Capítulo 18 parte 1
Si al principio no lo consigues, puede que el fracaso sea lo tuyo.
(Camiseta)
Por alguna extraña razón, esa semana la gente estaba empeñada en tallarme como una calabaza de Halloween. Puede que se debiera a que Halloween estaba a la vuelta de la esquina. Por norma general, los navajazos dolían. Caí de bruces, tropecé con Mimi, quien había tropezado con Euge, y recé a Dios para no acabar disparando a nadie.
En defensa de Euge he de decir que llovían chuzos de punta. Mientras nosotras rodábamos por la escalera y acabábamos unas sobre otras al pie del último escalón, Angel empujaba la puerta con todas sus fuerzas (que Dios bendijera a aquel pequeño pandillero) y se la estampaba en las narices a Murtaugh el Chungo. Se cerró con un golpe sordo y contundente y el cuchillo repicó contra los peldaños.
—¡Guau, Angel! ¡Impresionante! —exclamé, golpeando a Euge en la rodilla con mi embotada cabeza. Para que aprendiera.
—¡Corred! —gritó Angel, impacientado. Ya no parecía de tan buen humor.
Con el corazón desbocado, nos pusimos en pie torpemente y echamos a correr hacia el callejón, el lugar menos iluminado de los alrededores. Si en vez del callejón hubiéramos elegido la calle y al final resultaba que el tipo llevaba pistola, cosa que sospechaba, habríamos sido un blanco fácil. Con la luz que proyectaban las farolas, habría sido imposible que no nos viera. Mi idea era rodear el edificio y plantarnos en la cafetería en un decir Jesús, con al esperanza de que Norma tuviera una llave para cerrar las puertas. Además, con un poco de suerte, la alarma traería a la caballería.
Euge volvía la mirada a todos lados mientras corría. Cuando quería, aquella mujer se movía muy rápido. Sin embargo, no habíamos avanzado ni veinte pasos cuando la puerta se abrió de golpe y se estampó contra la fachada de ladrillo del edificio. El chillido de Mimi fue de gran ayuda. Por si quedaba alguien que no hubiera oído la alarma ensordecedora.
—Corred —les dije al tiempo que me volvía y apuntaba con la pistola.
Lo que resultó más complicado de lo que había imaginado por culpa de la lluvia torrencial que me aporreaba la cara. Disparé una vez y el tipo se resguardó en el interior del edificio mientras Euge y Mimi aprovechaban para salir cagando leches. Poco después les di alcance.
—¿Qué hago? —preguntó Angel, interpretando su número del saltamontes en una sartén con energía renovada.
—Lo que puedas, cariño.
Me adelanté y eché un vistazo a la servidumbre de paso entre el centro de acogida y la fábrica de golosinas de al lado. Había varias cajas y jaulas, pero por lo demás el camino parecía libre; además, los obstáculos podrían servirnos para ponernos a cubierto en caso de que surgiera la necesidad.
Por desgracia, la necesidad surgió demasiado pronto. Oí un disparo. Mimi cayó al suelo soltando un chillido y se cubrió la cabeza. Apunté y volví a disparar, aunque no antes de oír el silbido de otras dos balas.
Por primera vez en mi vida, estaba en un tiroteo. En un tiroteo de verdad, disparando a uno de los malos. Y estaba visto que la puntería de ambos dejaba mucho que desear. Apunté a la cabeza y le di a la luz que tenía encima. En cuanto a él, ignoraba a quién apuntaba, salvo que estuviera eliminando las ventanas de la fábrica de golosinas como parte de una estratégica maniobra de distracción. Euge y Mimi tenían un contenedor cerca, al que se dirigieron para resguardarse detrás de él. Murtaugh el Chungo ya corría en nuestra dirección cuando Angel le puso la zancadilla. La pistola cayó con estrépito al suelo, sobre el que se deslizó varios metros.
—¡Cógela! —le grité a Angel, atravesando el callejón como un relámpago para reunirme con Eugenia.
—No funciona así —protestó exasperado, y lanzó los brazos al aire.
Mecachis, ¿había reglas?
—¿Os ha alcanzado a alguna de las dos? —pregunté entre jadeos mientras me parapetaba detrás del contenedor.
—Creo que no —dijo Mimi—. ¿Cuánto tiempo dirías que tardará la poli en llegar?
—Mucho más del que disponemos —contesté con total sinceridad.
Angel había alejado la pistola del hombre de una patada, pero este apenas tardó unos segundos en encontrarla y dirigirse de nuevo hacia nosotras.
Estábamos atrapadas detrás de un contenedor, ya que era imposible huir por aquel lado. Pasé a gatas junto a ellas para ver si había algún agujero en la cerca que rodeaba la finca. No hubo suerte. Debía de tener unos tres metros de alto y, teniendo en cuenta que estaba hecha de ladrillos de ceniza, dudaba que lograra atravesarla sin tomar mucha, pero que mucha carrerilla. Si pudiéramos encaramarnos al contenedor, tal vez conseguiríamos escalarla, pero eso significaría exponernos al Chungo. Además, era muy probable que a él le quedaran más balas que a mí.
—Lo siento, Mimi —me disculpé.
Mimi se había escondido demostrando gran sentido común y nosotras habíamos conducido al malo derecho hasta ella. Bien por Mariana.
—No, por favor, no lo sientas. —Se echó a llorar y a temblar de manera incontrolable y se me encogió el corazón—. Tú no tienes la culpa de nada. La culpa es mía y solo mía.
Realicé una rápida inspección del perímetro. Murtaugh el Chungo casi nos había dado alcance, con la pistola alzada, listo para disparar. Puede que si se quedara muy quieto, con un poco de suerte podría darle a medio metro de distancia.
—Ojalá hubiera hecho lo que tenía que hacer hace veinte años.
—Mimi —musitó Euge, pasándole un brazo por encima de los hombros.
Antes de volvérmelo a pensar, levanté el arma y salí de detrás del contenedor, sintiéndome más expuesta que nunca antes en toda mi vida. Sin contar aquella vez en Ciudad de Mexico. Maldito tequila.
—¡Me has dado! —grité, a través de la lluvia torrencial.
No me quedaba más remedio que invocar a Peter. No me gustaba molestar, teniendo en cuenta que estaban torturándolo y tal, pero...
La sonrisa diabólica que se dibujó en el rostro de mi adversario me hizo caer en la cuenta de por qué se le conocía como Murtaugh el Chungo por esos lares.
—Pit'aziel...
Sin pensárselo dos veces, Murtaugh el Chungo apretó el gatillo.
Un momento. Todavía no había acabado.
Sin embargo, el mundo empezó a moverse a cámara lenta y la bala se detuvo delante de mí.
—¿No habíamos discutido ya antes tus problemas con el sentido de la oportunidad?
Miré de reojo a mi derecha y vi que Peter estaba allí, tan tranquilo. Su capa se agitaba a su alrededor en majestuosas ondulaciones, como si fuera un océano en sí mismo. Volví a concentrarme en la expresión iracunda que contraía el semblante de Murtaugh el Chungo, en las gotas de lluvia suspendidas en el éter, en la bala que se abría camino en mi dirección, lanzando alegres salpicaduras al atravesar el agua. Casi conseguía distinguir la conmoción que su avance provocaba en el aire. Escasos centímetros la separaban de mi corazón. Si se producía un salto en el tiempo, aunque solo fuera un pequeño brinco de un nanosegundo hacia el futuro, la bala alcanzaría su objetivo.
—¿Qué está pasando? —pregunté a Peter.
Vi que se encogía de hombros por el rabillo del ojo.
—Lo que ocurre cuando alguien dispara a quemarropa —contestó.
A pesar de la delicada situación en que me encontraba, su voz profunda me resultó tranquilizadora.
—No, me refiero a esto, a que todo se detenga. O, bueno, a que vaya tan lento.
—El mundo es así, Holandesa. —Bajó la vista hacia mí y la capucha se inclinó hacia un lado, como si le asaltara la curiosidad—. ¿Y bien? ¿Quieres que me encargue de él?
Quería. Ya lo creo que quería. Sin embargo, todavía había una cuestión pendiente entre nosotros, tan molesta como un hilo suelto colgando de un jersey. Deseaba tirar de él, pero sabía que, de atreverme, me arriesgaba a deshacerlo del todo. Por alguna razón, que encabezaba lo más alto de la lista junto con los chihuahuas y las armas de destrucción masiva, fui incapaz de obviarlo.
—¿Vas a decirme dónde estás?
—¿Vas a sacar eso ahora?
—Sí.
—Pues entonces, no.
—Pues entonces ya me encargo yo de esto.
Nada más decirlo, en cuanto aquellas palabras abandonaron mis labios, comprendí que los rumores acerca de mi precaria salud mental tal vez no eran tan infundados como quería creer. Para empezar, ¿acaso el hecho de que necesitara su ayuda no había sido la razón por la que lo había invocado?
—¿Estás segura?
—Absolutamalditamente.
Confirmado. Estaba como un cencerro.
Se volvió en redondo, enfadado, con ese gruñido gutural que solía provocarme un placentero estremecimiento a lo largo de la columna vertebral.
—Eres la persona más tozuda...
—¡¿Yo?! —exclamé, incrédula—. Que ¿yo soy tozuda?
Ya lo creo. Lo mejor era encerrarme y tirar la llave.
De pronto, se plantó delante de mí.
—Como una mula.
—¿Porque no quiero que te suicides? ¿Por eso soy tozuda?
Bajó la cabeza hasta detenerla a escasos centímetros de la mía, aunque no le veía el rostro.
—Absolutamalditamente.
¡Plagiador! Apreté los dientes.
—No necesito tu ayuda.
—De acuerdo. Pero tal vez te convendría... —Me tocó el hombro con un dedo y me dio un ligero empujón a un lado, para apartarme de la trayectoria de la bala—. La próxima vez, agáchate.
La sensación del mundo recuperando su ritmo normal podía compararse a la de un tren de mercancías arrollándome a toda velocidad. La embestida me cortó la respiración y el sonido rebotó contra mi pecho y reverberó en mis huesos cuando el proyectil continuó su camino y pasó inofensivamente por mi lado. Di un traspiés y aún tuve tiempo de volverme hacia Murtaugh el Chungo, quien parpadeó sorprendido y volvió a apuntar. Si hubiera prestado atención, si el rugido del trueno y la lluvia no hubieran sido tan ensordecedores, tal vez habría oído el coche que enfilaba el callejón a toda velocidad. Igual que Murtaugh el Chungo. Sin embargo, ambos nos quedamos un tanto sorprendidos cuando vimos que un monovolumen negro se dirigía embalado hacia nosotros. El conductor pisó el freno a fondo y el vehículo se desplazó lateralmente, dibujando un círculo que barrió a Murtaugh el Chungo del suelo como un tornado y lo envió contra la fábrica de golosinas, sin tocarme un pelo.
Me quedé de piedra, parpadeando bajo la lluvia que me aporreaba la cara cuando el monovolumen se detuvo con un chirrido y Ulrich, el de los Tres Chiflados, bajó de un salto del asiento trasero y se dirigió a grandes zancadas hacia Murtaugh el Chungo, mientras la ventanilla del acompañante descendía. El señor Smith esbozaba una amplia sonrisa.
—Sabrosona, puedo asegurarle que se mete en más problemas que mi tía abuela May, y eso que ella está senil —dijo.
Miré a Ulrich. El hombre comprobó si Murtaugh el Chungo tenía pulso y a continuación le propinó un señor puñetazo, creo que para acabar de asegurarse. Angel cayó de rodillas, aliviado, y se desplomó en el suelo en una histriónica interpretación de Muerte de un viajante.
—¿Cómo nos ha encontrado? —pregunté a Smith.
—Llevábamos buscando a este tipo hacía mucho tiempo y decidimos que lo más lógico era seguirla a usted.
—¿Son ustedes polis? —pregunté.
—Ni de lejos.
Entonces ¿qué coño pasaba? Oí unas sirenas lejanas y supe que no tardarían en irse. Miré al señor Chao, también conocido como Super Dave.
—¿Cree que le conviene conducir tal como está?
Ulrich le asestó un nuevo y despiadado puñetazo a Murtaugh el Chungo.
—No se deja convencer con facilidad —dijo Smith.
—Yo me voy —anunció Angel, incorporándose y saludándome al estilo militar antes de desaparecer.
Me gustó lo del saludo. Tendría que instaurarlo en la oficina como procedimiento operativo estándar.
—Lali, ¿estás bien? —preguntó Euge desde las sombras.
Aunque dudaba de que Euge pasara por el aro.
—Como nunca, quedaos ahí.
Seguía sin saber quiénes eran aquellos hombres. Igual que Murtaugh el Chungo, también ellos podían ir perfectamente detrás de Mimi.
El señor Chao bajó del monovolumen por la puerta del conductor y rodeó el vehículo. Le cerré el paso, interponiéndome entre el contenedor y el cercado de ladrillos de ceniza. Si quería a Mimi Jacobs, primero tendría que vérselas conmigo. Lo que le llevaría como medio segundo. Milésima arriba, milésima abajo.
Ladeó el cuerpo y echó un vistazo por encima de mi hombro. Satisfecho, se volvió hacia mí, con el pelo completamente empapado. Cuando alargó una mano hacia mi cara, di un pequeño respingo, aunque solo porque creí que iba a partirme el cuello o algo por el estilo. Lo que vendría siendo habitual. Sin embargo, me pasó los dedos por las cejas para apartarme el flequillo mojado de los ojos. A continuación, hizo una levísima reverencia y regresó junto al monovolumen.
—Está viva —informó a Smith, y comprendí que hablaba de Mimi.
—Supongo que voy a quedarme sin saber para quién trabajan, ¿verdad? —pregunté.
—Podría decirse que para el pez gordo.
—¿Trabajan para Dios?
Reprimió una sonrisa.
—Un peldaño por debajo, digamos que para el comandante en jefe.
—Entonces todo esto está vagamente relacionado con el escaño del Senado.
—Vagamente.
—Vaya, no se andan con chiquitas. Espere, ¿y al final Kyle Kirsch está implicado en el asunto?
Entrecerró los ojos y se encogió de hombros.
—Apunte un poco más al norte.
—Oh, venga ya, ¿no pretenderá que me conforme con eso?
—Acabamos de salvarle la vida —contestó, enarcando las cejas.
Resoplé.
—Por favor, pero si lo tenía todo controlado.
Smith rió entre dientes y sacudió la cabeza.
—He de admitir que este es el trabajo más interesante que me han asignado hasta la fecha. —Me miró a los ojos, como si lo lamentara de veras—. La echaré de menos. Y a sus bóxers. —Volvió la vista hacia las sombras—. Acompañe a esa mujer a la policía, tiene una buena historia que contarles.
Tras un último y contundente puñetazo, Ulrich pasó junto a mí, me saludó con una leve inclinación de cabeza y subió al asiento trasero. Algo me dijo que no volvería a verlos. Ya se alejaban cuando de pronto Euge y Mimi me placaron por detrás y me envolvieron en el abrazo de grupo más asfixiante en el que nunca me había visto envuelta.
Las luces rojas y azules del ejército de coches patrulla y de vehículos de emergencia que acordonaban el callejón se deslizaban sobre las paredes de los edificios aledaños. Dos sanitarios subieron a la parte trasera de una ambulancia a un Murtaugh el Chungo esposado mientras un tercero comprobaba el estado de un Hulk conmocionado que no dejaba de lanzar quejidos. Sabía cómo se sentía. Me acerqué para ver cómo subían al Chungo a la ambulancia cuando dos hombres trajeados vinieron a mi encuentro. Últimamente parecía que por allí abundaban los trajes. Debía de haber rebajas en Dillard's.
—¿Señorita Esposito? —preguntó uno de ellos.
Asentí. Ahora que las aguas habían vuelto a su cauce, la espalda me dolía horrores. Murtaugh el Chungo había echado a perder una chaqueta que estaba como nueva y me había dejado una pequeña fisura en una vértebra. Me retorcí bajo la chaqueta, tratando de aliviar la molestia.
—Soy el agente Foster, del FBI. —Me enseñó su identificación—. Y este es el agente especial Powers.
—Sí, vale —dije, soltando un bufido—. Eso ya lo he oído antes.
El agente Foster no se inmutó.
—Eso nos han dicho, motivo por el que nos gustaría hablar con usted antes de interrogar a ese hombre.
Volví la vista hacia el Chungo, subido ya a la ambulancia.
—Debe de fastidiar que aparezca el auténtico.
—Es que no puedo dejarte sola ni un minuto —protestó el tío Nico, acercándose a grandes zancadas.
—Creo que voy a acabar en comisaría —les comenté a los agentes.
—Nos encontraremos allí.
—¿Estás herida? ¿Qué tal la cabeza? —preguntó el tío Nico. En el fondo era un blandengue.
—Mejor que la tuya. ¿Te has planteado la terapia de electrochoque?
Dejó escapar un largo suspiro.
—Ya veo que sigues enfadada conmigo.
—¿Tú crees?
Al final resultó que los Chungos eran parientes. Primos o algo así. Vaya sorpresa. Ambos eran naturales de Minnesota y habían estado metiéndose en líos toda su vida, aunque nunca en nada tan serio como un asesinato. Al menos que nosotros supiéramos.
La comisaría era un hervidero de actividad, donde se cocían casos nuevos y antiguos. El sol comenzaba a despuntar en el horizonte cuando Mimi empezó a prestar declaración en la sala de interrogatorios respaldada por Eugenia, quien la acompañaba para darle apoyo. Les habían procurado unas mantas con que envolverse y les habían llevado chocolate caliente. Dentro de lo que cabía, parecían estar bien atendidas. También estaban en la sala los padres de Mimi, que habían acudido de inmediato. El pobre hombre parecía incapaz de separarse de ella y mantenía un brazo sobre sus hombros, lo que dificultaba que Mimi pudiera beberse el chocolate, aunque imaginé que a ella no le importaría. Nunca se era demasiado mayor para disfrutar de un abrazo paterno. Por lo que sabía, había empezado a sacar todos los trapos a relucir, incluidos los sucios.
El tío Nico estaba ocupándose de que retiraran los cargos contra Warren y había hecho llamar a Kyle Kirsch, quien se presentaría en cualquier momento.
—Creo que no les pagaron lo suficiente —comentó Nicky al acercarse, con una pila de papeles en las manos.
Estaba sirviéndome leche en polvo en el café mientras trataba de que la manta no se me resbalara de los hombros, básicamente para ocultar el corte de la espalda. Dudaba mucho que pudiera soportar una nueva tanda de pegamento.
—En las cuentas de los primos Cox aparecen sendos depósitos de cincuenta mil dólares.
—¿Me repites quiénes son los primos Cox?
Suspiró. Me hacía gracia.
—¿Los hombres que te secuestraron? ¿El tipo que ha intentado asesinarte en un callejón oscuro? ¿Art y William Cox? ¿Te suena de algo?
—Claro. Solo quería que volvieras a decir Cox. Por lo decididos que parecían a cumplir su trabajo —añadí, dando un sorbo a mi café—, seguramente les habían prometido bastante más cuando hubieran terminado.
—Estoy seguro, pero no podemos rastrear los ingresos. El pistolero muerto del motel era uno de sus compinches de la cárcel. También estamos investigando sus cuentas.
Me volví en el momento en que Kyle Kirsch entraba precipitadamente en la comisaría seguido de cerca por dos guardaespaldas. Lo reconocí por los carteles de la campaña. Mimi salió de inmediato de la sala de interrogatorios y se lanzó en los brazos de Kyle cuando este se detuvo junto al sargento de recepción.
—¿Estás bien? —preguntó Mimi.
—¿Yo? —se asombró él, mirándola boquiabierto—. ¿Cómo estás tú? ¿Qué ha ocurrido? —quiso saber, estrechándola con fuerza.
—Un hombre quiso matarme y Euge y su jefa, Lali, me salvaron la vida.
Me encogí, un tanto avergonzada. Había sido todo un detalle por su parte obviar que justamente nosotras teníamos la culpa de que hubieran estado a punto de acabar con ella.
El tío Nico se acercó con paso tranquilo y le tendió la mano.
—Congresista —lo saludó.
—¿Es usted el inspector Esposito? —preguntó, estrechándosela.
—Sí, señor. Gracias por venir. ¿Quiere que le traiga algo antes de empezar?
Kyle había accedido a prestar declaración, insistiendo en que no tenía nada que ocultar. Abrazó a Mimi de nuevo.
—Creo que ha llegado la hora —le dijo, con una triste sonrisa.
—Tarde o temprano había que hacerlo.
—Tienes razón.
Me pregunté si los detendrían por no haber testificado antes. Esperaba que no fuera así porque ellos también podían considerarse víctimas en todo aquel asunto.
—Esta es LaliEsposito —me presentó Mimi, al verme merodeando por allí.
Kyle me estrechó la mano.
—No sabe cuánto le debo.
—¡Warren!
Mimi se echó en los brazos de su marido cuando este entró a trompicones en la comisaría, con el mismo aspecto atribulado de siempre.
—Siento decírselo —le confesé a Kyle en voz baja—, pero durante bastante tiempo creí que era usted quien estaba detrás de los asesinatos.
Sonrió con tristeza, aunque comprensivo.
—No la culpo, pero le prometo —añadió, dirigiéndose al tío Nico— que no he tenido nada que ver. Puede que no sea inocente, pero desde luego no soy culpable de asesinato. —Sacó el móvil—. Sé que teníamos una cita, pero ¿le importaría que llamara primero a mi madre? No he conseguido ponerme en contacto con mi padre. Creo que se ha ido a pescar y nunca se lleva el móvil. Solo quiero que sepan dónde estoy y qué es lo que ocurre antes de que lo vean en las noticias.
—Por supuesto, adelante —dijo Nicky.
—Gracias. Está de visita en casa de mi abuela, en Minnesota —comentó, volviendo la cabeza mientras se alejaba.
El tío nico y yo nos quedamos helados. Le di alcance y le tomé la mano con suavidad para que apartara el teléfono de la oreja.
Frunció el ceño y lo cerró.
—¿Ocurre algo?
—Kyle... Congresista...
—Puede llamarme Kyle, señorita Esposito.
—Los sospechosos de intento de asesinato eran delincuentes procedentes de Minnesota. ¿Le ha comentado a su madre o a su abuela lo que ha estado ocurriendo? ¿Lo que sucedió en Ruiz? ¿O que Tommy Zapata quería dar un paso al frente y confesar lo que había hecho?
Kyle parpadeó, sorprendido. Meditó mis palabras y se volvió al cabo de un momento, completamente estupefacto.
—Kyle, todos los que estuvieron en esa habitación con Hana Insinga han muerto, salvo Mimi y usted y, créame, si fuera por esos hombres, ahora mismo Mimi no podría contarlo. —Le toqué el hombro con delicadeza—. Solo queda usted. —Se cubrió los ojos con una mano e inspiró hondo—. Por casualidad, su madre no le habrá pedido hace poco que le prestara cien mil dólares, ¿verdad?
—No —contestó, volviéndose hacia mí con expresión resignada—. Mi madre procede de una familia adinerada. Si necesitara dinero, no le haría falta pedírmelo a mí.
Eso explicaría la lujosa casa de Taos en la que vivía con un sheriff jubilado.
—¿Cree que su madre es capaz de...?
...
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