miércoles, 29 de marzo de 2017

Capítulo 9

Capítulo 9


Por consejo de mi abogado, mi camiseta se abstiene de llevar mensaje.
(Camiseta)

Dos horas después, Euge y yo nos encontrábamos en su oficina, sorprendidas del resultado que habían dado nuestras pesquisas en los registros del instituto y en internet. En el último mes, seis antiguos alumnos del instituto de Ruiz habían fallecido o desaparecido. Entre las muertes había un asesinato, un accidente de coche, dos supuestos suicidios, una muerte accidental por ahogamiento y una desaparición: la de Ana.
—De acuerdo, toda esta gente no solo estaba matriculada en el instituto de Ruiz —dijo Euge, repasando la lista—, sino que además apenas los separaba un curso o dos de los demás.
—Y puede que todavía haya más. No tenemos los nombres de las chicas que podrían haber cambiado de apellido al casarse.
—He de comprobarlo —admitió Eugenia.
—Teniendo en cuenta que había un centenar de alumnos en todo el instituto, las probabilidades de que algo así ocurra por casualidad son astronómicas. Ha de haber otra conexión. No creo que nuestro hombre tenga la intención de acabar con todos los que fueron con él al instituto. Si se tratara de un asesino en serie, lo más probable es que hubiera un patrón, que las muertes se produjeran de manera similar dentro de un área definida. Quien esté detrás de todo esto quiere que parezcan accidentes o suicidios, al menos casi todos ellos.
—Tal vez las amenazas que Gonzalo le lanzó a Tommy Zapata se lo pusieron en bandeja para matar dos pájaros de un solo tiro, Tommy y Ana, y hacer recaer las sospechas sobre Gonzalo —aventuró Euge.
—Y teniendo en cuenta que los demás casos están calificados como muertes por causas fortuitas, alguien está cometiendo asesinatos con total impunidad.
—¿Sabes una cosa? —dijo Euge, que volvía a repasar los registros—, el nombre de Ana no aparece en este listado. Debe de ser posterior a su mudanza.
—Vale, hagamos lo siguiente —dije, pensando en voz alta—: tú busca en los archivos policiales de Ruiz cualquier cosa extraña que sucediera en la época en que Ana se mudó, empezando desde uno o dos meses antes del traslado. Aunque no es demasiado probable, puede que el radar del sheriff captara algo.
—De acuerdo. También comprobaré los apellidos de casada de algunas de estas mujeres, por si acaso.
—Pues ya que te pones —dije, como si no tuviera suficiente trabajo—, ¿qué tal si llamas a ver si te dan los registros anteriores a estos?
—Sí, ya me lo había apuntado. Eh, ¿qué vas a hacer tú?
Peter tenía una hermana fruto de una especie de retorcido secuestro, podría decirse. Cuando Mery tenía dos años, su madre drogadicta la había abandonado en el felpudo de Earl Walker apenas unos días antes de que la mujer muriera a causa de complicaciones derivadas de una infección de VIH. Mi único consuelo era pensar que, de haber sabido qué tipo de monstruo era Earl Walker, la madre de Mery jamás habría dejado a su hija con él, fuera o no su padre. Aunque Walker nunca abusó sexualmente de ella, tal como yo había temido en un primer momento, tampoco se quedó atrás. La utilizó para controlar a Peter. La dejaba morir de hambre para conseguir lo que quería de él. Y lo que quería de Peter no era nada bueno.
—Voy a hablar con Mery, la hermana de Peter.
Euge se animó, esperanzada.
—¿Crees que sabe dónde podría estar?
—Mucho me temo que no, pero hay que intentarlo.
—¿Vas a ponerte en contacto con mistress Marigold? —preguntó con una sonrisilla burlona—. Porque el asunto ese de «si eres el ángel de la muerte» es un poquitín raro.
—Dímelo a mí. Todavía no lo he decidido.
—¿Qué te parece si la llamo yo? ¡Virgen santa! —exclamó, volviendo a mirar el registro del instituto.
—¿Qué pasa?
Me acerqué de un atlético salto para leer por encima de su hombro.
—Ana fue al instituto con Kyle Kirsch. Acabo de caer ahora mismo.
—¿El congresista? ¿El mismo congresista que hace poco anunció sus planes de presentarse como candidato al Senado de Estados Unidos?
—Sí. Su nombre de pila es Boris. Aparece como Boris Kyle Kirsch. Lo de Boris me ha despistado. Debe de hacerse llamar por su segundo nombre.
Me incliné un poco más y la miré fijamente.
—¿El mismo congresista que anunció sus planes de presentarse al Senado de Estados Unidos hace un mes?
Euge se quedó boquiabierta.
—¡Virgen santa! —repitió.
Tenía una gran facilidad de palabra.
Un congresista. Un maldito congresista. Era evidente que en aquel asunto había gato encerrado. Uno enorme. Como del tamaño de King Kong. Y alguien, y no pensaba dar nombres, no tenía intención de dejarlo escapar. Seguramente porque no había nada más terrorífico que un gato descontrolado y descomunal sembrando el pánico entre la población. Apostaba todo lo que tenía, hasta el último de mis cuarenta y siete dólares y cincuenta y cinco centavos, a Kyle Kirsch. Congresista. Candidato a senador. Asesino.
Claro está, también podría ser que todo se debiera a una increíble coincidencia, una extraña serie de acontecimientos que, por casualidad, giraban en torno a un grupo de adolescentes de Ruiz, Nuevo México, y a un hombre que acababa de anunciar su candidatura más o menos por las mismas fechas en que sus compañeros de clase habían empezado a caer como moscas. Y, ¿por qué no?, también era posible que me coronaran miss Finlandia antes de que acabara el año.
Gracias a Kyle Kirsch, tenía un nuevo interrogante causándome serios trastornos intestinales. ¿Qué diablos había hecho ese tipo? Salvo que hubiera participado en un sacrificio ritual para un señor de la oscuridad o hubiera sido representante de Amway en algún momento de su vida, no conseguía imaginar qué podía empujarlo a asesinar gente inocente.
Había que pararle los pies.
Detuve el coche en el complejo cerrado de apartamentos de estilo hacienda de Mery Del Cerro y llamé a su puerta de color turquesa.
—Señorita Esposito —dijo Mery cuando abrió, mirándome con evidente preocupación. Me tomó por una muñeca y me hizo entrar—. ¿Dónde está?
Llevaba el pelo castaño rojizo recogido de cualquier manera en una coleta y unos círculos oscuros rodeaban sus ojos verdosos, que parecían enormes y hundidos. Si la primera vez que la había visto me había dado sensación de fragilidad, en ese momento su apariencia de porcelana daba la impresión de estar a punto de resquebrajarse.
Le apreté la mano mientras me acompañaba a un sofá beige.
—Esperaba que usted pudiera decírmelo —dije una vez que tomamos asiento.
La brizna de esperanza a la que había estado aferrándose con uñas y dientes se desvaneció y su aura se resquebró unos milímetros. Fue como si la envolvieran las sombras, como si una bruma le oscureciera la mirada.
No sabía hasta dónde contarle. ¿Querría saber que mi hermano prácticamente pretendía suicidarse? Por supuesto que sí. Mery tenía derecho a saber lo que el cabezota de su hermano se traía entre manos.
—Ahora mismo está furioso conmigo —dijo.
—Entonces ¿lo ha visto?
Comprendí lo duro que debía resultar para ella el acuerdo al que habían llegado. Habían hecho un pacto según el cual no podían mantener ningún contacto. Peter no quería que ella volviera a sufrir por su culpa y ella se negaba a ser el instrumento mediante el cual pudieran hacer daño a Peter. Nadie, ni siquiera el Estado, sabía qué relación los unía. A pesar de que no compartían progenitores, eran hermanos hasta la médula y tenía el presentimiento de que Peter dejaría de ser mi amiguito del alma si supiera que había estado hablando con ella.
—Mery, ¿sabe lo que es?
Unió las cejas en un delicado ceño.
—No. En realidad, no. Solo sé que es muy especial.
—Es... —dije, cogiendo carrerilla. No es que pensara decirle quién era en realidad. Qué era—. Es muy especial y puede abandonar su cuerpo.
Tragó saliva.
—Lo sé. Hace tiempo que lo sé. Y es muy fuerte. Y rápido.
—Exacto. Y cuando abandona su cuerpo, es incluso más fuerte y más rápido.
Me hizo saber que me seguía con un leve asentimiento de la cabeza.
—Es por eso que ha decidido dejar que muera su cuerpo —anuncié, esperando no partirle el corazón.
Sus ojos enrojecidos parpadearon varias veces sumidos en un silencio atónito antes de que acabara de digerir lo que acababa de comunicarle. Luego se llevó una mano a la boca y me miró incrédula.
—No puede hacer eso —dijo con voz airada por el dolor.
Le estreché la mano que todavía no había soltado.
—Estoy de acuerdo. Tengo que encontrarlo, pero él no quiere decirme dónde está su cuerpo. Está... herido —dije, eludiendo la verdad.
No era necesario que supiera cómo era de grave la situación o el poco tiempo que le quedaba a Peter.
—¿Qué? ¿Cómo es posible?
—No estoy segura —mentí—, pero debo encontrarlo antes de que sea demasiado tarde. ¿Tiene alguna idea de dónde podría estar?
—No —contestó con la voz rota al tiempo que las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas—, pero el alguacil federal dijo que se había metido en un buen lío.
Se me heló la sangre en las venas. Nadie, ni siquiera el Estado, sabía que Mery era la seudohermana de Peter. Ella estaba completamente fuera del sistema, no mantenían ningún contacto a petición de Peter y no había ni un solo documento que los relacionara. Al menos, que yo supiera.
—Y ahora esto —prosiguió, ajena a mi angustia—. ¿Por qué? ¿Por qué iba a dejarme así?
O ese alguacil era muy bueno en su trabajo o disponía de información privilegiada. Me decantaba por lo de la información privilegiada porque nadie era tan bueno.
Envolví su mano entre las mías.
—Mery, le prometo que haré todo lo posible por encontrarlo.
Me atrajo hacia ella para abrazarme. La estreché con delicadeza, temiendo que se me rompiera entre los brazos.
Fui sorteando el tráfico de la I-40, preguntándome cómo demonios un alguacil federal había podido dar con Mery. Estaba alucinada. No era fácil encontrarla y eso que yo conocía su existencia de antemano. De hecho, había muy poca gente que lo supiera.
Empezó a sonar la melodía de «Da Ya Think I'm Sexy?» y abrí la tapa del móvil, sabiendo que encontraría a Euge al otro lado de la línea.
—La Casa de Mala Reputación de Lali, ¿diga?
—Tienes que venir a buscarme —dijo.
—¿Ya estás ofreciendo tu cuerpo por las calles otra vez? ¿Es que no hemos hablado ya de esto?
—Unas semanas antes de que Ana se mudara a Buenos Aires, desapareció una chica de su clase.
Reduje una marcha y me cambié al carril derecho para salir de la interestatal.
—¿Qué ocurrió? —pregunté intentando hacerme oír por encima de los bocinazos y los improperios furibundos—. ¡Pues mira quién habla! —respondí a gritos a los conductores agresivos.
—Nadie lo sabe. Nunca encontraron el cuerpo.
—Qué interesante.
—Sí. Y muy triste. Según un artículo de hace cinco años, sus padres todavía siguen en Ruiz. Llevan veinte años viviendo en la misma casa con la esperanza de que su hija llame a su puerta cualquier día de estos.
En realidad, aquello era bastante habitual. Cuando el caso no quedaba cerrado, los padres solían mostrarse reticentes a la hora de mudarse por miedo a que sus hijos volvieran algún día y no los encontraran.
—El cierre de un caso, para bien o para mal, debería ser prioritario.
—Y adivina cómo se llamaba.
—Eh...
—Hana Insinga.
Ah. La parte de «Hana» del mensaje que Ana había dejado en la pared del lavabo de la cafetería.
—Estoy ahí en un periquete —dije, antes de colgar.
—Esta es la dirección —dijo Euge al subir a Misery.
—¿Quién va a contestar al teléfono?
En realidad no me importaba, pero alguien tenía que hacérselo pasar mal a Euge, maldita fuera, y ¿por qué no podía ser yo ese alguien?
—He desviado todas las llamadas a mi móvil.
También llevaba consigo una pila de papeles, carpetas y el portátil.
—Menos mal. No te pago para que te pasees por el país como una estrella del rock.
—¿Que tú me pagas? Pero si soy tu esclava.
—Por favor, me sales muchísimo más barata que una esclava. Tienes tu propia casa y te pagas tus facturas.
Multifunción hasta la muerte, me sacó la lengua al mismo tiempo que se ponía el cinturón de seguridad. Cómo le gustaba lucirse. Vi un hueco y pisé a fondo en dirección a Central. La oportunidad lo era todo. Los archivos salieron volando del regazo de Euge, quien intentó atraparlos.
—¡Me he cortado con el papel! —chilló.
—Eso es lo que pasa por sacarme la lengua.
Se chupó el dedo y me lanzó una mirada asesina antes de alejar la mano para mirarse la herida.
—¿El seguro médico de la empresa cubre los cortes con papel?
—¿Las gallinas ponen bolas de nieve?
Unas dos horas después, estábamos sentadas en una acogedora sala de estar de Ruiz con una mujer encantadora llamada Hy que nos había servido un refresco hecho con polvos de sabores en tazas de té. Hy parecía tener ascendencia asiática, tal vez coreana, pero su marido había sido un piloto de la marina, rubio y de ojos azules. Se habían conocido estando él de permiso en Corpus Christi, la ciudad natal de Hy, en lo más profundo del sur de Texas. Ella conservaba el acento nasal que lo demostraba. Era diminuta y tenía una cara redonda enmarcada por una melenita negra surcada de canas que le llegaba a la mandíbula. La camisa blanca y los pantalones de color caqui que llevaba la hacían parecer más joven de lo que era, aunque ya de por sí daba la impresión de ser tan delicada como las tazas de té que nos había ofrecido.
—Gracias —dije cuando me ofreció una servilleta.
—¿Les apetecen unas galletas? —preguntó. Su acento tejano se daba de tortas con sus rasgos asiáticos.
—No, gracias —contestó Euge.
—Vuelvo enseguida.
Desapareció rápidamente en dirección a la cocina, seguida por el chancleteo de sus zapatillas sobre la alfombra.
—¿Puedo llevármela a casa? —preguntó Euge—. Es adorable.
—Puedes, pero a eso se le llama secuestro y hay varias agencias dedicadas al cumplimiento de la ley que no acaban de verlo con buenos ojos.
Ahogué una risita en mi taza de té al ver que me respondía con el ceño fruncido. Estaba visto que los cortes con papel la ponían de mal humor.
Hy regresó con una bandeja de galletas en las manos. Sonreí cuando la alargó hacia mí.
—Muchísimas gracias.
—Son unas galletas muy buenas —aseguró, tomando asiento en un sillón reclinable frente a nosotras.
Después de dejar una en mi servilleta, le pasé la bandeja a Eugenia.
—Señora Insinga, ¿le importaría contarnos lo que ocurrió?
Le habíamos dicho que habíamos ido hasta allí para hacerle unas cuantas preguntas acerca de su hija cuando poco antes nos presentamos en su puerta y ella tuvo la amabilidad de invitarnos a entrar.
—Hace ya tanto tiempo de eso... —dijo, retrayéndose en sí misma—. Todavía huelo su pelo.
Dejé la taza en la mesa.
—¿Tiene alguna idea de lo que pudo ocurrir?
—Nadie lo sabe —contestó con la voz quebrada—. Preguntamos a todo el mundo. El sheriff interrogó a todos los críos, pero nadie sabía nada. Simplemente, un día no volvió a casa. Como si se la hubiera tragado la tierra.
—¿Salió esa noche con algún amigo?
El dolor almacenado por la desaparición de su hija reflotó a la superficie y emanó de Hy. Era desorientador. El corazón me latía con fuerza y me sudaban las manos.
—No debía haber salido. Se escabulló por la ventana, así que no sé si estaba con alguien.
Hy luchaba por controlar sus emociones y sentí mucha lástima por ella.
—¿Podría decirme quiénes eran sus amigos? —pregunté.
Con un poco de suerte, al menos nos iríamos con algunos contactos.
Sin embargo, Hy sacudió la cabeza, apesadumbrada.
—Hacía pocas semanas que vivíamos aquí. Todavía no había conocido a ninguno de sus amigos, aunque solía hablar de un par de chicas del instituto. No estoy segura de que fueran íntimas, Hana era extremadamente tímida, pero decía que una de las chicas era muy amable con ella. Después de que Hana desapareciera, la joven se mudó a Buenos Aires a vivir con su abuela.
—Ana Heredia —dije, con tristeza.
Ella asintió.
—Sí. Le dije al sheriff que eran amigas. Él me aseguró que había interrogado a todos los críos del instituto y que nadie sabía nada.
Desde el punto de vista ético, no podía sacar a relucir el nombre de Kyle Kirsch. No disponíamos de pruebas que demostraran su implicación en aquel asunto. Sin embargo, decidí enfocar el tema desde una perspectiva distinta.
—Señora Insinga, ¿había algún chico entre sus amistades? ¿Mencionó alguna vez que tuviera un amigo?
Hy entrelazó las manos en el regazo. Me dio la impresión de que no le gustaba pensar en aquella faceta de su hija, pero la joven tenía por lo menos quince años cuando desapareció, posiblemente dieciséis. Era más que probable que los chicos ocuparan gran parte de sus pensamientos.
—No lo sé. Aunque le hubiera gustado alguien, jamás nos lo habría confesado. Su padre era muy estricto.
—Siento mucho lo de su marido —dije, ante la mención de su esposo. Nos había dicho que había muerto hacía dos años.
Asintió con la cabeza en señal de gratitud. Tras llevar la conversación hacia terrenos menos pantanosos y preguntarle por su ciudad natal y lo que más echaba de menos de Texas, Euge y yo nos pusimos en pie y nos acompañó hasta la puerta.
—Hay algo más —anunció, al conducirnos afuera. Euge ya había echado a andar hacia el jeep—. Hará unos diez años, empezamos a recibir un ingreso mensual en nuestra cuenta corriente.
Me detuve y me volví hacia ella, sorprendida.
—No quise creer que tuviera algo que ver con Hana, pero debo dejar de engañarme. ¿Por qué iba a alguien a darnos dinero sin razón aparente?
Buena pregunta.
—¿Se trata de una transferencia desde otra cuenta?
Sacudió la cabeza. Claro que no. Eso habría sido demasiado fácil.
—Siempre es a través de un cajero automático —añadió—. Mil dólares en efectivo el primero de cada mes. Como un reloj.
—¿Y no tiene la menor idea de quién puede tratarse?
—No.
—¿Se lo ha dicho a la policía?
—Lo hicimos —aseguró, encogiéndose de hombros—, pero no estaban dispuestos a malgastar sus recursos en la vigilancia de los cajeros de la ciudad cuando ni siquiera se había cometido un delito. Sobre todo teniendo en cuenta que no pretendíamos presentar ninguna denuncia.
Asentí, haciéndome cargo. Debió de haber sido difícil discutir con las autoridades.
—Mi marido y yo tratamos varias veces de descubrir quién hacía los ingresos, pero cuando vigilábamos un cajero, el depósito se realizaba desde otro. Siempre.
—Bueno, vale la pena investigarlo. ¿Le importaría que le hiciera una sola pregunta más? —dije, mientras Euge se volvía al final de la acera para esperarme.
—Por supuesto, adelante.
—¿Recuerda quién era el sheriff cuando Hana desapareció? ¿Quién llevó la investigación?
—Ah, sí. Fue el sheriff Kirsch.
El corazón me dio un vuelco y se me cortó la respiración.
—Muchísimas gracias por su tiempo, señora Insinga —dije, esperando que mi reacción no la hubiera alarmado.
Tras despedirme definitivamente de la madre de Hana, Euge y yo subimos a Misery y nos quedamos sentadas con sendas expresiones anonadadas. Acababa de contarle quién era el sheriff que había llevado la investigación. —Permíteme que te haga una pregunta —le dije a Cookie, quien tenía la mirada extraviada en el infinito—. Dijiste que Gonzalo Heredia tiene dinero, ¿verdad? Que escribe programas de software para empresas de todo el mundo.
—Ajá —musitó de manera ausente, sin mirarme.
—Entonces ¿por qué trabaja Ana?
Se volvió hacia mí de inmediato, como si no pudiera dar crédito a lo que acababa de oír.
—¿Solo porque su marido sea rico ella ya no puede trabajar? ¿Tener un poco de independencia? ¿Una identidad propia?
Levanté la mano.
—Eu, ¿podríamos poner el movimiento feminista en espera un momentito? Te lo pregunto por una buena razón. Hy ha dicho que alguien ha estado haciéndoles ingresos a través de cajeros automáticos, que alguien lleva diez años depositando mil dólares en su cuenta corriente el primero de cada mes. Harold y Wanda dijeron que Ana los visita religiosamente, se lleva a los niños y se queda a pasar la noche con ellos el primero de cada mes. Euge, Ana es quien hace esos ingresos.
Ella reflexionó unos instantes sobre lo que acababa de decirle, hasta que agachó la cabeza y asintió, resignada.
—Pero eso significaría que se cree culpable de algo, ¿no es así?
—Puede que lo parezca, pero la gente se cree culpable de muchas cosas, Eu. Eso no quiere decir que hiciera nada malo.
—Le confesó a su madre que había hecho algo que no estaba bien. Lali, ¿qué ocurrió?
—No lo sé, corazón, pero lo descubriremos. Y me juego el testículo izquierdo de Benja que tiene algo que ver con nuestro candidato al Senado.
Giré la llave de contacto. Misery volvió a la vida con un rugido al tiempo que Euge miraba por la ventanilla de plástico.
—¿Tienes idea de lo que eso significa? —preguntó.
—¿Aparte del hecho de que es probable que Kyle Kirsch sea un asesino?
—Significa que estamos a punto de acusar de un delito grave a un congresista de Estados Unidos. Un hombre que espera ser nuestro próximo senador. Un héroe local y un pilar de la comunidad.
¿Acaso Euge dudaba porque Kirsch era un pez gordo? Los peces gordos tenían que observar la ley igual que los medianos y los pequeños.
Se volvió hacia mí con mirada arrobada. Su aura rebosaba de exaltación febril.
—Dios, cómo adoro este trabajo.

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