni un pelo de él. Se metería conmigo a la primera oportunidad. Maldita fuera.
—¿Cuánto tiempo llevas siguiéndome?
—Marianita... —dijo, intentando inventarse algo creíble.
—Ni te atrevas. —Volví a golpearlo, por si acaso—. ¿Desde cuándo?
—Primero...
Me asió por los hombros y me empujó hacia el muro del edificio para apartarme del camino del coche que quería atravesar el callejón.
Una vez a salvo de atropellos, crucé los brazos y esperé.
—Desde que Lanzani desapareció de la unidad de crónicos —admitió, con un suspiro de resignación.
Contuve el aliento, indignada.
—De eso hace una semana. ¿Llevas siguiéndome una semana? No puedo creer que el tío Nico me haya hecho algo así.
—Lali... —protestó con voz lastimosa. No me hacía falta su compasión.
—No. Este año Nicky se queda sin felicitación de Navidad. —Al ver que Benja abría las manos como dando a entender que estaba sacando las cosas de quicio, añadí—: Y tú también puedes darte por tachado de la lista.
—Pero ¿yo qué he hecho? —preguntó, siguiéndome a través del aparcamiento, en dirección a la calle.
—No está bien acechar a la gente, Amadeo.
—No es acecho cuando te pagan por ello.
Me detuve y le dirigí una mirada reprobadora.
—Vale, cuando quien te paga por ello es el Departamento de Policía —rectificó—. Además, tu tío no te ha hecho nada. Supuso que cabía la posibilidad de que Lanzani intentara ponerse en contacto contigo y resulta que, por alguna razón que nadie se explica, creyó que a su sobrina no le convenía andar por ahí con un asesino convicto.
Ya estábamos otra vez con la cantinela del asesino convicto.
—Haré un trato contigo.
—De acuerdo —aceptó, aunque no parecía demasiado convencido.
—Necesito encontrar a Peter tanto como tú o, bueno, como el tío Nicolas. Tú me ayudas y yo te ayudo.
—¿Por qué? —preguntó, desconfiado.
Cualquiera diría que no suelo cumplir con mi parte del trato. Casi siempre, cerca del ciento por ciento de las veces, trato de respetar por todos los medios mi parte del acuerdo, siempre que lo permiten las circunstancias.
Ahora venía lo más difícil, la parte del «Sí, ya sé que lo condenaron por asesinato y que lo engendró el mismo diablo, pero en el fondo es un buen chico».
—¿Qué te ha contado mi tío sobre Peter?
Benjamin frunció el ceño, pensando un momento. Sus ojos grises resaltaban sobre su piel morena.
—Bueno, resumiendo, me dijo que Lanzani había estado preso en la penitenciaría de Nuevo México los últimos diez años por el brutal asesinato de su padre, hasta que recibió un disparo en la cabeza de manera accidental cuando intentaba salvar a uno de sus compañeros, y también que estuvo en coma un mes, pero que se despertó como por arte de magia y salió de la unidad de crónicos como si nada.
Dejé que la información se asentara antes de abrir la boca.
—Vale, no está mal para empezar, pero hay muchas más cosas que mi tío desconoce.
—¿Cómo cuales? —preguntó, con una sonrisa ladeada que delataba sus dudas al respecto.
Genial. Ya teníamos de vuelta a Benjamin, el Rastreador Escéptico.
—Peter Lanzani me ha salvado la vida en varias ocasiones y sigue haciéndolo.
—No me digas —dijo, con un tono evidentemente sarcástico.
Aquello no iba a ser fácil.
—Sí, sí te digo.
Un coche que quería aparcar en el sitio que ocupábamos nos dio un bocinazo. Eché a andar de nuevo hacia la calle.
—¿Te protege un hombre condenado por asesinato?
—Sí. —Cuando llegamos a la acera, me detuve y lo miré fijamente—. Y es un ser sobrenatural.
Volvió a ladear la comisura de los labios, pero decidió seguirme la corriente.
—¿En plan espíritu sobrenatural o en plan superhéroe?
Buena pregunta.
—En realidad, tiene un poco de ambos.
Lanzó un suspiro y se pasó los dedos por el pelo.
—Mira, no tengo tiempo para entrar en detalles —dije, envalentonándome—. ¿Crees que por una vez en tu vida podrías hacer algo disparatado, algo que va en contra de todos tus principios, y confiar en mí, aunque solo sea en esto? —Transcurrió un buen rato antes de que asintiera con la cabeza, si bien con cierta reticencia—. De acuerdo, porque necesito encontrarlo cuanto antes.
Me encaminé hacia mi apartamento. Unos vaqueros limpios eran un elemento imprescindible para cualquier detective privado que se preciara. Y para que dicho detective conservara la cordura.
—Espera.
—No. Ven tú.
—De acuerdo —contestó, echando a correr hasta darme alcance. Luego adecuó su paso al mío—. Vale, entonces cuando dices que Lanzani es sobrenatural, ¿quieres decir que es como tú? ¿Un ángel de la muerte?
Su pregunta me sorprendió. Estaba convencida de que no había creído ni una sola palabra de lo que le había contado durante nuestra última sentada, en la que había puesto todo su empeño en abrir su mente y escuchar lo que tenía que decirle en vez de meterse conmigo continuamente.
—No es un ángel de la muerte. Es algo más.
—¿Qué más? —El recelo volvió a teñir su voz.
—Es un hombre, Amadeo, igual que tú, pero con superpoderes.
—¿Qué tipo de superpoderes?
Me detuve lo justo para fulminarlo con la mirada.
—¿Vas a seguir con el interrogatorio?
—Solo quiero saber a qué me enfrento.
—Mira, solo necesito que tantees el terreno. Ya sabes, que des voces por ahí por si alguien ha oído algo, no sé, extraño.
—De acuerdo. Solo tengo una pregunta más.
—Adelante.
Me miró fijamente.
—¿Cómo puedo matarlo?
En fin, aquello había sido un poco grosero por su parte. Esperaba que la evolución hubiera atemperado la sed de sangre del macho humano, pero estaba visto que no era así.
—No puedes —contesté, dándome media vuelta para seguir mi camino.
Me detuve en seco cuando una niebla espesa, oscura y ondulante se materializó en forma de hombre delante de mí.
Peter me cortaba el paso con un brillo airado en su mirada de ojos castaños.
—¿Qué estás haciendo, Holandesa? —preguntó con voz suave y amenazadora.
Benjamin había seguido caminando, pero no tardó en pararse. Me miró y luego echó un vistazo a la calle, intentando dilucidar por qué me había detenido. Por el momento, fingí no haber reparado ni en su curiosidad ni en la ira de Peter.
—¿Sigues vivo?
Avanzó con un movimiento intimidatorio. De su cuerpo emanaba un calor ondulante.
—Por desgracia. ¿Qué estás haciendo?
—Marianita, ¿qué ocurre? —preguntó Benjamin, nervioso.
Sentí un gran alivio al saber que Peter seguía vivo. Podía morir en cualquier momento y me preocupaba que ya hubiera fallecido. Intenté respirar a un ritmo más pausado, pero su ira era tan palpable que lo hacía casi imposible. Tendría que haber adivinado que todavía no había exhalado el último suspiro. De lo contrario, no estaría tan enfadado. ¿De qué me servía encontrar su cuerpo una vez que hubiera muerto? Solo de pensarlo sentí que aumentaba la opresión del pecho.
Mi gesto debió de delatar mi preocupación. Benja acercó su cabeza a la mía.
—Lali, ¿qué ocurre?
Peter lo miró y luego se volvió hacia mí.
—Dile a esa piltrafa que se calle.
Bueno, eso sí que había sido grosero. Aquellos chicos no sabían jugar juntos. Peter tenía celos de Benjamin sin motivo alguno. No había nada de nada entre nosotros.
—No es una piltrafa, Peter —dije, prácticamente invitándolo a discutir—. Es el mejor rastreador del estado y va a ayudarme a encontrarte.
Al arrojarle aquel guante a la cara, me sentí como un crío de tercero en medio del patio retando al bravucón de clase a vernos las caras a la salida del colegio. En los columpios. A las tres en punto.
Una lenta sonrisa se dibujó en el rostro de Peter mientras se volvía hacia Benjamin y lo evaluaba con un solo vistazo.
—¿Qué tal tiene la espalda? —dijo, devolviéndome su atención.
La pregunta me cortó la respiración. Era una amenaza en toda regla, una amenaza que él sabía que me tomaría muy en serio. Había partido más de una columna vertebral para defenderme, por tanto ¿qué le impediría hacerlo para defenderse a sí mismo? Retrocedí un paso y me siguió, manteniendo la distancia mínima de quince centímetros que nos separaba. Nunca se daría por vencido. Sabía cómo intimidarme, cómo herirme con la habilidad de un cirujano veterano.
—No puedes hablar en serio —dije, parándome en seco, viendo que lo de retroceder no estaba dando resultado.
—Si tan siquiera se le pasa por la cabeza intentar encontrarme, sus últimos años en la Tierra estarán... plagados de dificultades.
La amenaza era tan hostil, tan rotunda, que me desarmó. Ignoraba que fuera capaz de tanta crueldad. Enderecé los hombros y lo miré a los ojos con la barbilla alzada.
—De acuerdo. Él no te buscará —dije, y su mirada se iluminó con el brillo de la victoria—, pero yo no pienso quedarme de brazos cruzados.
Su soberbia se desvaneció con la misma celeridad y volvió a torcer el gesto.
Di un paso al frente, sin pensarlo, prácticamente echándome en sus brazos. Él me dejó hacer, me acogió y bajó la guardia apenas un instante.
—¿Vas a partirme el espinazo —pregunté, viendo cómo se concentraba en mis labios—, Pety'aziel?
Esta vez fue él el sorprendido. Se puso muy tenso y, a pesar de su rostro imperturbable, sentí el desasosiego que lo agitaba interiormente. Del mismo modo que él era capaz de adivinar mis emociones, yo podía hacer otro tanto con las suyas, y en ese momento ambas podrían haber conseguido que el suelo se estremeciera bajo nuestros pies.
Benjamín dijo algo, pero no lo oí, asfixiada bajo el peso abrumador de la límpida mirada de ojos castaños de Peter, en la que empezaba a asentarse lo que insinuaban mis palabras. En cierto modo, era como si lo hubiera traicionado, como si le hubiera clavado un cuchillo por la espalda. Sin embargo, ¿acaso no era eso mismo lo que él me había hecho? Además, yo casi nunca llevaba cuchillos.
—¿De dónde has sacado tú ese nombre? —preguntó Peter en un susurro siniestro más cercano a una amenaza que una petición.
Reuní todo el valor que fui capaz de aunar para contestarle.
—Me lo dijo una amiga —respondí, con la esperanza de no estar poniendo en peligro la vida de Pari sin querer—. Me contó que te había invocado cuando era joven y que tú casi le habías arrancado una pierna.
—Lali, hago todo lo que puedo, pero tal vez debiéramos seguir con esto en otro sitio.
Era Benjamin. Por lo visto, llevaba un rato intentando intervenir para que diera la impresión de que estábamos teniendo una conversación, en vez de lo que pensaría cualquiera que ese momento pasara por allí: una psicópata hablándole al aire. Eché una breve ojeada a mi alrededor y, sí, me topé con alguna mirada de extrañeza y con algún que otro ceño desaprobador, pero en general nadie nos prestaba la menor atención. Estábamos en medio de Buenos Aires. No era la primera vez que la gente de por allí veía a alguien que no parecía estar en sus cabales.
Al sentir que dos manos me empujaban suavemente y me hacían retroceder hasta el muro de ladrillos de la terraza de una cafetería, volví a concentrarme en el ser que tenía enfrente.
—¿Fuiste tú? —pregunté, retomando la discusión donde la habíamos dejado—. ¿Le hiciste daño a Pari?
Apoyó ambas manos en el muro que teníamos detrás y arrimó su cuerpo al mío. Siempre hacía lo mismo: cuando se sentía amenazado o intimidado, reaccionaba a empujones. Avasallaba. Y buscaba el punto más débil de su oponente, se lanzaba a la yugular. Utilizaba la atracción que sentía por él en mi contra con la habilidad de un artista. Aquello era jugar sucio, pero hasta cierto punto lo comprendía. Así era como se había criado. Era lo único que conocía.
—No fue nada comparado con lo que podría haberle hecho —contestó con engañosa tranquilidad.
—¿Le hiciste daño? —volví a preguntar, negándome a creerlo.
—Tal vez, Holandesa —me dijo al oído. Como si alguien más pudiera oírlo—. No me gusta que me invoquen.
En el preciso instante en que su boca descendía sobre la mía, en ese segundo en que el hormigueo que me provocaba su fuerza vital me obligaba a abandonar mi cuerpo para envolverme en sus llamas, Peter desapareció. El frío de finales de octubre me abofeteó la cara y aspiré una gélida bocanada de aire que me devolvió a la realidad en un abrir y cerrar de ojos.
Le había hecho daño a Pari. Aquello me había dejado tan atónita como que amenazara con hacerle daño a un hombre inocente, es decir, a Benja, a quien de pronto tenía delante de mí. En ese momento me di cuenta de que había caído en sus brazos. Me aferré a él mientras me alejaba de las miradas curiosas de los transeúntes.
—Ha sido interesante.
—Me lo figuro —contesté, intentando comprender el mundo de Peter Lanzani.
¿Le enfurecía que supiera su nombre? ¿Su verdadero nombre? ¿Acaso cambiaba algo que lo supiera? Salvo que... ello me concediera algún tipo de ventaja. Tal vez podía utilizarlo en su contra.
—En fin, ¿he de entender que no quiere que lo busque? —preguntó Benjamin.
—Por decirlo suavemente.
Rodeamos el Calamity's, el bar de mi padre, y nos dirigimos a mi edificio de apartamentos que estaba justo detrás. Seguía aferrada al brazo de Benja cuando llegamos a la segunda planta, donde vivía, sin acabar de confiar en mis piernas.
Benjamin esperó mientras sacaba las llaves del bolsillo.
—He visto su foto —dijo, repentinamente serio.
Introduje la llave en la cerradura y le di una vuelta.
—¿La del expediente policial? —pregunté, asumiendo que seguíamos hablando de Peter.
—Sí, y un par de fotografías más.
No me extrañó, teniendo en cuenta que lo habían destinado a su busca y captura.
—¿Entras? Me cambio en un santiamén.
—Escucha, lo entiendo —dijo. Me siguió y cerró la puerta.
—¿De verdad? Bueno, pues menos mal que alguien lo entiende. —En esos momentos, no me apetecía nada hablar de Peter, y menos con él, teniendo en cuenta lo enterito que conservaba el espinazo—. Hay refrescos en la nevera. —Lancé las llaves sobre la barra y me dirigí al dormitorio—. ¿Qué tal, señor Wong?
—Es atractivo, ¿verdad?
Me detuve y me volví hacia él.
—¿El señor Wong?
Miré a mi perpetuo compañero de piso, aquella presencia gris que adornaba el rincón de mi salón. Llevaba allí desde que había alquilado el apartamento y, teniendo en cuenta su derecho de antigüedad, no había tenido el valor de echarlo. Claro que, tampoco habría sabido cómo. En cualquier caso, nunca le había visto la cara. Levitaba las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, de espaldas a mí, con la nariz enterrada en el rincón y los pies a escasos centímetros del suelo. Parecía un cruce entre un prisionero de guerra chino y un inmigrante del siglo XIX.
—¿Quién es el señor Wong? —preguntó Benja.
No los había presentado.
Todo aquello era muy nuevo para Amadeo y pensé que lo mejor era introducirlo en mi mundo poco a poco, darle un tiempo prudencial para digerir cada nuevo dato y reservar lo secundario para otro momento. Aunque había sido Amadeo quien había pedido que los presentara, de hecho, había insistido, así que allá él.
—El tipo muerto que vive en el rincón de mi salón. Aunque nunca le he visto la cara, o al menos no se la he visto de frente, así que en realidad no sé decirte si es atractivo.
—Él no —contestó Garrett—, Lanzani. Un momento, ¿tienes a un tipo muerto viviendo en tu apartamento?
—Viviendo, viviendo... Además, la verdad es que no ocupa demasiado espacio. ¿Así que hablabas de Peter?
—Sí, de Lanzani —insistió, pero miró hacia el rincón con el rabillo de ojo con una mezcla de curiosidad y espanto.
—Sí, ya lo creo que es atractivo. —Consulté los mensajes del teléfono—. Espera, ¿es que vas a salir del armario?
Un suspiro audible rebotó contra la pared al abrirme camino hasta mi habitación y cerrar la puerta. Me hizo gracia.
—No soy gay, Lali —aseguró, alzando la voz para que lo oyera—. Solo intento comprenderlo.
—¿Comprender el qué? —pregunté, si bien sabía de sobra adónde quería ir a parar.
¿Cómo podía una chica como yo mezclarse con un tipo como Peter? Si él supiera toda la historia... Aunque no era buena idea, porque seguro que acababa encerrándome por enamorarme del hijo de Satán.
—Mira, entiendo lo del atractivo del chico malo, pero ¿un asesino convicto?
Sorprendentemente, el aceite no había conseguido calar a través de la tela de los vaqueros, por lo que no hacía falta que volviera a ducharme. Teniendo en cuenta que mi habitación seguía en modo zona catastrófica, rebusqué en un montón de ropa que había en el suelo y encontré unos vaqueros pasables, los combiné con un par de botas que quitaban el hipo y me dirigí al lavabo para refrescarme.
—Creo que deberías regar las plantas —comentó Benjamin sin bajar la voz.
—No te preocupes, son falsas.
Supuse que se refería a las plantas que tenía sobre el alféizar. Era eso o mi problema con el moho se me estaba yendo de las manos.
—¿Son falsas? —Oí, al cabo de un buen rato.
—Sí. Tuve que hacer que parecieran reales. Un poco de pintura en spray, un poco de líquido para encendedores y ¡voilà..., plantas mustias de mentira.
—¿Para qué necesitas plantas mustias de mentira? —preguntó.
—Porque si estuvieran frescas y lozanas, cualquiera que me conoce sabría que eran de mentira.
—Ya... ¿De verdad es esa la razón?
—Pues claro.
Oí que alguien llamaba a la puerta del baño que daba al salón y abrí un resquicio.
—¿Sí? —pregunté a Benjamin, que estaba leyendo el letrero.
Ese que rezaba «Prohibido el paso de gente muerta más allá de esta puerta». Al fin y al cabo aquel era mi cuarto de baño, mi sanctasanctórum. Aunque el letrero no siempre surtía efecto. El señor Habersham, el tipo muerto del 2B, solía saltárselo a la torera con cierta asiduidad.
Alargó la mano y empujó la puerta.
Yo empujé por el otro lado.
—Tío, ¿qué haces?
—Asegurarme de que no estoy muerto.
—¿Te sientes muerto?
—No, pero se me ocurrió que igual tenías un letrero que solo podían ver los muertos.
—¿Cómo demonios iba a tener un letrero que solo pudieran ver los muertos?
—Eh, es tu mundo —repuso a la defensiva, encogiéndose de hombros.
Salí del cuarto de baño lista para volver a enfrentarme al mundo. O, al menos, a aquel pequeño rincón.
—Mira, Peter es problema mío, ¿de acuerdo? —dije, al tiempo que me hacía con las llaves y me dirigía a la puerta.
—En estos momentos es un prófugo y, por tanto, también es problema mío. ¿Antes te ha amenazado?
Tenía que apartar a Benjamin de todo lo relacionado con Peter, y pronto. Hasta donde yo sabía, Peter nunca le había hecho daño a un inocente (al menos no de manera irreparable, claro), pero no valía la pena arriesgar el espinazo de Amadeo.
—Necesito que me ayudes con un caso.
—Ya, pero es que se supone que estoy siguiéndote.
—Nuestro trato todavía sigue en pie. —Cerré la puerta del apartamento con llave y me dirigí hacia la escalera—. Hola, señora Allen —saludé, al oír el chirrido de una puerta al final del pasillo.
—¿Otro muerto? —preguntó Benja.
—No, por desgracia —contesté tras una breve pausa, con un hondo suspiro.
—¿Qué decías de nuestro acuerdo? —preguntó cuando salíamos por la portería.
—Ya te lo he dicho, sigue en pie. Tú investigas el pasado de un tipo muerto al que Eugenia pasea en su coche y yo te llamo en cuanto averigüe dónde está Peter.
Me miró con mayor suspicacia de la que estaba acostumbrada. Y estaba acostumbrada a levantar un montón de suspicacias.
—Bueno, su cuerpo, lo que sea. El cabroncete lo ha escondido para que no lo encuentre.
—¿Lanzani ha escondido su cuerpo para que no lo encuentres?
—Sí, eso ha hecho. Será cabrón. Y tenemos que encontrarlo antes de que fallezca.
Benjamin se restregó la cara con las manos.
—No entiendo nada.
—Bien. Sigue así. Tu columna vertebral te lo agradecerá.
Le conté lo del polizón de Euge de camino al despacho y Amadeo anotó la marca, el modelo y el número de bastidor cuando pasamos junto al vehículo, estacionado en el aparcamiento. Averiguaría quiénes habían sido sus antiguos propietarios mientras yo investigaba el paradero de mis dos desaparecidos: Ana y Peter. Estaba claro que necesitaba a Angel, pero no me costaba nada pedirle a Euge que llamara a todos los hospitales para comprobar si había ingresado algún hombre herido (moreno, treinta y pocos, macizorro) en las últimas horas. Tal vez ya lo hubieran encontrado y simplemente no quería que lo supiera. En cualquier caso, tendría que hacerlo con discreción.
Después de que Benjamin se fuera, subí al galope la escalera que había junto al bar de mi padre, me detuve antes de entrar en la oficina de Eugie para echar un vistazo a mi alrededor y luego me colé con gran sigilo.
Euge levantó la vista y me llevé un dedo a los labios para que no hiciera ruido. Acostumbrada a que los difuntos aparecieran a su antojo sin visita previa, se quedó muy quieta, miró a su alrededor con cautela y luego se volvió hacia mí enarcando las cejas a modo de pregunta.
Sin apartar el dedo de mis labios, me acerqué a ella de puntillas (no sé por qué, pero me pareció lo más indicado) y cogí un papel y un boli de su mesa. Tras echar un nuevo vistazo a la habitación, le escribí una nota en la que le pedía que comprobara los hospitales por si habían ingresado a Peter y se la tendí. En ese momento oí que alguien se aclaraba la garganta a mi lado. Se me pusieron las botas de go-go de corbata y, de paso, le di un susto de muerte a Euge. Me volví en redondo y vi a Peter apoyado contra la pared que había junto al escritorio. Maldita fuera, era bueno de verdad.
—¿En jerigonza? —preguntó, arrugando su hermosa frente con incredulidad.
Le arranqué la nota de las manos y le lancé una mirada de pocos amigos.
—Es la única otra lengua que conoce.
—¿Y esperabas burlarme utilizando jerigonza?
Miré la nota e hice una mueca. Ciertamente había tenido ideas mejores. Me volví hacia él.
—Y ahora ¿qué? ¿También piensas partirle el espinazo a Euge?
Eugenia dio un grito ahogado y me pincé el caballete de la nariz con los dedos. Era lo último que la pobre necesitaba oír, sobre todo con el espíritu del polizón en su maletero.
Peter se desmaterializó y volvió a materializarse delante de mí en un abrir y cerrar de ojos, evidentemente enojado.
—¿Cuánto va a durar esto, Holandesa?
—¿Quieres saber cuánto tiempo pasará hasta que deje de buscarte? —No esperé su respuesta—. No sabes lo que ocurrirá si muere tu cuerpo, Peter. No voy a darme por vencida.
Sentí cómo la frustración crecía en su interior, hervía a fuego lento y borbotaba bajo su perfecta superficie. Se inclinó hacia mí, pero antes de que le diera tiempo a hacer nada, se detuvo, se llevó las manos al pecho y volvió a mirarme, sorprendido.
—¿Qué pasa? —pregunté, pero en vez de contestar, Peter apretó los dientes y tensó los músculos hasta que su cuerpo alcanzó un estado marmóreo, como si esperara algo.
Entonces lo vi. Su imagen se transformó. Unas heridas profundas le cruzaron el rostro y el pecho y tiñeron de sangre al instante la camisa hecha jirones. Estaba mojado, empapado en un líquido oscuro que no pude identificar. Masculló un gruñido y se dobló sobre sí mismo.
—¡Peter! —grité, corriendo hacia él.
Desapareció en el mismo instante en que nuestras miradas se encontraron. Se había desvanecido. Me llevé las manos a la boca para detener el grito que pugnaba por salir. Eugenia rodeó su mesa de inmediato y se arrodilló junto a mí. El infierno por el que estaba pasando se había reflejado con absoluta claridad en su semblante. ¿Y todavía pretendía que no siguiera buscándolo?
Si era necesario, removería cielo y tierra hasta encontrarlo.
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