jueves, 30 de marzo de 2017

Capítulo 15

Capítulo 15


— De momento, te diría que salieras por patas, corriendo, pero se que eso es lo que yo haría. Llámame de aquí a una hora.
— Espera sentada — contesté, pero ya me había colgado.
Pues vaya, confiaba en que ella supiera cómo solucionar mis problemas.
Demasiado para asimilarlo de golpe. Lo entendía, ya lo creía que sí. Era difícil asimilar todo lo relativo a Peter Lanzani. Además, tendría que estar centrada en la esposa desaparecida del doctor Kyost en vez de ir de aquí para allá con la esperanza de obtener ausencia con el príncipe de las tinieblas. Estaba tan enfadado después de haberlo encadenado que desde entonces se negaba a verme, de ahí mi sorpresa ante la llamada de Nico Riera.
Todo empezaba a aflorar a la superficie. Todas las emociones relacionadas con Peter hervían a fuego lento en mi interior. Me había pasado media vida buscándolo, rezando una noche tras otra por encontrarlo, par acabar descubriendo que llevaba más de diez años en la cárcel, acusado de asesinato, cosa que me supuso una gran decepción, aunque por motivos puramente egoístas, porque me habría gustado estar con él, porque me habría gustado salvarlo aquella noche en que Candela y yo todavía íbamos al instituto y haberlo apartado de aquel infierno, de aquel monstruo. Pero él rechazó nuestra ayuda, y cuando me enteré de que había matado al hombre que le había propinado aquella paliza, tuve la sensación de haberle fallado. Y eso que por entonces ni siquiera sospechaba quien era, es decir, el hijo del Diablo, literalmente. No hacía mucho​ que había descubierto esa faceta.
— Crecer en el infierno tuvo que ser una mierda — dije, en voz alta.
— ¿Ya vuelves a hablar sola?
Me volví hacia el pandillero muerto de trece años que había aparecido en el asiento del acompañante.
— Eh, Yeyo, ¿cómo van las cosas por el otro lado?
Había conocido a Yeyo o como todos conocían como Stefano D'Gregorio la misma noche que a Peter. Había muerto hacía más de una década, cuando su mejor amigo decidió liarse a tiros con todo bicho viviente desde el coche sin antes consultárselo. Él iba al volante, por lo que se sorprendió un poco cuando su amigo comenzó a disparar por la ventanilla del coche robado de su madre. Yeyo trató de detenerlo y lo pagó muy caro. Sin embargo, desde mi punto de vista, el precio que me tocaba pagar a mi a diario era mucho mayor. Ignoraba qué había hecho para tener que aguantar a aquel tocapelotas, aunque​ tampoco renunciaría ni a un solo minuto.
— De puta madre — contestó, encogiéndose de hombros. Llevaba una camiseta sucia y un pañuelo rojo que enmarcaba un rostro atrapado entre la inocencia de la infancia y la rebeldía de la adolescencia —. Mi madre está haciendo muchos clientes nuevos. La entrevistaron o algo así para un periódico y dijeron que era la mejor cosmetóloga de la ciudad para cortes a lo garçon, aunque no tengo ni idea de lo que significa.
— Vaya, eso es magnífico.
Le di una palmada en el hombro y sonrió un tanto cohibido.
— Supongo — dijo —. Bueno, por lo visto tenemos un caso, ¿no?
— Lo tenemos. Hay un médico cerca de la universidad que ha intentado deshacerse de su mujer.
— ¿En serio?
— En serio.
— ¿Un tipo rico?
— Sí.
— ¿Y ha cometido un crimen? ¡Venga ya!
Asentí y dejé que Yeyo se regodeara con la idea. Nada le complacía más que un rico haciendo estupideces.
— ¿Ya has terminado? — pregunté, después de que enunciara la lista de razones por las cuales los ricos tendrían que recibir condenas más duras que los pobres, y no al revés.
— Debería de existir una escala, cuanto más rico eres, más te arriesgas.
— ¿Ahora ya has terminado de verdad?
— Creo que sí.
— ¿Mejor?
— Lo estaría si te desnudarse.
— Pues el médico en cuestión — me apresuré a decir antes de que se dejará llevar por la emoción — hizo algo con su mujer y luego denunció su desaparición. No hay cuerpo, así que convendría que lo siguieras. Podría conducirnos hasta ella.
— ¿Contrató a alguien para que hiciera el trabajito?
— Es lo que quiero que averigües. Espero que nos lleve junto a ella, no sé, volviendo a visitar el lugar del crimen o algo por el estilo.
Lo puse al corriente de todo lo que sabía sobre el doctor Kyost, descripción física y señas incluidas.
— Vale, pero, si lo hizo, ¿por qué no lo detienes y ya está?
— Yo no detengo a la gente.
— Entonces, ¿para qué te pagan? — preguntó, en broma.
Le dedique mi mejor sonrisa, una genuina, no de esas postizas que se te caen si no las llevas bien pegadas.
— Acabas de tocar un tema controvertido, lindo.
— De todas formas, creo que no es buena idea — comentó, jugueteando con el aire acondicionado.
El vello que le salpicaba la barbilla y el bigote incipientes le daban ese aire de hombrecito en ciernes. Sus ojos eran de un castaño claro bordeados de espesas pestañas y tenía una mandíbula cuadrada de la que cualquier chico estaría orgulloso.
— Puede que tengas razón — admití, fijándome en un motorista con ganas de morir, a juzgar por el modo en que zigzaguea a entre el tráfico —, tal vez no nos conduzca a ninguna parte, pero es lo único que tenemos por ahora, y la verdad es que me gustaría echarle el guante.
— No, me refiero a ti. A qué vayas a verlo.
Peter nunca había sido santo de su devoción. Hecho parecía incapaz de ver más allá de su filiación satánica.
— ¿Por qué dices eso?
Dejó escapar un suspiro exasperado, como si ya me lo hubiera dicho un millón de veces.
— Te lo he dicho un millón de veces: Pet'aziel no es lo que tú crees.
La sola mención del nombre sobrenatural de Peter me ponía los pelos de punta.
— Cariño, sé qué es, ¿recuerdas?
Volvió la cabeza hacia la ventanilla y guardó silencio durante casi dos kilómetros.
— Está enfadado.
Asentí.
— Lo sé.
— No, no tienes ni idea. — Me miró, con sus enormes ojos castaños entrecerrados, muy serio —. Está cabreado, cabreado como para trastornar el orden del Universo.
No estaba muy segura de a qué se refería, pero bueno.
— Pues sí que está enfadado, sí.
— Ni siquiera sabía que pudiera hacer esas cosas, que fuera tan poderoso. Creo que no es un buen momento para ir a verlo.
— Lo encadené, Yeyo.
Me dirigió una mirada suplicante, con el ceño fruncido en gesto de preocupación.
— Ahora no puedes volverte atrás. Lali, por favor, si lo liberas..., ¿quién sabe lo que podría hacer? Está fuera de sí.
Me mordí el labio, asaltada por el remordimiento.
— De todos modos, tampoco sé cómo hacerlo — admití.
— ¿Qué? — preguntó, sorprendido —. ¿No puedes desencadernarlo?
— No. Ya lo he intentado.
— ¡No! No, no lo hagas. — Agitó una mano, como si quisiera apartar aquella idea de mi cabeza —. Déjalo en paz. Si aún estando atrapado en su cuerpo como está causa estragos, ¿quién sabe lo que podría llegar a hacer si lo liberases?
— ¿A qué te refieres? ¿Qué quieres decir con eso de que está causando estragos?
— Ya sabes, lo típico: terremotos, huracanes, tornados...
Quise sonreír, pero no lo conseguí.
— Yeyo, esas cosas suceden por sí solas. Peter no tiene...
— Tú vives en las nubes, ¿verdad?
Me miró como si fuera medio boluda y el otro medio imbécil.
— Yeyo, ¿cómo va Peter a afectar al clima?
Nunca había tomado a Yeyo por un conspiracionista. Qué cosas.
— Su ira está desequilibrándolo todo, como esa atracción de feria que gira a la vez que da vueltas sobre sí misma. ¿No te habías fijado?
Ah, sí, más de un niño se había despedido de su almuerzo por culpa de esa atracción.
— Cariño...
— ¿No te has enterado de que ha habido un terremoto en Santa Fe? ¡Santa De! — Iba a protestar cuando me interrumpió alzando una de sus manos —. Haz lo que quieras, pero no lo desencadenada. Seguiré al pendejo del médico.
Desapareció sin darme tiempo a replicar. Me negaba a dar crédito a sus palabras. Lo que sugería era imposible. ¿La ira de Peter causante de desastres naturales? Había hecho enfadar a mucha gente antes, pero no tanto como para provocar un terremoto.
Por si acaso cogí el móvil y llamé a Euge.
— ¿Qué hay, jefa?
— Pregunta: ¿ha habido un terremoto en Santa Fe?
— ¿No te has enterado?
— La madre del cordero. ¿Dónde coño estaba?
— La madre del cordero la oveja. Tienes que ver las noticias más amenudo.
— No puedo.
— ¿Por qué?
— Porque me deprimo.
— Claro, porque andar por ahí con muertos es la monda.
Vaya, eso había estado fuera de lugar.
— Venga, ¿en serio? — insistí —. ¿Un terremoto?
— El primero de esa magnitud en más de un siglo.
Mierda.


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Chic@s ya está actualizado como en Wattpad así que subiré capítulos cuando los suba en Wattpad por si algun@ no me sigue soy @lalixshine en Wattpad.

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