Capítulo 17
— ¿Recuerdas lo que vi cuando lo trajeron aquí por primera vez?
Asentí con la cabeza.
— Claro.
La primera vez que había ido a visitarlo, Nico me había contado la historia de cómo se había enterado de lo que Peter era capaz. Hacia poco que había empezado a trabajar en la cárcel y estaba en la planta de la cafetería cuando vio que tres reclusos se dirigían hacia aquel chico de veintiún años que acababa de llegar junto con los presos comunes, recién salido de recepción y diagnosis. Peter. Carne fresca. Nico montó en pánico y se abalanzó sobre la radio, pero aun antes de que pudiera pedir refuerzos, Peter había anulado a tres de los hombres más peligrosos del centro sin despeinarse. Nico aseguraba que el joven se había movido tan rápido que ni siquiera había podido seguir sus movimientos. Como un animal. O un fantasma.
— Por eso estaré vigilándote a través de esa cámara — dijo, indicando el aparato que había instalado en un rincón —, y tengo un equipo preparado al otro lado de la puerta esperando la señal.
— Nico, si en algo aprecias a tus hombres, no puedes hacerlos entrar. Y lo sabes — repuse, lanzándole una mirada de advertencia.
Sacudió la cabeza.
— En el caso de que ocurriera algo, puede que consiguieran retenerlo lo suficiente para que te diera tiempo a escapar.
Me levanté y me acerque a él.
— Sabes que no es así.
— Pero, entonces, ¿qué quieres que haga? — preguntó, con aspereza.
— Nada — contesté, casi con un gemido —. No me hará nada, pero no puedo prometerte lo mismo de tus hombres si los haces entrar con porras y espray de pimienta. Puede que se moleste un poco.
— Tengo que tomar precauciones. La única razón por la que permito este encuentro… — Volvió a bajar la cabeza —. Ya la conoces.
La conocía. Peter le había salvado la vida. Fuera, en el mundo real, aquello significaba mucho. En la cárcel, su valor se multiplicaba exponencialmente.
— Nico, pero si ya en el instituto no podías ni verme.
Se atragantó intentando ahogar una risita y enarcó las cejas, sorprendido.
— Me halaga que te preocupes por mí, pero…
— No creas. — Sonrió de oreja a oreja —. ¿Sabes cuánto papeleo hay que rellenar cuando asesinan a alguien dentro de la cárcel?
— Gracias — dije, dándole unas suaves palmaditas.
Retiró mi silla hacia atrás.
— Quédate aquí quietecita mientras voy a echarles una mano para traerlo. No quiero problemas.
— De acuerdo. No me moveré.
Y así lo hice. Tenía el estómago revuelto a causa de la emoción, la adrenalina, el miedo y demasiado café. Se me hacía difícil creer que por fin fuera a verlo, en persona, consciente. Ya lo había visto antes en persona, pero o estaba en coma o inconsciente, después de haber sido torturado. Qué poco me gustaban las torturas.
La puerta se abrió unos minutos después, y me levanté con torpeza cuando un hombre esposado puso un pie en la sala y se volvió hacia el fornido funcionario de prisiones que lo seguía. Era Peter, y su presencia me dejó sin respiración. Tenía el mismo cabello castaño y desordenado, los mismos hombros robustos dignos de un rugbier sobre los que se tensaba la tela naranja del uniforme penitenciario, y las líneas precisas y nítidas de sus tatuajes se enroscaban en sus bíceps y desaparecían bajo las desconocía!Leídas mangas enrolladas. Era muy real y muy poderoso. El calor que desprendía, su seña de identidad, serpenteó hasta mí en cuanto se abrió la puerta.
El funcionario de prisiones bajó la vista hacia las manos esposadas de Peter, luego lo miró a la cara y se encogió de hombros.
— Lo siento, Lanzani. Se quedan donde están. Órdenes.
En ese momento apareció Nico Riera. Peter solo le sacaba unos centímetros, pero parecía muchísimo más alto que él.
Levantó las manos esposadas hacia el subdirector. Iban unidas a una cadena que se acoplaba a un cinturón y luego bajaba por las piernas hasta un nuevo par de grilletes que le rodeaban los tobillos.
— Sabes que no servirían de nada — le dijo a Nico, bañándome en su voz cálida y profunda.
Nico me miró.
— Nos darán unos segundos en caso de necesitarlos.
Peter lo imitó. Por primera vez después de diez años, volvía a mirar a los ojos al Peter Lanzani de verdad, al de carne y hueso, y creí que me flaqueaban las rodillas. Lo había visto muchas veces en un sentido más espiritual, cuando me visitaba en su estado incorpóreo, pero aquella tangibilidad era algo totalmente nuevo para mí. De hecho, la última vez que había visto su cuerpo terrenal, unos demonios aracniformes de garras afiladas como cuchillas intentaban descuartizarlo. A juzgar por el sensual torrente de adrenalina que en esos momentos corría por sus venas, parecía haberse recuperado bastante bien.
Igual que yo percibía su poca disposición a interrumpir el contacto visual, estaba convencida de que él podía sentir el calor que trepaba por mis piernas y prenetraba en mi vientre, una respuesta a su cercanía, y muy dentro de mí me sentí cohibida. Aunque también adivinaba el deseo de arrancarse aquellas esposas, en parte para fastidiar a Nico y en parte para apartar la mesa que se interponía entre nosotros. Y podría haberlo hecho. Podría haberse quitado las esposas como si estuvieran hechas de papel maché. Pese a todo, también advertía su ira soterrada y concentrada, y de pronto me alegré de contar con la cámara, de aquello sensación adicional de protección, por ridícula e inútil que acabara resultando si se daba la ocasión.
Se acercó a la mesa y la luz que iluminó su rostro me aceleró el pulso.
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