Capítulo 19
Que no me importe no quiere decir que no lo entienda.
(Camiseta)
—No te ofendas, pero te has portado como una cerda conmigo durante años.
Miré a Candela sorprendida, sentada a una de las mesas del bar de mi padre. Sammy estaba preparándonos huevos rancheros y, mi padre, lo que habíamos pedido para beber. Gime también nos había seguido hasta allí, e incluso el tío Nico se había excusado y había salido de la comisaría para ir a comer algo.
—El congresista puede esperar —había dicho con una amplia sonrisa. Justo antes de añadir—: ¿Te importaría explicarnos el corte que llevas en la espalda?
Entonces yo le había dado unas palmaditas en la barriga y había dicho:
—¿Sabes? Si sigues comiendo así, tendré que empezar a llamarte tío Nicbola.
Y él dijo:
—Eso ha sido un poco grosero.
Y yo dije:
—Ya lo sé, por eso lo he dicho.
Y él dijo:
—Ah.
Y luego nos fuimos al bar.
Candela se removió en su silla.
—Estoy intentando enmendarme, ¿de acuerdo? En fin, ¿tú sabes lo que es crecer con la increíble Lali Esposito por hermana? ¿Esa Lali Esposito?
Le había dado un trago al té helado que mi padre nos había traído y estuve a punto de ahogarme. Tras un largo y agotador acceso de tos, me quedé mirando boquiabierta a mi hermana.
—¿Estás de broma? Tú siempre fuiste la hija perfecta. ¿Tú tenías problemas conmigo?
—No, con el vecino —contestó, poniendo los ojos en blanco. Nos parecíamos mucho más de lo que recordaba. Era escalofriante.
—Pero si eras tú la que ni siquiera me saludaba por la calle —protesté—. Ni tan solo te molestabas en levantar la vista cuando entraba en una habitación.
—Creía que no querías.
Ella bajó la mirada, cohibida, y a mí se me cayó la mandíbula.
—Y ¿por qué creías algo tan absurdo?
—Porque fuiste tú quien me dijo que no volviera a hablarte en la vida. Que ni siquiera te saludara. Y que nunca, bajo ningún concepto, volviera a mirarte.
¿Qué? No recordaba aquello en absoluto. Bueno, sí que hubo una vez que...
—Tía, tenía nueve años.
Sacudió la cabeza.
Vale, tal vez aquella otra vez...
—¿Doce?
Una nueva sacudida.
—Bueno, cuando fuera, en cualquier caso de eso hace ya mucho tiempo.
—No mencionaste hasta cuándo. Es evidente que tú no lo recuerdas, pero yo sí, como si fuera ayer. Además, siempre te mostrabas muy reservada. Yo quería saber más cosas, pero tú te negabas a contarme nada. —Se encogió de hombros—. Siempre me sentí apartada de tu vida.
Ahora fui yo quién se removió incómoda.
—Cande, hay ciertas cosas que es mejor que no sepas.
—Ya estamos —rezongó, lanzando los brazos al aire.
Nuestro padre se sentó frente a nosotras y se echó a reír.
—Conmigo hace lo mismo. Siempre ha sido así.
—De verdad, no bromeo —protesté.
—Lali tiene razón —intervino Gime—. Es mejor que se guarde esas cosas para ella sola.
Ya volvíamos a aventurarnos en Villanegación, que no era ni la mitad de divertida que Villamargarita. No había nada que Gime odiara tanto como hablar sobre Lali.
—Gime —dijo mi padre, colocando una mano sobre las suyas—, ¿no crees que ya hemos insistido suficiente en ello?
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que siempre le has dado de lado, te has negado a reconocer que tiene un don especial, aunque lo tuvieras delante de la cara.
Gime dio un grito ahogado, atónita.
—Yo nunca he hecho nada semejante.
—Mamá —dijo Cande. Le gustaba aquella mujer, cosa que yo no acababa de entender—. Lali es muy especial y lo sabes. Por narices tienes que saberlo.
—Por eso lo hice —aseguró mi padre, con el rostro vuelto hacia la mesa, avergonzado—. Cariño, sabía que si Caruso iba a por ti, saldrías ilesa. Nunca te pasa nada.
Yo no diría que había salido del aprieto tanto como ilesa. El pecho se me aguantaba gracias al pegamento. Bueno, al menos unos minutos. La herida se había cerrado casi de inmediato, pero no tuve valor de decírselo al médico. Lo cual era otro de los aspectos de mí que mi familia desconocía, la rapidez con que sanaba.
—Papá, ¿por qué no me pusiste sobre aviso?
Una profunda y dolorosa turbación lo engulló por completo y alargué una mano para tomarle una suya, temiendo que desapareciera.
—No quería que supieras nada de Caruso si podía evitarlo. De lo que hice. Esperábamos poder dar con él antes de que cumpliera sus amenazas.
—Papá, puedes contárnoslo todo —dijo Candela.
—Es que no lo entendéis. Tiene razón. —Mi padre se sumió en un abatimiento absoluto—. Su hija murió por mi culpa. Estábamos en una persecución y yo le di por detrás. El coche patinó, se estrelló contra el quitamiedos, rebotó y se precipitó por el terraplén del otro lado de la carretera. El vehículo dio varias vueltas de campana y su hija salió despedida.
—Papá... Oh, ¡por favor! —exclamé, exasperada—. Aquí, el único culpable es él. En serio, ¿a quién se le ocurre jugársela en una persecución a toda velocidad cuando lleva un crío en el coche?
Asintió al cabo de un largo suspiro.
—Lo sé, pero eso no me ayudó a asumir la muerte de la niña. —Me miró—. No podía contároslo. Pero lo he hecho. Tu turno.
—Eh, no, eso ha sido una trampa.
El tío Nico resopló.
—Tu padre tiene razón. Ahora te toca a ti.
La madre del cordero, si supieran que era el ángel de la muerte... No. De ninguna de las maneras.
—Para empezar —dijo mi padre—, ¿cómo hiciste aquello la otra noche?
—¿El qué? —pregunté cuando Donnie, el camarero americano nativo de mi padre, nos trajo la comida. Aproveché para echarle un vistazo a aquel torso y ahogué una risita cuando pillé a Cande haciendo lo mismo. Chocamos las palmas por debajo de la mesa.— Hola, Donnie.
Me miró y frunció el ceño.
—Hola —contestó, con cierto recelo. Nunca le había caído bien.
—Aquello —insistió mi padre en cuanto Donnie se alejó—. El modo en que te moviste. —Se inclinó hacia delante y bajó la voz—. Lali, no había nada humano en el modo en que te moviste.
Los ojos de Cande parecían platos soperos.
—¿Qué? ¿Cómo se movió?
Incluso Gimena de pronto pareció muy interesada mientras mezclaba los huevos con el chile.
Al tiempo que mi padre les explicaba a todos lo que había hecho, la forma en que me había movido, me volví hacia Tarta de Fresa, quien había aparecido a mi lado. Toqué a Candelacon la cadera para que se corriera un poco y le hice sitio.
—Hola, calabacita —la saludé cuando se sentó en el banco, a mi lado.
Puse los ojos en blanco al ver que mi padre detenía su relato y que todos se volvían a mirarme.
—Vale, en serio, aquí todo el mundo sabe que puedo hablar con los muertos.
—Lo sabemos —dijo Candela—, solo queremos chafardear.
—Ah, vale, entonces, de acuerdo.
Gime fingió un interés desmesurado en lo que estaba comiendo. No me habría extrañado que hubiera soltado un resoplido o que le hubiera dado un síncope, pero creo que empezaba a comprender que se había quedado sola. Por primera vez en su vida.
—¿Qué ocurre? —pregunté a Tarta de Fresa—. ¿Tu hermano vuelve a salir con fulanas?
—Lali—me reprendió Gemma.
—No, en serio, hace ese tipo de cosas —me defendí—. Puede que haya que intervenir.
—No lo sé —contestó Tarta de Fresa con un gesto de indiferencia. El cabello rubio se esparció sobre los hombros—. He estado en casa de Blue. En el edificio viejo. Es muy divertido. Y Rocket es muy gracioso.
El corazón se me aceleró al oír el nombre de Rocket.
—Entonces ¿está bien?
—Sí. Dice que está portándose como un santo.
Suspiré aliviada y me pregunté si Blue habría encontrado el cuerpo de Peter. No me gustaba nada tener que decirlo en alto, pero...
—¿Lo ha encontrado? ¿Ha encontrado a Peter?
El tío Nico se quedó de piedra. Era el único de la mesa que sabía algo acerca de Lanzani y del hecho de que hubiera escapado de la cárcel, por decirlo de alguna manera.
Tarta de Fresa se encogió de hombros.
—No, dijo que solo tú podías encontrarlo, pero que estás buscándolo con la parte equivocada del cuerpo.
Se me fueron los ojos directamente a la entrepierna sin poder remediarlo.
—¿Y eso qué significa?
—No tengo ni idea.
—En fin, ¿te dijo...? —Me incliné y bajé la voz—. ¿Te dijo qué parte del cuerpo debería utilizar?
Los demás también se habían inclinado.
—Solo dijo que aguzaras el oído.
—Ya. —Me enderecé, confundida—. ¿Te dijo qué era lo que tenía que oír?
—No lo sé. Dice cosas raras.
—Vale, bien, dime exactamente lo que te dijo.
—Dijo que prestaras atención a lo que solo tú puedes oír.
—Ya —repetí, frunciendo el ceño.
—Vamos a jugar a la rayuela.
—Vale.
—Ah, sí, también dijo que te dieras prisa.
—¡Espera! —Sin embargo, Tarta de Fresa ya se había ido—. Malditos muertos.
—¿Qué? —preguntó Candela, sin poder reprimir su acuciante curiosidad.
No estaba mal aquello de poder ser tan franca. Me volví hacia el tío Nico con complicidad.
—Ha dicho que, si quería encontrar a Peter, tenía que prestar atención a lo que solo yo puedo oír. No sé qué significa.
—Lali —dijo Candela—, sé lo que ocurre.
Me quedé con la boca abierta hasta que conseguí recuperarme de la sorpresa. Miré a mi alrededor, algo cohibida.
—Candela, te aseguro que nadie de los aquí presentes sabe lo que ocurre.
—Y ¿quién tiene la culpa de eso? —preguntó mi padre.
Cande sonrió.
—Sé que estás enamorada de alguien —dijo. Acto seguido, me guiñó un ojo y comprendí que estaba encubriéndome. Sabía qué era. ¿Cuándo demonios lo había descubierto?—. Y sé que posees habilidades de las que nunca nos has hablado.
Mi padre también apoyó la espalda contra el respaldo y se nos quedó mirando fijamente. Quería respuestas que yo no estaba dispuesta a ofrecerle. Todavía no.
—¿Ayudaría saber que utilizo mis poderes para el bien?
Sus labios dibujaron una fina línea.
—¿Qué te dice el corazón que hagas? —me preguntó Cande.
Apoyé la barbilla con decisión en la palma de la mano y empecé a apuñalar mi guarnición de croquetas de patata y cebolla con el tenedor.
—Mi corazón está demasiado colado por él para pensar con claridad.
—Entonces, quédate quieta y escucha —dijo—. Te lo he visto hacer otras veces. Cuando éramos pequeñas. Cerrabas los ojos y escuchabas.
Era cierto. Me enderecé a medida que los recuerdos acudían a mi memoria. Tenía razón. A veces, cuando entreveía al Malo Malísimo (quien más tarde resultó ser Peter) me quedaba quieta y escuchaba sus latidos. Pero siempre estaba cerca. Por eso alcanzaba a oírlo. ¿O no era así?
Candela me reprendió con el ceño fruncido.
—Cierra los ojos y escucha. —Se inclinó hacia mí y me susurró al oído—: Eres el ángel de la muerte, por amor de Dios.
Traté de ocultar mi sorpresa bajo una máscara de escepticismo.
—¿Y tú cómo lo sabes? —pregunté en voz baja.
—Oí que se lo decías a ese tal Angel cuando lo viste por primera vez.
Por todos los santos, lo había olvidado por completo.
—Ahora, concéntrate —dijo, mirándome con total confianza.
Inspiré hondo, dejé escapar el aire despacio y cerré los ojos. Lo sentí casi de inmediato. Un débil latido en la distancia. Me concentré en él, todo mi mundo giró en torno a aquel sonido. Cuanto más me concentraba, con mayor nitidez lo oía, un ritmo familiar, una cadencia balsámica. ¿De verdad era Peter? ¿Seguía vivo?
—Peter, ¿dónde estás? —susurré.
Sentí una oleada de calor, el brote de una llamarada, y a continuación sentí unos labios junto a mi oreja y oí una voz tan profunda, tan ronca, que la baja frecuencia de la vibración me envolvió en sus sensuales ondas.
—En el último lugar en que me buscarías —contestó con un tinte socarrón.
Abrí los ojos ahogando un grito.
—Oh, Dios mío, sé dónde está. —Miré los rostros que me rodeaban. Todos esperaban, expectantes—. Tío Nico, ¿puedes venir conmigo? —pregunté, poniéndome en pie de un salto. Se metió un nuevo bocado en la boca y se levantó para seguirme. Mi padre también—. Papá, no es necesario que vengas.
Me dirigió una mirada burlona.
—Intenta impedírmelo.
—Puede que no sea nada, en serio.
—Vale.
—De acuerdo, pero se te va a enfriar la comida.
Sonrió. Miré a Candela, incapaz de creer que supiera lo que era. Sin embargo, el corazón se me encogía de solo pensar que mi padre pudiera llegar a saberlo. Era su niñita. Y quería seguir siéndolo todo lo que me fuera posible. Me incliné hacia ella antes de salir corriendo por la puerta.
—Por favor, no se lo digas a papá —le susurré.
—Nunca.
Apoyó la espalda en el respaldo del asiento y me dedicó una sonrisa tranquilizadora.
Vaya, aquello empezaba a gustarme. Un poco al estilo familia Addams.
¿Cuál era el último lugar en que buscaría a Peter? En mi propia casa, naturalmente.
Crucé el aparcamiento tan deprisa como me lo permitieron mis botas de quitar el hipo, sin esperar a mi padre o al tío Nico, y casi podría decirse que caí rodando por la escalera del sótano. Era la única explicación lógica. Todos los apartamentos estaban alquilados durante el curso académico, así que Peter solo podía estar en el sótano.
Cuando por fin me detuve derrapando sobre el suelo de cemento, la puerta de lo alto de la escalera se había cerrado y en ese momento comprendí que había olvidado algo. La luz. El interruptor estaba arriba. Di media vuelta para subir la escalera y me quedé helada. De pronto, una extraña y angustiante sensación se deslizó sobre la superficie de mi piel en vuelo raso, sin llegar a tocarla, como cuando la electricidad estática roza delicadas terminaciones nerviosas. Lo primero que percibí fue un olor. Un aroma acre suspendido en el aire denso. La acidez me quemó la garganta y me lloraron los ojos.
Me tapé la nariz y la boca con una mano y parpadeé varias veces, envuelta en sombras. Unas figuras geométricas empezaron a cobrar forma. Ángulos afilados y articulaciones protuberantes se materializaban ante mis ojos. Cuando conseguí acostumbrarme a la oscuridad, vi que las formas se movían, se arrastraban unas por encima de otras como arañas gigantescas, descolgándose del techo, aplastando a las demás para conseguir ser las primeras.
Retrocedí con paso vacilante antes de comprender que estaban por todas partes. Giré en redondo, dibujando un círculo, completamente rodeada.
—Enviaron doscientos mil.
Di media vuelta y vi a Peter, en actitud fiera, con la espada desenfundada, tan salvaje, tan imponente que me estremecí.
—In numeris firmatis —dijo. La unión hace la fuerza.
Lo deseaban tanto que babeaban. Literalmente. Un líquido oscuro goteaba de sus dientes afilados como cuchillas y formaba charcos en el suelo. Fue entonces cuando vi su cuerpo humano, apenas un guiñapo de lo que había sido, y me flaquearon las piernas. Me aferré a la barandilla de la escalera para no caer y sacudí la cabeza para ahuyentar el mareo repentino que me había asaltado y para aclarar la mente. Peter estaba inconsciente, empapado en una mezcla de su propia sangre y la saliva espesa y negra de los demonios.
—De todos, solo estos lo han conseguido —prosiguió.
¿Solo? El sótano era diminuto y en esos momentos albergaba doscientos, tal vez trescientos de ellos. Demonios. Una mezcla de hollín y cenizas con dientes.
Las luces se encendieron con un parpadeo y, justo entonces, lo comprendí. Los habían apartado de la luz y, bajo ella, desaparecían.
—¡Apagad la luz! —grité, porque había dejado de verlos.
—¿Qué? —preguntó el tío Nico desde lo alto de la escalera.
—Apagad la luz y no bajéis.
—No, que no la apaguen —oí decir a Reyes—. Si tú los ves... —prosiguió, repitiéndome la advertencia que ya me había hecho en otro momento.
Sin embargo, el tío Nico obedeció.
Peter gruñó, contrariado. Lo envolvía su capa, una masa negra que formaba majestuosas ondulaciones a su alrededor. A pesar de la profunda oscuridad en que se sumía el sótano, la hoja de la espada despedía destellos cegadores. Lo cercaban, estrechando el círculo poco a poco, arrastrándose unos sobre otros, rezumando de grietas y hendeduras, descolgándose del techo, peleando por abrirse camino hasta la primera línea entre legiones.
Eché un rápido vistazo a mi alrededor, a los seres que me rodeaban, con el corazón desbocado. Y entonces, como Peter me había advertido, me vieron. Uno tras otro, sus cabezas de huesos prominentes se volvieron hacia mí. Era como si sonrieran (en una especie de ilusión óptica espeluznante), con sus anchas bocas y afilados dientes formando una media luna invertida, bajando la cabeza en actitud hostil, a punto de atacar.
—Enciende la luz —repitió Peter con esfuerzo al tiempo que descargaba su espada gigantesca sobre un osado demonio que se había atrevido a acercarse demasiado—. Los cegará y ganarás algo de tiempo.
—Lali, ¿qué ocurre? —preguntó Nicky desde el otro lado de la puerta.
Alcé la vista. La escalera estaba completamente bloqueada, abarrotada de decenas de demonios auténticos de última generación.
Tardé unos instantes en asimilar lo que me rodeaba. Estaba paralizada, sin saber qué hacer.
De pronto, Peter apareció delante de mí. En su voz se distinguía una advertencia tan desesperada, una decisión tan inamovible, que vació el escaso aire que quedaba en mis pulmones. Espada en ristre, se inclinó y dijo:
—No me obligues a matarte.
Avanzaban. Peter se puso delante de mí, listo para enfrentarse a ellos. Angel se materializó a mi lado, con los ojos desorbitados por el terror. Y en ese preciso instante comprendí hasta qué punto la había cagado. Tendría que haber escuchado a Peter. Tendría que haber hecho caso de sus advertencias.
O no. Si le hubiera hecho caso, si me hubiera mantenido al margen, ¿hasta cuándo se habría alargado aquello? ¿Hasta cuándo habrían seguido torturándolo? ¿En cuántos pedazos eran capaces de mutilarlo antes de que muriera?
—Holandesa —dijo Peter a modo de aviso. Levantó la espada—. Por favor.
¿Acaso no habrían acabado por dar conmigo de todos modos? ¿Acaso no habría tenido que enfrentarme a aquello quisiera o no? Por desgracia, no saldría viva de allí. Eran demasiados. Peter tenía razón. Si conseguían cruzar, si encontraban el camino hacia el cielo, se iniciaría una nueva guerra y todo por mi culpa. No podía ser el catalizador de la guerra. El portal tenía que cerrarse.
Abatí los párpados lentamente por última vez y Peter no vaciló. Oí el silbido de la espada cortando el aire como si dividiera átomos. Una vez más, el mundo empezó a moverse a cámara lenta. Sentí que mi corazón dejaba de latir y decidí afrontar mi suerte de frente. Abrí los ojos en el mismo instante en que un demonio se abalanzaba sobre mí con la mirada puesta en la yugular. El aire dibujó ondas a mi alrededor cuando Peter blandió su hoja con todas sus fuerzas. Un nanosegundo después seguía entera mientras que el demonio yacía dividido en dos. Peter lo había decapitado en el aire.
El mundo recuperó su velocidad normal con una embestida al tiempo que un demonio tras otro se lanzaba sobre nosotros. Peter se volvía a todas partes descargando golpes de espada, desgajándolos con su hoja, demostrando una maestría indiscutible. Y en lo más profundo de mi ser, no cabía en mí de gozo pensando que no me había matado, que intentaba repelerlos, que estaba dispuesto a enfrentarse a ellos por mí. Caían uno tras otro, pero seguían avanzando. Seguían acorralándonos. Y conocían el punto débil de Peter.
Uno de ellos se alzaba inmóvil en medio del caos observando la batalla que estaba librándose. Parecía más inteligente que los demás, más resuelto. Estudió a Peter, cómo luchaba, la limpieza con que asestaba sus golpes mortales, bajó la vista hacia el cuerpo humano que yacía a sus propios pies y atacó. Los largos dedos serrados se hundieron en el pecho de Peter y el dios que tenía ante mí se tambaleó. La capa que lo protegía se desvaneció y Peter se llevó las manos al pecho al tiempo que decenas de demonios se abalanzaban sobre él como buitres carroñeros, aprovechando la oportunidad que se les presentaba.
Con un esfuerzo sobrehumano, consiguió ponerse en pie, se los sacudió de encima, blandió la espada y reanudó la lucha. La capa lo envolvía una vez más, arremolinándose alrededor del relieve preciso de sus músculos hasta reencontrarse sobre el torso.
Sin embargo, en cuanto se materializó, el demonio volvió a atacar y enterró las garras en su hombro. La capa volvió a desvanecerse y Peter cayó al suelo, apoyándose en las palmas de las manos. La visión de un ser tan poderoso postrado de rodillas me hirió en lo más profundo. Corrí hacia él, pero se volvió y me quedé clavada en el sitio al ver la mirada furibunda de la bestia de hombros encorvados a la que había dado rienda suelta.
—Vete —gruñó, desapareciendo bajo un enjambre de demonios.
Aquella visión me dejó sin respiración y esta vez mis piernas no consiguieron aguantarme. Me desplomé en el suelo, conmocionada, viendo cómo aumentaba la montaña de demonios araña. Un pesar infinito inundó hasta la última partícula de mi ser. En ese momento los demás se volvieron hacia mí al unísono. Un líquido oscuro goteaba de sus fauces mientras avanzaban, sin prisa, conscientes de la desaparición del único obstáculo.
—Lali, corre —dijo Angel, tirando de mí para que me levantase.
Me puse en pie tambaleante y fui retrocediendo poco a poco hasta que me detuve en seco al sentir un hálito caliente en la nuca.
El miedo hizo presa en mí de tal manera que todo empezó a darme vueltas, los límites de mi campo visual se oscurecieron y comprendí algo que bastó para que las lágrimas acudieran a mis ojos. Iba a morir.
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Ante último capítulo chicos el siguiente es el último espero que les haya gustado la temporada.
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Ante último capítulo chicos el siguiente es el último espero que les haya gustado la temporada.
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