Capítulo 10
Así que ahora no sabía si la intensa emoción que emanaba de él era un derivado de ese incidente o si se trataba de algo nuevo y mejorado, sin conservantes, potenciadores del sabor ni colorantes artificiales. Fruncía el ceño, eso si estaba claro. Tal vez tenía ardor de estómago, aunque lo más probable era que hubiera oído el comentario sobre el spray de pimienta.
— Hola, papá.
Me acerqué dando alegres saltitos y lo besé en es mejilla de viejo gruñón cascarrabias.
— Cariño, ¿podemos hablar?
— Por supuestísimamente. Vuelvo enseguida — le dije a Eugenia.
Mi padre la saludó con un gesto de cabeza y luego cerró la puerta que separaba nuestros despachos, como si eso sirviera de algo. Esa puerta hacia que el cartón pareciera indestructible.
— ¿Es por lo del café? — pregunté, repentinamente incómoda.
— ¿El café?
— Ah vaya, esto, ¿te apetece una taza?
— No, sírvete tú.
Me preparé una rápida taza de café de contrabando y luego me senté tras la mesa, mientras él tomaba asiento en ladilla que tenía enfrente.
— ¿Qué ocurre? — pregunté.
Me miro apenas unos instantes y luego apartó los ojos, sin llegar a encontrarse con los míos. Mala señal.
Tras un hondo suspiro, por fin se decidió a soltar en todo su psicótico esplendor lo que claramente venía preocupándole.
— Quiero que dejes la investigación privada.
Aunque lo único que podría sentarme peor después de que los bala dronada sería una infección por clamidia, debía felicitarlo por haber sido tan directo. Para ser un inspector retirado con honores, podía convertirse en el hombre más evasivo de mi línea genética, por lo que se agradecía el cambio.
Aún así, ¿dejar mi profesión? ¿La misma profesión que había levantado desde sus cimientos con estas manos hermosas y unos Louis Vuitton de diseño? ¿La misma profesión que me había costado sangre, sudor y lágrimas? Bueno, tal vez sudor y lágrimas no, pero ¿sangre? A raudales.
¿Que lo dejar? Ni en broma. Además, ¿a qué iba a dedicarme? Tendría que haber ido a Hogwarts cuando tuve la oportunidad.
Me removí incómoda en el asiento, consciente de que mi padre esperaba una respuesta inmediata. Parecía decidido, como si lo empujara una determinación inquebrantable. Haría falta un poco de tacto... y prudencia, tal vez incluso unas chocolatinas.
— ¿Tú estás mal de la cabeza o qué? — pregunté, comprendiendo que mi plan de camelármelo y sobornarlo si era necesario se había ido al garete en cuanto había abierto la bocota.
— Lali...
— Papá, no. No puedo creer que te atrevas a pedirme algo así.
— No te lo estoy pidiendo. — Su sequedad me dejó helada, y todos los morritos y lo resoplidos que habían ido acumulándose bajo la superficie chocaron contra mí y me dejaron sin aliento. ¿Lo decía en serio? —. Puedes trabajar para mí en el bar a tiempo completo hasta que encuentres otra cosa.
— Por lo visto, sí —. Salvo, claro está, que prefieras quedarte. No me vendría mal alguien que se encargara de llevarme los libros, el inventario y los pedidos. — ¿Pero qué...? —. Aunque lo entendería si no quisieras. Podría ayudarte a buscar trabajo en otro sitio. O podrías volver a estudiar y sacarte el máster. — Parecía ilusionado —. Yo lo pago. Hasta el último peso.
— Papá...
— Noemí Bachachi está buscando un nuevo gerente.
— Papá, re...
— Te contrataría en un santiamén.
—Papa, para. — Me levanté de la silla impulsada por un resorte para que me prestara atención. Cuando por fin me miró, planté las manos en la mesa y me incliné hacia delante —. No — dije, con toda la delicadeza que pude.
— ¿Por qué no?
— ¿Por qué no? — Alcé las manos atónita —. Para empezar, no se trata solo de mi. Tengo empleados.
— Tienes a Eugenia.
— Exacto, y también contrato a otros detectives cuando lo exige la situación.
— Eugenia puede encontrar trabajo donde quiera. Está sobrecualificada para este puesto y lo sabes.
Tenía razón. No le pagaba lo que se merecía ni de lejos, pero a ella ya le gustaba la labor que desempeñaba. Y a mí me gustaba ella.
— Además tengo un caso. No puedo recoger los bártulos y si te he visto no me acuerdo.
— No has aceptado su dinero. Te he oído. No tienes caso.
— Hay una mujer desaparecida.
Él también se levantó.
— Y él es el culpable — dijo, señalando la puerta de entrada —. Díselo a tu tío y mantente al margen.
Deje que la frustración se abriera paso entre mis labios.
— Tengo recursos de los que ellos carecen y tú lo sabes mejor que nadie. Puedo ayudar.
— Si, informando a tu tío de todo lo que sepas — insistió, inclinándose hacia delante — y manteniéndote al margen.
— Ni hablar.
Parecía haber perdido fuelle, pero sentí como la rabia y el remordimiento se agitaban en su interior.
— ¿Al menos lo pensarás?
Seguía atónita, sin poder de crédito a lo que acababa de oír. Mi propio padre me pedía que abandonara mi medio de vida, mi vocación. Debería haberme imaginado que se traía algo entre manos cuando estuvo a punto de hacer que me mataran.
Se dio la vuelta para irse, por lo que rodeé la mesa y lo así por el brazo, con mucha más fuerza de la que pretendía.
— Papá, ¿a qué viene todo esto?
— ¿De verdad que no lo sabes?
Parecía sorprenderse de que le preguntara.
Me estrujé el cerebro intentando comprender a qué se refiería. Era mi padre. Mi mejor amigo desde siempre. La única persona a quien podía acudir, que creía en mí, en mis habilidades, y que no me miraba como si fuera un monstruo de feria.
— Papá, ¿por qué? — insistí, intentando sofocar la pena que impregnaba mi voz, aunque sin éxito.
— Porque no voy a quedarme sentado sin hacer nada viendo cómo te apalean, secuestran, disparan..., en fin, de todo, cosa que ha empezado a ocurrir desde que te metiste en este negocio — contestó, con aspereza, abarcando la oficina con un gesto, como si el edificio tuviera parte de la culpa.
Retrocedí un paso y me dejé caer en la silla.
— Papá, llevo resolviendo casos de crímenes desde los cinco años, ¿recuerdas? Para ti.
— Pero yo nunca te puse en primera línea. Siempre te mantuve al margen.
No conseguí reprimir la sarcástica carcajada que se me escapó. Aquello si que tenía gracia.
— No hace ni dos semanas, papá. ¿O ya has olvidado la diana que me pintaste en la espalda?
Fue un golpe bajo, pero también lo era que hubiera ido a mi despacho para prácticamente exigirme que dejara mi trabajo.
El sentimiento de culpa que pareció engullirlo por completo hizo mella en mi determinación. Intenté enfrentarme a él. Tanto daba cuáles hubieran sido sus intenciones cuando ese ex convicto intentó matarnos, mi padre no había sabido llevar el asunto y ahora se desquitan conmigo.
— De acuerdo, me lo merezco — reconoció en voz baja —, pero, y todo lo demás, ¿qué? ¿Y esa vez que un marido cabreado fue tras de ti con una pistola? ¿O cuando esos hombres te secuestraron y te dieron una paliza antes de que apareciera Amadeo? ¿O cuando el crío ese te sacudió y caíste desde diez metros de altura del tejado de un almacén?
— Papá...
— Podría continuar. De hecho, podría pasarme horas.
Sí, podía, pero mi padre no lo entendía. Todo tenía una explicación. Agaché la cabeza, desconcertada como un niño enfurruñado, asombrada de que mi padre pudiera hacerme sentir tan pequeña. Asombrada de que esa fuera precisamente su intención.
— Y tu solución es que deje todo por lo que he luchado, ¿no?
Soltó el aire poco a poco.
— Sí, creo que sí — afirmó, dando media vuelta y dirigiéndose hacia la puerta —. Y deja de llevarte mi café.
— ¿De verdad crees que dejar este trabajo aliviará tu culpa?
Ni siquiera se detuvo, pero se que le dolió. Sentí una breve y aguda punzada antes de que desapareciera al doblar la esquina.
Tras permanecer unos minutos carcomida por los remordimientos — y solo en parte por lo del café —, por fin me repuse y fui a ver a Euge.
— Nos han pillado. Sabe lo del café.
— Se equivoca — dijo, sin levantar la vista del ordenador, como si estuviera ofendida.
— No, le he estado choreandole el café.
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